Deslizar

Hebreos 2:1


person Autor: William John HOCKING 15

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


«Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos» (Hebreos 2:1)

Algunas veces se ha encontrado en las costas de Escandinavia un tronco de árbol seco que había caído en el río Amazonas, en alguna frontera oriental del Perú o de Colombia. Deslizándose, había recorrido varios miles de kilómetros a través de América del Sur, y luego hacia el norte a través del océano Atlántico.

Sin embargo, ese trozo de madera estaba inerte, no pudo hacer ningún gasto de energía, pero, sometido a la fuerza de los elementos que lo rodeaban, terminó por llegar a un lugar situado a una enorme distancia de su punto de partida, deslizándose.

Corremos el gran peligro de asemejarnos a ese tronco de árbol a la deriva, llevados por todo viento de doctrina y por las olas de las circunstancias. Esta advertencia dada a los creyentes no data de hoy. Pablo la expresaba al escribir a los hebreos: «Es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos». La fe que ha sido una vez dada a los creyentes es algo inmutable y permanente, pero el peligro consiste en alejarnos de las verdades divinas. No que dejemos escapar esas verdades, como a veces se expresa, sino que nos apartemos de ellas. La deriva es lenta, gradual, al principio no nos damos cuenta; y por tal motivo es más peligrosa que un choque repentino y violento. La mayoría de los creyentes resistirían con todas sus fuerzas a los esfuerzos visibles que el enemigo haría para arrebatarles la verdad; hasta los tímidos y los mansos son capaces de hacer frente cuando la persecución llega.

Pero si bien estamos atentos a los ladrones que intentan entrar con violencia y robar, todos tenemos la tendencia a descuidar la polilla y el orín que corrompen en secreto. Ignoramos o desestimamos el efecto que tienen las opiniones actuales sobre la manera en que consideramos las revelaciones de la Escritura. Pero, insensiblemente, nuestro respeto por las palabras de Dios disminuye, nuestra confianza en ellas es socavada. Tal vez no percibimos ese cambio: la deriva empezó; la ruina, y luego la negación, seguirán.

En los comienzos de la Iglesia tenemos un ejemplo de la tendencia a alejarse; el movimiento, imperceptible al principio, empezó en Antioquía, luego se aceleró rápidamente a tal punto que Pedro, Bernabé y muchos otros cristianos judíos estuvieron a punto de ser arrastrados lejos de la verdad del Evangelio. Pero ¿cómo empezó esto? Fue por Pedro, aunque era considerado columna en la Iglesia. Llegando a Antioquía, se apartó de los hermanos gentiles, haciendo una diferencia entre ellos porque no eran judíos (Gál. 2:9-13). Otros judíos siguieron el ejemplo del apóstol.

Podría parecer de poca importancia el hecho de que Pedro trate a los hermanos judíos como judíos y a los gentiles como gentiles, según la costumbre secular de su nación. Pero al actuar así, Pedro destruía lo que él mismo había establecido al predicar el Evangelio: que Dios ahora no hace ninguna diferencia entre judíos y gentiles (Hec. 15:8-9).

La conducta de Pedro podría haber parecido sin importancia a los ojos de algunos; sin embargo, el apóstol Pablo supo discernir cuál era el curso que tomaba la deriva. Declaró que Pedro y los que estaban con él «no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio» (Gál. 2:14). La enseñanza fundamental del cristianismo consiste en el hecho de que no hay diferencia en la culpabilidad del hombre ni en la gracia divina para con todos los que invocan al Señor (Rom. 3:22-23; 10:12-13). Las personas que, en Antioquía, hacían diferencia entre judíos y gentiles ponían de lado esta verdad.

Pero la enérgica y decidida intervención de Pablo impidió que aquellos que comenzaron a deslizarse fueran más lejos en el abandono de la verdad. Tenemos el relato de este incidente en la Escritura como una advertencia para nosotros a fin de que tengamos cuidado de no ser arrastrados por las corrientes de opiniones humanas y de la teología popular.

Pedro tenía miedo de lo que los hermanos judíos dirían (Gál. 2:12), y cayó en el lazo que pone el temor del hombre (Prov. 29:25). Nosotros también podemos ser influenciados por las opiniones de los demás, y alejarnos de la enseñanza de la Escritura y de la práctica que hemos recibido de Dios.

A veces es bueno examinar nuestros caminos, y asegurarnos de que no nos hayamos desviado de la Escritura, la cual es nuestra guía infalible. Consideremos, cada cual por sí mismo, las siguientes preguntas:

¿Está usted siempre tan seguro como antes, de que el Señor Jesús mismo está en medio de dos o tres reunidos a su Nombre? ¿O le surge alguna duda referente a esto en su espíritu? ¿Se desvió usted de esas felices experiencias que hizo en tiempos pasados en la iglesia?

¿Sigue asistiendo a las reuniones de oración o de estudio de la Palabra tan regularmente como antes? ¿O bien se desvió de esta costumbre al encontrar una excusa válida para ausentarse?

Su contribución a las ofrendas ¿disminuyó a pesar de que sus ingresos aumentaron? ¿Perdió de vista que es un administrador de los bienes de su Maestro, y se imaginó que otros pueden reemplazarlo en su obra?

Su hogar ¿exhala el perfume de piedad que tenía en otro tiempo? ¿Se dio cuenta de que los que hacen profesión de piedad no siempre practican la lectura y la oración en familia, el canto de himnos y el estudio de la Palabra? ¿Esto le dio ocasión a la vez para abandonar esas costumbres piadosas en su propia casa?

¿Reconoce usted su responsabilidad de criar a sus hijos en disciplina y amonestación del Señor? (Efe. 6:4). ¿O bien en eso también se desvió y puso enteramente sobre otras espaldas una carga que le correspondía a usted? Y en sus ocupaciones diarias, ¿considera que su palabra lo compromete, y que usted no sirve «al ojo, como los que quieren agradar a los hombres»? (6:6). ¿O se deja llevar por usos y costumbres normales para el día de hoy tal vez, pero reprensibles?

Amados, estemos seguros de que, si nos hemos alejado de la verdad que una vez hemos conocido y practicado, no veremos ninguna bendición clara de Dios. Su palabra es: «Conviértase ahora cada uno de su mal camino, y mejore sus caminos y sus obras» (Jer. 18:11).


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