Los suyos
«Sabiendo Jesús que había llegado su hora… habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Juan 13:1).
Autor: R. J. COSTEN 1
Tema: La familia de Dios: hijos de Dios
Traducido de «Le Messager Évangélique», año 2004, página 310
«Sabiendo Jesús que había llegado su hora… habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Juan 13:1).
La expresión «los suyos» evoca el lugar privilegiado de aquellos que pertenecen al Señor. Ahora bien, le pertenecemos a él por varios motivos, cada uno de los cuales expresa un aspecto de la relación en la que él nos ha puesto consigo.
«Vino a lo suyo y los suyos no lo recibieron» (Juan 1:11). Aquí la expresión se refiere al pueblo que era del Señor Jesús –los judíos– con su país, su ciudad, su templo y la sinagoga a la que solía acudir. Israel, en su gran mayoría, no lo recibió. «Sin embargo, a todos cuantos lo recibieron [es decir], a los que creen en su nombre, les ha dado potestad de ser hechos hijos de Dios» (v. 12).
¿Puede cada uno de nuestros lectores decir: “Yo lo he recibido”? —“No me pertenezco a mí mismo, pues he sido comprado por precio” (comp. con 1 Cor. 6:19-20). Ese precio es la preciosa sangre de Cristo.
¿Cómo nos hemos convertido en suyos?
- Hemos sido escogidos, elegidos. El Señor dice a sus discípulos: «Vosotros no me elegisteis, sino que yo os elegí» (Juan 15:16). Y el apóstol Pablo afirma: «Nos escogió en él antes de la fundación del mundo» (Efe. 1:4).
- El Padre nos ha entregado a Jesús (Juan 17:6, 9, 12, 24). Somos el don de su amor.
- Él nos ha redimido (Gál. 3:13; 1 Pe. 1:18).
- Hemos sido unidos al Señor Jesús. Estamos en él (Rom. 8:1). Su vida es ahora nuestra vida (Col. 3:4).
Antes éramos pecadores de entre las naciones, «separados de Cristo, sin derecho de ciudadanía de Israel, extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Efe. 2:12). Pero nosotros, que estábamos lejos, hemos sido acercados por la sangre de Cristo (v. 13). Ahora estamos en Cristo. ¡Cuán agradecidos podemos estar! Formamos parte de los suyos. ¿No debería el conocimiento de la gloriosa posición en la que hemos sido colocados despertar en nuestros corazones una respuesta de amor hacia aquel a quien ahora pertenecemos?
Pertenecemos al Señor Jesús, ya que nos ha sido dado por el amor del Padre. Él dijo: «Todo lo que me da el Padre, a mí vendrá; y al que viene a mí, de ninguna manera lo echaré fuera» (Juan 6:37). A todos los que vengan a él, sean quienes sean, los recibirá y serán suyos.
En Juan 10, el Señor Jesús se presenta como el buen Pastor. Al hablar de los creyentes de entonces –que eran todos judíos– los llama sus propias ovejas (v. 3-4). Estas escuchan su voz y le siguen. Existe entre él y ellas una relación estrecha: «Conozco mis ovejas, y mis ovejas me conocen» (v. 14). A continuación, dice que va a traer aún a él «otras ovejas» que no son del redil judío. Estas escucharán su voz, «y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (v. 16). Estas otras ovejas son los creyentes de entre las naciones. Todos los redimidos, sea cual sea su origen, forman así parte de sus ovejas, a las que da la vida eterna y que nadie arrebatará jamás de su mano (v. 28). Y ahora cada uno de ellos puede decir: «Jehová es mi pastor» (Sal. 23:1).
También nos llama sus discípulos. Si lo somos, debemos seguirle y sentarnos a sus pies para aprender. Él espera de nosotros que guardemos sus mandamientos, que demos fruto y que amemos a sus otros discípulos (Juan 14:15; 15:8; 13:35). También somos sus siervos. Al respecto, dice: «Si alguno me sirve, que me siga; y en donde yo estoy, allí también estará mi siervo» (12:26). Consideremos con atención su camino tal y como nos lo muestran los 4 Evangelios, especialmente el de Marcos, donde le vemos servir como el Siervo perfecto de Dios. Las tareas más humildes que se realizan «de corazón, como para el Señor» se consideran hechas para él: «Al Señor servís», dice el apóstol a los siervos (Col. 3:23, 24).
Jesús dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todo lo que he oído de parte de mi Padre, os lo he dado a conocer» (Juan 15:15). Somos, en efecto, sus amigos si hacemos todo lo que él nos manda (v. 14). Es un privilegio especial tener con él una relación tan estrecha, pero implica obediencia y fidelidad en toda nuestra vida.
El día de la resurrección, el Señor Jesús se apareció a María de Magdala y le dio un mensaje cuyo contenido era hasta entonces desconocido y que ella debía transmitir a sus hermanos (Juan 20:17). En esta nueva relación, Jesús une a todos los verdaderos creyentes consigo mismo, el Resucitado, aquel que fue elevado al cielo y glorificado. «No se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hebr. 2:11). Nos ha situado en un círculo de amor divino y de intimidad con él mismo y con su Padre, que es también nuestro Padre. ¡Qué lugar! Cuando nos reunimos en asamblea para partir el Pan, lo hacemos como sus hermanos e hijos de Dios. Jesús asocia a los suyos a su alabanza al Padre. Dice: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea cantaré tus alabanzas» (v. 12). Es bien cierto que somos pecadores salvados por gracia. Sin embargo, no es en esa condición como entramos en la presencia de Dios para adorarle y alabarle, sino como aquellos a quienes Cristo llama: «Mis hermanos».
Los suyos, aquellos a quienes él ha elegido y redimido con su sangre, aquellos que el Padre le ha dado, aquellos que se han unido a él y están en él, sus propias ovejas, sus discípulos, sus amigos, sus hermanos… tantas cosas que son ciertas para cada creyente. ¿Somos conscientes de ello y vivimos en la realidad de estas relaciones? ¡Que nuestros corazones le respondan con un apego inequívoco y con una conducta acorde con el privilegio de estas relaciones, para nuestra bendición, para nuestro gozo y para su gloria!