Alejamiento y regreso


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1 - Volver a Jesús

«Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo… y tú, cuando hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos» (Lucas 22:31-32).

Acostumbrarse a juzgarnos a sí mismos en las pequeñas cosas es el secreto para no caer. Es un trabajo desagradable, pero muy útil para conocernos a nosotros mismos. Pedro está siendo probado por el Señor y debe aprender que la confianza que tiene en sí mismo es la verdadera razón de su caída. Finalmente, el Señor no solo restaura la comunión con él, sino que lo convierte en un medio de bendición. Cuando somos conscientes de que no somos nada sin Dios, podemos ayudar a los demás. Jesús le dijo a Pedro: «Apacienta mis ovejas» (véase Juan 21:15-17).

La humildad ante los hombres es a menudo la mejor prueba de la reanudación de la comunión con Dios. Supongamos que nuestra alma ya no esté en comunión con Dios. Nuestro corazón natural nos dice entonces que debemos eliminar la causa de esta ruptura de la comunión antes de poder venir a Cristo. ¡Pero primero debemos volver a Cristo! El Señor está lleno de gracia, por lo que debemos volver a él sin demora, tal como estamos, y luego humillarnos profundamente ante él. Solo en él, y recibiendo su perdón, encontraremos la comunión con él de nuevo.

Para ello, el cristiano debe identificar el momento en que su alma ha dejado de estar en comunión con Dios y ha comenzado a hacer su propia voluntad. La comunión con Dios no está restablecida totalmente, el yo y su voluntad no se quiebran totalmente, hasta que el cristiano ha sabido cuando su corazón ha empezado a perder su sensibilidad espiritual; esto es lo que la presencia de Dios debe hacernos sentir. El salmista no dice: “Debo restaurar mi alma, y luego volver a Dios”, sino: Él «confortará mi alma» (Sal. 23:3). El camino resbaladizo del pecado se recorre a menudo muy rápidamente, porque el primer pecado disminuirá nuestra percepción de la autoridad y del poder de la Palabra de Dios. Es esta Palabra la única que puede salvarnos de pecados mayores, así como la conciencia de la presencia de Dios, que da a la Palabra su poder práctico sobre nosotros.

J.N. Darby

2 - Alejamiento y regreso

«Así dice Jehová: Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto» (Jeremías 2:2).

¿Tiene usted en este momento la triste sensación de que su amor por el Señor ya no es lo que era? ¿Su comunión con él es solo un recuerdo? ¿El pecado, con el que se ha vuelto complaciente, o algún otro objeto, se ha introducido en usted y le ha llevado a abandonar su primer amor y a olvidar al Señor? Si es así, es porque su corazón se ha alejado de Dios.

No concluya de esto que su único futuro es la amargura de una distancia cada vez más triste y desesperada. ¡No! ¡Dios recuerda la gracia de su juventud! Él recuerda sus primeros compromisos, su primer amor, que hoy han retrocedido tanto. Él dice: «Convertíos, hijos rebeldes, y sanaré vuestras rebeliones» (Jer. 3:22).

¡De qué manera conmovedora y llena de amor actúa Dios con sus hijos que se han alejado de él! No le gusta recordar sus pecados, sino que se alegra de señalar lo que aprobó en el pasado olvidado. Por ejemplo, habla de Lot como el «justo Lot» (2 Pe. 2:7). Cuando el Señor se manifiesta a los discípulos cerca del mar de Tiberias (Juan 21:1), no le recuerda a Pedro su pasada infidelidad y negación, sino que lo llama a un renovado amor y servicio.

También para nosotros, Dios está dispuesto a olvidar los largos períodos de indiferencia y distancia que siguieron a nuestro primer deseo de obedecerle. Sí, ¡tome valor! Que sus pensamientos se dirijan a ese período de gracia del que puede decir, como lo hizo Job: «Hacía resplandecer sobre mi cabeza su lámpara, a cuya luz yo caminaba en la oscuridad» (Job 29:3).

En cierto modo, Dios le está diciendo: Aunque me hayas alejado de tus pensamientos, yo no te he alejado de los míos… Me acuerdo de ti, de la gracia de tu juventud.

J.R. Macduff

3 - Cómo ser completamente restaurado

«Fue Sansón a Gaza, y vio allí a una mujer ramera, y se llegó a ella… Sansón durmió hasta la medianoche; y a la medianoche se levantó, y tomando las puertas de la ciudad con sus dos pilares y su cerrojo, se las echó al hombro, y se fue y las subió a la cumbre del monte que está delante de Hebrón» (Jueces 16:1, 3).

A pesar de su deplorable estado moral, Sansón es capaz de levantarse en medio de la noche que pasó en libertinaje y llevarse las puertas de Gaza que lo habrían mantenido cautivo. Ciertamente pensó que había logrado una hazaña, después de haberse liberado así del poder que lo retenía. De hecho, no se liberaba verdaderamente. En realidad, estaba huyendo de los filisteos. Aunque llevaba estas puertas sobre sus hombros, en realidad huía de sus enemigos, no se enfrentaba a ellos. No tenía ningún poder para enfrentarse a ellos. ¿Cómo podría tener alguno, cuando su propia conciencia no estaba en orden con Dios?

Se dice que llevó las puertas a la «cumbre del monte que está delante de Hebrón». Se podría pensar que se dirigía a esa ciudad, pero estaba a kilómetros de distancia. Gaza estaba en la llanura, junto al mar, mientras que Hebrón estaba lejos, en la región montañosa de Judá. Hebrón significa comunión, y para recuperar la comunión con Dios, se requiere más que sacudir temporalmente las garras del mal.

Si un creyente, seducido por algo contrario al pensamiento de Dios, pero aún así lo suficientemente fuerte para librarse de él, desea recuperar la comunión, podría ser capaz de derribar las puertas de su cautiverio y llevarlas a la colina, pero no irá más allá. Sin la fuerza de Dios, no llegará a Hebrón. Arrancar las puertas puede requerir un gran esfuerzo, pero ¿de qué sirve llevarlas solo frente a Hebrón? Esta victoria parcial será una trampa para él, porque si hubiera reconocido plenamente su debilidad, habría sido llevado a humillarse ante Dios y habría encontrado la comunión de nuevo.

Así, el que está solo parcialmente restaurado busca recuperar la comunión con Dios, pero sin llegar al final de un proceso de arrepentimiento. Se detiene ante la meta, y puede estar seguro de que la próxima vez que caiga en una trampa, será peor para él, porque Dios no permite que se bromee con la conciencia, o que se burlen de Su Palabra. Para recuperar la comunión perdida, tenemos que realmente caminar hasta Hebrón.

S. Ridout

4 - El último recurso para restaurar

«Efraín es dado a ídolos; déjalo» (Oseas 4:17).

Israel había sido «como novilla indómita» (v. 16a); los hijos de Israel se habían vuelto totalmente holgazanes. Entonces, ¿Dios los dejaría, por así decirlo, seguir su camino? ¿Los alimentaría «como a corderos en lugar espacioso»? (v. 16b); serían libres de ir a todas partes, pero con la certeza de un juicio futuro. Habían pensado hacer lo que quisieran, pero eran como ovejas engordadas para el matadero. El veredicto había caído: «Efraín es dado a ídolos; déjalo».

Nada puede ser más solemne. Es como si Dios hubiera agotado todos los medios para traer de vuelta a los hijos de Israel; solo queda una solución: a través de amargas experiencias tendrán que aprender lo que no han llegado a aprender de otra manera. En el Nuevo Testamento, esto corresponde a «para entregar al tal a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor» (1 Cor. 5:5). Cuando alguien permanece totalmente terco, Dios puede llegar a decir a veces, como en el caso de Israel: «Es dado a ídolos». Una mayor reprobación o una advertencia fraternal es inútil. «Déjalo», hasta que aprenda, en el tamiz de Satanás, a qué punto se ha alejado de Dios y a que bajo nivel ha caído.

Fíjense en esto: solo cuando todos los medios utilizados para traer de vuelta al que se ha extraviado han fallado, Dios actúa entonces de esta manera con los suyos. Fue cuando su paciencia llegó a su fin que abandonó a Efraín. Al principio lo había soportado, se había ocupado de él, lo había dejado pasar por pruebas, le había rogado, lo había disciplinado; pero en vano. Los hijos de Israel estaban decididos a seguir su propio camino. Al final, como los amaba demasiado como para abandonarlos para siempre, Dios dijo: «Déjalo». Ahora están ahí donde aprenderán, a través de tristes experiencias, las desafortunadas consecuencias de haberse alejado de Él. Deben ser dejados a las concupiscencias de sus propios corazones (v. 18-19). ¡Cuán profundo es el amor de Dios que sentimos a través de toda esta descripción entristecedora! ¡Qué dulce es la gracia que persiste hasta el final buscando la restauración de aquellos que son tan indignos y sin mérito!

H.A. Ironside

5 - Alejamiento y restauración

«Efraín dirá: ¿Qué más tendré ya con los ídolos? Yo lo oiré, y miraré; yo seré a él como la haya verde; de mí será hallado tu fruto» (Oseas 14:8).

Este versículo es una especie de diálogo entre Efraín y Dios. Primero está la sabia decisión de Efraín: «¿Qué más tendré ya con los ídolos?». Entonces es Dios quien habla: «Yo lo oiré, y lo miraré». ¿Quién fue el primero en ver las «canas» y el corazón que se apartaba? –Era Dios (Oseas 7:8-9)– ¿Quién fue el primero en ver las señales de un regreso? –Dios mismo: «Lo miraré».

En la parábola de Lucas 15, ¿quién fue el primero en notar la partida del hijo pródigo y sentir su ausencia en la mesa paterna? ¿Quién fue el que veló por el regreso del hijo? «Estando todavía lejos, su padre lo vio y se conmovió. Corrió, se echó a su cuello y lo besó efusivamente» (v. 20). ¿Quién fue el primero en discernir la decadencia del primer amor en Éfeso? (Apoc. 2:4).

Desafortunadamente, podemos estar ocupados con nuestras bendiciones y orgullosos de ellas. Efraín dice: «Yo seré a él como la haya verde». Toda gracia y toda misericordia vienen directamente del corazón de Dios (Sant. 1:17); no tenemos nada fuera de Él. Así que Dios responde a Efraín, «De mí será hallado tu fruto». Puede haber vida, pero muy poco fruto, el fruto viene de la comunión con el Señor. «Separados de mí nada podéis hacer», dijo Jesús a sus discípulos (Juan 15:5). De la misma manera aquí, Dios dice, «De mí será hallado tu fruto».

Efraín no sabía que tenía canas. De la misma manera, si nos alejamos del Señor, puede que no lo notemos nosotros mismos; pero la gracia obra en nuestros corazones y nos devuelve a Dios. ¿Sabemos, cada día de nuestras vidas, depender de él para que restaure nuestras almas? ¿Qué animal puede vagar más fácilmente que una oveja? ¿Quién es tan estúpido como esta oveja que ha vagado sola por los páramos desolados y las montañas estériles de este mundo? Pero es el pastor quien la buscará y la traerá de vuelta.

Permanezcamos incesantemente unidos con todo nuestro corazón al Señor.

C.J. Davis

6 - Un espíritu quebrantado como sacrificio a Dios

«Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará… Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos» (Oseas 6:1, 6).

Después de los severos juicios que Dios tuvo que anunciar a los rebeldes de Israel y de Judá en el capítulo anterior, vemos aquí al profeta invitando al pueblo a volver a Jehová. La forma en que Dios actúa con Israel tendrá el resultado deseado, ya que al final habrá un verdadero retorno a Dios (14:4). Llegarán a confiar en Dios, quien, a pesar de sus defectos, sanará sus heridas gracias a su bondad. Entonces conocerán a su Dios, y él los bendecirá.

Pero en el momento en que el profeta estaba escribiendo, ¿cuántos han vuelto a Jehová? Y ¿cuánto tiempo duró este cambio? Desafortunadamente, vemos más tarde lo que el Señor estaba denunciando en los fariseos. Ya no observaban la Ley de Moisés; aunque enseñaban meticulosamente todos los mandamientos de Dios –el Señor Jesús podía decir: «Todo cuanto os digan, pues, guardadlo y cumplidlo» (Mat. 23:3)– sus corazones estaban en realidad muy lejos de Dios (Mat. 15:8).

Entonces Dios les dijo que no quería sacrificios ni holocaustos. ¿Pero por qué los había pedido en primer lugar? Esta es una lección para nosotros, una lección que David entendió después de haber caído tan seriamente (Sal. 51:16-17). Dios solo quiere sacrificios acompañados de un espíritu de obediencia, un corazón quebrantado y manifestando la bondad y el conocimiento de Dios.

También hoy en día los cristianos pueden conducirse y cumplir su servicio de manera perfecta, en todos los detalles; pueden, como los fariseos, aplicar la Palabra al pie de la letra en todo lo que hacen. Pero todo esto no tiene valor si no muestran la bondad y los caracteres de Dios. Si pisoteamos las conciencias de nuestros hermanos y hermanas y descuidamos sus ejercicios de corazón y de conciencia, nuestros sacrificios, de los que estamos orgullosos, serán una abominación para Dios. Porque entonces, no manifestamos el carácter de nuestro Señor en nuestra vida práctica, por muy conforme que esté con las Escrituras. Actuar con un espíritu de orgulloso legalismo es un gran peligro para todos aquellos que buscan obedecer la Palabra de Dios. ¡Que podamos ser protegidos de ello!

según J. van Dijk

7 - ¿Qué es el arrepentimiento?

«Pues bien, Dios dejó pasar aquellos tiempos de ignorancia, pero ahora ordena a los hombres que todos, en todas partes, se arrepientan; por cuanto fijó un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por un Hombre que él ha designado» (Hechos 17:30-31).

Es bueno entender en primer lugar lo que no es el arrepentimiento. No es una penitencia, el simple remordimiento de haber pecado; ni tampoco es el intento de redimirnos de alguna manera del mal que hemos hecho, o el intento de reemplazar los malos hábitos por los buenos. El arrepentimiento es un cambio completo en nuestra forma de ver las cosas y en nuestro comportamiento. Arrepentirse, es cambiar de actitud hacia nosotros mismos, hacia el pecado, hacia Dios y hacia Cristo.

Juan el Bautista, que vino a predicar en el desierto de Judea, dijo a los que se reconocían como pecadores: «Arrepentíos». Le dijo a los escribas altivos y a los fariseos legalistas: «Dad, pues, digno fruto de arrepentimiento», es decir, cambien su actitud (Mat. 3:2, 8). Jesús, nuestro Señor, anuncia a todos: «Si no os arrepentís, todos pereceréis de igual manera» (Lucas 13:3, 5). El verdadero arrepentimiento implica que el que ama los placeres debe comprender y confesar la locura y el vacío de su vida; así debe aprender a odiar las pasiones que manifiestan la corrupción de su naturaleza. Los propios justos deben verse a sí mismos como pecadores condenados ante un Dios santo. Todos deben reconocer la necesidad de un Redentor, y aceptar a Jesús como su Salvador personal, obteniendo así la vida y la salvación eternas.

No es fácil desnudar el corazón y confesar con franqueza: Soy culpable y perdido, pero esto es lo que conducirá a la vida y a la paz verdaderas. No se trata de sentir una cierta intensidad de pena o tristeza, sino simplemente reconocer y aceptar que debemos acudir a Cristo, que es el único que puede satisfacer nuestras necesidades. Ninguno de los que han depositado su confianza en él puede perecer. La gracia del Señor superabunda por encima de todo nuestro pecado, y su obra expiatoria en la cruz tiene tal precio para Dios que responde plenamente a toda nuestra mancilla y a nuestra culpabilidad.

H.A. Ironside


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