Inédito Nuevo

Los derechos de Dios

Mateo 22:21


person Autor: James BOYD 5


1 - Los derechos [1] de Dios sobre todos los hombres

«Entonces Jesús les dijo: «Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios» (Mat. 22:21).

[1] Nota del traductor: La palabra inglesa «claims» puede traducirse también como «exigencias» o «reivindicaciones».

Me gustaría decir unas palabras sobre el tema de los derechos de Dios, los derechos que Dios tiene sobre cada ser inteligente de la tierra, reivindicaciones que son maliciosamente negadas por los hombres de este mundo rebelde. La gente parece pensar que se les ha dejado aquí únicamente para complacerse a sí mismos y que no tienen que rendir cuentas al gran Gobernador del universo. Su cuerpo, su lengua y todos sus miembros les pertenecen, y así niegan totalmente los derechos de su Creador. Recurro ahora a las Sagradas Escrituras para que nos aclaren este punto, y leo los versículos 15 al 22 del capítulo 22 del Evangelio según Mateo.

No pretendo hablar de todo lo que aquí se encuentra, sino solo hacer referencia a la pregunta hipócrita de los fariseos y a la respuesta de nuestro Señor. Observo en las Escrituras que nuestro Señor no suele responder a las preguntas, sino que responde más bien al hombre que las formula. Él sabía cómo eran los hombres. Sabía en qué corazones y en qué mentes tenían su origen las preguntas, y era al estado de quien las formulaba a quien se dirigía Su respuesta, y no a la pregunta en sí. Así ocurre en este ejemplo. Estos hombres –a quienes él llama hipócritas– se encontraban ante Aquel que escudriña los corazones, a quien nada se le puede ocultar.

«No hay criatura que no esté manifiesta ante él; sino que todo está desnudo y al descubierto ante los ojos de aquel a quien tenemos que rendir cuentas» (Hebr. 4:13). Él conoce nuestros corazones mejor que nosotros mismos, y sabe mejor que quien formula la pregunta, qué la motiva.

Pide que le muestren la moneda del impuesto. Y le trajeron un denario. Él dijo: «¿De quién es esta imagen e inscripción?». Respondieron que eran del César. ¿Por qué entonces preguntar si es legítimo pagar el tributo al César? Cada hombre tiene cierto derecho sobre lo que le pertenece. La respuesta a su pregunta estaba grabada en la moneda. ¿Por qué no tendría el César derecho a lo que le pertenece? «Pagad, pues, a César lo que es del César» (vean Mat. 22:20-21; Marcos 12:16-17).

2 - El hombre creado a imagen y semejanza de Dios (Gén. 1:26-27)

Pero eso no es todo. Les hace saber que deben devolver a Dios lo que es de Dios. Si la moneda llevaba la imagen de César y, por tanto, le pertenecía a él, ¿sobre quién fue grabada la imagen de Dios? Fue grabada en un principio en el hombre, y a pesar de la caída, no ha sido borrada por completo. La imagen y la inscripción de Dios aún son discernibles. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. No, no me refiero a vuestro esqueleto recubierto de carne humana, que alberga algo que la muerte no puede tocar. Los incrédulos nos dicen que la Escritura representa ciertamente al hombre a imagen de Dios, pero que, de hecho, el hombre está hecho a imagen de sus antepasados que vivían en los árboles del bosque. Poco me importa si el esqueleto del hombre es o no semejante al de un gorila, un chimpancé o un babuino de cara de perro; Dios lo hizo a su imagen y semejanza, y esto es moral y no corporal. El hombre ha sido colocado en el centro y a la cabeza de un sistema que le está sometido y sobre el que descansan su temor y su pavor.

No solo eso, sino que ha sido dotado de un afecto por todo lo que ha sido puesto bajo su dominio. Es así, y no por su constitución corporal, como el hombre es imagen de Dios. El hombre pertenece a Dios, pues lleva su imagen. Y el Señor dice: «A Dios lo que es de Dios».

Si esos hombres hubieran dado a Dios lo que era de Dios, no habrían tenido la imagen de César en su moneda.

3 - La responsabilidad de todos los hombres que pertenecen a Dios como criaturas

Todo el mundo aquí pertenece a Dios [2]. Quizá digan que ustedes no son cristianos, que no profesan ninguna religión. Eso no importa, sos ustedes sus criaturas, existen para servirle, y ¡ay de ustedes en el día del juicio si no lo han hecho! Quizá respondan que eso no se parece mucho al Evangelio, que pensaban que todos íbamos a ser salvados por la gracia. Lo serían, si están salvados, pero, salvados o no, ustedes existen para servir a Dios. Si aún están en sus pecados, no devuelven a Dios lo que es de Dios. Ustedes lo quieren. Pertenecen a Dios y os revindicáis a vosotros mismos. Ustedes no tienen ningún derecho sobre sí mismos, pues llevan la imagen y la inscripción de Dios. La gente murmura mucho porque debe dar a la nación lo que le pertenece, pero si no pagan su tributo, pronto se encontrarán ante el juez, y en cuanto a Dios, todos deben también rendirle cuentas.

[2] Nota del traductor: «De Jehová es la tierra y cuanto ella contiene; el mundo y los que en él habitan» (Sal. 24:1).

«Vivo yo, dice el SEÑOR, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios» (Rom. 14:11). ¿Por qué? Simplemente porque le pertenecemos y tenemos la responsabilidad de servirle. Debemos rendirle cuentas. Debemos dar a Dios lo que es de Dios. Estamos hechos a su imagen. Él ha puesto su sello sobre nosotros. Está sobre cada hombre. ¿Cómo podríamos entonces bendecir a Dios con nuestra lengua y maldecir al hombre hecho a su imagen?  ¿O cómo negarnos a entregarnos a su voluntad, sabiendo que tiene un derecho indiscutible sobre nosotros?

4 - Examen de 1 Corintios 6:19 y Mateo 13:44

Hay otra razón por la que debemos postrarnos a sus pies: porque Él nos ha comprado. Me remito a 1 Corintios 6:19-20. Soy muy consciente de que esta Epístola se dirige a los creyentes, pero lo que aquí se dice es cierto tanto para los salvos como para los no salvos. Dice: «No sois vuestros. Habéis sido comprados por precio; por lo tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo». El Señor ha comprado este mundo y todo lo que contiene [3]. Lo compró por el tesoro que había en él, así que lo adquirió; le pertenece en virtud de esa compra. Aunque no crean en el Evangelio, siguen perteneciéndole a Él, por derecho de la creación, por el hecho de que llevan Su imagen y semejanza, y también por el hecho de que Él los compró a un alto precio. Él probó la muerte por cada hombre. ¿Reconocen esta reivindicación? Él tiene un derecho sobre ustedes, ¿o acaso reniegan del Señor que os compró? Si reniegan de Él, se exponen a una pronta destrucción (2 Pe. 2:1). Que puedan reconocer el derecho legítimo que Él tiene sobre vosotros y escapar del juicio que se pronunciará contra los rebeldes.

[3] Nota del traductor: Vean también la nota de Hechos 10:36: «El cual (Jesucristo) es Señor de todos».

5 - Los derechos de Dios sobre los creyentes

5.1 - Examen de Romanos 12:1-2

Pasemos ahora a Romanos 12. Aquí la Palabra de Dios se dirige a los creyentes. Dice: «Os exhorto, pues, hermanos, por las compasiones de Dios, a presentar vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; que es vuestro servicio racional». Las misericordias –o compasiones– de Dios nos son presentadas en los 8 primeros capítulos de esta Epístola, y esta referencia remite a esas compasiones. Hay un versículo en el Salmo 118 sobre el que me gustaría llamar su atención un momento: «Poderoso es Jehová, y él nos ha dado luz: ¡atad la víctima con cuerdas, y traedla hasta los cuernos del altar!» (v. 27, VM). La luz se encuentra en los 8 primeros capítulos de la Epístola. En ella vemos la intervención de Dios a nuestro favor, para que seamos liberados del dominio del pecado, para que podamos entregarnos nosotros mismos, nuestros miembros, nuestros cuerpos, al servicio de Dios.

La luz ha brillado en nuestras almas oscuras, una luz maravillosa, la luz de la revelación de Dios, y por esta luz hemos obtenido la salvación de nuestras almas. Nuestras almas han sido liberadas de la esclavitud del poder del mal bajo el cual nos encontrábamos, y ahora se nos exhorta a asumir otro orden de servicio, el servicio a Dios. Cuando la luz de Dios penetra en nuestras almas por el poder del Espíritu, nuestras almas quedan liberadas para el servicio hacia Dios. Debemos prestarle un servicio inteligente. Lo importante en este pasaje no es que sea razonable que sirvamos a Dios debido a la compasión que nos ha mostrado, sino que nuestro servicio se caracterice por el conocimiento de la voluntad de Aquel a quien deseamos servir. Y este sacrificio es santo, agradable y vivo. No es un sacrificio muerto, como los cuerpos de los animales inmolados en el altar en la antigua dispensación, sino una vida consagrada a su servicio. Y así es como demostramos cuán buena, agradable y perfecta es su voluntad.

El apóstol exhorta [4]. No es una orden acompañada de una maldición en caso de desobediencia. Es un llamamiento a quienes han obtenido una misericordia infinita para que se comprometan en una nueva carrera de gozo y felicidad inefables. Es una exhortación a quienes no solo han sido redimidos, sino que han sido redimidos por la sangre de Cristo, a devolver «a Dios lo que es de Dios». El poder del pecado, de Satanás, de la Ley y de la carne ya no puede dominarnos. Ahora estamos bajo un nuevo control, y no solo tenemos el poder de someternos a Dios, sino que el deseo de nuestro espíritu renovado es caminar por el camino de su voluntad. Es un servicio de amor. Hemos sido llevados a una relación nueva y eterna con Dios, y nos regocijamos al saber que Él está dispuesto a aceptar nuestro servicio tan imperfecto.

[4] Nota del traductor: o «suplica»

6 - El creyente representa hoy a Dios en este mundo

¿Cuál sería ahora el efecto de presentar nuestros cuerpos como sacrificio vivo a Dios? En respuesta a esta pregunta, volvería a preguntar qué efecto desea él que su Evangelio produzca en nosotros. ¿No es acaso que, en este mundo, del que su Hijo fue rechazado, seamos los representantes de la gracia que brilló perfectamente en él? ¿Que la luz de Dios que resplandecía en su persona pueda seguir brillando durante su ausencia? Él reveló a Dios tal como es ante los ojos de los hombres. Era la expresión perfecta del Dios invisible. Eso es lo que significa que él es la luz del mundo.

7 - Caminar como Cristo caminó es la misión del cristiano

Y así es como hemos conocido a Dios. Creo a Dios por medio de Cristo: no creo en él por la naturaleza, la astronomía o la geología, sino enteramente por Cristo. Dios no solo envió a su Hijo a este mundo para que viviéramos por medio de él, sino que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria para que nuestra fe y nuestra esperanza se centraran en él. Dios no solo se ha convertido en el objeto de nuestro corazón, sino en el objeto que lo controla todo. Nos regocijamos en hacer su voluntad. Nuestros cuerpos están sometidos a su control benevolente, y así Cristo se reproduce en nosotros en la tierra. Caminamos como él caminó. Dicen que es un ideal muy elevado. Pero ¿no prefieren un ideal elevado a uno insignificante o mediocre? ¿Qué nombre se nos ha dado? ¿Qué inscripción se ha escrito en nuestra frente? Cristo. Ese es el nombre santo que se nos ha dado. Incluso el mundo nos ha designado así. Llamaron «cristianos» a los discípulos de Jesús cuando el Evangelio fue predicado por primera vez en Antioquía. Cristo sigue existiendo en su pueblo en la tierra.

7.1 - Examen de Filipenses 1:19-20

¿Cómo puede esto hacerse en nosotros? Esto se hará realidad en nosotros si damos a Dios lo que es de Dios; en otras palabras, si ofrecemos nuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, nuestro culto racional. Me remito a la Epístola de Pablo a los Filipenses, y encuentro allí que el gran deseo del autor era que Cristo fuera glorificado en su Cuerpo, ya fuera por la vida o por la muerte. Estaba a punto de comparecer ante el emperador romano, el poder ante el cual su Señor se había presentado en otro tiempo y en presencia del cual había dado buen testimonio. Estaba en prisión por Cristo. Al diablo se le había permitido ponerlo allí, pero se había vencido a sí mismo al hacerlo, pues ahora había más predicadores que nunca. Esto animaba al apóstol que sufría. Pero también contaba con las oraciones de los filipenses y con el Espíritu de Jesucristo, para que no tuviera de qué avergonzarse, «sino que, con todo denuedo, como siempre, ahora también Cristo sea magnificado en mi cuerpo, ya sea que yo viva o que yo muera».

Era lo único que parecía preocuparle. Llamaba «su salvación» al hecho de ser liberado de todo lo que era él mismo, ya fuera su cobardía natural o su valentía, y que nada más que Cristo se manifestara a través de él. Cristo había comparecido ante ese tribunal y había sido condenado a la cruz; ahora, esos gobernantes y jueces iban a encontrar a ese mismo Cristo en el cuerpo de Pablo. No le importaba la sentencia que fueran a dictar contra él. Que Cristo sea glorificado en mi cuerpo, ya sea por la vida o por la muerte. Que Dios haga de mí lo que quiera, siempre y cuando Cristo se manifieste en mi cuerpo. Era lo único que parecía preocuparle, era toda su salvación y todo su deseo.

7.2 - Examen de Filipenses 2:5-8

Ahora bien, si los filipenses querían ocuparse del Evangelio, no debía haber ni disputas ni contiendas entre ellos. Él deseaba que todos tuvieran un mismo espíritu, el de Cristo: «Haya, pues, en vosotros este pensamiento que también hubo en Cristo Jesús, quien, existiendo en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que sí mismo se despojó, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y siendo hallado en figura como un hombre, sí mismo se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Cuando tenía la forma de Dios, sí mismo se despojó, y cuando tomó la apariencia de un hombre, sí mismo se humilló. Aquí donde cada hombre busca elevarse, Cristo, él mismo, se humillaba. Aquí, cada uno busca elevarse por encima de sus semejantes, hace todo lo posible por obtener una posición de honor, por todos los medios, honestos o deshonestos. ¡Qué mundo es este, visto a la luz del Hijo de Dios encarnado! ¡Qué deben pensar de ello los santos ángeles! Hemos nacido en este mundo y nos hemos acostumbrado a él, al igual que las personas criadas en la suciedad; a ellas no les molesta, se ha convertido en su elemento natural. Pongan a una persona, criada en un entorno limpio, en uno sucio, y será infeliz.

8 - Dios tiene un derecho legítimo sobre nosotros y nos da el ejemplo de Cristo

Jesús fue «obediente hasta la muerte». Tal era su pensamiento. Para él, nadie más que Dios era digno de la más mínima consideración. ¿Qué derecho tenía la muerte en la cruz, o cualquier otra forma de muerte, sobre él? Ninguno. Se entregó por completo a la voluntad de Dios: «Vengo… para hacer tu voluntad, oh Dios» (Hebr. 10:7) y la hizo. En él no había razonamiento, ni queja, ni egoísmo, ni murmullo. Dijo: «¡Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad!» (Mat. 26:42). Toma el lugar de aquel que no merece nada, que es indigno de la más mínima consideración: «Soy un gusano, y no un hombre» (Sal. 22:6). Para él, solo Dios debe ser tenido en cuenta. Dios tiene un derecho legítimo sobre nosotros. Le pertenecemos. ¿De quién llevamos la imagen? De Dios. Devolvamos, pues, las cosas de Dios a Dios.

8.1 - Examen de Filipenses 2:12-13

¿Qué debería caracterizar a cada ser humano? La obediencia. Por eso el apóstol exhorta a los filipenses: «Como habéis obedecido siempre, no solo como en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, llevad a cabo vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad». ¿Y qué hay de Cristo? Él fue obediente hasta la muerte. Todo lo que dijo e hizo fue fruto de la voluntad de Dios. ¿Y qué hay de nosotros ahora? Si hacemos la voluntad de Dios, seguiremos prácticamente a Cristo de nuevo. Es caminar como él caminó, y así es como Cristo será glorificado en nuestros cuerpos.

8.2 - La conclusión en Filipenses 3:20-21 y Apocalipsis 22:3-4

Pasemos ahora al capítulo 3. En la primera parte del capítulo, el apóstol habla del efecto que el conocimiento de Cristo tuvo en su vida. Habla de la excelencia de ese conocimiento y del poder que ejerció sobre él. Le impulsó a rechazar todo el adorno de la carne que poseía (y tenía más motivos para presumir que cualquier otro hombre). Consideraba lo que había perdido, según la carne, como cargas inútiles, como basura, en comparación con lo que había encontrado en Cristo.

Por fin, espera con impaciencia el día en que Cristo ejerza su omnipotencia para someterlo todo a sí mismo, y añade que el Señor Jesucristo «transformará nuestro cuerpo de humillación en la semejanza de su cuerpo glorioso» (Fil. 3:21), es decir, semejantes a su cuerpo glorioso. Entonces, ya no necesitaremos exhortaciones, «y sus siervos lo servirán. Verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes» (Apoc. 22:3-4).

Mientras tanto, tengamos muy presente que nuestro feliz y eterno privilegio es y será devolver las cosas de Dios a Dios.