Inédito Nuevo

Los dos lavados


person Autor: Marc TAPERNOUX 7


La pregunta de Pedro y la respuesta del Señor:

«Señor, ¿tú me lavas a mí los pies?» (Juan 13:6).

Tras levantarse de la cena y quitarse la ropa, Jesús se puso a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con la que estaba ceñido (Juan 13:5). Al acercarse a Pedro, este le dijo: «Señor, ¿tú me lavas a mí los pies?» (v. 6). Mientras que ninguno de los otros discípulos reaccionó, Pedro, impulsivo y una vez más desconocedor de las intenciones de su Maestro, no podía aceptar que este le hiciera un servicio tan humillante. «Jamás me lavarás los pies», insiste (v. 8). Pero Jesús, firme y sereno, no deja que se detenga su servicio de amor. «Jesús le respondió: Lo que hago, tú no lo sabes ahora; pero lo entenderás después… Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (v. 7-8).

La pregunta de Pedro da al Señor la oportunidad de revelar dos hechos particularmente importantes. Los que están limpios en virtud de su obra están expuestos a ensuciarse los pies, es decir, a contraer una contaminación en su caminar, de la que tienen que ser limpiados por la acción de la Palabra de Dios, de la que el agua es el tipo. En la gloria, el Señor realiza este servicio para los suyos, llevándolos, mediante la operación de la Palabra y el Espíritu Santo en ellos, a juzgar el mal y a confesarlo para ser limpiados de él (1 Juan 1:9).

En segundo lugar, este lavado tiene como propósito restaurar la comunión con el Señor. «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Ahora el Señor desea que sus amados disfruten continuamente de la parte que ha adquirido para ellos, es decir, la posición gloriosa y celestial que poseen en Él, el Hombre glorificado. No puede verlos privados, por el pecado, de las alegrías y bendiciones que conlleva esa posición. Por lo tanto, él ha provisto, en su gracia, ese lavado por la Palabra, por el cual la comunión es restablecida, cuando necesitamos ser restaurados. Además, si nos sometemos a su acción en todo momento, seremos guardados de caer. «Has librado mi alma de la muerte, y mis pies de caída, para que ande delante de Dios en la luz de los que viven» (Sal. 56:13).


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