Salvos por gracia, por medio de la fe

Efesios 2:8


person Autor: Le Messager Évangélique 9

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


Puede que algunos lectores de estas líneas no sepan si son verdaderamente salvos. Un día son felices, creen que poseen por fin el gozo de la salvación, y otro día, sin ninguna razón evidente, todo cambia, están tristes y dudan. Otros están preocupados por su conducta; les parece que son hijos de Dios, pero cometen una falta, tienen un momento de malhumor, mienten, y la realidad de su conversión les resulta problemática.

¿Qué nos dice la Palabra de Dios? ¿Somos salvos cuando gozamos del Señor? ¿O acaso somos hijos de Dios cuando nuestra vida es santa? ¡No! Creyendo en Jesús, Dios nos «dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12) ¿En qué condiciones? –por gracia, por medio de la fe.

El Señor Jesús se ofreció en sacrificio en la cruz, «el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pe. 3:18). He aquí la gracia; he aquí la fe: Cristo atestiguó «que Dios es veraz» (Juan 3:33). Se debe creer lo que Dios dice: «Cristo… murió por los impíos» (Rom. 5:6). ¿Soy yo un impío? Si no pienso que sea tal cosa, entonces Cristo no murió por mí; pero si reconozco mi verdadero estado en la presencia de Dios, basándome en su Palabra, sé que Jesús murió por mí. Eso da la paz: la fe en una obra cumplida por otro, una sola vez (Hebr. 10:10-14).

Cuando asalta la duda, Satanás trata siempre de sembrarla en el corazón de los creyentes. Nos conviene recordar esto: La obra de Dios es una obra perfecta (Deut. 32:4). «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios» (Efe. 2:8).

La obra de la salvación no depende de nuestro andar; ya está hecha. Si la tenemos como don de Dios, la poseemos. ¿La podemos perder? Satanás no puede arrebatarnos de las manos del Padre (Juan 10:28-29). Sin embargo, no olvidemos una cosa: Pedro –y otros también– escribió a propósito de personas que se apartaron de las contaminaciones del mundo, mediante el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, y que otra vez se enredaron en ellas: «Vuelve… la puerca lavada a revolcarse en el cieno» (2 Pe. 2:20-22). Precisamente, la puerca nunca se transformó en oveja; solo se lavó, exteriormente. Las personas descritas en esos versículos no experimentaron el nuevo nacimiento, ni fe en Su nombre, lo cual otorga la potestad de ser hechos hijos de Dios.

Una influencia cristiana, un hogar creyente o un conocimiento intelectual de la Biblia no dan la salvación. Solo la fe, la fe de corazón (Rom. 10:10) en la obra perfecta cumplida en la cruz, nos lleva a Dios, nos da la certeza de una salvación perfecta. Nada tenemos que hacer sino adorar y mostrar nuestra gratitud mediante una vida consagrada al Señor.


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