«¡Ay!, ¡Cómo me gustaría ver al hombre que me ha salvado!»


person Autor: The Christian's Friend 17 (W. Rickards (Derby))


1 - La vida cristiana no debería limitarse al conocimiento de la salvación recibida

Es algo muy hermoso cuando el alma va más allá del simple hecho de su salvación, por maravilloso y bendito que sea, y se aferra por la fe a la persona del Salvador; pues es al aferrarse a él, al tener una relación personal con él y al dirigirse siempre a él con una confianza inquebrantable en el corazón, como a una persona conocida y apreciada, cuando se concede al creyente, con plena conciencia, una bendición segura y creciente, de carácter inagotable.

2 - La necesidad de un conocimiento personal del Señor

Y cuanto más aprecio la inmensidad de la bendición que ahora poseo, más debería, sin duda, desear conocer directamente a Aquel que me ha concedido un don tan maravilloso, al precio inestimable de su propio sacrificio.

Queridos lectores, ¿qué sabemos, ustedes y yo, de esa intimidad personal con Aquel que estuvo presente en el pozo de Jacob en Sicar y en la casa de Marta en Betania, de ese Hombre que ahora está exaltado en la gloria del cielo? ¿Qué sabemos de esa relación personal con él mismo, sin la cual cada día que pasa no sería para nosotros más que un vacío frío y lúgubre, y seguirá siéndolo si bebemos de fuentes terrenales y de cisternas agrietadas?

¡Ay! ¡Cuántos son los que, aunque acogen la inmensa bendición que se les concede, se muestran extrañamente indiferentes hacia su Bienhechor, o lo tratan con una despreocupación desoladora! De este modo, se privan de ese gozo singular y profundo que, por primera vez, inunda el corazón en ese momento sobrecogedor en el que descubrimos lo que, hasta entonces, nos había permanecido oculto: ¡que Cristo nos conoce personalmente, y que nosotros también le conocemos a él!

3 - Tener y desarrollar una comunión profunda y confiada con Cristo

Tampoco podemos dudar de que sea igualmente un momento de inmenso gozo para Él cuando un alma, en el esplendor y la belleza de su vida espiritual naciente, es así llevada, plena y benditamente, a un conocimiento real del Señor, para entrar en una comunión tan íntima como las relaciones del Padre con el Hijo, y tan duradera como la eternidad de Dios. Es la ocasión para que el creyente exprese y diga sin lugar a duda: “¡Pues bien, ahora conozco personalmente a mi Salvador! No solo sé lo que hizo por mí cuando vivió en la tierra, sino que también lo conozco como Aquel que dejó esta tierra, como el Hombre que ahora está en la gloria del cielo. He sido introducido en la intimidad de su presencia para tener una relación muy cercana con él mismo, de modo que le conozco más profundamente de lo que conozco a cualquier pariente terrenal, ¡y él me conoce infinitamente mejor que cualquiera de ellos!»

4 - Las consecuencias de la ausencia de esta comunión

Estamos plenamente convencidos de que muchos creyentes, aunque seguros de la bendición que han recibido, siguen viviendo en la frialdad y la pobreza espiritual, con un alma marchita y atrofiada, debido a la ausencia de esta cercanía. Lo que necesitan es que su corazón sea estimulado para buscar ese conocimiento directo en una comunión constante y sostenida con la Persona de Cristo.

Al Espíritu de Dios le encanta guiar el alma del creyente hacia Cristo desde el principio, en el momento de su conversión. Más tarde transformará su cuerpo para llevarlo hacia Él, cuando amanezca y se revele su gloria. Para nosotros, nada puede ser más provechoso ni más bendito hoy que esta comunión con Él mismo. ¡Y para él, ningún homenaje le resultará más agradable!

5 - El ejemplo de la mujer salvada de ahogarse

En cierto modo, para ilustrar este punto, presentamos a los lectores el siguiente breve relato.

5.1 - Una mujer en grave peligro

Hace unos años, una pobre mujer, una de aquellas que se ganaban a duras penas la vida lavando ropa a orillas del río cerca de Glasgow, y cuya única posesión era el cubo con el que realizaba su tarea diaria, tuvo la desgracia de caer al Clyde; como el río era profundo y la corriente fuerte, su situación era crítica, ya que no parecía haber ningún socorro a su alcance.

5.2 - La valiente intervención de un socorrista

De repente, un hombre, un nadador de renombre que había salvado numerosas vidas, se zambulló en la corriente; pero solo a costa de un esfuerzo extremo, y casi poniendo en peligro su propia vida, logró rescatar a la mujer a la que se había apresurado a salvar. La propia anciana había estado sumergida tanto tiempo que sus funciones vitales se habían detenido, y fue necesario un esfuerzo considerable para que recuperara la conciencia.

5.3 - El deseo de conocer a su salvador

Y ahora, queridos lectores, ¿cuáles creen que fueron las primeras palabras que, al salir de sus labios, manifestaron a quienes la rodeaban que había regresado verdaderamente, por así decirlo, de la muerte a la vida? ¿Una expresión de preocupación –por su hogar, su familia, sus amigos?

¿Una revelación de sus sentimientos mientras luchaba contra la muerte, al descubrir que había sido salvada? ¡No, nada, nada de eso!

Sino solo unas palabras que deberían constituir una lección conmovedora para nosotros, que hemos ido más allá que ella hacia un destino mucho más terrible, y que hemos sido salvados a costa de la vida misma de Otro.

Sus palabras son las que figuran en el título de este artículo: «¡Ay!, ¡Cómo me gustaría ver al hombre que me ha salvado!» Hermosa exclamación en boca de quien estuvo a punto de perecer, pero cuya gratitud desinteresada la llevó a preocuparse por aquel cuya acción altruista la había liberado de una muerte segura.

5.4 - La generosidad del salvador

El hombre acudió a su llamada. Ella prosiguió: “¡Ay, señor! –dijo– usted me ha salvado, y no tengo nada en el mundo salvo ese cubo de allí; pero ¡ay!, si quiere quedárselo, ¡se lo ofrezco de todo corazón!” El hombre, tan sorprendido como encantado, no respondió nada; pero, quitándose el sombrero, dio una vuelta entre la multitud reunida para recoger donativos, y luego regresó rápidamente y vertió todo lo que había recibido sobre su regazo, enriqueciéndola como ella nunca había conocido ni esperado en toda su vida.

6 - La aplicación de este relato a la vida cristiana

¿No es así, aunque de una manera infinitamente más elevada y bendita, como Dios, habiéndonos dado la vida eterna en Cristo, nos da también gratuitamente todas las cosas con él? (Rom. 8:32).

7 - El deseo de ver a Cristo cara a cara

¿Hemos sentido, como aquella pobre mujer, en nuestro corazón el profundo deseo de ver a Aquel que nos ha salvado y, tras conocerlo, depositar sin reservas todo lo que poseemos a sus pies? Si es así, sin duda habremos comprendido que, puesto que hay más gozo en dar que en recibir, Dios no puede seguir siendo deudor de nadie. Cristo, al reclamar todo lo que le corresponde por derecho, derramará sobre nosotros todo lo que haya recibido, con el fin de hacernos partícipes de los tesoros de su victoria y de hacernos compartir la recompensa de su obra. Así, deberíamos sentir una doble gratitud hacia él –por nuestra salvación y por las bendiciones que la acompañan– una gratitud profunda y preciosa a sus ojos, de la que nuestro relato ofrece una elocuente ilustración.

8 - La obra del Espíritu Santo

Ojalá que, después de haber sido tan maravillosamente bendecidos, y de cantar a veces sobre Él: “Y nos ha dado todo lo que el amor podía dar”, seamos guiados por el Espíritu Santo hacia un conocimiento personal de este Hombre en la gloria, cuya gracia divina ha hecho de él mismo nuestra parte eterna, plenamente suficiente. Y que el atractivo y el gozo que ahora experimentamos cada vez más solo en él reaviven cada vez más –como sin duda sucederá– el ardiente deseo de nuestros corazones de contemplarlo cara a cara, cuando amanezca y todas las sombras se disipen.

W. Rickards (Derby)

 

En la oración, no debo limitarme a pedir cosas, sino tomar conciencia de la presencia de Aquel a quien me dirijo. El poder de la oración desaparece si pierdo la sensación de verlo por la fe. Orar no es solo pedir cosas buenas, sino tener la sensación de que la Persona está ahí. Si no tengo eso, pierdo la sensación de Su amor y la de ser escuchado.

J.N. Darby.