Inédito Nuevo

Mantener la unidad del Espíritu

Efesios 4:3


person Autor: Christian BRIEM 30

flag Tema: La unidad del Espíritu


Fuente : « Da bin Ich in ihrer Mitte » (Das Zusammenkommen als Versammlung, 14  - Die Einheit des Geistes bewahren)

1 - El tema del artículo: cómo lograr la unidad en tiempos de decadencia

En los capítulos anteriores de la obra «Yo estoy en medio de ellos», hemos oído hablar mucho de la verdadera Iglesia, la Asamblea del Dios vivo, nos hemos ocupado de su carácter, su vocación y su destino, y también hemos visto cómo debe encontrar su expresión práctica y visible en las diferentes reuniones. Nos hemos basado en la Palabra de Dios y no en la palabra de los hombres, como la de los Padres de la iglesia. Los hombres siempre tienen muchas opiniones y doctrinas (comp. con Mat. 15:9; 1 Tim. 1:3; 4:1; Col. 2:22; Hebr. 13:9), pero Dios solo tiene y reconoce una doctrina (comp. con Juan 7:16-17; Hec. 2:42; 13:12; Rom. 6:17; 1 Tim. 1:10; 4:6; Tito 1:9; 2:1, 10; 2 Juan 9). Y nos predijo en su Palabra infalible que habría un tiempo «en que no soportarán la sana doctrina; sino que, teniendo comezón por oír, se amontonarán para sí maestros, conforme a sus propias concupiscencias; y apartarían el oído de la verdad y se volverán a las fábulas» (2 Tim. 4:3-4). ¡Qué evolución tan fatal: apartar los oídos de la verdad! Es en estos tiempos malos (2 Tim. 3:1), los últimos días del tiempo de la gracia, en los que vivimos hoy.

Entonces se nos plantea la pregunta: ¿queremos seguir la sana doctrina de la Palabra de Dios? “¿Aún se puede practicar?”, se dirá. Esta pregunta no es injustificada. Porque si comparamos lo que la Palabra de Dios nos dice sobre la Iglesia con la forma en que se presenta hoy la cristiandad, se abre una brecha abismal que parece insalvable. Por un lado, el pensamiento claro de Dios, que todo hijo sincero de Dios reconocerá; por otro, una situación que contradice completamente ese pensamiento. Por un lado, la enseñanza de las Escrituras sobre el único Cuerpo; por otro, un número casi incalculable de comunidades cristianas de las más diversas profesiones. ¡Qué confusión, qué desastre, podríamos decir, de lo que antes había salido tan perfectamente de la mano de Dios!

¿Qué hay que hacer? ¿Resignarse? ¿Dejarlo pasar? ¿Seguir simplemente como antes? ¿Retirarse al aislamiento? No, 1.000 veces no. Dios tiene un «pero tú» (2 Tim. 3:10, 14; 4:5), tiene un camino para el que quiere ser fiel, un camino en el que la unidad de los hijos de Dios, por cuya realización murió el Señor Jesús (Juan 11:52), puede lograrse, incluso en los días de mayor decadencia y fragmentación. Este es el tema que queremos abordar en el presente capítulo. Se trata de un capítulo que extrae conclusiones prácticas de lo que hemos aprendido en los capítulos anteriores. Estas conclusiones pueden parecer duras o impracticables para algunos de mis queridos lectores –y, de hecho, son contrarias a la naturaleza humana– pero son conclusiones que la fe extrae y que conducen a ricas bendiciones. Los costos pueden ser elevados, pero tengamos la seguridad de que Dios no queda en deuda. Él siempre recompensa a quienes le buscan (Hebr. 11:6).

2 - Andar de manera digna

Cuando Dios nos presenta sus pensamientos, cuando nos muestra las relaciones en las que nos ha colocado por su gracia, también nos exhorta a actuar en consecuencia en nuestro comportamiento personal. Siempre es el orden, y siempre es la consecuencia práctica. Primero la enseñanza, luego la conducta. Así es como los 2 primeros capítulos de la Epístola a los Efesios nos muestran las enseñanzas divinas sobre la Asamblea.

Sin embargo, es con el capítulo 4 –siendo el capítulo 3 un paréntesis– donde comienzan las exhortaciones que siguen a la enseñanza de los 2 primeros capítulos. «Yo, pues, prisionero en el Señor, os exhorto a que andéis de manera digna del llamamiento con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, soportándoos unos a otros en amor; solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. [Hay] un [solo] Cuerpo y un [solo] Espíritu, como también fuisteis llamados a una [sola] esperanza de vuestro llamamiento; un [solo] Señor, una [sola] fe, un [solo] bautismo, un [solo] Dios y Padre de todos, que [es] sobre todos, y a través de todos, y en todos» (Efe. 4:1-6).

3 veces, Dios nos exhorta en su Palabra a «andar de manera digna». Si omito el pasaje de Filipenses 1:27, es porque contiene otra palabra para andar (a saber, politeüomai, ser ciudadano, comportarse). La palabra que aparece en los siguientes pasajes es peripateo = andar, pasear, vivir.

En 1 Tesalonicenses 2:12 se dice: «para que andéis como es digno de Dios, que os llama a su reino y a gloria».

En Colosenses 1:10, se nos exhorta a andar «como es digno del Señor, con el fin de agradadarle en todo».

Pero aquí, la exhortación es andar de manera digna del llamamiento con que fuimos llamados. Se relaciona con las enseñanzas del capítulo 2, donde se nos presentó la Asamblea, así como el único hombre nuevo, el único Cuerpo, el templo santo en el Señor, la morada de Dios por el Espíritu. Todos los verdaderos hijos de Dios forman esta maravillosa Asamblea, son conciudadanos de los santos y miembros de la Casa de Dios: ese es su llamado (o vocación), con el que (o: según la cual) han sido llamados. Por lo tanto, debemos caminar de una manera digna de este llamado, lo que incluye mantener la unidad del Espíritu.

Cuán seria es la indicación del Espíritu Santo de que, cuando se trata de guardar esta unidad del Espíritu, es necesario que haya toda humildad y mansedumbre con longanimidad; y añade: «soportándoos unos a otros en amor». La unidad del Espíritu debe guardarse «en el vínculo de la paz». ¡Cuánto hemos violado esta palabra! ¡Qué luchas encarnizadas se han librado incluso entre verdaderos hijos de Dios, precisamente cuando se trataba de ocupar el “lugar justo” y las cuestiones eclesiásticas que ello conlleva! «Soportándoos unos a otros en amor» –«en el vínculo de la paz». ¡Que el Señor nos ayude a manifestar este estado de ánimo!

Antes de hablar de la unidad del Espíritu, de lo que significa y de cómo se puede mantener, me gustaría llamar la atención sobre 3 ámbitos diferentes de unidad que nos presentan estos versículos. En total hay 7 unidades, pero se dividen en 3 ámbitos que es importante comprender para nuestro tema.

3 - Los 3 ámbitos de unidad

Los versículos 4 al 6 nos muestran 3 ámbitos espirituales de unidad, que se distinguen entre sí por su carácter. El punto de partida de la unidad es característico de cada uno de los 3 ámbitos: para el primer ámbito es el Espíritu, para el segundo es el Señor, para el tercero es Dios el Padre.

1) «Un [solo] Cuerpo y un [solo] Espíritu»; es el ámbito de una comunión divina y real. Solo hay un Cuerpo, que, como hemos visto, está formado por el Espíritu Santo. Todo hijo de Dios presente en la tierra en este momento pertenece a este Cuerpo, el Cuerpo en su aspecto temporal. Esta unidad también se denomina unidad del Espíritu, porque el Espíritu Santo es su fuerza formadora y su vínculo. Es también él quien mantiene viva en nosotros «la [sola] esperanza», la de ver a Cristo y permanecer con Él en la gloria.

2) «Un [solo] Señor, una [sola] fe, un [solo] bautismo»; es el ámbito (o la unidad) de la profesión públicade la profesión de fe en el cristianismo. Mientras que el primer ámbito se caracteriza por una verdadera comunión en el poder del Espíritu Santo, este segundo ámbito abarca toda la profesión cristiana. Es el ámbito de dominio de Cristo (= donde Cristo es Señor) en la tierra. Por eso se dice: «Un [solo] Señor». Es cierto que este ámbito también incluye a todos aquellos que, de una forma u otra, aunque solo sea de manera externa, por ejemplo, mediante una profesión cristiana, profesan a Cristo como Señor; por lo tanto, es cierto que este ámbito también incluye a los profesos que no tienen vida, pero ese no es el objeto de esta Epístola. Para ver esto, hay que recurrir a otras partes del Nuevo Testamento, por ejemplo, la Segunda Epístola a Timoteo. Eso es lo que haremos más adelante. Sin embargo, pasajes como Mateo 7:21-23 y 25:11-12 muestran que es posible profesar a Cristo como Señor y aun así estar perdido. Pero, en general, la Palabra de Dios parte primero del principio de que la profesión es auténtica. Este es también el caso de la Epístola a los Efesios. El desarrollo posterior de la profesión cristiana no se aborda aquí.

La expresión «una [sola] fe» subraya el contraste entre el judaísmo o el paganismo, por un lado, y la fe cristiana, por otro, que todos profesan llevando su signo exterior, es decir, el bautismo en agua.

3) «Un [solo] Dios y Padre de todos, que [es] sobre todos, y a través de todos, y en todos»; este es el ámbito de la unidad universal. Tiene un carácter aún más general que el segundo y abarca no solo a los cristianos, sino también a todas las criaturas del único Dios y Padre. Dios es el «Padre», es decir, el origen de «todos», porque Él los creó a todos. Es él quien «da a todos la vida, el aliento y todas las cosas»; «porque también de él somos de su linaje» (Hec. 17:25, 28). «También de él somos linaje» no significa que todos los hombres sean sus hijos y que hayan nacido de nuevo, sino que todos son sus criaturas, que proceden de su mano y que él se preocupa por ellos y se ocupa de ellos. Él es también el «Dios» de todos los hombres, «Dios de los espíritus de toda carne» (Núm. 27:16). Eso es lo que él afirma. En qué medida la criatura responde a ello es otra cuestión que tampoco se aborda aquí. «Sobre todos» se refiere a su soberanía; «a través de todos» se refiere a la providencia de Dios. En lugar de “en todos nosotros”, sin duda hay que leer solo «en todos», ya que los manuscritos más antiguos y mejores omiten nosotros. Así, la expresión «en todos» parece significar que el aliento de Dios está en todos y que Dios es omnipresente. Es el círculo de la creación.

Ya en el capítulo 3, versículo 9, se había hecho referencia al Dios creador, Aquel que creó «todas las cosas»; y en los versículos 14 y 15, Pablo comienza su oración «doblo mis rodillas ante el Padre» con la notable adición «de quien toda familia en los cielos y en la tierra es nombrada». Aquí también tenemos el ámbito universal de la creación, de la creación inteligente, que abarca a cada familia en los cielos y en la tierra. La palabra griega para “familia” (patria) significa en realidad “paternidad”. Esto nos muestra una vez más la idea de que cada grupo de seres creados, dotados de inteligencia, tiene su paternidad, su origen en Dios.

Como Jehová, Dios solo estaba en relación con un solo pueblo; pero en relación con el «Padre de nuestro Señor Jesucristo», se tienen en cuenta todos los seres inteligentes en los cielos y en la tierra, porque todos fueron creados para la gloria de Jesucristo, por él y para él (Col. 1:16). Ciertamente, la Asamblea ha recibido un lugar muy especial de privilegio y cercanía a Dios, pero la reivindicación del título de «Padre de nuestro Señor Jesucristo» se extiende a toda clase de criaturas que él ha hecho. Ya se trate de los principados y potestades en los cielos, es decir, los diferentes ángeles, o los judíos o los paganos o la Asamblea de Dios, a todos les da un lugar determinado según Su designio. Pero ha colocado a Cristo, el Hijo del hombre glorificado, a su derecha «en los lugares celestiales, por encima de todo principado, y autoridad, y poder, y señorío, y de todo nombre que es nombrado, no solo en este siglo, sino también en el venidero» (Efe. 1:20-21). El hecho de que la Epístola a los Efesios haga referencia de este modo a la universalidad de la paternidad de Dios es sumamente notable. Creo que es para que veamos con mayor claridad todo el ámbito en el que Cristo será el jefe. El universo entero le estará sometido como Hombre glorificado, «las que están en los cielos como las que están en la tierra» (Efe. 1:10).

Hemos visto, pues, 3 ámbitos de unidad: el ámbito de la comunión divina, el ámbito de la profesión cristiana y el ámbito de la creación. Pero qué tristeza es constatar que cada uno de estos 3 ámbitos está hoy prácticamente renegado en la cristiandad. El único Espíritu que forma el único Cuerpo está sustituido por los numerosos espíritus y opiniones de los hombres, lo que conduce al establecimiento de un número incalculable de comunidades y círculos. El único Señor está suplantado por las disposiciones de un supuesto clero, y el Dios único, el Dios creador, está considerado superfluo por las teorías del desarrollo de la ciencia. Es aún más notable que las exhortaciones de los 3 últimos capítulos de la Epístola a los Efesios se distribuyan precisamente según estos 3 ámbitos:

• Las exhortaciones del capítulo 4, versículos 1 al 16, se refieren al único Cuerpo, el ámbito de la verdadera comunión cristiana. Nos ocuparemos de ello más adelante.

• El pasaje de 4:17 al 5:21 nos ofrece exhortaciones relacionadas con el segundo ámbito, el de la autoridad del Señor. Si lo reconocemos como Señor, cada uno de nosotros está obligado a actuar de acuerdo con ese nombre con verdadera piedad.

• Desde el capítulo 5:22, hasta el 6:9, encontramos exhortaciones relacionadas con el tercer ámbito, el de la creación de Dios. Ya se trate de mujeres u hombres, hijos o padres, siervos o amos, los hijos de Dios son exhortados a cumplir con su respectivo lugar o sus relaciones naturales de acuerdo con el orden de Dios en la creación.

Pero después de esta visión general, nos centramos primero en el primero de estos 3 ámbitos, la unidad del Espíritu, que se nos exhorta a mantener en el vínculo de la paz.

4 - Una unidad visible

En los días de los apóstoles, los creyentes formaban una unidad visible en la tierra. Todavía no había divisiones, sino que todos los cristianos de un mismo lugar se reunían según un mismo principio y estaban en feliz unidad y comunión (comp. con Hec. 2:42) con todos los cristianos y asambleas cristianas de otras partes del país o de otros países, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas del Nuevo Testamento. Por lo tanto, era evidente que todos estos cristianos formaban juntos un Cuerpo en Cristo, un organismo vivo que cumplía su función bajo la dirección y el poder del Espíritu Santo. No hay duda de que esto era precisamente lo que Dios había querido y determinado, y que así debería haber permanecido.

Pero ¡ay!, esta expresión visible de unidad pronto fue destruida: se infiltraron en ella profesos no convertidos y hombres impíos (Judas 4), renegando de Jesucristo como único Maestro (despotes) y Señor (kyrios). Se levantaron hombres que predicaban doctrinas perversas, arrastrando consigo a los discípulos (Hec. 20:30). La aparición de falsas doctrinas y divisiones no era más que la triste prueba de que ya se había abandonado en gran medida la Palabra de Dios como autoridad. La ruina y la confusión que caracterizan hoy en día a la cristiandad muestran hasta qué punto nos hemos alejado del pensamiento de Dios con respecto al único Cuerpo.

Pero qué consuelo para aquellos para quienes, incluso en los días oscuros, el pensamiento de Dios es de suma importancia: esta unidad volverá a ser visible cuando el Señor Jesús regrese con poder y gloria y se presente ante todo el mundo con los suyos para reinar en la tierra. Es como una cadena tendida sobre un río, cuyo principio y fin son bien visibles en las orillas, pero que parece rota en medio del río. Así, aún hoy, los ojos de Dios y los ojos de la fe ven a la Asamblea como una, pero para los ojos naturales, la unidad de los hijos de Dios ya no es visible.

Entonces, ¿qué hacer ante esta triste situación, tan vergonzosa para nosotros? La respuesta de Dios, que vamos a examinar más detenidamente, es clara y sencilla: «Guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz». La primera pregunta que se impone aquí es la siguiente:

5 - ¿Qué significa la «unidad del Espíritu»?

Hay una cosa que esta expresión ciertamente no significa: la unidad de nuestras mentes. El camino de Dios para nosotros no es agruparnos en función de puntos de vista, opiniones o profesiones de fe comunes. Más bien, pone ante nuestros ojos esa preciosa unidad que opera el Espíritu Santo y que, en principio, abarca a todos los miembros del Cuerpo de Cristo. La Palabra de Dios no conoce ni reconoce ninguna otra unidad. ¿Qué valor tiene cualquier otra unidad? Nunca se elevará por encima de su origen humano.

Mantener la unidad del Espíritu no es crearla, sino observarla o conservarla. Es poner en práctica la verdad de que hay «un [solo] Cuerpo y un [solo] Espíritu» y no reconocer, en la práctica de nuestra vida, ninguna otra pertenencia de miembro que la que es por el Espíritu de Dios; eso es mantener la unidad del Espíritu.

La «unidad del Espíritu» es, por tanto, la fuerza y el principio por medio de los cuales los verdaderos hijos de Dios están en condiciones de caminar juntos según las relaciones que les son propias en la unidad del Cuerpo de Cristo. Mantenerla es realizar moralmente esta unidad, es decir, mantener nuestras relaciones con todos los santos de acuerdo con el Espíritu de Dios.

5.1 - No es “la unidad del Cuerpo”

Es significativo que no se nos exhorte a guardar la unidad del Cuerpo. Eso significaría que debemos caminar juntos con todos los miembros del Cuerpo de Cristo, independientemente de los lazos que los unen o de los caminos que toman en la vida práctica. Ni siquiera el peor mal de un hermano debería incitarnos a separarnos de él. Más adelante veremos que esa no es la enseñanza de la Escritura, ya que mantener la unidad del Espíritu implica necesariamente la comunión y una relación efectiva con una persona divina. Sin embargo, si la Asamblea de Dios todavía estuviera en un estado sano y conforme a Dios, en la práctica no habría ninguna diferencia entre las 2 expresiones “unidad del Cuerpo” y «unidad del Espíritu».

Sin embargo, en lo que respecta a mantener la unidad, no podemos ni mantener ni romper la unidad del Cuerpo; esta es mantenida por el Espíritu Santo mismo, que habita en la Asamblea y une a todos los miembros del Cuerpo de Cristo entre sí y con la Cabeza en el cielo. A pesar de la dolorosa debilidad de los hombres, esta unidad permanece porque el Espíritu Santo permanece.

5.2 - ¿Es esto impracticable?

Independientemente de la magnitud de la ruina, del estado de corrupción de la iglesia responsable, la Sagrada Escritura nunca da lugar a la idea de que la verdad de Dios ya no pueda realizarse y que la comunión del Espíritu Santo ya no pueda mantenerse. Las exhortaciones de Dios, los pensamientos y las palabras de Dios son siempre aplicables y deben aplicarse. Dios, como ya hemos recordado, previó la decadencia y los días adversos; sin embargo, nos exhorta a esforzarnos por mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Dios no nos exhorta a algo que ya no sea practicable.

Las Epístolas del fin de los tiempos, la Epístola de Judas y las últimas Epístolas de Pablo, Pedro y Juan, que describen los tiempos adversos de los «últimos días» (2 Tim. 3:1) y la presencia de muchos anticristos en la «última hora» (1 Juan 2:18), no implican en absoluto, ni siquiera por un instante, que la verdad ya no pueda realizarse. ¡Todo lo contrario! El apóstol Juan, por ejemplo, tiene mucho que decir en su Segunda y Tercera Epístolas sobre la marcha de los creyentes. Habla de una marcha en la verdad, de una marcha según Sus mandamientos y de mantener firme la verdad.

A pesar de la confusión y la fragmentación de la profesión cristiana, Dios nos hace responsables de dar expresión práctica a la bendita verdad del único Cuerpo de Cristo. Al hacerlo, no debemos limitarnos a mantener firme la verdad como una teoría, sino que, por nuestros caminos y nuestros vínculos, debemos ser un testimonio práctico de la unicidad del Cuerpo, un testimonio contra todo lo que lo niega.

6 - El primer paso: la separación

El primer paso para mantener la unidad del Espíritu es la separación de toda forma de maldad, que puede adoptar muchas apariencias y manifestarse como maldad moral, práctica o doctrinal. Nuestra primera tarea y nuestro primer deber, según 2 Timoteo 2:19, es separarnos de todo lo que es contrario a Cristo: «Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor».

Así puestos aparte, la comunión del Espíritu Santo es nuestra parte, porque el Espíritu Santo glorifica a Cristo (Juan 16:14). Pero como la glorificación de Cristo es Su objetivo, él necesariamente debe separarnos de todo lo que se opone a Cristo y lo deshonra, y unirnos a lo que le corresponde. ¡Que todos nuestros lectores tomen en serio este principio! Hace que el camino sea claro y, en última instancia, fácil.

Por lo tanto, ya no es una cuestión de los miembros del Cuerpo, ya que estos están prácticamente mezclados y asociados con todo tipo de maldad, lo decimos con profunda vergüenza y humillación; se convierte enteramente en una cuestión de Cristo, del Espíritu de Dios que lo glorifica y nos mantiene en comunión con Cristo, la Cabeza. No se trata de tener buenos sentimientos hacia mi hermano cristiano. Al fin y al cabo, eso se puede encontrar en 1.000 comunidades. ¿Acaso Dios querría tener 1.000 comunidades? ¿O no es más bien cierto que solo hay un único Cuerpo? ¡Sin duda! Eso es lo que dice Dios: Hay un solo Cuerpo. Pues bien, entonces todas las facciones y sectas están claramente en contra de Su voluntad. ¿Qué hay que hacer? ¡Abandónenlas!

Parece duro, pero es el camino de Dios, el único camino que él indica. Nadie mejor que el Dios omnisciente, que creó el corazón humano, comprende lo amargo y doloroso que suele ser renunciar por amor al Señor a vínculos preciosos y maduros. A veces, la ruptura se produce en el seno de la propia familia. Sin embargo, si los lazos eclesiales no están de acuerdo con Su pensamiento, si no pueden realizar en ellos la unidad del Espíritu: ¡abandónenlos!

Abandónenlos, incluso si creen que deben permanecer en un lugar reconocido como falso, para oponerse a lo falso con lo verdadero, para poder ejercer su buena influencia y mejorar las cosas. Dios no reforma lo que se ha alejado de Él. «¡Apártese de la iniquidad!» es la respuesta del Señor. La iniquidad es todo lo que no está de acuerdo con la voluntad revelada de Dios; es todo lo que tiene su origen en la voluntad del hombre. ¡Cuánta iniquidad hay entonces en la cristiandad!

No considero que sea mi deber actual nombrar y denunciar las múltiples formas del mal en la profesión cristiana. Los pasajes de las Escrituras citados aquí y allá en este contexto pueden hablar por sí mismos. En un capítulo anterior (cap. 4 sobre “Laodicea, o la cristiandad en su última fase”), también destaqué la forma en que el Señor juzga el estado actual de la cristiandad. Pero una cosa ya está clara: es el deber, diría que el privilegio, de todo hijo de Dios creyente separarse de todos los principios y sistemas contrarios a las Escrituras en el ámbito cristiano. La cristiandad como tal toma el camino del ecumenismo, pero es el camino hacia «Babilonia» (Apoc. 17 y 18). La unidad del Espíritu no se consigue mediante agrupaciones impías, sino –como primer paso– separándose de lo que es falso y contrario a la voluntad del Señor. «Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis en sus pecados, y para que no recibáis de sus plagas; porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus iniquidades» (Apoc. 18:4-5).

Es imposible ser un testigo creíble de la unidad de los hijos de Dios y permanecer vinculado a lo que prácticamente niega esa unidad.

A veces, los creyentes persisten en asociaciones eclesiásticas en las que saben que no pueden expresar principios importantes de las Escrituras. Buscan justificar su desobediencia –porque no es otra cosa– diciendo que allí encuentran mayores oportunidades de servicio y un campo más amplio para sus actividades. Afirman que si se separaran de lo que saben que es falso, su servicio al Señor sería muy limitado.

Pero estos son razonamientos erróneos, contrarios a las Escrituras. Lo primero que debemos hacer es asegurarnos de que nuestra condición y nuestros vínculos personales sean tales que el Señor pueda aprobarlos. Solo entonces, como veremos más adelante, seremos vasos puros que el Señor podrá utilizar a su manera en su servicio. Si avanzamos en la obediencia a su Palabra, a su voluntad revelada, el Señor nos abrirá puertas y nos dará más oportunidades de servir de las que somos capaces. El remanente fiel escucha las palabras consoladoras del Señor: «Mira, he puesto delante de ti una puerta abierta que nadie puede cerrar» (Apoc. 3:8). Por lo tanto, nuestra primera preocupación no debe ser tener puertas abiertas para el testimonio y las oportunidades de servicio, sino separarnos de todo lo que desagrada al Señor. Nosotros mismos no podemos abrir puertas; los hombres y sus instituciones tampoco pueden hacerlo. Pero si Él abre puertas, nadie puede cerrarlas. Podemos atravesarlas con toda confianza.

También encontramos el principio de separación en 2 Corintios 6:17: «Por lo cual, «¡salid de en medio de ellos y separaos!, dice el SEÑOR, y no toquéis cosa inmunda; y yo os recibiré».

Cualquier asociación que deshonre a Cristo debe ser abandonada. De hecho, la idea de que se pueda estar asociado conscientemente a un principio contrario a las Escrituras, a una doctrina o a una práctica mala, sin estar personalmente manchado, es impía: puedo estar personalmente libre de esa maldad, pero por mi asociación práctica con ella, ya he abandonado la comunión del Espíritu Santo. Por eso, esta es la Palabra que Dios nos dirige: «Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor».

Es sorprendente ver cuántas veces se da la invitación a separarse del mal en la Segunda Epístola a Timoteo, que efectivamente nos describe la decadencia de la cristiandad en los últimos días. Se menciona 6 veces, cada vez en un contexto diferente y con palabras diferentes:

  • «Pero evita las profanas y vanas charlas» (2:16).
  • «Apártese de la iniquidad todo aquel que invoca el nombre del Señor» (2:19).
  • «Pero, en una casa grande no solo hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; unos son para honor y otros para deshonor. Si, pues, alguien se purifica de estos, será vaso para honra» (2:20-21).
  • «Huye de las pasiones juveniles» (2:22).
  • «Evita las cuestiones necias e insensatas» (2:23).
  • De los que tienen «apariencia de piedad, pero negando el poder de ella, de estos apártate» (3:5).

Cuando el apóstol compara la cristiandad de los últimos días con una casa grande en la que hay utensilios de todo tipo, vasos de materiales nobles y viles, vasos para honra y para deshonra del dueño de la casa, añade inmediatamente la invitación a purificarse de los vasos para deshonor, es decir, a separarse de ellos, para convertirse así en un vaso para honor. Apartarse de esta manera es ciertamente un proceso doloroso, como ya hemos señalado, pero es el primer paso hacia la unidad del Espíritu.

Se ha pretendido que es posible separarse de las cosas malas, pero no de los verdaderos hijos de Dios. Pues bien, eso no es del todo cierto. Es cierto que un vaso de metal precioso representa a un creyente, pero no es porque sea de oro o de plata por lo que es necesariamente un vaso para honor del dueño de la casa. Si, por ejemplo, un vaso de oro cubierto de telarañas se encuentra en el sótano del carbón, seguramente no honraría al dueño de la casa si se colocara sobre la mesa festiva decorada con manteles de un blanco deslumbrante. Incluso un hijo de Dios creyente puede ser impuro por sus vínculos y, por lo tanto, ser un vaso deshonroso. En lo que respecta a la comunión práctica, debemos separarnos de ellos, por doloroso y humillante que nos resulte. Pero es precisamente a través de esta separación que uno mismo se convierte en un vaso a honor: «Si pues, alguien se purifica de estos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena» (2 Tim. 2:21). Sin embargo, qué consuelo: las relaciones de los miembros con el Cuerpo de Cristo no se ven afectadas por todo esto, ¡gracias a Dios!

¡Fíjense también en las expresiones «todo aquel que invoca» y «si alguien» en los versículos 19 y 21! Muestran que la separación que se espera de nosotros es un asunto puramente personal. «Todo aquel que invoca el nombre del Señor», es decir, se proclama a él como Señor, es personalmente responsable de apartarse de toda clase de iniquidad. Nunca podremos justificar nuestra infidelidad personal ante el Señor por el hecho de que otros también hayan sido infieles. Por eso es tan importante, pero también tan valioso, ese «pero tú» de la Segunda Epístola a Timoteo.

7 - «Purificarse» de 3 maneras

Me parece que esta purificación de uno mismo puede hacerse al menos de 3 maneras o, en otras palabras, en 3 ámbitos. La forma de poner en práctica el mandamiento del Señor en 2 Timoteo 2:19b y 2:21 depende totalmente de las circunstancias de cada uno.

El primer caso es el más fácil de entender, aunque no digo que sea el más fácil de llevar a cabo. Si un cristiano creyente se encuentra en un sistema cristiano establecido en el que no puede lograr la unidad del Espíritu ni provocar un cambio en los principios dominantes, está absolutamente obligado a separarse de ese sistema. Solo así podrá convertirse él mismo en un vaso a honor.

El segundo caso es más complicado y tal vez no concierna a todos los lectores. Supongamos que un hijo de Dios está en comunión práctica con aquellos que profesan reunirse únicamente en el nombre del Señor Jesús. Aunque ocupen un lugar conforme a Dios desde el punto de vista eclesiástico, puede suceder que entre ellos se extienda un mal manifiesto en el comportamiento práctico o en la enseñanza. En un primer momento, el individuo tiene entonces la obligación, con toda caridad y paciencia, de presentar el mal a la asamblea local y despertar la conciencia de los hermanos y hermanas. Pero si todos estos esfuerzos resultan vanos a la larga –esfuerzos a los que se suman las asambleas vecinas– el individuo deberá finalmente actuar según 2 Timoteo 2:19b y 2:21, y abandonar ese grupo.

Para evitar una aplicación precipitada y poco espiritual de lo que acabamos de decir, conviene sin embargo subrayar una vez más lo siguiente:

1. El mal debe ser manifiesto y de tal naturaleza que justificara la exclusión.

2. El hecho de separarse solo puede ser el último paso, después de haber hecho todos los esfuerzos y haber tenido toda la paciencia posible. En este sentido, las cosas son aquí diferentes, más complicadas que en el primer caso.

3. La Segunda Epístola a Timoteo no presenta este aspecto, pero hay que tenerlo en cuenta: la cuestión de si una asamblea local puede seguir considerándose en comunión no puede ser decidida por el individuo, sino solo por la asamblea más cercana, o mejor aún, por las asambleas más cercanas.

Pero la palabra de 2 Timoteo 2 también puede aplicarse en el ámbito puramente personal. Un creyente puede mantener una comunión práctica con otros hijos de Dios (no me refiero aquí a la comunión en la Mesa del Señor) y regocijarse por ello. Pero un día, para su gran pesar, debe constatar que esos hijos de Dios no caminan en la verdad (2 Juan 4), por ejemplo, porque adhieren a doctrinas extrañas o porque representan un peligro moral para él y su casa. ¡Ay! ¡Cuán doloroso es tener que constatar tal cosa en aquellos que han sido redimidos y comprados al mismo precio de Su sangre que nosotros mismos! Entonces, ¿debemos, podemos seguir en comunión con ellos? 2 Timoteo 2 nos da la respuesta también en este caso.

8 - El derecho a un juicio privado

Todo esto es grave, y las declaraciones de Dios son tan profundas que el hombre –incluido, a menudo, el creyente– trata de eludir las consecuencias prácticas que van más allá. Empieza a argumentar. Dios no argumenta, Él ordena. La fe no argumenta, obedece. La incredulidad, por su parte, argumenta que, en última instancia, todo el mundo tiene derecho a un juicio privado. Pero debemos rechazar totalmente tales pensamientos. Nadie tiene derecho a tener una opinión en las cosas divinas. Solo Dios tiene ese derecho, y él nos comunica su voluntad y sus intenciones. Nos corresponde a nosotros seguir esta voluntad de Dios, y eso conduce a la unidad del Espíritu; abandonarla conduce a divisiones, al sectarismo.

Tengamos presente que Cristo es la Cabeza del Cuerpo en el cielo y que el Cuerpo solo existe para la Cabeza. Entonces ya no hay lugar para lo que glorifica al hombre, para su ambición, para su orgullo y su autosatisfacción. Para el creyente, todo eso terminó en la cruz de Cristo, la cruz que reveló la completa ruina del hombre.

9 - «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo»

El orgullo la autosatisfacción, ¿no eran acaso las características de Laodicea, la profesión cristiana en su fase final? Me gustaría llamar una vez más la atención de los lectores sobre la segunda parte del capítulo 4 de este libro, donde meditamos sobre la Epístola a Laodicea y escuchamos el juicio del Señor sobre esta asamblea: «Porque eres tibio, y ni caliente ni frío, voy a vomitarte de mi boca» (Apoc. 3:16).

Por muy graves y humillantes que sean las cosas en sí mismas, es una gran bendición que Dios nos dé a conocer su juicio sobre el estado de la cristiandad que nos rodea. Debemos aprender a verlo todo con Sus ojos, para juzgarlo todo como él, el juez. Estar de acuerdo con él y con sus pensamientos es siempre algo regocijante. Pero ¿cómo puedo apartarme de algo falso si ni siquiera lo reconozco como falso?

Por eso debemos examinar el verdadero carácter del cristianismo actual a la luz de la Palabra de Dios; por eso les pido aquí que reconsideren las explicaciones del capítulo 4. Porque ahora estamos llegando a las conclusiones prácticas que debemos sacar de todo lo que hemos aprendido. Y aquí, la Epístola a Laodicea (Apoc. 3:14-22) ofrece algunas enseñanzas importantes que provienen de la boca misma del Señor y que arrojan más luz sobre nuestro tema. Me refiero a los versículos 19-21 de la segunda parte de esta Epístola, que he guardado deliberadamente para la presente consideración.

9.1 - La disciplina / El castigo

Después de dirigirse en los versículos 14-18 al ángel de la iglesia, es decir, al responsable de la iglesia, y habiendo hablado así a la iglesia como tal, el Señor se dirige a partir del versículo 19 al individuo, y más concretamente al creyente individual, que aún puede encontrarse vinculado al sistema cristiano muerto de Laodicea. Le dice: «Yo reprendo y disciplino a todos los que amo; ten fervor, pues, y arrepiéntete» (v. 19).

Prestemos mucha atención: el Señor no castiga al mundo; solo castiga a aquellos a quienes ama: los hijos (comp; con Prov. 3:11-12; Hebr. 12:5-6). Quiere llevarlos a arrepentirse de su estado y de sus vínculos, y en su providencia, utiliza para ello medios de educación a menudo dolorosos. No llama al arrepentimiento a la iglesia responsable, ni a la cristiandad como tal –¡está a punto de vomitarla de su boca!– pero en su gracia y amor, sigue ocupándose de los suyos para corregirlos. Busca despertar la conciencia de aquellos a quienes ama.

¡Qué consuelo hay en este pensamiento, queridos amigos, cuando pensamos en todos los sufrimientos, las enfermedades graves y otras desgracias por las que tienen que pasar los suyos, en una medida especial en nuestros días, me parece! ¿No es como si, en estos días del fin, el Señor redoblara sus esfuerzos de amor para instruirnos? –En la medida de lo necesario– incluso mediante la disciplina, y para preservarnos o liberarnos del mal de Laodicea que nos rodea por todas partes como el aire. El mundo puede interpretar con sarcasmo los múltiples sufrimientos del pueblo de Dios, pero nosotros sabemos por qué el Señor nos los envía. Él tiene en mente un objetivo bendito: nuestra santificación.

9.2 - Un llamado al individuo

«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apoc. 3:20).

¡En qué posición tan seria vemos aquí al Señor! Él está a la puerta. Ha tomado su lugar fuera del sistema cristiano porque no puede unirse a su estado moral corrupto. Pero lo contrario también es cierto: la cristiandad en el estado de Laodicea le ha cerrado la puerta. Lo deja fuera, no lo desea. ¿No es esta una situación que debe humillarnos profundamente?

Pero entonces, el Señor hace algo extremadamente consolador, algo que es una expresión encantadora del afecto de su corazón por los suyos: llama, no a la puerta de Laodicea, sino a la puerta del corazón de cada uno de los suyos [1]. Verán, queridos lectores, él no les ha abandonado, también llama a su puerta. Sin duda, ya lo ha hecho muchas veces. ¿Nunca han percibido al querido Señor a la puerta de su corazón pidiendo entrar? ¿Quizás este artículo que tiene ante sus ojos forme parte de esos golpes a la puerta? Él está lleno de paciencia y gracia y quiere liberarnos, a ustedes y a mí, no solo de las cadenas, sino también del espíritu soporífero de Laodicea.

[1] Este pasaje no tiene nada que ver con la predicación del Evangelio tal y como se entiende a menudo.

Oír la voz del Señor Jesús es una cosa, abrirle la puerta es otra. Ambas son necesarias. Muchos se detienen en la primera etapa. A menudo han oído la voz del Señor, han escuchado buenas meditaciones o discursos, han tenido conversaciones útiles y han comprendido ciertas cosas, pero se han quedado ahí. No han abierto la puerta de su corazón al maestro. De hecho, no basta con escuchar la voz del Señor. Lo que él busca es la obediencia, es seguir su Palabra por amor a él. Eso es abrir la puerta. «Si alguno me ama, guardará mi palabra. Y mi Padre lo amará, y vendremos a él» (Juan 14:23).

Quizás ustedes también sean de los que aún se encuentran en Laodicea y que, por los lazos que mantienen, deshonran al Señor. Hay muchas razones para permanecer en esos lazos, algunas voces se lo aconsejarán.

Pero esa no es la voz del Señor, el Buen Pastor, que no solo acude a sus ovejas, sino que también las guía siempre fuera de lo que ya no tiene su aprobación (Juan 10:3). ¿No quieren abrir la puerta a Aquel que murió por ustedes y que los busca con tanto amor? ¡Qué pena si, como la esposa del Cantar de los Cantares, no estamos en condiciones de abrir la puerta al amado cuando llama! «Es la voz de mi amado que llama: Ábreme, hermana mía…» (Cant. 5:2 y ss.).

9.3 - La cena (tomar la comida de la noche)

El Señor quiere entrar en la casa de quien oye su voz y abre la puerta, y quiere cenar (tomar la comida de la noche) con él, y a la inversa, cenaría con el Señor. Él nunca se deja hacer regalos, y si le abrimos la puerta justo antes del final del tiempo de la gracia (de eso nos habla la palabra cenar o comida de la noche), nos recompensará ricamente.

Aquí nos presenta 2 bendiciones. Él cenaría con nosotros. Esa es la primera bendición. ¡Es realmente maravillosa! Cuando entra en nuestra casa, nos revela toda su gracia. Sí, entra en nuestras circunstancias y las comparte con nosotros. ¿Les preocupa lo que pensarán sus amigos si dan este paso de fe y se apartas de lo que han reconocido como falso a la luz de Dios? ¿Tienen miedo de las consecuencias que podría tener la separación hacia él? Él lo sabe todo. ¡Tengan valor! Él vendrá a ustedes, se rebajará hasta ustedes con misericordia y les hará saborear toda su gracia, si le abren la puerta.

La segunda bendición supera aún más a la primera. Él quiere invitarnos a cenar con él. Le importa elevarnos hasta él y sus pensamientos, más allá de las circunstancias que nos abruman aquí. Él quiere que estemos en comunión con su persona altamente alabada en la gloria, con sus intereses, sí, con su corazón. Esto solo puede ser el gozo más profundo. «Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Eso os anunciamos para que también vosotros tengáis comunión con nosotros» (1 Juan 1:3-4).

Cuando el Señor habla de cenar, no puedo evitar pensar en la conmovedora escena de los discípulos de Emaús en Lucas 24. Regresaban a casa desde Jerusalén, donde su Señor había sido crucificado 3 días antes. Siendo uno con el despreciado y crucificado, a quien aún creían muerto, regresaban a casa abatidos. Pero de repente, un desconocido se une a ellos y les habla por el camino, de una manera incomparable, de los sufrimientos de Cristo y de las glorias que les siguen (comp. con 1 Pe. 1:11). Más tarde, tendrán que confesar: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros mientras nos hablaba por el camino y nos abría las Escrituras?» (Lucas 24:32).

Su pueblo ya está a la vista. El desconocido hace como si quisiera seguir adelante. ¿Dejarían que esta persona misteriosa siguiera su camino? Entonces, lo que su corazón deseaba, lo que le había llevado a llamar a la puerta de sus corazones durante el camino, salió de sus labios: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se va acabando» (Lucas 24:29). Así que se detiene en su casa y se convierte en su huésped, para cenar con ellos. Pero, de forma inesperada, la situación cambia: el invitado se convierte en el anfitrión. «Sucedió que, al sentarse a la mesa con ellos, tomó el pan y lo bendijo; y partiéndolo, se los dio». Ahora es él quien cena con ellos. Y al partir el pan, lo reconocieron. ¿Habrían visto en sus manos las marcas de los clavos?

Queridos amigos, hoy también tendremos la misma experiencia. Si le abrimos la puerta, él entrará en nuestras circunstancias. Más aún, se nos dará a conocer, y nada es comparable a eso. Si le dejamos entrar personalmente, y hasta ahora se trata de algo puramente personal, entonces él podrá sin duda hacernos apreciar lo que hay en su corazón para los suyos en un sentido colectivo, y nos llevará a apreciar las relaciones que él mismo ha establecido entre los santos.

10 - Una base amplia – un camino estrecho

Si hasta ahora hemos considerado el primer paso para preservar la unidad del Espíritu, y hemos descubierto que consiste en separarnos de todo mal, de todo lo que es contrario a Cristo y a la verdad de Dios, alguien podría preguntar: “¿Debo entonces seguir el camino solo? ¿Es el camino de Dios para mí el aislamiento?”.

La Palabra perfecta de Dios también da una respuesta clara y alentadora a esta pregunta: «Si, pues, alguien se purifica de estos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena. Huye de las pasiones juveniles y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz con los que de corazón puro invocan al Señor» (2 Tim. 2:21-22).

En primer lugar, conviene recordar un principio de Dios según el cual él no da la fuerza y la luz para dar un segundo paso antes de que se haya dado el primero. De ello se deduce que aquellos que lo han hecho en obediencia a la fe tendrán una experiencia consoladora y valiosa: separados de esta manera para la comunión del Espíritu Santo, encontrarán a otras personas que han hecho lo mismo antes que ellos; y así podrán estar juntos con un corazón feliz en la unidad del Espíritu de Dios. A los que se purifican de los vasos a deshonor, Dios les hace encontrar la comunión de aquellos «que de corazón puro invocan al Señor» (2 Tim. 2:22). «Con los que»: ahí está la comunión.

Por lo tanto, no es un camino solitario, ni un aislamiento; pero como vivimos en malos tiempos, es un camino estrecho según la comunión práctica y la unidad del Espíritu, e incluso un camino separado de todo mal por el Espíritu de Dios. Pero en la extensión de sus principios, esta comunión abarca toda la Asamblea de Dios. En cuanto al terreno y al principio, este camino es lo suficientemente ancho para acoger a todos los miembros del Cuerpo de Cristo; pero también es lo suficientemente estrecho para apartar cuidadosamente de entre los creyentes el mal que deshonra al Señor. Porque los que están reunidos en la unidad del Espíritu velarán celosamente para que nada malo en la práctica y la enseñanza les prive de la comunión del Espíritu.

¡Qué privilegio, pero también qué responsabilidad, en estos días de desunión, tener en mente y en el corazón a todos los miembros de Cristo, incluidos aquellos que no están reunidos de la misma manera en la comunión del Espíritu! No hay ningún hijo de Dios en la tierra que no tenga derecho a mi amor, al amor de todos los santos. Este amor divino no debe cambiar en la fuerza de su naturaleza, pero debe cambiar mucho en su forma de expresarse según las situaciones que se le presenten: este amor por los hermanos nunca debe separarse de la obediencia a los mandamientos de Dios. «En esto sabemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos» (1 Juan 5:2). El verdadero amor nunca podrá abandonar el camino de la verdad y la luz simplemente porque otros hermanos no lo sigan. Pero buscará, «en el vínculo de la paz», guiar a los hermanos hacia esa luz, para caminar juntos, con el mayor número posible, por el camino hacia la gloria del Señor. Tengamos presente que nunca podremos convertir el mal en bien mezclándolo con el bien.

11 - «Allí estoy yo en medio de ellos»

Si queremos mantener la unidad del Espíritu, ¡no busquemos dónde podría haber hijos de Dios! ¿Dónde no los encontraremos? Pueden estar vinculados aquí al mal moral, allí a la falsa doctrina. Tampoco busquemos dónde se encuentra más amor práctico y servicial. Si el amor no va acompañado de la verdad, no es amor divino. El amor «se alegra con la verdad» (1 Cor. 13:6). No, ese no es el camino que conduce a la meta.

La unidad del Espíritu no es precisamente una simple comunión de cristianos, que muchos han intentado alcanzar con diferentes pretextos. La gente ya ha creado muchas unidades y les ha puesto el nombre de Cristo, llamándolas una iglesia o incluso la iglesia. Pero el camino del creyente es más sencillo y humilde: basta con que examine, con la ayuda de la Palabra de Dios, dónde se realiza la unidad del Espíritu. Es el Espíritu Santo quien reúne a los hijos de Dios en uno solo y los reúne en torno a la persona de Cristo mismo. Solo donde se está así reunido en torno a él como centro, como dice el Señor Jesús mismo: «Allí estoy yo en medio de ellos» (Mat. 18:20).

12 - No hay independencia

Mantener la unidad del Espíritu es incompatible con un espíritu de independencia. Tomemos un pequeño ejemplo para explicar este punto. Supongamos –y el Espíritu Santo a menudo ha logrado esto– que un grupo de cristianos sencillos se separa de los sistemas cristianos y simplemente se reúne alrededor del Señor Jesús. Es posible que no comprendan que el reconocimiento de un solo Cuerpo es la base divina de la reunión. Quizás nunca hayan oído hablar de la unidad del Espíritu. Sin embargo, al separarse de lo que han reconocido como falso por el Espíritu, están necesariamente vinculados a todos aquellos que, como objetos de la misma acción del Espíritu de Dios, ya han recorrido este camino antes que ellos y ya han adquirido una mayor comprensión de la base divina de la reunión. ¡Pero cuán fácil es desviarse de ello y entrar en contacto con cualquier tipo de mal! No obstante, aunque el enemigo no lo consiga, o no lo consiga de inmediato, es imposible suponer que puedan reunirse según el pensamiento de Dios con una inteligencia iluminada por el Espíritu, e ignorar al mismo tiempo lo que el mismo Espíritu ha obrado en otros antes que ellos.

La Palabra de Dios no conoce ni permite tal independencia. Sin embargo, si estos cristianos, que al principio se reunieron en el nombre del Señor por el poder del Espíritu de Dios con toda sencillez, mantienen una posición independiente, se pondrían prácticamente fuera de la unidad del Espíritu. ¡Qué tristeza ver que lo que comenzó por el Espíritu termine en la carne, en una nueva secta!

13 - Un remanente

Ahora bien, aunque los que se reúnen solo en el nombre del Señor Jesús, según Mateo 18:20, son solo un remanente –el Señor Jesús habla de «dos o tres»–, observemos que hay 3 cosas que siempre han caracterizado a un remanente fiel, desde siempre y en todo momento:

  1. Ser devoto al Señor;
  2. Observar estrictamente los principios fundamentales;
  3. Sentir un dolor sincero e inclinarse profundamente ante el estado del pueblo de Dios que deshonra al Señor.

El Espíritu de Dios no predice que este siglo terminará con la aceptación general de la verdad de Dios y con la justicia y la paz universales, sino que predice una apostasía general. Lo hemos visto en lo anterior. Pero incluso en ese caso, él tiene un Remanente que es fiel a Él. Este Remanente se ve proféticamente en la Epístola a Filadelfia (Apoc. 3:7-13).

El término “Remanente” es una expresión conmovedora, porque pone ante nuestros corazones algo que viene del origen. Pero también es una expresión humillante. En efecto, si todos hubieran permanecido fieles, no habría ningún remanente. El conjunto habría permanecido. Pero cuando la masa se apartó, es extremadamente consolador encontrar un remanente de lo que el conjunto debería haber sido y permanecido. Y cuando un Remanente fiel se separa del mal de la cristiandad, el Señor le concede el privilegio de seguir adelante a la luz de la Asamblea de Dios y en la unidad del Espíritu, por grande que sea la ruina que lo rodea.

Ellos no son la Asamblea. Nunca pretenderán serlo. Ni siquiera pretenderán ser el Remanente. Pero se guían, en lo que respecta a su culto y sus reuniones de edificación y oración, por los principios que Dios dio para ordenar todos los detalles de su Asamblea, cuando las cosas aún iban bien. De hecho, los principios de Dios no se dejan de lado por ninguna ruina, por grave que sea. El Remanente lo sabe y actúa en consecuencia. Como resultado, el Remanente posee todos los privilegios de la Asamblea de Dios, e incluso la presencia personal del mismo Señor Jesús. Con él en medio, son dignos de representar a su Asamblea en la tierra.

Al Remanente fiel, el Señor Jesús también le da su aprobación y su consentimiento: «Porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre» (Apoc. 3:8).

● «Tienes poca fuerza». El Remanente de los últimos días de la cristiandad no pretende poseer una gran fuerza y un gran poder, como los que caracterizaban a la Iglesia en sus inicios, en Pentecostés y después. Más bien reconoce la ruina del testimonio cristiano, del que él mismo forma parte. Por el contrario, la pretensión de un gran poder para hacer milagros espectaculares no es más que una negación de la decadencia y de la ruina que se han producido en la cristiandad. ¡Felices los hombres que no necesitan fingir lo que no tienen!

● «Has guardado mi Palabra». El Remanente aprecia la Palabra del Señor por encima de todo y se deja guiar y controlar por ella en sus afectos y en todo su camino, tanto individual como colectivo. Para todo lo que cree y hace, desea un: “Así dice el Señor”. Todo lo que no encuentra fundamento en la Palabra de Dios debe ser abandonado como simple tradición y enseñanza de los hombres. ¡Felices los que tienen su Palabra como guía y única autoridad! Ellos permanecen eternamente, al igual que la Palabra del Señor permanece eternamente (1 Juan 2:17; 1 Pe. 1:25).

● «No has negado mi nombre». El Remanente no abandona nada de lo que el Señor Jesús reveló de sí mismo en su Palabra. El precioso nombre del Señor Jesucristo –Santiago lo llama el hermoso nombre (Sant. 2:7)– abarca toda la verdad sobre su Persona, su obra y su autoridad. El Remanente se aferra a esto, no comparte nada con un mundo que lo rechaza. Confiesa este nombre ante los hombres, es decir, reconoce su divinidad absoluta, su humanidad perfecta, lo reconoce como el Salvador, el Instructor, el Señor, el Abogado y el Sumo Sacerdote de los suyos. No reconoce ningún otro nombre que el suyo como centro y punto de reunión. ¡Felices personas! Ya tienen entre ellos a Aquel que será el centro del cielo en la eternidad.

¿No queremos nosotros también formar parte de ese remanente que un día escuchará las palabras de aprobación de la boca de nuestro querido Señor? Entonces, salgamos hacia él (Hebr. 13:13) y mantengamos los ojos fijos en él en medio de las olas espumosas de nuestra época, hasta que lleguemos con seguridad al puerto tan deseado para el descanso y la felicidad eternos.

«Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas. Luego se alegran, porque se apaciguaron; y así los guía al puerto que deseaban» (Sal. 107:29-30).