Inédito Nuevo

El Amado

Cantar de los Cantares 5:2-6:5; Efesios 5:25-27, 29-32; Apocalipsis 19:7


person Autor: Paul F. REGARD 2 (1932)

flag Tema: La persona de Jesús: El hombre Cristo Jesús


1 - Introducción

En el Nuevo Testamento, la comunidad de los cristianos está presentada bajo 3 aspectos:

1. Como la Casa de Dios; es el ámbito de la profesión cristiana; es el terreno en el que se encuentran todos los bautizados, profesos y creyentes; en este ámbito, cada uno de ellos está en contacto con la verdad y se encuentra en relación con la autoridad del Señor; esto es un gran privilegio, y este privilegio conlleva una responsabilidad para cada uno.

2. Como el Cuerpo de Cristo; este último está compuesto por todos aquellos que han nacido de nuevo y que poseen la vida de Dios, la vida de Cristo; todos los verdaderos creyentes, todos los redimidos por el Salvador, forman parte de este admirable Cuerpo místico del cual el Señor mismo es la Cabeza gloriosa, el jefe supremo en el cielo; todos forman parte de él, incluso cuando no lo saben; pero no se puede decir de todos ellos que lo representen en la tierra.

3. Como la Esposa del Señor; todos los que han creído en el Hijo de Dios poseen al Padre y la vida eterna, y forman parte de la Esposa. La Esposa nos habla de los lazos de amor que unen a la Iglesia con el Señor y de los cariñosos afectos que son propios para cautivar el corazón de nuestro adorable Salvador. Este aspecto de la verdad es muy valioso de considerar. El Espíritu, que toma lo que es del Señor para anunciárnoslo (Juan 16:14-15), obra sin cesar en nosotros, a fin de desarrollar estos santos afectos por el Señor de gloria. Es la adorable persona del Amado, en quien Dios nos ha colmado de favor para sí mismo para el tiempo y para la eternidad; es, por gracia, nuestro propio Amado; y nosotros lo amamos porque él nos amó primero (Efe. 1:6; 1 Juan 4:19).

 

El Señor se ocupa con incansable solicitud de su Iglesia en la tierra. La ha amado y él mismo se ha entregado por ella. Resucitado y elevado a la gloria tras la ignominia y los tormentos de su precioso sacrificio en la cruz, cuida de su futura Esposa en el tiempo presente y la santifica por medio de su Palabra, para que reproduzca en la tierra sus características. Más tarde se la presentará gloriosa, irreprochable, exenta de toda mancha y de toda imperfección, plenamente capaz y digna de reflejar su propia gracia y belleza, para que sea para siempre, en el mismo cielo, la amada compañera de su ternura.

En la Epístola de Pablo a los Efesios (cap. 5), vemos que es el Señor mismo quien prepara a la Iglesia, su amada Esposa, con vistas a la gloria eterna. En tal obra, no tenemos nada que hacer salvo mostrarnos dóciles y atentos a las enseñanzas del Señor, de la Palabra de Dios y del Espíritu Santo, que toma lo que es del Señor para comunicárnoslo. El Señor de gloria quiere que recibamos toda luz y toda bendición de la gracia divina y de su adorable persona, que es su expresión perfecta. Pero el Señor también se dirige a nuestra responsabilidad y nos invita, por otra parte, a hacer algo para complacerle. No solo él mismo nos prepara para nuestra unión eterna con él, el Esposo celestial; sino que quiere que nosotros también hagamos algo para prepararnos para las santas confidencias de la bienaventurada eternidad. En el capítulo 19 del libro del Apocalipsis (v. 7), se dice: «Han llegado las bodas del Cordero, y su mujer se ha preparado».

En el Antiguo Testamento se habla mucho de las cosas del corazón. Y se ha dicho que el libro de los Salmos es como el corazón de las Escrituras. El Nuevo Testamento nos relata históricamente los grandes hechos del cristianismo: el nacimiento, la actividad, el ministerio, el precioso sacrificio del Salvador y su gloriosa resurrección. Nos presenta la doctrina de Cristo, es decir, el armonioso tesoro de las grandes verdades cristianas de las que nuestro adorable Señor es a la vez el centro y el objeto. Pero es a través del Antiguo Testamento, y sobre todo del libro de los Salmos, como sabemos, proféticamente, lo que sucedió en el alma santa y en el corazón perfecto de nuestro amado Salvador, y como llegamos a conocer los sentimientos íntimos que experimentó en el tiempo de sus sufrimientos en la tierra, antes de la cruz y en la cruz.

El libro que, más que ningún otro, es capaz de despertar y desarrollar los cariñosos afectos de la Esposa por el Esposo se encuentra en el Antiguo Testamento: es el Cantar de los Cantares.

Literalmente, la Bien Amada del Cantar de los Cantares no es la Iglesia; es el remanente de Israel presentado como esposa terrenal del Rey de gloria, mientras que la Iglesia es su Esposa celestial y eterna. Pero sabemos que la aplicación de los textos de la Escritura es muy rica. Si bien en algunos textos hay una aplicación literal que concierne únicamente a Israel, estos textos también contienen una aplicación moral y espiritual que es de lo más valiosa para nosotros mismos. Y esta aplicación moral concierne directamente a la Esposa celestial del Señor de una manera más elevada, más completa, más íntima y cariñosa que en el caso del remanente de Israel, de modo que podemos encontrar en ella una fuente de profunda edificación. Esto hace que el Cantar de los Cantares tenga un gran interés para nosotros.

2 - El estado de la Amada

Nosotros mismos vivimos las experiencias de las que habla este libro.

La Amada dormía; sin embargo, su corazón permanecía despierto, a pesar de ese adormecimiento. Así reconoce la suave voz del Amado que llama a la puerta y se dirige a ella con una ternura deliciosa, con una delicadeza exquisita: «Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía, porque mi cabeza está llena de rocío, mis cabellos de las gotas de la noche» (5:2). ¿Quién, sino el amado Salvador, maneja por excelencia este lenguaje sublime, quien, manifestando la gracia de Dios en la tierra, se afana y ora por los suyos en su amor inalterable y quien, en el glorioso esplendor de su humanidad santa y perfecta, en medio de las fatigas de su divino ministerio, pasa la noche fuera (Lucas 6:12; 21:37; 22:39)? El Señor llamaba a nuestra puerta. Muy a menudo, a pesar de nuestra vocación celestial, hemos actuado como la Amada del Cantar de los Cantares. Ella se había quitado la túnica, se había lavado los pies y se había acomodado en su morada. Le costó levantarse para ir a abrir. Dudó. Entonces el Amado siguió su camino, no sin antes extender la mano y dejar, según la bella costumbre oriental, en los pomos del cerrojo, el precioso recuerdo de su paso, el delicado perfume de sus sufrimientos y de su amor.

El corazón de la Amada se conmovió por fin; pero abrió la puerta con tal retraso que el Amado ya se había ido. ¿No nos ha sucedido esto a nosotros mismos? Sin duda amamos al Señor, que nos amó primero; pero muy a menudo no lo hemos amado lo suficiente como para molestarnos en su honor y abrirle la puerta a su debido tiempo. Hemos querido disfrutar del descanso y ponernos cómodos en este mundo. Nuestros corazones distraídos se dejaban acaparar por las cosas de este mundo. Y, en esas condiciones, al no poder el Espíritu Santo cumplir en nosotros la plenitud de su dulce ministerio, hemos sufrido una pérdida inmensa: nuestra culpable indolencia nos privó de la preciosa visita del Amado. El Señor había pasado de largo. Sin embargo, el Salvador habló a nuestros corazones dejando en los pomos de la cerradura el precioso testimonio de su paso, pues Él es amor.

Entonces comenzó para nosotros, como para la Amada del Cantar de los Cantares, una carrera llena de llanto. Entonces buscamos y llamamos a nuestro Amado. Y el Señor, para mejor revelar después a nuestras almas la excelencia y la grandeza de su adorable persona, parecía al principio esconderse de nosotros y responder con silencio a nuestra llamada. Hemos pasado por los caminos de la aflicción. Es en las aguas profundas de la prueba donde hemos aprendido a conocer las maravillas y las obras de Jehová (Sal. 107:24). El sufrimiento desempeña necesariamente una función muy importante en la vida cristiana. Somos discípulos del Hombre de dolores, los alumnos de aquel que, por el efecto de las fatigas y de los sufrimientos de su ministerio, no tenía forma ni resplandor, aunque en sí mismo, como veremos al adorarlo, en los radiantes esplendores de la resurrección, era más hermoso que los hijos de los hombres (Is. 52:14; 53:2-3; Sal. 45:2).

En materia de cristianismo, no podemos aprender nada bueno ni útil sin el sufrimiento. Si el sufrimiento nos hiere, por cada uno de nuestros propios males, el Señor de gloria busca interesar nuestros corazones en sus propios sufrimientos. Incluso en sus dolores expiatorios, que de ninguna manera podríamos compartir, nuestro amado Salvador nos ha dejado un modelo, para que sigamos sus huellas, como vemos en el capítulo 2 de la Primera Epístola de Pedro (v. 20 al 25). Y, en su Epístola a los Filipenses, que nos lleva a las cimas más altas del cristianismo práctico, en el capítulo 3, el apóstol Pablo, él mismo, se dirige y busca conducir a los santos hacia el Señor en la gloria «para conocerle a él, y el poder de su resurrección y la comunión de sus padecimientos» (v. 10). Si hay que sufrir aquí, incluso injustamente, para aprender a conocer, a servir y a glorificar al Señor, bien vale la pena; y el fruto bendito de todas nuestras pruebas y de todas nuestras aflicciones terrenales resplandecerá en gloria en el cielo, durante la eternidad, alrededor del Cordero. El perfecto Siervo de Jehová, «verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho» (Is. 53:11).

En su agitada carrera, la Amada del Cantar de los Cantares ha sido golpeada, herida, expuesta a graves inconvenientes. Ha perdido su velo. Y su indignidad le ha sido revelada a ella misma y se ha manifestado ante todos los ojos. Así es como el Señor permite que, en medio de la prueba y el dolor, experimentemos toda nuestra debilidad, para poder apreciar mejor después la majestuosa grandeza y la suprema excelencia de su adorable persona. De este modo, nuestros ojos se vuelven capaces de discernir toda la belleza y todo el valor del Amado. Si el Señor hace primero como si no oyera nuestra llamada, es para que aprendamos a conocernos y a juzgarnos a nosotros mismos, a fin de comprender mejor lo que él es. Nos aflige con el fin de bendecirnos después. A través de la aflicción, nos prepara para su servicio en la tierra y para la gloria eterna. ¡Preciosa experiencia, que nada podría sustituir!

Sin duda, nuestros corazones no se elevan hasta las alturas que deberían alcanzar para gloria del Amado. Pero si el amor del Señor tiene para nosotros el valor que debe tener, a pesar de nuestra extrema debilidad, seremos capaces de hablar del Señor a otras personas y despertar su interés respecto a las gracias y los méritos de nuestro querido Salvador. El fruto de la obra de Dios en nosotros es un testimonio dado, desde lo más profundo de la debilidad, a la adorable persona del «Hijo de su amor» (Col. 1:13). Por este precioso testimonio, en el capítulo 12 de la Segunda Epístola a los Corintios, el Señor nos dice a cada uno de nosotros, como al apóstol Pablo: «Mi gracia te basta; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (v. 9).

La pregunta dirigida a la Amada: «¿Qué es tu amado más que otro amado, Oh la más hermosa de todas las mujeres? ¿Qué es tu amado más que otro amado, Que así nos conjuras?» (5:9), es para ella una ocasión admirable de dar testimonio al Señor de gloria tras las enseñanzas de la experiencia y la prueba. Madurada por las aflicciones, la Amada puede dar a la adorable persona del Amado un testimonio completo.

3 - La Amada da testimonio de la persona del Amado

Este testimonio es notable en todos los aspectos. Nada de lo que concierne a la adorable persona del Amado queda ajeno a las preocupaciones y los afectos de la Amada.

El Amado, cuyos méritos ella enumera y cuyas gracias describe con admirable plenitud, no es otro que el Hijo amado del Padre, ese Hijo en quien y por quien, como ya hemos recordado, Dios nos ha colmado de favor para el tiempo presente y para el futuro eterno. Es el Hijo único y amado que es desde la eternidad el objeto de los puros y perfectos deleites de Dios y en quien el Padre encuentra su placer (Prov. 8:22-31; Mat. 3:17 y 17:5; etc.). Es el Hijo a quien el Padre envió a este mundo para revelar a los hombres su gloria y su amor (Juan 1:14, 18). Es el Hijo a quien el Padre ama, en cuyas manos ha puesto todas las cosas (Juan 3:35; 5:20; 13:3; 17:2), y de quien dijo: «A él oíd» (Mat. 17:5; Marcos 9:7; Lucas 9:35). Es también el Hijo a quien el Padre ama porque entregó su vida para recuperarla en los esplendores de la resurrección, según el mandato de su Padre (Juan 10:17-18).

Gracias a la obra de la cruz, este Amado se ha convertido por gracia en nuestro propio Amado, pues Dios nos invita a encontrar todo nuestro deleite en este Hijo, que es el objeto eterno de sus delicias. ¡Ah! Quiera Dios que podamos decir, con toda sinceridad de corazón y de espíritu, como la Amada del Cantar de los Cantares: «Mi Amado»! Este lenguaje, ya tan bello en boca del remanente de Israel presentado como esposa terrenal del Rey de reyes, es el que conviene de manera más elevada, más querida e íntima, a la Esposa celestial del Señor, a esa Esposa a la que el Señor de gloria prepara e invita a que se prepare con vistas a las bodas del Cordero y a los gozos infinitos que llenarán la eternidad.

La expresión resplandeciente y sonrosado (LBLA) es de una riqueza magnífica. El primero de estos 2 términos, resplandeciente, se aplica a la santa, perfecta y gloriosa humanidad del amado Salvador, en quien habitó y habita corporalmente la plenitud de la Deidad (Col. 2:9; 1:19). El segundo término, la palabra sonrosado, alude a la preciosa sangre que fluyó aquí abajo por las venas inmaculadas del Hijo del hombre y del Hijo de Dios, que fue derramada en la cruz, a quien debemos la redención eterna y la remisión de todos nuestros pecados (Efe. 1:7).

El Amado es un abanderado entre 10.000. Aquel que estuvo solo en la cruz, en la angustia suprema, entre la tierra hostil y el cielo velado, durante las 3 horas de tinieblas y expiación, está rodeado de sus numerosos redimidos en el gozo de la resurrección (Hebr. 2:10; 1:9). Él es el testigo fiel y verdadero, el autor y consumador de la fe (Apoc. 1:5 y 3:14; Hebr. 12:2). Es él quien sostiene en sus manos victoriosas la bandera del testimonio, el estandarte del amor (comp. con 2:4); y este precioso estandarte constituye un poderoso signo de reunión en torno a su adorable persona. El testimonio de Dios en este mundo es el del Señor mismo; no nos pertenece; y no tenemos derecho a disponer de él a nuestro antojo.

Su cabeza es oro muy fino. Es la preciosa cabeza de aquel que, habiéndose hecho carne aquí, es el Dios verdadero y la vida eterna (1 Juan 5:20). En su majestad soberana, manifiesta, con el resplandor de una finura y una pureza sin igual, toda la perfección de la justicia divina. Esta cabeza augusta y amada es la que llevó aquí la corona de espinas (Mat. 27:29; Marcos 15:17; Juan 19:2); las espinas que brotaron de la tierra a causa del pecado (Gén. 3:18) sirvieron para herir a esa cabeza adorable que los soldados insultaron y golpearon (Mat. 27:30; Marcos 15:19). Esa cabeza es la que, una vez cumplidas todas las cosas, se inclinó sobre la cruz (Juan 19:30). Esa cabeza es la que, por la fe, contemplamos ahora coronada de gloria y de honor en el templo del cielo, en la morada del gozo supremo (Hebr. 2:9; 12:2). Pronto la veremos cara a cara (1 Juan 3:2; 1 Cor. 13:12) en las radiantes felicidades de la Casa del Padre, donde pasaremos la eternidad con el Señor de gloria, nuestro adorable Esposo.

Los rizos de un negro magnífico dan testimonio del maravilloso vigor del Salvador y nos permiten ver su espléndida y eterna juventud. En medio de las fatigas de su ministerio, tal y como ya hemos recordado según los capítulos 52 y 53 del profeta Isaías, el Señor de gloria no tenía forma ni resplandor; su rostro estaba más desfigurado que el de ningún hombre y su forma más que la de ningún hijo de hombre. Pero, en sí mismo, como muestra el Salmo 45 (el “cántico del Amado”), nuestro adorable Salvador es más hermoso que los hijos de los hombres. En los gozos eternos de la resurrección, no dejaremos de comprobarlo, y admiraremos sin cesar la belleza sobrehumana del Rey de reyes, nuestro Esposo celestial. La longitud de los mechones ondulados que luce el Amado nos habla de la consagración total a Dios del verdadero Nazareno (Núm. 6:5), perfecto Siervo de Jehová.

Los ojos del Amado tienen una visión poderosa. Y su mirada está llena de ternura, como la de la paloma. Esos ojos, cuya pupila se asemeja a arroyos de agua que son para la Esposa una fuente de frescor inagotable, y cuyo blanco ofrece el brillo y la pureza de la leche y simboliza el alimento completo que se encuentra en la persona del Señor (la pura leche intelectual, 1 Pe. 2:2), están bien situados cada uno en su órbita. El Salvador es el pan vivo, que ha descendido del cielo. Sus palabras, que son espíritu y vida, sacian la sed para siempre (Juan 6). Todo es perfecto, absolutamente perfecto, en la augusta persona del Amado.

Sus mejillas –esas mejillas que recibieron las bofetadas injuriosas y los ignominiosos escupitajos de los malvados y a las que los inicuos arrancaron el vello (Is. 50:6; Juan 18:22 y 19:3; Mat. 27:30; Marcos 15:19)– parecidas a parterres perfumados, a cestas de flores, que encantan a la vez nuestra vista y nuestro olfato, exhalan un aroma fragante. Y este precioso aroma recuerda sin cesar a la Amada los sufrimientos del Amado. La Escritura nos revela proféticamente estos hechos mucho antes de las escenas del juicio y de la crucifixión.

Los labios del Salvador se asemejan a lirios de una belleza sobrehumana y destilan una mirra cristalina, cuyas gotas recuerdan a las lágrimas. Son las preciosas lecciones, la enseñanza madurada por el sufrimiento, del Maestro manso y humilde de corazón, el ejemplo eficaz del Cordero real que se dejó privar de todos sus derechos, condenar contra toda justicia y clavar en el madero ignominioso de la cruz. De su boca santa, en medio de las peores injusticias y de los dolores más atroces, no salieron ni quejas, ni protestas, ni amenazas (Is. 53:7). Solo la gracia resplandeció en los adorables labios del Señor, cuando la contradicción de los pecadores se desataba contra él (Sal. 45:2; Hebr. 12:3). Y la gracia que brilla en los labios de nuestro Amado resplandecerá en gloria durante la eternidad.

Sus manos, soberanas dispensadoras de la justicia divina, se asemejan a discos de oro fino cuyo alrededor no tiene principio ni fin; son manos de una perfección absoluta y eterna. Son estas preciosas manos las que se extendieron sobre la humanidad culpable para bendecirla y las que derramaron sobre los hombres en rebelión contra Dios, con una compasión incansable, bendición tras bendición. Son estas adorables manos las que el odio y la perversidad de los malvados han traspasado y dolorido. Son las manos que llevan las gloriosas heridas que el Señor, desconocido y rechazado por los suyos, recibió de aquellos a quienes llama, por gracia, sus amigos (Sal. 22:16; Zac. 13:6). Esas manos divinas, cuyos dedos, aptos para el trabajo más delicado y tan hábiles para toda obra, están engastados como crisólitos; esas manos tiernas y serviciales, esas manos magulladas por nosotros, esas manos que conservan eternamente en gloria el conmovedor recuerdo de los sufrimientos de la cruz, permanecen sin cesar abiertas para bendecirnos. Si Dios nos aflige en la tierra, es con el fin de enseñarnos a conocer, por gracia, la adorable persona del Señor, el poder de su resurrección y la comunión de sus sufrimientos (Fil. 3:10). En la eternidad, veremos los felices resultados de las penosas pruebas que el amor de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo nos dispensa en la tierra. Es a nosotros, los más profundamente afligidos en la tierra, a quienes el Señor da la parte más hermosa. Sus dedos son hábiles. Él hace todas las cosas bien. ¡Gloria a él, gloria sin cesar!

El vientre o el seno del Amado es la sede de sus entrañas y nos habla, de una manera tan íntima como tierna, de sus preciosos afectos. El corazón del Salvador desea revelarse a nosotros cada vez más (Juan 14:21). Su pecho blanco, semejante a una obra maestra de marfil artísticamente pulido, nos muestra cuán perfecto es todo en la santa y gloriosa humanidad del Señor. El zafiro, que es azul como todos saben, nos habla del cielo, de donde descendió el segundo hombre, el último Adán (1 Cor. 15:45, 47), el adorable Salvador que es a la vez y al mismo tiempo Dios y hombre. Los zafiros representan las gracias celestiales y divinas del Señor de gloria, que adornan con esplendor las perfecciones de su santa humanidad. Todo es maravilloso y admirable en los preciosos afectos de aquel a quien amamos porque él mismo nos amó primero (1 Juan 4:19).

Las piernas del Amado, esas piernas que descansan sobre los cimientos resplandecientes de la justicia divina, ese oro de una finura sin igual, se comparan con columnas firmes que tienen el brillo y la pureza del mármol blanco. Son esas adorables piernas las que se cansaron aquí cuando el Salvador iba de lugar en lugar haciendo el bien (Hec. 10:38-39), y que también conocieron los horribles tormentos del suplicio de la cruz (Sal. 22:16). Con solo ver al Salvador caminar, desde el comienzo de su precioso ministerio, Juan el Bautista pudo decir: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». «He aquí el Cordero de Dios» (Juan 1:29, 36). Todo en la persona del Amado tiene valor para el corazón de la Amada. Ninguna parte, ningún detalle de esta persona adorable escapa a las indagaciones de su tierno amor.

Luego vienen, como al principio de esta maravillosa descripción, los rasgos generales del Amado. Su porte y su aspecto tienen la gloria del Líbano (Is. 60:13), la majestad de los cedros (Sal. 92:12; 104:1, 16). La gloria y la majestad del Señor nos hacen sentir nuestra extrema pequeñez. Y cuanto más discernimos nuestra pequeñez a la luz resplandeciente del Señor y bajo el resplandor de su grandeza soberana, más querida se vuelve su adorable persona para nuestros corazones.

El paladar del Salvador humilde y manso (Mat. 11:29) está lleno de dulzura para quienes saborean su fruto (comp. con 2:3). Cuán dulce es el paladar de aquel que estuvo aquí y que mora en la gloria, el Verbo hecho carne, la expresión perfecta de todo lo que Dios es, de todo lo que Dios piensa, de todo lo que Dios dice, la manifestación elocuente y completa de la verdad (Juan 1:14 y 17:17; 15:26; 2 Cor. 4:6; Col. 2:9). Es él quien hace oír las dulces comunicaciones del Padre (Juan 3:34; 12:49-50; 14:10; 17:8). Las palabras del Salvador están llenas de gracia y de verdad, como su adorable persona (Juan 1:14). Todas sus palabras son espíritu y son vida (Juan 6:63). Él es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas por su nombre, que las guía, que las alimenta sin cesar con los tesoros de su amor, que las reúne a su alrededor y que siempre se muestra preocupado por su bienestar (Sal. 23; Juan 10). Él es el pan de vida, el pan descendido del cielo. Y es él quien posee el agua que desaltera la sed para siempre (Juan 6). Las ovejas escuchan su voz llena de encanto y siguen a su adorable persona (Juan 10:3-4, 27). La Amada se sienta a los pies del Amado para escuchar su palabra (comp. con 2:3). Su parte es la preciosa parte de María de Betania, aquella que no puede ser quitada, ni siquiera en la eternidad (Lucas 10:42).

El último rasgo resume el conjunto tan armoniosamente descrito en los versículos anteriores. «Tal es mi amado, tal es mi amigo» (5:16), dice la Amada. Todo es gracia radiante, belleza resplandeciente, encanto exquisito, majestad soberana, grandeza admirable, gloria magnífica, poder infinito en la adorable persona del Amado. ¡Que nuestros corazones se apeguen cada vez más a su maravillosa persona (Is. 9:6)!

4 - El efecto del testimonio de la Amada

El testimonio dado por la Amada no deja de dar fruto. El interés de las asistentes queda cautivado. Las hijas de Jerusalén dicen: «¿A dónde se ha ido tu amado, oh la más hermosa de todas las mujeres? ¿A dónde se apartó tu amado, Y lo buscaremos contigo?» (6:1). Lo mismo ocurre con nosotros. Por la gracia y la bondad del Señor, cuyo poder se perfecciona en la debilidad (2 Cor. 12:9), cuando damos un testimonio digno de él, hay almas que se sienten atraídas y desean buscarlo con nosotros. Nada puede invitar a las almas a buscar al Señor como un amor puro y sin mezcla por su adorable persona. El amor siempre encuentra la manera de expresarse de una forma digna de aquel que es su objeto.

La respuesta de la Amada es de una belleza sublime. El versículo 2 del capítulo 6 resume todo lo que el Señor es y todo lo que ha hecho.

5 - Lo que el Señor es y todo lo que ha hecho

Nuestro adorable Salvador es el Amado. Es el Amado de Dios. Desde antes de la creación del universo, desde la eternidad, como vemos al final del capítulo 8 del libro de Proverbios (v. 22 al 31), y en otros pasajes (Juan 1:1-2; 1 Juan 1:2), el Señor tenía una existencia personal junto al Padre. Se nutría de amor junto a Él como su artífice y era su deleite cada día. En 2 ocasiones solemnes, primero en el bautismo del Salvador, y luego en el monte santo, en el momento de la transfiguración del Señor, se oyó la voz del Padre desde el cielo; Dios dijo: «Este es mi amado Hijo, en quien tengo complacencia» (Mat. 3:17; Marcos 1:11; Lucas 3:22; Mat. 17:5; Marcos 9:7; Lucas 9:35; comp. con 2 Pe. 1:17). Como nos muestra Mateo 12:18, según Isaías 42:1, él es el siervo elegido en quien el alma de Jehová halla su complacencia. En este pasaje, que cita según la Septuaginta, Mateo añade las palabras “mi Amado”. Esta adición pertenece al Nuevo Testamento, donde el Hijo de Dios está revelado plenamente.

El Nuevo Testamento nos muestra también que el Señor es objeto de amor para el Padre a causa de la obra de la cruz. Juan el evangelista nos transmite esta memorable palabra del Salvador: «Por eso el Padre me ama, por cuanto yo doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que la entrego de mí mismo. Tengo poder para darla y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre» (10:17-18). Si Dios nos ha colmado de favor, es «en el Amado» (Efe. 1:6), en ese Amado del Padre que, por gracia, es ahora nuestro propio Amado, Dios nos invita a compartir con él mismo el maravilloso objeto de sus santas delicias. Como la Amada del Cantar de los Cantares, pero de una manera más elevada, más íntima, aún más dulce, la Iglesia bienaventurada, la Esposa celestial, puede decir y repetir ya aquí, con éxtasis, con gratitud, con adoración, a aquel que la ha amado y se ha entregado por ella, que la ama sin cesar y que la colmará de sus gozos eternos: «Mi Amado».

¿Qué ha hecho el Amado? Ha descendido. Ha descendido de la gloria del cielo, en respuesta al grito de desesperación de la humanidad caída, impotente y perdida: «¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras (Is. 64:1). Más allá de lo que, proféticamente, concierne al pueblo de Israel de manera literal y especial, este grito desgarrador expresa bien la angustia moral de los hombres ante su ruina irremediable, cuando llegan a discernir su absoluta incapacidad. Dios responde a todas las necesidades de su criatura. El alma iluminada, que, sintiendo la vanidad y la impotencia de todos los esfuerzos humanos, lanza este grito, encuentra de inmediato la respuesta a la angustia que la atormenta y la oprime en la venida del Amado que ha descendido del cielo, que sí mismo se ha anonadado, tomando la forma de esclavo, haciéndose semejante a los hombres, y que, hallándose en figura de hombre, sí mismo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de la cruz (Juan 3:13; Fil. 2:5-8). El resto del pasaje nos dice cómo, dónde por qué descendió el Amado.

El Amado descendió a su jardín. Vino a su propio dominio (Juan 1:11). Nuestro precioso Salvador le dijo a la samaritana: «La salvación es de los judíos» (Juan 4:22). El Salvador nació en Israel. Nació bajo la Ley, como indica Pablo en su Epístola a los Gálatas (4:4). Y, en su Epístola a los Romanos, el apóstol recuerda que, de los padres, según la carne, procede Cristo, que es Dios bendito por los siglos sobre todas las cosas (9:5).

El Salvador hizo su entrada en este mundo no solo en medio del pueblo de Israel, como un renuevo y como una raíz que brota de una tierra árida (Is. 11:1; 53:2), sino en esa parte determinada de su jardín que la Amada llama los parterres de las hierbas aromáticas, en ese remanente fiel del que los 2 primeros capítulos del Evangelio según Lucas nos presentan el encantador cuadro. Este piadoso remanente, al que pertenecían la familia y los amigos de María y del que formaban parte el noble anciano Simeón y la venerable profetisa Ana, esperaba al Salvador con paciencia y amor, y constituía para Dios, en medio de un pueblo ingrato y rebelde, unos parterres de hierbas aromáticas cuyo perfume ascendía agradablemente ante él. Así es como el Amado hizo su aparición llena de gracia en la tierra. Así es como el último Adán, el segundo hombre, el Hombre perfecto y definitivo, vino del cielo (1 Cor. 15:47).

Pero el Señor de gloria no solo descendió a la tierra. También descendió, en gracia, a la muerte y al sepulcro.

Nuestro adorable Salvador confesó, llevó y expió nuestros numerosos y terribles pecados en el madero de la cruz (Sal. 40:1, 12; 1 Pe. 2:24). Él fue hecho pecado por nosotros, él, el Santo y el Justo, que no había conocido el pecado, para que pudiéramos llegar a ser justicia de Dios en él (2 Cor. 5:21). Fue herido por nuestras transgresiones; fue molido por nuestras iniquidades; el castigo que nos da la paz recayó sobre él; y por sus heridas fuimos sanados (Is. 53:5-6). Él fue nuestro Salvador perfecto bajo el ardor de la justa ira de Dios contra el pecado durante las 3 horas de tinieblas y de expiación, y contra nuestros pecados. Él descendió a las profundidades inexorables de la muerte, cuyo imperio midió su alma y cuyo espanto sondeó (Sal. 22). Por medio de la muerte, despojó de su poder a aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos aquellos que, por temor a la muerte, estaban sometidos a la servidumbre durante toda su vida (Hebr. 11:14-15).

Y estuvo con el rico en su muerte, porque no había cometido violencia alguna y no había fraude en su boca (Is. 53:9). José de Arimatea, ese hombre justo y piadoso, ese consejero honorable e íntegro, ese opulento terrateniente, que poseía, cerca del lugar de las ejecuciones capitales, un gran jardín donde, siguiendo la antigua costumbre de los ricos de Jerusalén, había hecho excavar un sepulcro en la roca, depositó allí, envuelto en un lienzo limpio, los santos y preciosos restos del Señor de gloria (Mat. 27:57-60; Marcos 15:42-46; Lucas 23:50-54; Juan 19:38-42). Fue en ese magnífico sepulcro, donde nunca se había depositado a nadie (Lucas 23:53; Juan 19:41), donde se depositó el cuerpo del Salvador, en condiciones tales que no cabía duda alguna sobre la identidad de aquel que pronto saldría de él resplandeciente de las glorias y los esplendores de la resurrección. El jardín de José de Arimatea se convirtió así en el jardín del Amado, según el designio de Dios, que cubre a su Hijo de magnificencia y honor tras la ignominia y los tormentos del sacrificio de la cruz. Y este precioso jardín ofrece también, en figura, sus parterres de aromas, pues, como leemos en el Evangelio según Juan, José de Arimatea y Nicodemo tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas, como es costumbre entre los judíos al enterrar (Juan 19:39-40). ¡Glorioso jardín de la resurrección, jardín todo perfumado, jardín situado muy cerca del Calvario (Juan 19:42)! Precioso sepulcro, de donde el Amado, resucitado por la magnífica gloria del Padre y recuperando su vida por sí mismo después de haberla dejado (Rom. 6:4; Juan 10:17), ¡salió, en las proximidades de su cruz, victorioso y triunfante para la eternidad!

Si somos probados, afligidos, atormentados, crucificados en nuestros afectos más queridos, encontramos, por así decirlo, junto al lugar donde sufrimos, el jardín del Amado, el jardín floreciente y resplandeciente de la resurrección, el glorioso jardín donde podemos, como María de Magdala, encontrarnos con el Señor resucitado (Juan 20:1, 11-18). Aprendamos a conocerle, y el poder de su resurrección y la comunión de sus sufrimientos (Fil. 3:10). Y nuestro dolor se verá inmediatamente iluminado por un gozo profundo, glorioso y eterno. ¿Cuál es el atuendo de la Esposa? Lleva consigo el precioso perfume de los sufrimientos del Amado; y sus vestiduras están todas impregnadas de él (Juan 19:39; Sal. 45:8). Tal es el adorno de la Esposa; tal es el adorno que conviene al Señor de gloria, a su dignidad y a su amor.

6 - Lo que el Señor busca

El Amado, que ha conquistado a costa de sus santos sufrimientos todos los privilegios y todas las bendiciones de las que disfrutamos actualmente y de las que disfrutaremos en la eternidad, el Buen Pastor que dio su vida por sus ovejas y la recuperó en los resplandecientes esplendores de la resurrección, se complace en pastorear a su rebaño en los jardines de su amor. Nos conoce por nuestro nombre. Se interesa por cada uno de nosotros. Cuida de nosotros con exquisita ternura. Nos guía con delicadeza. Nos protege sin cesar. Nos da en todo momento ayuda, socorro y consejo. Nos alimenta. Nos ama (Juan 10; Is. 40:11). Se complace en reunir a todas sus ovejas en un solo rebaño alrededor de su adorable persona. Hay un solo rebaño para un único y mismo pastor (Juan 10:16).

El objetivo que se propone el amor del Señor es también recoger lirios. Consideremos los lirios y la forma en que crecen: no trabajan ni hilan; sin embargo, ni siquiera Salomón, en toda su gloria, estaba vestido como uno de ellos (Lucas 12:27; Mat. 6:28). La belleza sobrehumana de los lirios proviene únicamente de Dios. Los hombres, que no pueden hacer nada para producirlos, tampoco pueden hacer nada para revestirse de las suntuosas vestiduras de la justicia divina. Nada iguala el espléndido adorno que la obra perfecta e inmortal del Amado, hecha una vez por todas en la cruz (Juan 19:28-30; Hebr. 9:11-14), confiere a sus queridos redimidos. Y el Señor de gloria, resucitado tras los tormentos y la ignominia de la crucifixión, no pide, aún hoy, más que recoger lirios, para hacer de ellos un racimo, cada vez más grande, cada vez más bello, cada vez más magnífico. Este maravilloso racimo, cuyo frescor el amor del gran Pastor mantiene sin cesar, está destinado a florecer en la gloria eterna sin marchitarse jamás. El Amado, que pasta entre los lirios, verá el fruto del trabajo de su alma y quedará satisfecho (Is. 53:11).

7 - Progreso de la Amada

En el versículo 3 del capítulo 6, vemos que la Amada del Cantar de los Cantares se regocija de estar con su Amado, de saber que su Amado es suyo, y de conocer la benéfica actividad de aquel a quien ella ama. Este pasaje implica un estado más elevado que el de los versículos 16 y 17 del capítulo 2, donde la Amada dice: «Mi amado es mío, y yo suya; el apacienta entre lirios. Hasta que apunte el día, y huyan las sombras». En el capítulo 6:3, la Amada piensa en primer lugar en los derechos del Amado, mientras que en el primer caso (cap. 2) es en sí misma en quien piensa. Pero el estado indicado por el versículo 2 del capítulo 6 es, a su vez, sustituido por otro estado, aún más elevado. En el versículo 10 del capítulo 7, la Amada ya no ocupa ningún lugar en sus propios pensamientos; solo piensa en su Amado; dice: «Yo soy de mi amado, y conmigo tiene su contentamiento».

8 - Resumen – conclusión

Mientras esperamos la plena luz de las felicidades eternas y el resplandor inmaculado de las bodas del Cordero en los gozos supremos de la resurrección (Prov. 4:18; Apoc. 19:7), el Señor de gloria atrae nuestros corazones hacia el cielo, donde ha entrado como nuestro precursor (Hebr. 6:20); y su corazón se siente atraído aquí, hacia el escenario de la aflicción donde los suyos se afanan y sufren. Por haber sufrido él mismo, al ser tentado, está en condiciones de socorrer a los que son tentados (Hebr. 2:18). El Amado aplica el bálsamo delicioso de su amor y de sus consuelos sobre todas nuestras heridas. Así como las manos traspasadas, los pies traspasados, el costado traspasado y el rostro adorable del Amado conservarán eternamente, magnificados en gloria, el recuerdo de los dolores de la cruz, así también, en alabanza de su gracia divina, los resultados benditos de las humildes heridas que sufrimos en la tierra resplandecerán en el cielo para siempre, como un fruto precioso del amor del Señor (Juan 20:20, 27; 1 Juan 3:2; 2 Cor. 4:17; Col. 3:4).

Entonces, la Esposa no amará más que al Amado. Su amor, puro e infinito, se expresará en perfección en los santos desbordamientos de la bienaventurada eternidad. Y el Amado, que descansará en su amor (Sof. 3:17), será soberanamente glorificado en el gozo inmutable de la primavera celestial, de esa primavera radiante que, como Dios mismo, permanece para siempre.