Inédito Nuevo

Las inescrutables riquezas de Cristo

Meditación sobre Efesios 3


person Autor: Sin mención del autor

flag Tema: Jesucristo (El Hijo de Dios)


Del 19 de noviembre de 1848

 

Cuando pensamos, queridos amigos, en nuestra total indignidad, en nuestro estado pecaminoso, y en lo incapaces que somos de tener todavía alguna relación con Dios; si no fuera por su pura gracia, si no fuera porque Dios ha querido manifestar las inmensas riquezas de su gracia en los siglos venideros, no podríamos suponer la posibilidad de tales relaciones con un Dios santo. No, no nos atreveríamos a tomar la Biblia, y hablar de ella como si fueran cosas que nos conciernen. Si no supiéramos que el Señor quería magnificar su misericordia, no podríamos entender que tomara a pecadores como nosotros, para establecerlos en su presencia.

Cuando somos conscientes de todo el pecado que hay en nosotros, de tanto egoísmo y vanidad, estamos tentados a decir, incluso a la vista de la gloria de Dios, que no soy más que pecado.

Es la conciencia del pecado la que nos dirige a Dios, cuando Dios actúa en su gracia y amor.

Si solo tuviéramos conciencia de pecado, no nos atreveríamos a pensar en el juicio de Dios.

Lo que nos tranquiliza es pensar en esta gracia y este amor de Dios, que se despliega a pesar de nuestro pecado y de nuestra carne corrompida.

Los derechos del hombre al amor de Dios son totalmente nulos. –No puedo relacionarme con Dios, no puedo tocar lo que le pertenece.

Lo que nos tranquiliza es la conciencia de que es la gracia la que actúa, y que incluso, en cierto sentido, cuanto más pecadores somos, más le debemos a Dios, más glorificado está él y más excelentes son sus caminos. –Esto es lo que abre la boca de cualquier pecador para hablar por sí mismo y para hablar a los demás.

Vemos en el apóstol Pablo hasta qué punto su corazón estaba lleno de este pensamiento. La palabra que utiliza, va más allá de todas las reglas del lenguaje ordinario, cuando quiere expresar que él, el mayor de los pecadores, es el menor de todos los santos. Cuando piensa en sí mismo y en el precio de todas las gracias que Dios le ha dado al perdonarle sus pecados, y no solo eso, sino al confiarle la palabra de esta gracia para los demás, se avergüenza ante Dios.

Dos ejemplos de esta gracia, dos vasos de elección fueron notables en Su obra: Pedro y Pablo.

¿Cómo fue preparado Pedro para fortalecer a sus hermanos, para alimentar a los corderos? Negando al Salvador; esa es su preparación; esa es la educación que le hizo comprender que era peor que nada. –Y Pablo, ¿cómo estaba preparado? Persiguiendo y asolando a la Iglesia: ejerciendo una energía execrable contra Cristo. – Si Pedro dijo a los judíos: «Negasteis al Santo y Justo» (Hec. 3:14), se le podría haber dicho: “Y tú también has hecho lo mismo”. Si Pablo les podía decir: “Habéis colmado la copa de la ira de Dios” (véase Efe. 5:6; Col. 3:6), se le podría haber dicho: “¿Y qué has sido tú? El ministro de Satanás, cuando perseguías a los cristianos, obligándolos a blasfemar y arrastrándolos a la cárcel”.

Esta es la educación que, en cuanto a las circunstancias, Dios dio a estos dos hombres, para que la carne les fuera conocida por lo que es; y el corazón por lo que es.

Cuando Pablo anuncia la fe a los gentiles, él, que ha sido elevado al tercer cielo, debe tener, por la importancia de sus revelaciones, una espina en la carne.

Agrego todo esto para mostrar que la maldad de la carne es siempre la misma.

En cuanto a los demás apóstoles, desaparecen, por así decirlo, de la escena; toda la obra en general se pone en manos de Pedro y Pablo. Este es el apóstol de la circuncisión; este otro el apóstol de los gentiles.

Fue muy humillante para la carne, al menos cuando se piensa en todo lo que estos dos hombres habían hecho, decirse a sí mismo: he negado al Señor, que fue tan bueno conmigo, que me amó tanto, que me advirtió del peligro.

Fue algo muy humillante haber matado a los cristianos, y estar obligado a decir: lo hice con todo mi corazón. Toda mi religión no ha servido más que para convertirme en un amargo enemigo de Dios.

Sin embargo, llena el corazón de un sentimiento de gracia, porque Dios estaba allí; y donde abundaba el pecado, rebosaba la gracia. Y no solo eso, sino que los propios recipientes en los que se entregó este depósito habían sido preparados, no por buenas cualidades, sino por tristes experiencias.

Pablo había sido preparado porque, como hombre, debía hacerse sensible a la gracia que le era necesaria, para que en él todos los que luego creyeran conocieran todas las riquezas de esa gracia.

El apóstol debía ser el testigo de la bondad y la gracia de Cristo; debía ser capaz de mostrar en él el pecado tal como es, puesto en contra del amor y la gracia de Dios. Así, queridos amigos, la carne estaba en su lugar, y Pablo podía proclamar entre los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo. –Vemos en Pablo que la gracia se desborda constantemente en cuanto sus pensamientos se dirigen a la gracia de Dios.

El hecho fue siempre el mismo con los judíos, pero ellos esperaban algo porque tenían promesas. Pedro, el apóstol de la circuncisión, se dirigía a un pueblo que era exteriormente el pueblo de Dios; podía decirles: sois los hijos de la promesa, los hijos de Abraham, las primicias. En cuanto a los gentiles, eran perritos, como dijo Jesús a la cananea: «No conviene tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos» (Mat. 15:26).

Cuando Pablo se dirige a los gentiles, saca el derecho de hablarles de Cristo desde las profundidades de esa gracia que no conocía más que el derecho de Dios a dar la gracia.

Esta pobre mujer siro-fenicia, que era de una raza exteriormente maldita, que no tenía derecho a nada, reconoce que no es más que una perrita, y saborea toda la dulzura de la gracia de Dios. –Lo que quieras, dice el Señor. –Si se tratara de tus derechos, te diría: no tienes derecho a nada; solo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel, y tú no eres una de esas ovejas.

Pero esta mujer recurre a la gracia; y hay tanta gracia en Dios que puede decir: “Comeré igualmente”; por lo que el Señor no pudo decirle: “No, no puedes”.

El anuncio de la salvación a los gentiles puso de manifiesto toda la riqueza de la gracia que había en Dios para nosotros. Las circunstancias que dieron origen a la carne también dieron lugar a esa manifestación de las inescrutables riquezas de Cristo, de las que hablamos, y que en verdad no pueden ser comprendidas.

Tomemos a un judío; no podía decir que estas riquezas eran inescrutables, aunque la gracia era la misma; podía decir: Esta es la gracia que me llega.

Los profetas, Isaías, por ejemplo, o cualquier otro profeta, habría tomado la Ley, y habría encontrado cosas que le pertenecían; habría encontrado al Mesías. Esto es lo que la Ley le mostró. Podía decir: “Mira qué maravillosa promesa se cumplirá para nosotros”. Podía mostrar el notable favor de Dios a su pueblo. Era algo que podían entender los que tenían la comprensión de las palabras de Dios. Era una promesa hecha a una raza a la que Dios había anunciado notables bendiciones, pero colocaba al hombre en una relación con Dios sobre la base de promesas conocidas.

Pero cuando se trataba de un gentil, no había nada de esto (Rom. 9:3-5; Efe. 2:12; Fil. 3:4-7).

En cuanto a «la gracia de Cristo» (Gál. 1:6), se necesitó lo espiritual para buscarla en los profetas. Un judío podía decir: “Será un rey exaltado sobre todos los pueblos; todas las promesas de Dios serán su corona de gloria”. Pero cuando se trataba de un gentil, era necesario descubrir las bendiciones que le llegaban de los consejos eternos de Dios; no solo un pueblo llamado a disfrutar de las bendiciones, sino que Cristo debía ser recibido según los consejos de Dios. La gracia iba a encontrar a un pobre pecador que no tenía derecho a nada, que era incapaz de disfrutar de las promesas e incapaz de entenderlas. Tomó a estos pobres pecadores, que no tenían ninguna idea ni sentimiento de Dios, y los puso a disfrutar de todas las riquezas de los pensamientos de Dios, en Cristo mismo. De ahí que el apóstol diga que estas son «las inescrutables riquezas de Cristo» (Efe. 3:8). No se trata solo de cosas adecuadas para el hombre, sino de cosas adecuadas para Dios; cosas incluso totalmente nuevas; no en los pensamientos de Dios, sino en la revelación, y que debían ser manifestadas a las potencias y principados en los cielos, para que la sabiduría de Dios fuera dada a conocer en los lugares celestiales por la propia Iglesia, y por esta revelación.

Examinemos un poco lo que es esta gracia, y para entenderla mejor, tomemos el capítulo 1 de Colosenses: «El misterio que ha estado oculto desde los siglos y desde las generaciones, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria» (v. 26-27).

Esto es lo que muestra lo que son estas inescrutables riquezas. Si era un Cristo para los judíos, no era un Cristo esperanza de gloria, sino un Cristo que cumplía la gloria. Aquí se trata de un Cristo que no es la gloria, sino solo la esperanza de la gloria, porque, estando en el cielo, habita en nosotros y entre nosotros por su Espíritu. Esta es una idea muy nueva; pero, al fin y al cabo, es solo una esperanza; esta es la idea que nos presenta el apóstol. Veremos cómo lo consigue y nos lleva a esa preciosa posición de hijo de Dios, de tener “a Cristo en él”, por su Espíritu, como se dice (Rom. 8:9-10). Cristo en nosotros la fuente de fuerza y de relaciones internas, que es la esperanza de gloria. Esta es la posición en la que nos coloca; este es nuestro gozo.

En Efesios, Pablo dice, hablando de los gentiles: «Estabais entonces separados de Cristo, sin derecho de ciudadanía en Israel, extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (2:12). Hijos de la ira como el resto; sin esperanza y ateos.

Ahora bien, ¿sobre qué base, sobre qué fundamento establece Dios esta gloriosa esperanza? Al principio, Dios dijo a Adán: comerás tu pan con el sudor de tu rostro. Esto no es una promesa, porque no se le hizo ninguna promesa a Adán; las espinas y los cardos no son una promesa. ¿Qué dijo Dios? Dijo a la serpiente, juzgándola: “La simiente de la mujer te herirá en la cabeza” (véase Gén. 3:15). Queridos amigos, ¿qué hombre no es la simiente de la mujer? Es Adán. Había sido excluido de esta promesa, como cabeza de la raza. Es en el «último Adán» (1 Cor. 15:45), donde las promesas son sí y amén. No es una promesa hecha a los hombres, sino a Cristo, el segundo Adán, porque Dios había dejado de lado al primer Adán, como objeto de las promesas de Dios. Hay otro introducido, que es el objeto de todas las promesas; este es el segundo Adán, la simiente de la mujer.

Nos cuesta consentir en caer tan bajo, conocernos a nosotros mismos y decir: soy un pecador y nada más que un pecador; no tengo derecho a nada; he pecado contra Dios, contra las luces de mi conciencia, contra el conocimiento; no tengo nada, y no tengo derecho a nada más que a la condenación. Sin embargo, la cosa es cierta, y la conciencia nos lo dice, aunque la voluntad no quiera someterse a ella. –Vosotros, queridos amigos, si decís que podéis presentaros ante Dios, adelante; pero no podréis responderle ni una cosa entre mil; vuestra conciencia es testigo de ello, como lo fue la conciencia de Adán. No esperó la presencia de Dios; fue y se escondió entre los árboles del jardín, porque no se atrevía a presentarse ante Dios. ¿Estáis preparados para ser juzgados? ¿Os gustaría que todo lo que habéis hecho se expusiera ante todo el mundo? Quienquiera que seáis, no os atreveríais a presentaros ante Dios tal como sois, con todo lo que habéis hecho; vuestra conciencia da así testimonio de la justicia de Dios. Sabéis que sois culpables; si vuestra voluntad no os lo dice, hacéis bien en disculparos. Os gustaría decir: La mujer que me diste me hizo caer; pero, aunque vuestra conciencia no lo diga, Dios, en su bondad, se ha ocupado de todo; ha tomado nota del bien y del mal.

Incluso cuando un hombre es incrédulo, su conciencia le dice verdades de las que no puede escapar.

¿Queréis que una mala conciencia sea feliz en el cielo? No, eso no puede ser. No estoy hablando de la gracia.

Tal vez penséis que podéis hacerlo en cuanto a la conciencia natural; pues bien, aquí está el hombre, y aquí está lo que Dios le dice al hombre; no es para temer la carne, pues él nos quiere por la gracia, que remedia todas las cosas. Dios hace a un lado al hombre condenado; luego trae al hombre nuevo, e incluso al condenado, a su gloria. Ha puesto la vida eterna en el hombre nuevo, en la simiente de la mujer; está en el Hijo, y tenemos vida en él.

Desde el principio, en el segundo Adán, todas las promesas son sí y amén, en Cristo; para gloria de Dios. –Este Cristo es el objeto de todos los pensamientos de Dios. Ahora entendemos cuáles son las riquezas de esta gracia, pues se trata del Hijo de Dios, el segundo Adán, que es también el Santo y el Justo.

Debe ser revestido de todo, y todas las glorias deben serle dadas. Todo lo que puede ser la manifestación de Dios debe encontrarse en él, y desplegarse en él, que es el único objeto.

Por eso, el amor de Cristo supera toda comprensión. Pues bien, queridos amigos, es para nosotros que la cosa se realiza, y que toma sus dimensiones; y cuando digo sus dimensiones, hablo del infinito, y es Cristo el objeto de la manifestación de la gloria de Dios.

En cuanto a este pobre mundo, toda diferencia entre judíos y gentiles desaparece; todo está borrado. Dios hace gracia tanto a los gentiles como a los judíos. Todos son miserables pecadores; y si los judíos se han propuesto disfrutar de las promesas por su justicia, son aún más culpables, porque tienen la luz de la Ley. Todos son impíos «sin fuerza» (Rom. 5:6). Cuando el verdadero Dios estaba allí, cuando intervenía en medio de ellos con milagros, estaban sin fuerza, porque habían violado la Ley. La consecuencia era demostrar que había llegado el momento adecuado para el hombre, ya que había manifestado su completa incapacidad; y también era el momento adecuado para Dios. ¿Por qué? Porque iba a manifestar su amor puro, y mostrar que todo dependía únicamente de este amor.

Cuando llegamos a esto, encontramos la plenitud de esta bendición del amor de Dios. Toda diferencia queda así borrada entre los judíos y los gentiles; pues los judíos, los herederos, eran por naturaleza hijos de la ira como los demás.

El hombre ha mostrado lo que es el hombre, y Dios lo que es Dios. –También nosotros éramos hijos de la ira como los demás; solo nos esperaba el juicio, pero Dios se mostró rico en misericordia.

Hay que empezar por ahí; hay que tomar el otro extremo del asunto, si se puede llamar así a lo que no termina; entonces encontramos en Dios los recursos de gracia y de bondad que se emplean a favor de un ser que está lejos de él, y enemigo suyo. Debemos ver la gracia de Aquel que satisface a todos los requisitos de su santidad, y que quiere salvar al pecador a pesar de su maldad, y sin importar lo que este sea.

Dios, es un Dios que actúa en gracia hacia los que son malos; con los pobres pecadores que no tienen derecho a nada. –¿Quién puede entender esto? Son las inescrutables riquezas de Cristo, que han debido ser reveladas a los principados y potestades. –Cristo se convierte en el vaso de toda esta gracia; es el amor de Jesús el que se despliega hacia los pecadores más miserables, incluso hacia el que no querría presentarse ante Dios, y que no tiene derecho a nada. «Pero Dios, siendo rico en misericordia» (Efe. 2:4), viene a salvar al que está en pecado y en dificultades.

En lugar de hacer que el hombre venga a él, como debería haber sido, Dios mismo viene al encuentro del hombre, para darse a conocer. –Viene en medio del mal, porque el hombre no quiere, ni puede venir en medio del bien. –Dios viene «en carne» (1 Tim. 3:16) en medio de toda esta iniqeuidad, para mostrar lo que es– pero viene en santidad para mostrar lo que ella es también. Este es el amor de un Dios perfecto que no rechaza a los inicuos; al contrario, viene a buscarlos. Somos felices, queridos amigos, de sentir que tratamos con Dios, un Dios infinito e infinitamente santo. Si no fuera enteramente santo, podría creer que mi salvación no es todavía completa; pero es un Dios infinitamente santo el que me presenta el amor; y que, siendo santo, viene a buscar al pecador, a los que llevan mala vida, para presentarle su gracia y ponerlo en paz con él.

Él es el que está con la adúltera, con las mujeres de mala vida, como se le reprochaba. Es Dios quien come, y quien se hace compañero de las personas de mala vida. ¿Es allí donde se buscaría a Dios si estuviera en esa ciudad? Lo que estaríamos buscando, es la iniquidad. Dios salva a los malvados y es más glorificado por ello. –Deja de lado el orgullo del hombre, mostrando así que, si el hombre no buscaba a Dios, Dios buscaba al hombre. Pues bien, queridos amigos, ahí tenemos todas estas inescrutables riquezas de Cristo: todo está ahí, en su persona. Cristo, como Creador, como Hijo de Dios, como heredero de las promesas y como hombre, tiene derecho a todo. Dio testimonio de amor y santidad con su vida, y Dios fue plenamente glorificado en él. Jesús pudo decir: «Acabando la obra que me diste que hiciera» (Juan 17:4). Si se trata de la santidad de Dios, él da testimonio de esa santidad, merece estar sentado a la derecha de Dios. «Te glorifiqué en la tierra –dice– y ahora glorifícame tú, Padre, al lado tuyo, con la gloria que tenía junto a ti antes que el mundo fuese» (Juan 17:5). Tiene derecho a esta gloria por su obra, y ya tenía derecho a ella sin ella.

¡Qué obra la suya! Aquí están también las inescrutables riquezas de esta gracia, cuando fue hecho pecado por nosotros. Aquí es donde se juntan estos dos extremos, si es que se puede hablar de los extremos del infinito; es cuando el Santo fue hecho pecado; es cuando el Hijo de Dios, que es el Príncipe de la vida, se sometió a la muerte; cuando la ira de Dios cayó sobre el Amado, sobre el Hijo, y todo esto «por nosotros» (2 Cor. 5:21), pobres y miserables pecadores, alejados de Dios, sin querer ser suyos. Aquel que cargó con nuestros pecados, en el mismo momento en que su sudor caía sobre la tierra como grandes gotas de sangre y que iba a sufrir la terrible ira de Dios, era, en ese mismo instante, el objeto más precioso del amor infinito de su Padre, porque iba a glorificarlo perfectamente. –Todo esto se hizo entre Dios y Cristo. Los ángeles anhelaban mirar en las profundidades de este misterio, y el hombre huía de todo ello. La misma apariencia externa de todo esto era demasiado seria y solemne para que el hombre se atreviera a presentarse a tal lucha. –Sí, nuestro perdón es una total obra divina.

En el primer capítulo de Hebreos, el autor de la Epístola nos presenta la gloria divina de Cristo. «Dios, habiendo hablado a los padres muchas veces y de diversas maneras en otro tiempo por los profetas, al final de estos días nos ha hablado por el Hijo, a quien ha puesto como heredero de todo, por medio de quien también hizo el universo. El cual, siendo el resplandor de su gloria y la fiel imagen de su Ser, y sosteniendo todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo hecho la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (v. 1-3).

¡Qué prueba nos da esta Epístola de la gloria de Jesús y de su obra divina! «Habiendo ofrecido… un solo sacrificio por los pecados… hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebr. 10:12, 14), es la parte más gloriosa de su gracia. –Se muestra, en el amor de la redención, más excelente que en la creación. ¿Ha dejado Jesús de ser hombre? No, es el hombre-Dios, que se manifiesta como el hombre hecho pecado. No era un Mesías que cumplía las promesas hechas a un pueblo; era más que eso: se trataba de todo lo que sucede entre Dios y el hombre; entre Satanás y el pecado; sin eso la bendición hubiera sido imposible. Si digo: ¿Es que el pecado me separa de Dios; es que el poder de Satanás me separa de Dios? No. –¿Hay siquiera, moralmente, una barrera entre el corazón de Dios y el del hombre? – No, no la hay. Todo lo que podía considerarse una barrera entre yo y Dios ha sido eliminado en la muerte de Jesús. Donde las dificultades son insuperables, donde se descubre el corazón del hombre, incapaz de elevarse al nivel de los pensamientos de Dios, Cristo vino en la más completa debilidad. Vino a las partes más bajas de la tierra, y allí, puso esa piedra inamovible, esa roca de los siglos, y allí encontramos la certeza de nuestra salvación. Ahí están las inescrutables riquezas de Cristo. ¿Qué se nos puede negar, ahora que Dios mismo ha pasado por ello? ¿Puede quedar alguna duda o dificultad? Dios lo ha proporcionado todo. Si me faltara él, no tendría lo que él mismo ha ganado. Pertenecemos a Cristo; como se dice: «Verá fruto de la aflicción de su alma» (Is. 53:11). Si no me tiene a mí, no disfrutará de la obra de su alma. Allí, todo ha sido manifestado, todo ha actuado frente a la obra del amor de Dios, y solo ha servido para manifestar el poder de su amor.

Todo lo que se interponía en el camino de la salvación del hombre ha sido destruido, y solo ha servido para cumplirlo todo. En cuanto a lo que yo era, todo ha sido juzgado; el amor de Dios ha sido más grande que mi odio; ha quitado todo el mal. Yo era un instrumento de Satanás; la maldad de mi corazón estaba allí; el pecado que yo había cometido estaba allí; todo ha terminado. Ya no hay ninguna barrera entre Dios y yo; es Cristo quien lo ha tomado y quitado todo.

Dios ha demostrado que su amor es más grande que el mal. –En la cruz descubrí todo esto.– ¿Dónde estaba yo? Entre aquellos miserables que odiaban al Señor; con Pedro que no había sabido confesarlo. Fue en la cruz donde encontré la gracia; fue allí donde encontré lo que mi corazón necesitaba: Dios mismo, que quitó mis pecados, que hizo las cosas que me salvan, y me introdujo a todo lo que le pertenece.

Cristo, ¿dónde ha entrado? En la luz y la presencia de Dios. Ha terminado lo que glorifica plenamente a su Padre.

Ahora soy justicia de Dios en Cristo, quien murió por mis pecados; tengo la vida en el Hijo, en el segundo Adán; mi parte es estar con él. Sé que Jesús me trae la justicia de Dios, y el precio de esa justicia.

Dios me ha amado en Jesús; ha dado por mí a su Hijo, su posesión más preciosa en el cielo. Soy el objeto de su amor; y ahora, elevándome por encima de las espesas nubes que se interponían entre yo y Dios, estoy en presencia de aquel que me condujo a la morada de su santidad. –Estoy en el Hijo, porque Cristo ha hecho la paz por la sangre de su cruz. Esta paz perfecta está en él. Ahora tengo paz, queridos amigos, y todos los que creen también la tienen. Estoy lo suficientemente alto, y puedo decir, mirando a Jesús: ¡Ah, bien se lo ha merecido!

En cuanto nos ponemos en presencia de Dios, sentimos toda nuestra pequeñez. –Puede que os digáis a vosotros mismos: “Me he merecido el castigo”, pero puedo entender lo que Dios me da. ¿Dónde he encontrado todo esto? En Cristo. ¿Qué no le pertenece? Cristo es el objeto de todo el amor de Dios. Por mucho que tenga fuerzas para contar todo lo que encuentro en Dios, tanto me lo puedo apropiar. El que descendió a las partes más bajas de la tierra, es Cristo; pero ahora ha ascendido por encima de todas las cosas, y lo llena todo. –Yo estoy en él, y él en mí. He encontrado la redención, y entro en la plena posesión de todas las cosas. Disfruto de Cristo, dondequiera que me encuentre. –Aquí es donde se encontraba el apóstol; y aquí es donde está colocado un pobre desdichado gentil que no tenía derecho a una sola promesa, pero que ahora posee a Cristo, el objeto de todo el amor de Dios.

Examinemos lo que ha hecho el amor de Dios, en lugar de considerar lo que ha hecho el hombre para su ruina. ¿Cuál es el resultado de todo esto? Cristo, a la derecha de Dios, es el objeto de esta fe. Él habita en nosotros para que disfrutemos del amor de Dios, como lo expresa: «El amor con que me amaste esté en ellos, y yo en ellos» (Juan 17:26). Cristo tiene una morada en nosotros, a través de su Espíritu, y nosotros estamos en él. Mis pensamientos se dirigen a él. «Conoceréis –dice– que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí» (Juan 14:20). – Cristo es en mí «la esperanza de la gloria», y gozo de todo lo que él es. La esperanza que tengo no es confusa, porque el amor de Dios está derramado en mi corazón, de modo que, en la debilidad de mi pobre cuerpo, aprenda en las dificultades, en las tentaciones, en presencia de Satanás, como en presencia de Dios, toda la fidelidad, toda la ternura, toda la bondad de este Jesús, y eso, en todos los detalles presentes de mi vida. Lo conozco de manera íntima; conozco al que es «la esperanza de la gloria» (Col. 1:27). No es para mí un Cristo extraño, desconocido; sino un Cristo que conozco en todas las necesidades de mi vida; un Cristo que me refleja a Dios en toda su plenitud, que me acompaña como un amigo, que sabe adaptar todas las riquezas de su gracia a las necesidades de mi corazón. Sí, lo conozco; no tengo miedo de subir al cielo por la fe, porque allí está el que me ama; me escucha, aunque todavía no estoy allí, pero pronto gozará del trabajo de su alma y estará satisfecho cuando yo esté con él. Cristo ha cumplido la gracia para los suyos, más tarde les comunicará la gloria que tiene ahora. Tales como su Padre los quiere, los presentará a su Padre, para que el corazón del Padre quede satisfecho.

He presentado solo algunos puntos de estas inescrutables riquezas de Cristo. Los ángeles son los espectadores de todas estas cosas y nosotros somos los objetos. Dios obra para nuestra salvación, y la propia carne debe aprender cómo es Dios en los caminos de su gracia. Debemos aprender qué es esta gracia, esta bondad de Dios, este amor infinito del que somos objeto, y sin el cual estaríamos perdidos.

Que Dios nos humille con la fuerza de su Espíritu, y nos haga comprender lo que aún no hemos entendido bien: cuál es el horror del pecado; qué es estar sin Dios, ser enemigos de Dios, para que podamos comprender, en toda su plenitud, esta gracia que nos introduce en las riquezas de la gloria.

Nuestros pobres corazones deben aprender, en los detalles de la vida, la bondad del propio Señor Jesús; y, en su favor y gracia, el favor y la gracia de Dios mismo. Debemos conocer a Dios para poder gozar de él mismo.

Que él, por su Espíritu, aplique a nuestros pobres corazones esa gracia y todos sus reflejos que se encuentran en Jesús. Que Dios nos haga crecer en el conocimiento de Aquel que es la paz de nuestros corazones, para que comprendamos todas sus riquezas y todo su amor.


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