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La disciplina
Autor: Sin mención del autor
Tema: La disciplina divina hacia el creyente
Traducido de «Le Messager Évangélique», años 1933 a 1941 y 1960
1 - Abraham
La historia de Abraham nos ofrece un ejemplo verdaderamente notable de la disciplina que es necesaria para la vida de fe y que conviene a esta vida.
El hombre, en Babel, había revelado el secreto propósito de su corazón. Había construido una ciudad y una torre que debía elevarse hasta los cielos; sentía que debía escapar al juicio, pero había resuelto escapar por sus propios medios y con independencia de Dios. Dios desordenó este intento. Es necesario que toda la familia humana comprenda de ahora en adelante que la pérdida de un lenguaje común la priva de toda asociación inteligente, de modo que el hombre se convierte en un extraño para su hermano; puede haber conservado el sentimiento de un parentesco común, pero sus pensamientos se vuelven imposibles de comunicar. Cuando Dios ha desordenado así la independencia del hombre revela, por medio de un hombre y permaneciendo siempre fiel a los designios de su amor, cómo ese deseo de escapar al juicio, hacia el cual el hombre había tendido en su independencia de Dios, puede hacerse mediante la dependencia de Dios. Cabe señalar de paso que así es como él actúa siempre con nosotros; sentimos nuestras necesidades y tratamos de suplirlas por nuestros propios medios; el Señor debe frustrar ese intento, pero tan pronto como lo hace, nos hace encontrar y da a nuestras almas una respuesta a nuestros deseos, infinitamente superior a lo que nos habíamos propuesto. El hijo pródigo solo deseaba su sustento de parte de los ciudadanos del país lejano; en la casa de su padre no solo encuentra pan, sino abundancia y el ternero cebado.
En resumen, una vez introducida la confusión de las lenguas, Dios entra en escena y llama a un hombre –Abram– para que sea testigo de la fe y de la dependencia, y para que busque no una Babel, sino la «ciudad que tiene [los] cimientos; cuyo arquitecto y hacedor es Dios» (Hebr. 11:10). Por gracia, se nos ha dado la historia de este testigo y siervo de Dios para que sepamos cuál es nuestra naturaleza ante el llamado de Dios, cuáles son los caminos de Dios para con ella en las diferentes ocasiones en que manifiesta su propia voluntad y su independencia, cómo él la corrige, la domina y la conduce por sus propios caminos, y todo ello para nuestra bendición.
La Palabra de Dios a Abram es: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré», y esta es la palabra que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Nunca conocemos la verdadera intención de nuestra propia voluntad hasta el momento en que exigimos que se someta implícitamente a la voluntad de Dios expresada y revelada por su Palabra. Es posible que no veamos una gran divergencia entre nuestros pensamientos y los de Dios, hasta que los midamos a la luz de las exigencias de la Palabra de Dios; y, tomemos nota, no las exigencias de una parte de esa Palabra, sino de toda la Palabra. Al cumplirla parcialmente, alteramos su pensamiento revelado; al apartarnos del espíritu de la Palabra, perdemos la instrucción; pero es al adoptarla, al adherirnos a ella como a un todo, cuando el alma es liberada de la propia voluntad e introducida en la bendición que es el objetivo de la instrucción. Es entonces cuando intervienen la prueba y el ejercicio (pues es necesario que los haya); existe un conflicto entre el esfuerzo continuo del pensamiento natural por eludir la Palabra de Dios y el designio inflexible de Dios (por su amor) de unirnos estrictamente a su propio pensamiento; este conflicto hace necesaria la disciplina, y eso explica los acontecimientos de nuestra historia, que de otro modo nos resultarían inexplicables.
El llamado a Abram era muy claro y definido. Exigía que Abram dejara su país y a toda su familia para entrar en un escenario preparado por Dios. La exactitud de su obediencia da la medida de su fuerza: comienza a obedecer el llamado, abandona Ur de los caldeos «para ir a la tierra de Canaán» (v. 5); pero en realidad sale de la tierra de los caldeos y habita en Harán. Recibe la Palabra y se propone obedecerla, pero vemos que lo hace de manera imperfecta; solo abandona su país, pero no a su familia; permanece en Harán hasta la muerte de su padre. La naturaleza había intervenido para frustrar la obediencia completa al llamado de Dios, y esto es una seria advertencia para nosotros. Recibimos el llamado y nos sometemos a él, pero solo cuando caminamos conforme a ese llamado descubrimos qué exigencias impone a nuestra naturaleza. Nada demuestra mejor cuánta energía verdadera nos falta que nuestra incapacidad para llevar a cabo lo que hemos emprendido de buen grado. Cuántos abordan la vida de fe llenos de valor y gozo, y muy pronto descubren que no pueden dejar que «los muertos entierren a sus muertos» (vean Mat. 8:22: Lucas 9:60); y aunque en su corazón están dispuestos a buscar otra tierra, se ven retenidos y desviados por algún vínculo natural. Nada es tan difícil para el hombre, como desprenderse sin compensación de los lazos de la naturaleza, porque su abandono produce el aislamiento, a menos que se encuentre alguna otra asociación; esto es lo que el Señor propone al joven rico, después de haberle dicho: «Vende todo lo que tienes», le dice: «Sígueme» (Lucas 18:22). Si, pues, el abandono de esos lazos tiene como resultado el aislamiento y el despojo de toda relación con la existencia natural, su mantenimiento no puede significar más que el mantenimiento de todo lo que contiene el corazón humano, y por eso está escrito: «Los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mat. 10:36). Solo se puede escapar de la naturaleza por la gracia.
La primera falta de Abram se produce en relación con la segunda parte del llamamiento de Dios; no abandona la «casa de su padre» y, en consecuencia, permanece allí hasta la muerte de este. Este es el primer paso en la vida de fe y, aunque lo da de todo corazón, como está escrito: «Salió sin saber adónde iba» (Hebr. 11:8), experimentó que no podía cumplir esa orden hasta que la muerte rompiera el vínculo que aún lo unía a la naturaleza. La fe es la dependencia de Dios, y nada humano puede sostenerla. El camino propuesto a Abram exigía, por tanto, la expresión más clara de la dependencia de Dios únicamente. Esto no podía tener lugar sin sacrificio; además de los ejercicios que su propio corazón tuvo que atravesar al caminar por el camino de la fe, experimenta que la muerte debe romper prácticamente el vínculo que lo retenía. Es necesario que en esta primera etapa el corazón experimente la tristeza causada por la muerte, pero una muerte que trae su propia liberación. Si Abram no hubiera sido retenido por su padre, sino que hubiera seguido el camino desconocido sin detenerse hasta el lugar al que Dios lo llamaba, habría evitado la tristeza que traía la muerte; pero al haberse dejado retener, nada podía liberarlo salvo la muerte; por eso pasa por esta disciplina. Lo mismo ocurre con muchos de nosotros, por gracia; nuestra dependencia de Dios no es simple ni clara: nos detenemos en el camino de la fe, nos retenemos en él por algún vínculo natural, hasta que ese vínculo sea golpeado por la muerte, y debe serlo, si queremos continuar nuestra carrera con Dios, a menos que seamos nosotros mismos quienes nos consideremos muertos respecto a ese vínculo.
Habiendo disuelto así la muerte el vínculo de Abram con la naturaleza, y habiéndolo liberado de él, debe reanudar su carrera, disciplinado sin duda por aquello mismo que le había quitado el peso que lo entorpecía, es decir, por la muerte de su padre; esta disciplina, la habría podido evitar si hubiera caminado con mayor energía vital, pero, no obstante, le enseñó algo (¡y qué lección tan beneficiosa!), a saber, que la fe no gobierna la voluntad natural en los recovecos ocultos del corazón, que si esta voluntad se somete al orden de Dios (y es una gran bendición), lo hace solo en raras ocasiones; y que, incluso cuando lo hace, siempre lucha por expresarse abiertamente; y entonces es necesario que se someta abiertamente. Es importante para los jóvenes creyentes, y para todos, ver cómo comienzan y cómo llegan al final de esta primera etapa de la vida de fe; pues el fracaso y la incertidumbre en ese momento pueden acarrear tristeza e indecisión durante toda la carrera; en efecto, nunca nos desviamos del camino de la fe sin sufrir daño y, aunque podamos ser liberados, como lo fue Abram por la muerte de su padre, los efectos de la caída, aunque reparada, pueden permanecer; si es así, la disciplina que la hizo necesaria debe continuarse. Lot siguió a Abram, pero no solo fue para él personalmente una prueba, sino que además sus descendientes fueron una verdadera plaga para los de Abraham; sus acciones seductoras, instigadas por Balaam, se relatan en la Escritura como el arquetipo de las peores maquinaciones contra la Iglesia de Dios (Apoc. 2:14). Allí donde hemos fallado una vez, como un caballo que se resiste, corremos el riesgo de volver a fallar, y por eso debe haber, por el cuidado de Dios hacia nosotros, un recordatorio continuo para ponernos en guardia contra nuestra inclinación. Así, Abram, por no haber dejado que «los muertos entierren a sus muertos» al principio, debe llevar consigo una espina continua en la persona de Lot, disciplina que se hizo necesaria por el retraso del que solo la muerte lo había liberado.
Abram aborda ahora la segunda etapa de la vida de fe; extranjero en un país extranjero, depende de Dios; y construye un altar para la peregrinación a la que la fe nos conduce, en la que fija nuestras almas en Dios, y el resultado es la adoración. Pero cuando las consecuencias o las circunstancias de nuestra condición de extranjeros nos preocupan, perdemos la paz que la fe proporciona y buscamos socorro en otra parte. Abram, al ver que hay hambruna en el país, abandona el camino en el que se había detenido y desciende a Egipto.
¡Cuán humillante es ver nuestra falta de firmeza en este camino! Y aunque parezca que caminamos por él con gozo y firmeza, cuán necesario, es decir: «El que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Cor. 10:12). Aunque Abram es llevado de nuevo por la gracia al camino del que se había desviado, y aunque incluso regresa al lugar donde tenía su altar al principio, vemos que las espinas que había cosechado en sus peregrinaciones le hacen sufrir en su restauración. Los rebaños, fruto de Egipto, provocan una disputa entre los pastores de Abram y de Lot; pero la restauración siempre nos hace avanzar en fuerza moral, pues si es real, nos sitúa por encima de los hechos que la hicieron necesaria. Abram, completamente restaurado, ya no mira a las consecuencias ni a las contingencias, sino que, en dependencia de Dios, mantiene el camino de la fe con gran fuerza moral. Mi primera dificultad en un camino de fe es despojarme de la naturaleza (el lugar y el parentesco) y, una vez liberado de ella, al darme cuenta de mi condición de extranjero, tiendo a exaltarme o a encontrar mi descanso en esta nueva posición, como un emigrante en un país lejano que busca formarse un hogar lo antes posible.
Este deseo de elevarse, esta pasión tan fuerte en el alma humana, este principio motor de todos los grandes esfuerzos de Babilonia puede llamarse ambición, pero debe ser reprimido por el hombre de fe, testigo de Dios en este mundo malvado. Así, la ambición de Abram es puesta a prueba, pero la disciplina ha hecho su obra, y su restauración es ahora completa. ¿Busca prosperar en este nuevo país? No; camina por la fe y deja toda superioridad presente a Lot, quien, pudiendo satisfacer su ambición, elige la llanura bien regada, mientras que Abram es bendecido con una revelación más completa como recompensa de su fe. De esto mismo no se puede disfrutar sin sufrimientos, pues desde el momento en que estoy en el camino con Cristo, estoy en el camino de Aquel a quien Dios ha enviado, para servir a su pueblo en la tierra; Abram, el hombre dependiente, que sigue su camino de separación, debe ahora actuar, prestar el mismo servicio que Cristo ha cumplido, y acudir en ayuda de su hermano Lot, quien, por el contrario, había satisfecho la ambición de su naturaleza, mezclándose con el curso de este mundo, y había sido arrastrado en consecuencia a sus tribulaciones. Y si en los peligros y las pruebas de este servicio, Abram se da cuenta de lo que ha sufrido por culpa de Lot, a quien trajo consigo desde Ur de los caldeos, su alma se fortalece al mismo tiempo en el camino de la dependencia de Dios. Luego, así como su fe había sido recompensada en una ocasión anterior con una revelación más completa de la herencia prometida, sus luchas y su servicio son ahora recompensados con el refrigerio y la bendición de Melquisedec en nombre de Jehová, poseedor del cielo y de la tierra; sin duda, esto es más de lo que se necesitaba para compensar su renuncia a lo que la naturaleza habría ambicionado.
Permítanme añadir aquí que si las tendencias de nuestra naturaleza no son sometidas, si buscamos distinguirnos y ponernos en primer plano en nuestra nueva posición, incluso al separarnos de nuestra casa y de nuestra familia y al tomar nuestra posición celestial, seremos como Lot; mientras que, por otro lado, aunque a menudo podamos necesitar disciplina y que se nos enseñe a reanudar nuestra carrera tras la caída, si realmente buscamos mantener el camino de la dependencia y de la separación, nuestra fe se verá fortalecida por nuevas revelaciones, y nuestro servicio adquirirá mayor fuerza por nuestra asociación con Aquel que es nuestro precursor más allá del velo, Jesús, Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.
Nos adentramos ahora en la tercera etapa de la historia de Abram en el camino de la fe, en la que se le somete a una enseñanza totalmente nueva en el ejercicio de sus afectos. La ambición de la naturaleza ya había sido puesta a prueba anteriormente; ahora sus afectos deben someterse a una disciplina, y esto se lleva a cabo en primer lugar mediante la promesa de un hijo, que es el tema del capítulo 15. Añado que, al escribir la historia de este siervo de Dios, me limito únicamente a la disciplina. Paso por alto muchos temas profundamente interesantes, como su comunión con Dios, su intercesión, etc., pero que han sido ampliamente tratados por otros.
Me parece que el verdadero estado del corazón de Abram queda expuesto en su respuesta al llamado lleno de gracia de Dios, al comienzo de este capítulo. Es cierto que era legítimo que él deseara un hijo; era un deseo que respondía a los consejos de Dios al respecto, y si no lo hubiera tenido, eso no habría sido conforme al pensamiento de Dios. Sin embargo, su respuesta: «¿Qué me darás?» (Gén. 15:2), no alcanza la altura a la que Dios buscaba elevarlo, perfectamente feliz y satisfecho en sí mismo, pues ¿qué podía Él dar a Abram más grande que la seguridad de que él mismo era su gran «galardón»? (Gén. 15:1). No obstante, Dios, en su gracia, eleva a Abram a su propio nivel y le promete lo que ya había resuelto darle; pero un largo camino de disciplina lo separa aún del cumplimiento de la promesa, y Abram deberá prepararse en su propia casa para la prueba de sus afectos que le espera muchos años más tarde, y que es necesario que atraviese para progresar en la vida de fe. No es en absoluto que subestimara la plenitud de la cercanía con la que Dios se le había revelado, sino que esto revela la debilidad secreta del alma humana, que no puede descansar en Dios al margen de todo vínculo humano. Dios lo sabe y ofrece, por gracia, un remedio para ello; pero si él promete y da a Isaac, Abram debe recibirlo de Dios, como el antitipo perfecto que nos unirá por toda la eternidad a Dios y Dios a nosotros.
Abram creía a Dios, pero, como vemos por la impaciencia que muestra mientras espera el cumplimiento de la promesa, su corazón necesitaba preparación y disciplina, y se somete a ellas en el seno mismo de su familia. Quizás la mayor causa de retraso en el cumplimiento de lo que Dios tiene la intención de darnos resida en el hecho de que nuestra mente natural tiene a veces una idea de lo que va a ser ese don. Así como Satanás siempre busca estropear lo que no puede destruir, lo mismo ocurre con la voluntad de nuestra naturaleza, que pretende comprender y llevar a cabo lo que Dios ha preparado por completo fuera de nosotros; así, Eva, interpretando una verdad espiritual con un espíritu carnal, toma a Caín por la simiente prometida (Gén. 4:1). Es absolutamente imposible para el corazón humano concebir la grandeza y la naturaleza de lo que Dios ha preparado para aquellos que le aman. Ismael era la medida de Abram, Isaac la de Dios. Mientras tanto, Abram debe aprender, a través de luchas, disputas y penas, a qué conduce su impaciencia, y al final tiene que hacer lo que era «grave en gran manera» (Gén. 21:11) expulsar a su hijo. Así, nuestras acciones no hacen más que retrasar nuestras verdaderas bendiciones, pues es necesario que veamos adónde conducen esas acciones. Deben de haber transcurrido unos 20 años entre el momento de la promesa y el nacimiento de Isaac, y Abram pasó por numerosas pruebas durante ese tiempo, al tiempo que recibió numerosas y grandes revelaciones de Jehová.
Pero llegamos a la cuarta etapa de Abram, que se ha convertido en Abraham en el camino de la disciplina (cap. 21). Su copa parece estar llena: se le ha concedido a Isaac, la esclava y su hijo han sido expulsados, los poderes de las naciones, representados por Abimelec, reconocen que Dios está con Abraham en todo lo que hace; planta un tamarisco e invoca el nombre de Jehová, el Dios de eternidad; pero necesitaba una nueva disciplina para hacerle comprender que era Dios quien había llenado esa copa, que Él podía llenarla, vaciarla y volver a llenarla, y que era solo él quien lo hacía. Abraham había renunciado a esperar nada del mundo; ¿es ahora capaz de entregar el objeto de sus afectos y sus esperanzas? No solo eso, ¿podrá ser él mismo el autor de este desprendimiento? Le resultaba “muy doloroso” despedir a Ismael; ¿qué significará para él escuchar las palabras?: «Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré» Gén. 22:2). El sacrificio no es como el de Jefté, por su propia voluntad, sino que se lo pide claramente Dios; y Dios no solo le pide que lo consienta, sino que lo ejecute él mismo. Abraham obedece.
Camina por el camino de la dependencia de Dios, camino alto y elevado, por encima de toda influencia de ambición o afecto. ¡Pero qué disciplina! ¡Qué renuncia a esas esperanzas largamente acariciadas y a sus afectos! El objeto que debía abandonar no era como el kikajón de Jonás, que creció y se marchitó en una noche; era el fruto de largos años de paciencia, de prueba, de interés, ¡y debía arrancar él mismo la copa de sus labios! ¿Dónde estaba la naturaleza? ¿Dónde estaban sus exigencias? ¿Estaba abrumado como Jefté, o irritado como Jonás? No, el hombre de fe, en ese momento terrible para su naturaleza, se levantó temprano, ensilló su asno, tomó consigo a 2 jóvenes y a Isaac, su hijo, cortó la leña para el holocausto, se levantó y fue al lugar donde Dios le había dicho que fuera. La fe da una calma y una dignidad que no fallan. Aquí no hay nada precipitado: Abraham, por el contrario, tiene mucho tiempo para reflexionar, pues no es hasta el tercer día cuando ve el lugar «de lejos» (v. 4). ¿Quién podría imaginar en su mente los ejercicios similares a los de esta alma que la fe mantenía fiel en la obediencia a la Palabra de Dios, y no se sorprendería de la fuerza suprema que da la fe? ¡La renuncia es total!
Abraham toma el cuchillo con su propia mano para degollar a su hijo, pero confía en Dios, «estimando que Dios podía resucitarle aun de entre los muertos» (Hebr. 11:19). La dependencia había triunfado sobre las exigencias de la naturaleza, y entonces llega la recompensa. «El carnero trabado en un zarzal» (Gén. 22:13), Cristo, el verdadero holocausto, que nos coloca ante Dios en una posición excelente, que ninguna de nuestras propias ofrendas nos habría dado, él es nuestra compensación tras toda renuncia, y también la verdadera, real y plena satisfacción de nuestros corazones. El lugar se llama: Jehová-Jiré; es «la montaña de Jehová», porque es allí donde Jehová provee completamente a nuestras necesidades, y además es allí donde Abraham recibe una nueva revelación de bendiciones, la más grande y completa que jamás se le haya comunicado. La naturaleza estaba tan reducida al silencio, la dependencia de Dios tan completa y tan prácticamente realizada, que Jehová puede revelarle los designios más profundos de su amor. Ha alcanzado una madurez tan perfecta que tiene oído para escuchar y corazón para comprender la sabiduría. Es la disciplina de Dios la que ha hecho todo esto; y según la medida de su gracia, es allí adonde Él nos conduce a cada uno de nosotros. Que él nos dé suficiente sabiduría para discernir el camino de la fe, y permanecer en él de tal manera que nuestro caminar sea para alabanza y gloria de Aquel que, mediante la educación que da a nuestras almas, busca nuestra bendición y nuestro gozo.
2 - Job
La alusión a Job en el capítulo 5:11 de la epístola de Santiago: «Oísteis hablar de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del SEÑOR; porque el SEÑOR es rico en misericordia», basta para que toda alma seria preste atención a una historia que nos está relatada de manera tan detallada. Job nos está presentado, en primer lugar, como un hombre modelo, feliz en su propia condición, fiel y recto en sus relaciones con Dios. Vemos en él a alguien que se ha elevado por encima del mal y de las aflicciones que son el destino de los humanos; un ejemplo notable de la manera en que Dios puede distinguir del resto de los hombres a uno de ellos que es superior a ellos. Este hombre estaba por Dios en la tierra, y abundantemente bendecido desde lo alto: perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal; sus bienes terrenales eran tan numerosos que era «más grande que todos los orientales» (Job. 1:3).
Es importante señalar que Job caminaba en esta tierra de una manera que agradaba a Dios, y que este lo reconocía como tal, cuando Satanás puso en duda su fidelidad atribuyéndole un motivo indigno: «¿Acaso teme Job a Dios de balde?» (1:9). Esto nos ayuda a comprender la naturaleza de la disciplina a la que Job fue sometido cuando vemos que no fue principalmente por una falta personal, sino que tenía más bien como objetivo mostrar a Satanás el valor que este siervo de Dios tenía a sus ojos. Veremos que, mientras se encontraba bajo la disciplina divina, Job dejó entrever algunas faltas personales. Aunque sus pruebas le fueron infligidas por Satanás, y ello con el fin de comprobar lo que este le atribuía, fueron sin embargo empleadas por Dios para llevar a cabo en Job la renuncia de sí mismo. Su fe en Dios establece perfectamente la exactitud de la estima que Dios, en su bondad, tenía de él. Es maravilloso y sumamente interesante seguir la manera en que Dios confunde a Satanás, reivindica su propio juicio e instruye a su siervo para llevarlo a la posición que ha elegido para Él; y luego, cuando lo ha llevado hasta allí, cómo castiga a Satanás dando a Job el doble de lo que tenía antes.
Debemos intentar comprender en nuestras mentes lo que debió suponer para Job, en las circunstancias en que se encontraba, verse sumido de repente en tales desgracias. Lo vemos, poco antes, disfrutando de todas las gracias de Dios, con una delicadeza escrupulosa de conciencia; en su celo se levantaba temprano, tras los banquetes de sus hijos, para ofrecer holocaustos según su número; pues decía: «Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones» (1:5). Y siempre hacía así. Como examinaba tan cuidadosamente todas las cosas, sin duda había contado, y nosotros pensaríamos como él, que nada vendría a perturbar el descanso que la gracia le había dado. Sin duda también, y cualesquiera que fueran los temores que lo asediaban, como las nubes que cruzan el cielo en los días más hermosos, no tenía ni idea del espíritu maligno que, al difamarlo ante Dios, había llevado a Dios a entregarlo en manos de Satanás con el único fin de demostrar de manera inequívoca su integridad y su inquebrantable fidelidad a Dios. Debemos recordar también que, si el propósito de Dios en sus caminos con respecto a Job es reivindicar la estima que él mismo tiene de su siervo, también se nos muestra cómo Dios educa o disciplina a ese siervo para hacerlo digno de esa estima.
La catástrofe se produjo justo cuando Job menos se lo esperaba. Ciertamente, a menudo había tenido temores, pues dice: «El temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que yo temía» (3:25); y así ocurre siempre cuando el alma solo tiene la certeza del amor a través de la evidencia y la presencia de sus dones. Así es como los dones pueden convertirse en una trampa, y la acusación de Satanás contra nosotros suele ser cierta en cierta medida. La razón que da a nuestro espíritu descanso y tranquilidad ante Dios proviene de su bondad y de sus gracias hacia nosotros, y no simplemente del conocimiento de su amor. Esto es evidente cuando vemos el dolor violento y la desesperación en que caen muchos hijos de Dios, cuando les falta una gracia particular. Se habían apoyado en el don más que en Dios mismo; el don era una consecuencia de Su amor, y el amor mismo no era el descanso de su corazón. Satanás conoce la tendencia del hombre y no duda en acusar a Job, afirmando que no tenía ningún vínculo con Dios, ni ningún respeto por él, sino que su fidelidad provenía de las abundantes gracias que había recibido de Él. Dios, en su gracia, había desafiado a Satanás respecto a su siervo: «No hay otro como él en la tierra». Satanás replica, atribuyendo a la fidelidad de Job un motivo pérfido, y afirmando que, si se le privara de todo lo que le unía a Dios, lo maldeciría a la cara. Ante esto, Jehová, para confirmar su propia valoración y para hacer que Job se mostrara digno de ella, permite que Satanás lo despoje de todo lo que tiene.
En un día, en un instante, Job pierde sus bienes, sus hijos, todo lo que posee. Nunca hubo catástrofe más rápida y completa. «Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró» (1:20). Soporta este primer golpe de la adversidad de manera admirable y dice: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito» (v. 21).
Cabe señalar que al principio se soporta mejor que después una acumulación de desgracias. La fuerza que hay en el corazón, la confianza en Dios, son el recurso cuando el golpe es repentino y brutal; me parece que Satanás, con la rapidez con la que hace uso de su poder, se excede en su objetivo, pues es cierto que las aflicciones que se suceden a ciertos intervalos son más penosas. Pero él esperaba que el golpe fuera tal que Job no pudiera hacer otra cosa que culpar a Dios de esa calamidad. La dificultad extrema despierta las fuerzas latentes, como se ve en el caso de un hombre que se ahoga, mientras que una dificultad menor no lo haría. A veces, la prueba puede no ser lo suficientemente fuerte como para obligar a hacer un esfuerzo. Es cuando el esfuerzo ha sido provocado por la dificultad extrema y ha resultado ineficaz, cuando se siente la verdadera impotencia y la desesperación invade el alma. Job había soportado tan bien su desgracia, que Dios, lleno de gracia, puede volver a desafiar a Satanás respecto a su siervo. Satanás responde: «Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia» (Job 2:4). Ciertamente, la copa de la desgracia está colmada si, después de haber sido privado de todo lo que mi corazón apreciaba, después de que el escenario en el que me movía, encantador y agradable, se haya convertido en un desierto desolado, con las tumbas de lo que constituía mi gozo, ¡la miseria corporal hace que la vida me resulte una carga!
Sin duda, los sufrimientos corporales y la enfermedad serían en este caso el medio más cruel de recordarme mi ruina completa, sin corazón ni poder para restaurar mi condición. Dios permite que Satanás aflija a Job mediante los sufrimientos más penosos; es azotado por una úlcera maligna, desde la planta de sus pies hasta la coronilla. Su miseria es completa; su mujer está abatida y, en su angustia, cae en la trampa de Satanás; aconseja a su esposo que maldiga a Dios y muera. Así, todo está en contra de Job. ¡Qué prueba para su alma! ¡Cómo debe de haber luchado interiormente por su esperanza en Dios! Pero cada prueba fortalece el alma en Dios, aunque quien sufre apenas se dé cuenta de ello en ese mismo momento. Cuanto mayor es la angustia, más profundo es el sentimiento de su gracia cuando Él libera. Ella prepara un buen terreno para ese sentimiento.
Al principio, Job lo soporta todo maravillosamente. Reprende a su mujer: «¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?» (2:10). Pero la prueba va aún más allá. Sus amigos acuden a compadecerse de él y a consolarlo. Si estoy bajo la disciplina de Dios y mis amigos más íntimos o mis familiares no me comprenden, su cercanía y sus ofertas de ayuda y consuelo tienen el efecto de perturbarme más que de aliviarme. Eso es lo que Job experimenta por parte de su mujer, por un lado, y de sus 3 amigos, por otro. ¡Menuda escena! «Los cuales, alzando los ojos desde lejos, no lo conocieron, y lloraron a gritos; y cada uno de ellos rasgó su manto, y los tres esparcieron polvo sobre sus cabezas hacia el cielo. Así se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande» (2:12-13).
«Después de esto abrió Job su boca, y maldijo su día» (3:1). Bajo el peso de un golpe terrible, todo desaparece, hasta tal punto que no se puede intentar lamentarse ni siquiera expresarse. Si el alma confía en Dios, se encierra aún más en sí misma; pero en cuanto el que sufre se da cuenta de su situación, es su propia persona la que le ocupa, a menos que haya acabado realmente consigo mismo. La disciplina nos es enviada para dejar de lado el yo y para introducir el corazón en una verdadera relación con Dios, fuera del yo. De ello se deduce que el efecto de la disciplina es revelar la actividad secreta y los sentimientos del yo, que de otro modo no habrían sido descubiertos ni conocidos; y, si no se conocen, no se renuncia a ellos. Job se siente ahora un desdichado, sumido en la miseria, y maldice el día de su nacimiento. ¿Para qué había vivido, y con qué fin debía vivir? Apenas conocía el lugar que ocupaba ante Dios, ni cómo Dios lo preparaba, mediante terribles sufrimientos, para reivindicar ante Satanás la estimación que Dios había depositado en él. Ahora debemos examinar cómo Dios lleva a cabo su designio de bendición, observando el camino que un alma debe recorrer necesariamente bajo la disciplina de Dios para llegar a la simple dependencia y al descanso en Él.
El primer pensamiento, muy amargo, tras despertar al sentimiento real de su miseria, es maldecir el día en que nació; una impresión terrible, que conduce al suicidio si no se conoce a Dios. Pero cuando se conoce a Dios, y ese es el caso de Job, es el comienzo de una acción saludable; no por el hecho de que revele el descontento y la miseria del alma, sino porque esta última aprende a conocer y a experimentar el sentimiento de la muerte, el desprendimiento definitivo de todo. Puedo bien dejarme llevar por la rebelión y el descontento al comprobar la ruina completa del hombre en la tierra, pero este sentimiento es necesario para que renuncie a mí mismo por completo. No debo culpar a Dios por ello, sino que debo comprenderlo como el verdadero lugar del hombre. La miseria presente hace preferir la muerte. El corazón no tiene ningún deseo de vivir en este ambiente, y eso es lo que Job siente bien. No sabe que Dios busca hacer de él un testigo de la dependencia de Él mismo contra a Satanás. Pero ese es el camino de Dios. La disciplina puede tener el efecto de hacernos sentir que la muerte es preferible a la vida, pero eso responde al consejo de Dios.
La respuesta de Elifaz el temanita viene a obstaculizar esta experiencia de Job. Creo que estos 3 amigos representan los diversos ejercicios que involucran nuestras conciencias cuando se encuentran bajo este tipo de disciplina. Elifaz da a entender a Job que merece estas aflicciones: «Como yo he visto, los que aran iniquidad y siembran injuria, la siegan» (4:8). Afirma además en el capítulo 5:18 que se trata de algo más que un castigo; pues: «Él es quien hace la llaga, y él la vendará; él hiere, y sus manos curan», insinuando con ello que, dado que no había sanado la llaga, se trataba de algo más que un castigo. En consecuencia, Job (cap. 6 y 7) ya no se preocupa tanto por su miseria como por su derecho a quejarse y a intentar refutar las afirmaciones de su amigo. Nos cuenta la historia de sus calamidades, añadiendo la decepción que le causan sus amigos; está ocupado justificándose a sí mismo, tanto más convencido, al mismo tiempo, de que sus días no son más que vanidad, diciendo: «Y así mi alma tuvo por mejor la estrangulación, y quiso la muerte más que mis huesos… porque mis días son vanidad» (7:15-16). ¡Cuántas lecciones de angustia hay que aprender antes de ver la sabiduría de la renuncia!
¡Por qué disciplina tiene que pasar el alma antes de poder llegar a ella! ¡Cómo la atormentan todas esas sugerencias, que no lograrían conmoverla ni perturbarla si no existiera el yo! Es la verdad de la acusación lo que hace que todo esto sea penoso e irritante.
Bildad responde. Se trata de una nueva prueba para Job. Es bueno para nosotros contar en la Palabra de Dios con un relato de esas pruebas, a menudo inexplicables, por las que pasamos para aprender la insignificancia del hombre en sí mismo. Bildad reprende a Job con severidad; le dice que sus palabras son como un viento impetuoso y que, si fuera puro y recto, Dios se despertaría a su favor; de este modo lo rechaza aún más sobre sí mismo, dando a entender que sus pruebas son un castigo judicial por el pecado, y no, como era realmente el caso, la disciplina de Dios para llevarlo a acabar con el yo. A partir de ahora ya no está tanto abrumado por su miseria, como ocupado en justificarse ante los ojos de sus amigos. Es doloroso y cruel tener que rechazar la acusación de los amigos de haber merecido una desgracia irreparable. Job sabía que no había hecho nada para merecerla; pero tenía que aprender que no tenía derecho a nada, y sus amigos no sabían más que él al respecto; se mantenían exclusivamente en el terreno de la justicia.
Job reconoce ahora la grandeza de Dios. Pero, aunque la reconoce, así como Su poder, solo la utiliza para mostrar la distancia que le separa de Dios; él y Dios no se encuentran en igualdad de condiciones; si así fuera, no tendría ningún temor. Es evidente que su alma tiene un vínculo con Dios, pero sus amigos le han ocupado con Dios como juez, dándole a entender que la privación de las bendiciones temporales es un castigo a causa del pecado. En este nuevo ejercicio ve la grandeza de Dios y no ve el cuidado de Dios hacia él. Mientras la mano de Dios se cebe contra él, ¿qué puede alegar? No distingue la razón, la encuentra arbitraria; dice que, si tuviera un árbitro que pudiera ponerlos, a Dios y a él, en pie de igualdad, podría defender su causa con éxito; pero tal y como están las cosas, no hay esperanza. «Hubiera yo expirado, y ningún ojo me habría visto» (10:18), clama.
Tsofar, a su vez, intenta convencerlo. «Conocerías entonces que Dios te ha castigado menos de lo que tu iniquidad merece» (11:6), dice; y, si no hubiera iniquidad, habría bendiciones: «Mirarás alrededor, y dormirás seguro» (11:18). Hace de las acciones del hombre la medida de los caminos de Dios. No ve el mal del hombre en sí mismo y la distancia que lo separa de Dios, privándolo de todo derecho a la bendición. Job responde; pero ¡cuán poco progresa un alma ocupada en justificarse a sí misma! Sus amigos lo habían abrumado con reproches, diciéndole que sus aflicciones debían ser consecuencia del pecado; y Job lo niega, sin tener conciencia de ningún pecado que hubiera justificado su prueba. Las acusaciones que el Señor ha soportado sin responderlas, Job las rechaza porque no se ha visto tal como es ante Dios. Se juzga solo como lo haría un hombre, y como podían hacerlo sus amigos, que en realidad no estaban en mejor posición que él. La soberanía de Dios lo explica todo para él. No ve ningún designio de gracia en los caminos de Dios hacia él, y sin embargo es claro que su alma hace algún progreso cuando exclama: «Aunque él me matare, en él esperaré» (13:15), y un rayo de esperanza aparece en su camino, pues añade: «Entonces llamarás, y yo te responderé; tendrás afecto a la hechura de tus manos» (14:15). ¡Qué momento, cuando el alma pasa por todo ese ejercicio y esa angustia para salir de la satisfacción de sí misma y descansar solo en Dios! El camino de Dios es perfecto, como el final siempre demuestra.
El capítulo 15 nos da la respuesta de Elifaz. Sus esfuerzos por convencer a Job de su sabiduría y de la de sus compañeros se vuelven cada vez más severos; tienen razón, dice, al afirmar que los caminos de Dios hacia los hombres dependen de sus méritos, y que el impío trabaja en el dolor todos sus días; y añade: «Estruendos espantosos hay en sus oídos; en la prosperidad el asolador vendrá sobre él» (15:21).
Si nuestros corazones no se involucran en estos ejercicios, nos costará comprender la desolación que esos reproches debieron causar a Job. Lo empujan en una mala dirección; lo enfrentan consigo mismo. No podía negar que estaba afligido; pero, al compararse con los demás hombres, no veía que hubiera cometido ningún acto que lo hubiera sometido a tal aflicción; y sus amigos lo presionaban, dirigiendo su pensamiento hacia el único punto de que los caminos de Dios eran todos resultado de las acciones de los hombres, y que, en consecuencia, si tenía tanto que sufrir era porque debía de haber sido extraordinariamente malvado. Job resiste (16) y tilda a sus amigos de «consoladores molestos» (16:2); y tales eran, en efecto. «Si hablo, mi dolor no cesa; y si dejo de hablar, no se aparta de mí» (16:6). Ahora tiene el sentimiento más amargo: que Dios lo ha entregado al impío (16:11). Saborea algo de los sufrimientos de nuestro Señor como hombre. ¿Quién puede comprender la amargura de la tristeza que devora su alma? «Disputadores son mis amigos; mas ante Dios derramaré mis lágrimas» (16:20). En medio de todo el sentimiento de la grandeza de su aflicción y su sufrimiento, el vínculo que tiene con Dios como alma regenerada se manifiesta de vez en cuando.
Aún no se ha visto a sí mismo en la presencia de Dios; por eso sostiene: «A pesar de no haber iniquidad en mis manos, y de haber sido mi oración pura» (16:17), así que desearía interceder ante Dios, como un hombre ante su amigo. Tiene una percepción parcial de la grandeza de Dios, pero ninguna de su santidad; la razón es que nunca ha estado lo suficientemente cerca de Dios, pues es la cercanía a Dios la que produce la percepción de su santidad. De ahí que concluya que, si pudiera pleitear con Él, sería absuelto. Vemos así qué terrible angustia resulta para el alma valorar según el hombre los sufrimientos que Dios envía, es decir, considerarlos desde el punto de vista humano. ¡Cuánto ocupa su yo en su pensamiento! Siente que es un «refrán de pueblos» (17:6). «Los rectos se maravillarán de esto, y el inocente se levantará contra el impío» (17:8). Solo la muerte puede ser el remedio para estos pensamientos. «Si yo espero, el Seol es mi casa; haré mi cama en las tinieblas» (17:13).
Bildad responde en el capítulo 18 con palabras llenas de ira y reproche; y, con un estilo mordaz, describe paso a paso el camino del impío; primero «Sus pasos vigorosos serán acortados, y su mismo consejo lo precipitará… No tendrá hijo ni nieto en su pueblo… Ciertamente tales son las moradas del impío, y este será el lugar del que no conoció a Dios» (18:7, 19, 21). Job puede entonces responder bien, estimulado por esta afirmación de que no conoce a Dios: «¿Hasta cuándo angustiaréis mi alma, y me moleréis con palabras?» (19:1). ¡Qué maravilloso ejercicio para el alma cuando, consciente de la fe en Dios, busca justificarse en medio de toda la aflicción y el dolor, y más aún bajo la disciplina! Job rechaza la acusación de haber caído en su propia trampa diciendo: «Sabed ahora que Dios me ha derribado, y me ha envuelto en su red» (19: 6). Lo atribuye a Dios, y no puede ver la razón. Pero en todo este examen de la herida, en el creciente sentimiento de estar afligido por Dios injustamente, su espíritu se fortalece sin embargo en la esperanza, como vemos en sus palabras: «Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios» (19:25-26).
Capítulo 20. Ahora Zofar, de la manera más solemne, presenta a Job la ruina completa del impío. Lo denuncia sin piedad. «Los cielos descubrirán su iniquidad, y la tierra se levantará contra él» (v. 27). Job, en el capítulo 21, detalla la prosperidad del impío para mostrar que Zofar debe estar equivocado y, sin embargo, aunque sabe que las reprobaciones de sus amigos carecen de fundamento, no tiene una idea clara de la voluntad de Dios, ni de ningún orden o designio en Sus caminos. No sabe nada más, salvo que Dios es todopoderoso, sin ser capaz de discernir que Él siempre tiene un propósito definido ante sí en cada uno de sus caminos. Todas sus obras son conocidas por Dios desde la fundación del mundo. «¿Cómo, pues, me consoláis en vano, viniendo a parar vuestras respuestas en falacia?» (21:34).
Elifaz se dirige a Job por última vez en el capítulo 22, y se esfuerza por impresionarlo con todo el peso de sus acusaciones. «Por cierto tu malicia es grande, y tus maldades no tienen fin» (22:5). Repite de nuevo ese principio falso que la carne adopta tan fácilmente acerca de los caminos de Dios, que él da oro y plata a quienes vuelven hacia él. «Si te volvieres al Omnipotente, serás edificado» (v. 23). Luego, en los 2 capítulos siguientes, destacan 2 cosas: en primer lugar, que Job se da cuenta de lo lejos que está de Dios y desea acercarse a él. Es el verdadero ejercicio de un alma vivificada que anda a tientas en la oscuridad: «He aquí yo iré al oriente, y no lo hallaré; y al occidente, y no lo percibiré» (23:8). También tiene la sensación de la inmutabilidad del consejo de Dios: «Él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó, e hizo» (v. 13). Y, sin embargo, el verdadero temor, el efecto solemne de su presencia, no le es desconocido, pues dice: «Me espanto en su presencia; cuando lo considero, tiemblo a causa de él» (v. 15).
A continuación, vuelve su mirada hacia los hombres: al no encontrar en Dios descanso ni aceptación para sí mismo, los busca en los hombres; entonces ve que los malvados prosperan en este mundo; pero ellos también tienen sus penas secretas, y la muerte pone fin a su vida. Pero en esta fase de su experiencia, ya no se glorifica tanto a sí mismo; busca estar cerca de Dios, al tiempo que teme su presencia, porque no ha encontrado ni descanso ni aceptación. Las pruebas por las que debe pasar un alma son diversas, mientras se niegue a ver cuán total es su ruina a los ojos de Dios.
En el capítulo 25, Bildad concluye su crítica volviendo sobre la grandeza de Dios y la impureza del hombre, como si no pudiera haber entre ellos ningún terreno para la reconciliación. Palabras amargas para un alma cansada que busca la manera de presentarse ante un Dios al que conoce y en el que cree. Luego Job ofrece un resumen de su estado (cap. 27 al 31), tal como es en sí mismo y tal como entiende a Dios. La grandeza de Dios creador se le revela; pero eso nunca hace que el alma sea consciente de la naturaleza de lo que la separa de Dios; por eso lo vemos en el capítulo siguiente manteniendo su integridad. Si no estoy en la luz, debo mantener mi integridad, a menos que haya violado alguna ley, cometido algún acto público; así, Job busca lavarse de la acusación de haber sido castigado por Dios. En el capítulo 28, donde describe con tanta delicadeza la sabiduría, es interesante observar cómo, en su dura prueba, su alma avanza en verdadera luz y conocimiento; allí se ve que la disciplina da sus frutos.
Cuanto más veo la sabiduría de Dios y sus caminos (como ocurre a veces en la prueba), más me sentiré deprimido si no consigo encontrar mi relación con Dios en la aceptación; y, en consecuencia, me vuelvo hacia mi propia historia y me ocupo de mí mismo. Así, Job, en el capítulo 29, se detiene en el pasado, lo cual es siempre una prueba de que el alma no está en paz con Dios; si fuera de otra manera, tendría cosas más importantes que contar que las del pasado, especialmente cuando se trata de uno mismo, y de los dones de Dios y de su bondad, que constituyen la suma de lo que uno posee. Si tengo el sentimiento del pecado porque he sido un transgresor, el examen retrospectivo carece necesariamente de todo encanto; pero cuando, en la miseria, el Señor puede recordar una vida y una conducta irreprochables, con la luz del favor de Dios derramada sobre ellas en sus dones, ese examen atrae y cautiva el corazón. La época de Job es anterior a aquella en que se entrega la tierra a Israel; por eso, es como un gentil que aprende a conocer el mal que hay en él, no por una ley, sino en la presencia de Dios; habiendo vivido con toda buena conciencia, le resulta difícil considerar todos sus méritos como estiércol y basura.
Esto nos enseña cuánto puede penetrarnos nuestra propia justicia y ser un obstáculo; y, por otro lado, cuán fútil fue la manera adoptada por los amigos de Job para hacerle tener una justa estimación de sí mismo ante Dios y según Dios. Siempre ocupado de sí mismo, Job, en el capítulo 29, se extiende sobre su antigua prosperidad; en el capítulo 30 detalla la excelencia de toda su vida y de sus caminos, juzgándose según el juicio del hombre; y después de todo esto resume: «He aquí mi confianza es que el Omnipotente testificará por mí» (31:35). Tales son los ejercicios de un alma que, al no haber hecho nada que ofenda a la conciencia natural, no se ha visto a sí misma a la luz de la presencia de Dios y, por consiguiente, no conoce la corrupción de su naturaleza. Si la conciencia natural pudiera convencer por sí misma, su acción podría ser fácil y sumaria; pero cuando el sentimiento moral no está conmovido, se requiere una acción prolongada sobre el alma antes de que alcance un sentimiento espiritual, es decir, una valoración de sí misma formada a la luz de la presencia de Dios.
Llegamos ahora a otra fase de esta interesante historia. Hemos recorrido brevemente y con gran humildad la paciencia con la que Dios ha llevado a un alma a descubrir en qué estado de ruina se encontraba ante él. No se puede objetar nada al ejemplo que tenemos ante nuestros ojos. En cuanto a las obras, Dios mismo podía desafiar a Satanás y afirmar que, en toda la tierra, no había nadie como Job: un hombre recto y que se apartaba del mal. Pero, mientras que ni el hombre ni Satanás podían encontrar nada que reprochar o criticar en Job, Dios quería hacerle comprender que, a Sus ojos, estaba profundamente corrompido y perdido. Aprender esto es particularmente doloroso y penoso para la naturaleza. La naturaleza humana debe morir. Job comienza sintiendo que la muerte sería preferible a la vida, ya que todo es miseria aquí. Luego, tanto por su propia conciencia del bien como por su conocimiento de los caminos de Dios, torturado por los reproches injustos de sus amigos sobre su culpa oculta, rechaza la doctrina que ellos sostienen: que Dios dirige y determina las cosas para el hombre según las obras del hombre en este mundo; que no tiene otros principios de gobierno; y que son los actos del hombre los que sugieren a Dios sus acciones; eso significaría que Dios no tiene un plan y que no es más que un soberano ordinario que legisla según las circunstancias. A través de todo este proceso, Job se reafirma en 2 puntos que, por otra parte, no hacen más que aumentar su perplejidad.
Está cada vez más convencido de la soberanía de Dios y del poder que solo Él posee; además, como sus amigos no han logrado conmover su conciencia, se siente aún más firme en su propia justicia.
En ese momento aparece Eliú (cap. 32). Este siervo de Dios viene, como veremos, enviado por Dios, y le transmite a Job la enseñanza que tanto necesitaba. A menudo no sabemos por qué severo ejercicio debe pasar el alma antes de estar preparada para escuchar a Dios. Podemos vagar en la oscuridad antes de estar listos para recibir la Palabra de luz; pues la luz viene solo de Dios; Él (Cristo) «la verdadera luz es la que, viniendo al mundo, alumbra a todo hombre» (Juan 1:9). Todos los razonamientos del hombre, como los de los amigos de Job, no hacían más que ocuparlo aún más de sí mismo y empujarlo a justificarse sí mismo, haciéndole sentir, naturalmente, con mayor intensidad la distancia que lo separaba de Dios, y eso aumentaba en su alma la necesidad que tenía de Dios. Eliú le muestra que lo que había afirmado no era cierto: que Dios actuara arbitrariamente, que «él buscó reproches contra mí, y me tiene por su enemigo» (33:10). Su primer argumento es que Dios es más fuerte que el hombre. «¿Por qué contiendes contra él? Porque él no da cuenta de ninguna de sus razones» (v. 13).
Lo primero y más importante para el alma es humillarse bajo la poderosa mano de Dios. Job no lo había hecho. Pero, además, añade Eliú, Dios habla al hombre en sueños, «Para quitar al hombre de su obra» (v. 17). Así, cuando todo descansa en la tranquilidad del sueño, Dios, en su gracia, manifiesta su interés vigilante por el hombre y le advierte mediante sueños. Está lleno de misericordia, como se ve en los versículos 23 al 28. Donde hay confesión en el terreno de la justicia de Dios, hay gracia y salvación por parte de Dios. Todo esto, Dios lo obra a menudo en el hombre. Tenemos en el caso de Isaac un ejemplo del impacto que se produce cuando la verdad de Dios recupera su poder y su autoridad sobre el alma. Se vio estremecido «grandemente» (Gén. 27:33). Eso es lo que Job debe aprender; se había permitido juzgar a Dios en sus propios pensamientos en lugar de someterse a Él y esperar sus indicaciones.
Capítulo 34. Eliú muestra ahora que Dios es necesariamente justo. Job había dicho eso de sí mismo, y que Dios había quitado el juicio. Si Dios no fuera justo, si no fuera la fuente misma de la justicia, ¿cómo podría gobernar? «¿Gobernará el que aborrece juicio?» (v. 17). «Sí, por cierto, Dios no hará injusticia, y el Omnipotente no pervertirá el derecho» (v. 12). «¿Quién visitó por él la tierra?» (v. 13). Eliú exhorta a Job a comprender que Dios es justo, y que en su justicia puede actuar como quiera. «No carga, pues, él al hombre más de lo justo, para que vaya con Dios a juicio» (v. 23). Puesto que así es, el verdadero lugar de Job es el de la confesión. «De seguro conviene que se diga a Dios: He llevado ya castigo, no ofenderé ya más» (v. 31). Aunque estas diferentes lecciones, estos pasos progresivos en la historia de un alma, nos están presentados como una historia sin interrupciones, debemos recordar que a menudo hay largos intervalos durante los cuales las experiencias deben vivirse en la prueba. Lo que aquí nos está presentado es el orden de su sucesión, más que el sufrimiento que atraviesa el alma al aprenderlo.
En el capítulo 35, Eliú aborda un nuevo punto: Dios está infinitamente por encima del hombre, y las obras del hombre no pueden afectarle en absoluto. Job debe aprender que «Si fueres justo, ¿qué le darás a él? ¿O qué recibirá de tu mano?» (v. 7). Job había insistido en lo que él era para Dios, no en lo que Dios era para él. Ahora bien, «ciertamente Dios no oirá la vanidad, ni la mirará el Omnipotente» (v. 13).
Luego, en el capítulo 36, se le plantea a Job otro punto: que reconocerá la justicia de Dios si considera las cosas desde el punto de vista de Dios. Comprenderá que Él «no apartará de los justos sus ojos» (v. 7), que «despierta además el oído de ellos para la corrección» (v. 10); que «al pobre librará de su pobreza» (v. 15). Ahí es donde Job había fallado; ocupado en justificarse a sí mismo, no tenía el oído abierto a la disciplina. «He aquí, Dios es grande» (v. 26). Se produce un inmenso progreso cuando el alma llega a ver las cosas como Dios las ve. Si tengo un verdadero sentimiento de lo que Él es, me humillaré bajo su poderosa mano y esperaré en él.
Eliú lleva a Job a contemplar a Dios en su grandeza y en sus obras (cap. 37); como dice el Señor mismo: «Cuando no me creáis a mí, creed a las obras» (Juan 10:38). Es, por así decirlo, la introducción a lo que encontraremos en el capítulo siguiente, cuando Dios mismo se dirige a Job para instruirlo en su propia grandeza y de su poder. Job había escuchado a Eliú, ahora estaba preparado para escuchar la voz de Dios, y Dios, en su gracia, se ocupa directa e íntimamente de su alma. ¡Qué ejercicio tan profundo y solemne! Cuando el alma está a solas con Dios, y que le enseña, en su maravillosa gracia y misericordia, lo que son su majestad y su bondad.
Entonces «respondió Jehová a Job desde un torbellino» (38:1). Le invita a reflexionar y a considerar. «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?» (v. 4). «Por la fe entendemos que los mundos fueron ordenados por la Palabra de Dios» (Hebr. 11:3). Tal es el principio de la fe, y quien se acerca a Dios debe creer que Él existe. Job creía en la existencia de Dios, pero su fe no era sencilla ni se centraba en el poder de Dios ni en su grandeza. Se le invita a considerar si pudiera explicar o conocer el origen de las obras de Dios. ¿Podía alcanzarlas y comprenderlas? Dios le lanza un desafío: «¿Quién puso la sabiduría en el corazón? ¿O quién dio al espíritu inteligencia?» (v. 36). Dios le demuestra que, en lo que respecta al mundo material, ignora el origen de cada una de Sus obras; luego, en el capítulo 39, le llama a ver cuán incapaz es de dominar el mundo animal. Ya sea el búfalo, el caballo o el águila, todos ellos superan a Job en fuerza. ¡Cuánto debe, pues, exigir a Job reverencia y temor Aquel que los creó y les dio sus cualidades! «¿Es sabiduría contender con el Omnipotente? El que disputa con Dios, responda a esto» (v. 35). Es entonces (cap. 40) cuando Job se da cuenta del poder de la Palabra divina. Y Job respondió al Señor y dijo: «He aquí que yo soy vil; ¿qué te responderé? Mi mano pongo sobre mi boca. Una vez hablé, mas no responderé; aun dos veces, mas no volveré a hablar» (39:37-38). Se ve llevado a sentir su indignidad, pero solo hasta el punto de guardar silencio; no sabe cómo responder. Se siente condenado, pero aún no ha llegado a la simple renuncia de sí mismo. Se puede tener conciencia de la propia indignidad, de la incapacidad para responder, pero aún esperar mejorar. El alma puede estar abatida, pero aún no sometida; la Palabra de Dios debe producir en ella de manera completa el sentimiento de ruina y de indignidad. En consecuencia, la voz de Dios se dirige de nuevo a Job, y lo somete nuevamente al desafío divino.
En los capítulos 40 y 41, Dios insiste en el hecho de que el behemot y el leviatán son seres mucho más grandes que Job; este «no hay sobre la tierra quien se le parezca; animal hecho exento de temor» (41:24). Y con este fin, la variedad y el orden de los caminos de Dios hacia este ser extraño y poderoso se presentan ante el alma de Job, quien queda confundido al sentirse en la presencia de Dios.
Ahora Job llega al fin que Dios deseaba para él por medio de la disciplina a la que lo había sometido. Al ver a Dios, por fin hace una valoración justa de sí mismo y se arrepiente en polvo y ceniza. El hombre irreprochable, de naturaleza buena y recto, se horroriza de sí mismo cuando se encuentra en la presencia de Dios. Como hombre, tiene motivos para enorgullecerse y puede justificarse ante sus semejantes, pero no ante Dios. Ante Dios y en su presencia, no puede pretender nada, no puede esperar nada y no tiene derecho a nada. Bajo la mirada santa de Dios, lo único de lo que es consciente es de que debe aborrecerse y arrepentirse en polvo y ceniza.
Job ha acabado ya consigo mismo. ¡Feliz fruto de la disciplina! He aquí que está tan completamente liberado de sí mismo que, incluso antes de haber salido de la prueba –causa primera de toda su miseria y del ejercicio de su alma, prueba provocada por Satanás– puede orar por sus amigos. Situándose por encima de sus propios sufrimientos, piensa en sus amigos ante Dios, y es entonces cuando Jehová pone fin a su prueba, mostrando «el fin del SEÑOR; porque el SEÑOR es rico en misericordia y compasivo» (Sant. 5:11). – Amén.
3 - Jacob
La historia de Jacob nos resulta particularmente interesante porque en ella vemos cómo la voluntad natural desarrolla su actividad, para obtener por sí misma lo que Dios había decidido de antemano.
Cuanto más inteligente es el espíritu del hombre y más impregnado, por así decirlo, de los designios de Dios, más necesita someterse a Él, para no intentar cumplir por sus propios medios lo que debe dejarse en manos de Dios. Todos los esfuerzos que hace no producen más que agitación.
Aquel cuyo espíritu está dominado por esta actividad propia tiene gran necesidad de juzgarse a sí mismo; no es que se niegue a reconocer la voluntad de Dios, o que no la comprenda, sino que busca cumplirla por sus propios esfuerzos. Cuando esto ocurre, el Señor permite que su siervo coseche, a través de penosas experiencias, los frutos de esa actividad. «El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia» (Prov. 9:10). Si yo no tengo a Dios ante mí, nunca podré, con mi mente natural, andar con sabiduría en un mundo malvado; pues Dios es la fuente de la sabiduría. Por eso el conocimiento en sí mismo no es nada, nunca lleva al hombre a caminar con Dios.
La fe viene antes que el conocimiento: no se puede adquirir este último si no se empieza por la fe. Si dependo de Dios, todo verdadero conocimiento aumentará aún más esa dependencia. Si amo a Dios, lo conozco, y mi amor alimenta mi conocimiento; de lo contrario, «el conocimiento enorgullece» (1 Cor. 8:1).
Jacob es el ejemplo notable de un hombre que, aunque apreciaba la bendición, se oponía continuamente a los caminos de Dios y trataba de adelantarse a ellos. Su corazón era recto, pensamos, pero su mente no estaba sometida, y la mente natural solo puede actuar según su propia maldad.
En el primer acto de su vida que se nos relata, tiene en mente la bendición y la posición que confería el derecho de primogenitura; y emplea medios que podían asegurárselas. Se aprovecha del cansancio de su hermano para hacerse con el premio, el premio inestimable, que Esaú nunca debería haber abandonado. Sin embargo, la posesión del derecho de primogenitura no le dio a Jacob la seguridad de la bendición que se le atribuía; si la hubiera tenido, no habría aceptado tan de buen grado el indigno expediente que su madre había ideado para asegurársela. Había obtenido la gracia deseada de manera natural; por eso no obtuvo ninguna de las satisfacciones que habría experimentado con gozo si hubiera esperado recibirla de la mano de Dios; un camino divino siempre pone al alma en relación con el Señor. Una gracia que no está en relación con él a menudo puede hacerme más miserable; pero si lo está, si sé que emana de Su amor, mi corazón la recibe en paz y tranquilidad; pues sé que, si bien a veces puedo perder de vista la prueba de su amor, no puedo perder el amor mismo, y el amor no puede existir sin manifestarse.
Moisés se desanimó rápidamente en sus esfuerzos por liberar a Israel de la esclavitud de Egipto. Apreciaba la misión que Dios le había encomendado, pero, al no relacionarla con Él, perdió pronto la confianza en su éxito. El Señor, en su gracia, quiere llevarnos tarde o temprano a relacionar con él mismo todos nuestros favores o todos nuestros servicios; él sabe que, sin eso, no podemos contar con su fuerza para ayudarnos. Moisés permanece 40 años en la tierra de Madián, donde fue preparado para recibir el mensaje de la zarza ardiente. Pablo, en prisión en Roma, se ve confirmado en la realidad de las verdades que le habían sido comunicadas mucho tiempo antes. Y Jacob, cuando luchó y obtuvo por gracia el nombre de Israel, se vio confirmado en la certeza de las bendiciones a las que tenía derecho desde hacía muchos años. La posesión del derecho de primogenitura, la bendición de su padre, la visión en Betel, el sueño de Padan-aram, todas estas cosas no dieron al alma de Jacob la certeza de la parte que Dios le había asegurado. Solo a través de la lucha de Mahanaim fue llevado a la cercanía personal con Dios y a la sumisión a él, y fue establecido en esa certeza.
El sueño de Betel fue la comunicación divina de la bendición; pero solo después de haber probado los frutos amargos de su propia voluntad, durante una estancia de 20 años en Padan-aram, Jacob es llevado a esa intimidad con Jehová que, aunque feliz, culmina en su humillación.
¡Cuánta disciplina se necesita para someter un alma llena de voluntad propia! Jacob es bendecido en todo lo que desea, aunque a menudo se vea contrariado, y esto en las cosas a las que más valor concede. Su hermano mayor le cede el derecho de primogenitura; su padre le bendice con la más excelente de las bendiciones; Jehová le revela el designio de su amor hacia él, cuando no es más que un viajero que huye de la casa paterna; en Padan-aram todo le sale bien, pero a través de un duro trabajo y una serie de contratiempos, y, cuando regresa para disfrutar en la tierra prometida de las bendiciones acumuladas, se encuentra en la misma frontera con su hermano Esaú, y entonces se pregunta si, después de todo, está realmente en posesión de la bendición. ¡Qué momento de angustia e incertidumbre para ese espíritu obstinado! Aún incapaz de confiar en Dios, teme que la copa que Dios mismo ha llenado le sea quitada de los labios y que todas las bendiciones prometidas se vean aniquiladas. Toda su educación había estado orientada hacia ese momento. Era el hombre bendecido, pero ¿había renunciado lo suficiente a sí mismo como para poder entrar en plena posesión de la bendición? ¿Había acabado tan completamente consigo mismo como para encomendarse a Dios y solo a Dios, y tener plena seguridad respecto a esas bendiciones?
Esto es lo que decide la lucha de Génesis 32:24-32. De ella sale como un Israel (vencedor de Dios), pero con el profundo sentimiento de su propia debilidad, cuya marca lleva en sí mismo. Se le dislocó la articulación de la cadera. Lo que pierde en su persona, lo gana en su posición o, mejor dicho: sufre una pérdida en el camino natural, pero una ganancia en el camino divino. Había intentado apropiarse de las bendiciones de la tierra por la fuerza y los recursos de la naturaleza, pero, tras 20 años de disciplina, en el momento en que va a entrar en el país, se ve llevado a tal extremo y a tal ejercicio, que Dios es su único recurso. Se ve empujado hacia él, y no puede continuar su camino hasta que Dios no solo lo haya bendecido, sino también sometido. Una vez alcanzado este resultado, Jacob entra en el país, por la fe, como Israel, bendecido, humillado y llevando la marca de su debilidad personal.
Es en este carácter de Israel, aunque sea cojo, donde puede encontrarse con un Esaú, o con cualquiera que quiera disputarle ese título de Israel. Todo su esfuerzo y todos los éxitos de 20 años se pierden; pues es la bendición de Dios, y no la prueba de esa bendición, lo que realmente establece su alma y lo proclama poseedor indiscutible del país, ¡él, el Israel humillado! Toda esta historia es la nuestra. Buscamos la bendición, pero no tenemos suficiente fe para esperarla del Señor; tememos perderla y descubrimos nuestra propia impotencia cuando se nos escapa. Pero el Dios de Jacob es nuestro Dios, y él quiere bendecirnos al disciplinarnos.
Aquí termina, propiamente hablando, la primera etapa de la vida de Jacob. Ahora emprende el camino de la fe, el único que conduce a la bendición, y se convierte para nosotros en el modelo de aquel que es honrado porque ha renunciado a su propia voluntad. Encontramos, pues, que, si bien la voluntad en sí misma carece de valor, Dios estima en alto al hombre cuya voluntad está quebrantada, concediéndole incluso el poder de prevalecer sobre Él [1] y sobre el hombre.
[1] NdT. Vean el pasaje en el que se explica en qué consistió la lucha de Jacob frente à Jehová: «Venció al ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó…» (vean Oseas 12:5).
Ahora debemos considerar a Jacob en el país. Aunque la voluntad debe ser quebrantada para que podamos entrar en el terreno de la bendición, es raro que permanezcamos en ese terreno sin que esa misma voluntad propia se manifieste de nuevo, ella que retrasó y dificultó nuestra entrada. Es necesario que a lo largo de todo el camino la naturaleza que hay en nosotros sea mortificada; solo así podremos permanecer en el terreno de la bendición y disfrutarla. Si no es así, sufriremos y tendremos que aprender, mediante la disciplina de Dios, a no relajarnos en nada en esa sumisión que me ha hecho capaz de entrar y estar en posesión del país.
¡Cuántas veces, ay!, después de haber desplegado una seria vigilancia, después de haber caminado con cuidado y haber entrado en el goce del país con toda humildad, lo hemos olvidado todo cuando se ha alcanzado la meta, de modo que se necesita una nueva disciplina. Israel luchó y sufrió para obtener las bendiciones del país; pero, una vez en posesión y disfrute de esas bendiciones, se engordó, se rebeló y olvidó al Dios que lo había levantado.
Jacob disfruta tranquilamente de todas las bendiciones que Dios le ha concedido; se encuentra en el país en el que cada una de esas bendiciones está relacionada, pero debería haber regresado a Betel, de acuerdo con el voto que había hecho. En lugar de eso, se ocupa de sus necesidades inmediatas y se construyó una casa en Sucot. Quizá la necesitaba, pero con ello abandonaba el principio de la fe por el que había entrado en posesión del país. Así se detenía en su camino de peregrino, cuando debería haberlo proseguido sin desviarse hasta llegar a Betel. Luego, como un incumplimiento lleva a otro, compra un campo a los hijos de Hamor. Adquiere una garantía de posesión, por así decirlo, como si la voluntad y el brazo del Todopoderoso no bastaran. Es una nueva manifestación de esa voluntad propia que lo caracterizaba; siempre busca asegurarse por sus propios medios las bendiciones que le venían de Dios, lo cual, sin embargo, reconocía, de ello no dudamos. Es una tendencia común, mucho más difícil de corregir que aquella que busca únicamente lo que es del mundo. Dios mismo no es el primer objeto del alma. Los dones de Dios, ¡ay!, nos ocultan con demasiada frecuencia a Dios mismo; y cuando no le damos el primer lugar, la voluntad está en acción, y en realidad no disfrutamos de los dones con el Dador.
Así ocurre con Jacob en Siquem. Tras haber cedido a su naturaleza y haber abandonado voluntariamente el camino de la simple dependencia de Dios erige un altar y lo llama El-Elohe-Israel (Gén. 33:20), es decir: Dios, el Dios de Israel. No olvida que es Israel, el objeto de las bendiciones de Dios, pero destaca este hecho más que la gracia de Dios que lo ha hecho tal. El verdadero estado de nuestras almas se revela por el nombre que damos a nuestro altar, si se me permite expresarlo así; o, en otras palabras, por el carácter de nuestra adoración y de nuestra cercanía a Dios. Cuando nuestra alma está ocupada de sí misma, es decir, cuando tiene en mente su propia condición más que la excelencia del Señor, no puede comprenderlo completamente, pues de lo contrario su superioridad eclipsaría todo lo demás. Cuando estamos en la presencia de Dios, no debemos estar ocupados de nuestro propio estado, aunque al mismo tiempo seamos conscientes del privilegio de haber sido admitidos en tal posición. Si estamos realmente con Dios, nos olvidamos de nosotros mismos en Él y solo pensamos en sus intereses; pero si estamos ocupados con nuestras propias bendiciones y necesidades, es una ocupación que está bien en su lugar, pero muy por debajo de aquella que hace de él el objeto supremo, de aquella que Pablo tenía cuando su meta era «ganar a Cristo» (Fil. 3:8).
Aquí, Jacob no solo está ocupado con sus bendiciones, sino que alimenta su propia voluntad, y la disciplina se hace necesaria para enseñarle que sus propios planes solo pueden producir penas y derrotas. Su estancia en Siquem trae vergüenza y dolor a su familia.
Jacob es llevado a sentir la vergüenza y la humillación de la posición que él mismo ha elegido; la Palabra de Jehová entra entonces libremente en su alma, y la disciplina lo ha preparado para responder a ella. «Levántate», dice Jehová, «y sube a Bet-el, y quédate allí; y haz allí un altar al Dios que te apareció cuando huías de tu hermano Esaú» (Gén. 35:1). Al correr «la carrera que tenemos por delante» (Hebr. 12:1), todo va bien. Al partir de Siquem para ir a Betel, Jacob deja atrás todas las impurezas; los ídolos deben quedarse en Siquem, no pueden llevarse a Betel. Desde el momento en que tomamos el camino de Dios, el que conduce a la Casa de Dios, debemos ser puros; «La santidad conviene a tu casa, Oh Jehová, por los siglos y para siempre» (Sal. 93:5). Ahora el nombre del altar de Jacob es El-Betel (Dios de la Casa de Dios). Ha entrado en los designios de Dios y se considera un agente que los expresa y los despliega sobre la tierra. Sus pensamientos ya no se centran tanto en Jacob, el bendecido de Dios, como en Dios, el que bendice a Jacob. Así ha dado un paso adelante en el camino de la fe.
Y, sin embargo, aunque había comprendido el alcance de la enseñanza de Jehová, aún no se había sometido por completo a su Palabra. Jehová le había dicho que se estableciera en Betel; pero poco después lo vemos marcharse. Necesita una nueva disciplina. Hasta entonces, las pruebas que había sufrido, numerosas y variadas, solo le habían afectado en sus circunstancias; pero ahora se trata de sus afectos. La muerte de Raquel había dejado un vacío que nada podía llenar, y él no la olvida, ni siquiera al final de su vida (comp. Gén. 35:16 con 48:7). En este último pasaje, Jacob alude a su duelo, como si hubiera puesto fin a todas sus esperanzas terrenales. Dice: «Cuando yo venía de Padan-aram, se me murió Raquel en la tierra de Canaán, en el camino, como media legua de tierra viniendo a Efrata; y la sepulté allí en el camino de Efrata, que es Belén». Había enterrado al objeto de su afecto allí donde Cristo, el verdadero consuelo para el corazón afligido, debía nacer. Si abandona Betel, la Casa de Dios, el lugar donde Dios se le había aparecido y le había dicho que habitara, se nos enseña que, al exterior, solo puede haber más que un camino desolado. Las nubes se amontonan sobre ese camino. La inmoralidad de su primogénito y la muerte de su padre se suceden rápidamente. En el capítulo 49, versículos 3 y 4, nos enteramos de hasta qué punto le había afectado el primer acontecimiento; la amargura de su corazón se expresa allí cuando repasa todas las cosas a la luz de los designios de Dios.
Luego leemos, en el capítulo 37, que Jacob «habitó en la tierra donde había morado su padre» (Gén. 37:1); Isaac había estado allí como un extranjero; tal era también la posición a la que la fe había llamado a Jacob. Sin embargo, tras un respiro, la disciplina continúa; aún era necesario que se viera privado de todo vínculo material. Raquel se había ido, pero le quedaban sus 2 hijos; y es a través de ellos que Jacob es sometido, en sus afectos, a una larga prueba.
Si observáramos con más atención los caminos de Dios para con nosotros, veríamos que, hasta que se produce el efecto deseado, las pruebas continúan, aunque pueda haber un respiro y, a menudo, incluso un largo intervalo de descanso.
Se podría haber pensado que el espíritu de Jacob estaba lo suficientemente quebrantado como para que, despojado de sus intereses y afectos, su camino fuera de ahora en adelante el de una sumisión total a Dios. ¡Pero no! Mientras la voluntad natural esté en acción, mientras no se rompa el último eslabón que nos ata a nuestra naturaleza, no hay sumisión completa; y todas las pruebas por las que pasa el corazón de Jacob en relación con José y Benjamín (cap. 37 y 43) son necesarias para llevarlo a una sumisión total. No podemos dudar del resultado obtenido, si comparamos la forma en que se expresa en el capítulo 37, versículos 34 y 35, con la del capítulo 43:14. En el primer caso, rasga sus vestiduras, se pone un saco sobre los lomos y se niega a consolarse. Dice: «Descenderé enlutado a mi hijo hasta el Seol». Pero en el segundo caso dice: «Si he de ser privado de mis hijos, séalo»; en otras palabras: me someto.
¡Qué diferencia! ¡Qué desolación cuando el corazón está atormentado y no se encuentra refugio en Dios! Pero qué contraste cuando el Todopoderoso es el refugio y se puede decir: «Si he de ser privado de mis hijos, séalo». Yo adopto esta postura. Es la sumisión total a la voluntad de Dios, y eso produce en nosotros lo que Dios tanto desea: que encontremos nuestro refugio en él; el alma que entiende esto siempre encuentra la respuesta a todas sus necesidades. La felicidad de su pueblo es el gran objetivo de Dios; a menudo vemos que, cuando la prueba ha producido la disciplina necesaria, el que ha sido probado recupera los objetos cuya pérdida le había causado dolor; ahora está preparado para disfrutarlos en la dependencia de Dios.
Jacob recibe a José y a Benjamín, a quienes había perdido. Pero el corazón del hombre está tan poco preparado para la misericordia de Dios, que la mera noticia que recibe lo hace desmayar. Su dolor había sido tan grande y profundo que, por un momento, casi no puede soportar su gozo. Había hecho falta una larga disciplina para quebrantar su fuerte voluntad y su naturaleza rebelde, pero había surtido efecto. ¡Cuán quebrantado está ahora! Vendar el corazón quebrantado es uno de los servicios particulares de Cristo; pero hay muchos creyentes como Jacob que no pueden creer que tal bondad les espera, y, cuando la conocen, les oprime el corazón más de lo que lo había hecho la disciplina misma.
Pero el Señor se inclina sobre los suyos y les da las pruebas que su debilidad necesita. Jacob se convence primero por las pruebas de la realidad de la gracia; luego, cuando ha encontrado a José, el alivio es tan completo que expresa sentimientos análogos a los de Simeón al sostener al niño Jesús en sus brazos: «Muera yo ahora», dice, «ya que he visto tu rostro» (Gén. 46:30). ¡La copa está llena! El corazón quebrantado y sometido está satisfecho, habiendo recibido directamente de Dios, para su mayor gloria, lo que había perdido. Una vez que la disciplina ha hecho su obra, nos damos cuenta de que el gozo pleno es lo que el corazón de Dios desea para nosotros. La vida de Jacob en Egipto es, de hecho, la tercera etapa de su peregrinaje, y es un período brillante. Sus últimos momentos son el gran acontecimiento que el apóstol señala como la prueba más elevada de fe: «Por la fe Jacob, moribundo, bendijo a cada uno de los hijos de José; y adoró [apoyado] sobre el extremo de su bordón» (Hebr. 11:21). Aquí se nos presenta como testigo de Dios, comprendiendo sus designios, quebrantado en su voluntad y expresando pensamientos santos y elevados. ¡Qué final feliz y tranquilo tras una vida agitada, por su propia voluntad, y sometida a una larga disciplina! ¡Qué lección hay para nosotros en esta historia! Jacob aprendió, a través de dolorosas experiencias, la locura de sus propios planes y la verdad de esta palabra: «Con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados» (Mat. 7:2; Marcos 4:24). Pero, por otro lado, aprendió que, en la aflicción, Dios es el único verdadero descanso y el único verdadero recurso; y llega a esta conclusión tan preciosa para él, al final de su carrera.
4 - José
La historia de José es la historia de las pruebas y los deberes de un siervo de Dios. El mal que hay en la naturaleza humana y las faltas que produce no nos son descritas en su vida, como en las de los hombres que hemos estudiado anteriormente. En primer lugar, José es considerado un siervo y un instrumento para la obra de Dios; por lo tanto, intentaremos repasar las pruebas por las que tuvo que pasar para ser preparado para esta obra.
Lo vemos, en primer lugar, en la casa de su padre. «Y amaba Israel a José más que a todos sus hijos, porque lo había tenido en su vejez; y le hizo una túnica de diversos colores» (Gén. 37:3). Distinguido así por el amor de su padre, su corazón se había ensanchado; la dulzura de ese afecto había hecho brotar el suyo, pues nada produce tanto afecto en nosotros como la certeza de que existe para nosotros; como está escrito: «Le amamos, porque él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Así, el corazón de José, en su infancia, floreció en la maravillosa atmósfera del amor paterno, pero al mismo tiempo se vio, por ello mismo, expuesto a la envidia de aquellos que se habían hecho indignos de él. «Sus hermanos… lo aborrecían, y no podían hablarle pacíficamente» (Gén. 37:4). Así pues, si por un lado aprende a conocer la ternura y los recursos del afecto de su padre, por otro, precisamente a causa de ese favor, sufre persecución. Para él es una advertencia de que debería depender de ese afecto, porque fuera de él y a causa de él, solo podría sufrir.
Así, desde muy temprano y en el seno de la familia, José aprendió (como ocurre con todos los siervos de Dios) los principios elementales de esta verdad que lo sostuvo hasta la cima de su carrera: amado por Dios, odiado por los hombres. El amor de su padre, del que la túnica de colores es el signo, es una compensación por el odio de sus hermanos; lo sostiene cuando se enfrenta a su oposición y a su envidia; es la primera y gran lección que el siervo de Dios debe aprender al comenzar su carrera. Esto es lo que Cristo, de quien José es el tipo, ha hecho tan plena y perfectamente: él que, permaneciendo siempre en plena conciencia del amor del Padre, se ha hecho capaz, por ello mismo, de afrontar, sin tambalearse, todo el odio y la malicia del hombre. Además, quien mejor conoce el amor del Padre es el más capacitado a manifestar ese amor, el siervo más cualificado que el Padre pueda enviar a quienes lo ignoran. «El Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer» (Juan 1:18). José, en su carácter de arquetipo y de siervo, es enviado por su padre a sus hermanos para informarse de su bienestar; pero antes de eso recibe en 2 ocasiones comunicaciones que le indican cuál sería la posición que ocuparía más tarde. La falta de apoyo de su padre y la creciente oposición de sus hermanos son la base de esa dependencia de Dios y de esa independencia del hombre que lo distinguieron posteriormente. La perspectiva que, por la gracia divina, ocupa un alma, puede ser incomprendida por quienes la rodean, incluso por amigos y guías estimados; pero se concede por gracia para fortalecerla y, más aún, para asegurarla, cuando ve su realización, de la fidelidad y la constancia de los cuidados de Dios.
¡Cuán poco prestamos atención a las pequeñas circunstancias del comienzo de nuestra vida, cuán poco las valoramos, cuán poco sentimos el efecto que ejercen sobre nosotros! Desde la infancia somos formados para la situación que Dios nos destina. Toda nuestra historia no es más que una sucesión de acontecimientos que nos preparan para ella; el primero mostrando siempre una gran analogía con el último. Así fue con David. Lo vemos primero pastoreando su rebaño en el desierto, desde donde es llamado para «que apacentase a Jacob su pueblo, y a Israel su heredad» (Sal. 78:71), posición que conserva hasta el final a través de muchas vicisitudes. Lo mismo ocurre con Moisés. Solo para Dios, con Dios, visto por Dios, en la cesta de juncos, en Madián, en la montaña o en el Pisga al final, cada momento de su vida sigue la misma dirección.
José, pues, parte para cumplir su misión, seguro del amor de su padre, consciente del odio de sus hermanos y secretamente impresionado por una idea de grandeza futura, desconocida y aún incomprensible. Respondiendo a la voluntad de su padre, no retrocede ante el peligro que, por otra parte, Jacob no temía para él. Si Aquel que es más grande que nosotros en amor y sabiduría nos asigna un servicio que le agrada, y en el que él, que lo sabe todo, no ve ningún peligro para nosotros, ciertamente podemos entrar en este con simple confianza. Es el único espíritu verdadero y feliz que conviene al servicio. ¡Salimos de la casa, expresión conocida del amor de nuestro Padre, para lanzarnos al océano tumultuoso de hermanos que no nos aman, y para ser mensajeros del interés que el Padre les tiene! Así es como vino Cristo, así es como todo siervo fiel será sostenido y será útil. José sigue el camino del servicio, lleva el mensaje de su padre, muestra el interés que este padre tiene por ellos y llega a Siquem; pero se ve detenido en el cumplimiento de su misión porque no encuentra a sus hermanos. Tales fracasos se producen a menudo para poner a prueba si nuestro deseo es realmente hacer la voluntad del Padre. El corazón de José estaba evidentemente por entero dedicado al cumplimiento de esa voluntad, pues en lugar de volver, espera allí hasta recibir noticias de ellos, y los sigue hasta Dotán, sin sospechar en absoluto la acogida que le esperaba allí.
Los hermanos de José, tras cambiar varias veces sus malvados designios (pues los consejos de los malvados son muchos, mientras que solo hay un camino para hacer el bien), lo vendieron a los ismaelitas, quienes a su vez lo vendieron en Egipto a Potifar, oficial de Faraón y jefe de los guardias. ¡Qué cambio para José! Al salir de la luz del amor paterno, ¡ahí está, esclavo en Egipto, después de haber sido casi asesinado por sus propios hermanos! ¿Acaso las comunicaciones divinas que le habían sido reveladas en sus sueños le habían hecho independiente de todo lo que es del hombre, amor u odio, y dependiente solo de Dios? Lo necesitaba mucho en aquellas circunstancias; y no cabe duda de que ahí radicaba el valor de la disciplina a la que estaba sometido desde entonces. La verdad nos es comunicada primero, y podemos valorar mucho su posesión; pero solo el invierno nos hace apreciar los excelentes frutos de la primavera y el verano. Debemos aprender la gran realidad de la verdad; José debe apoyarse por completo en Dios.
Pero el invierno rara vez transcurre sin que haya algún rayo de sol; y a menudo, antes de su punto álgido, así como antes de su fin, se interpone un período más suave. A menudo nos alegra algún renacimiento inesperado, antes de que sintamos la parte más dura de la disciplina. Así es como José prospera en la casa de Potifar. Pero no es por mucho tiempo: el adversario de las almas le tiende una trampa, de la que su integridad y dignidad le hacen huir. Podemos considerar a la mujer de Potifar como un tipo del mundo, cuyas tentaciones simboliza; y como no ha podido atraer al próspero siervo de Dios, se convierte en su peor enemiga. Las malas compañías acompañan con demasiada frecuencia a la prosperidad; pero la prosperidad en una mala compañía no puede durar para el alma que teme a Dios, y es aniquilada si el alma es fiel. ¡Pero qué compensación por esta pérdida! Dios permanece; es por él y ante él que José actuó con tanta claridad. ¡Cuán variada es la vida de este futuro testigo de Dios! Primero vendido como esclavo por haber sido el mensajero del amor de su padre hacia sus hermanos, y luego encarcelado por su amo por haber sido el fiel guardián de su propiedad.
José aprende que ni el amor ni la justicia pueden ser comprendidos por el hombre. Debe fijarse únicamente en Dios y apoyarse solo en Él. Y Dios no le falla. «Pero Jehová estaba con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel» (Gén 39:21). Las circunstancias de la prueba mejoran para aquel que se confía verdaderamente en Dios; ningún acontecimiento adverso puede quebrantar una energía verdaderamente viva; solo pueden limitarla. El escenario puede cambiar, pero no el espíritu. Moisés, en Madián, ayuda a las mujeres y da de beber a sus rebaños, cuando ya no puede ayudar ni servir a los hebreos. Es un salvador en Madián, como lo fue para su pueblo en Egipto: y Jehová se convierte para él en un santuario y le proporciona alivio en su servidumbre y su dolor. Así, José se vuelve muy pronto tan útil en la prisión como lo había sido en la casa del capitán de la guardia. «No necesitaba atender el jefe de la cárcel cosa alguna de las que estaban al cuidado de José, porque Jehová estaba con José, y lo que él hacía, Jehová lo prosperaba» (Gén. 39:23).
En toda prueba se encuentran algunos rayos de luz y de alivio; pero la liberación completa a menudo se retrasa por nuestra propia prisa por obtenerla. Es Dios quien debe ser lo que satisface a su siervo, y no la liberación; por consiguiente, esta última suele posponerse hasta que ya no la vemos ni la esperamos. Es entonces cuando puede concederse de una manera tan por encima de nuestro entendimiento que nos hace apreciar el amor y el interés que nos han rodeado durante toda la prueba. Así sucedió con Pedro en Hechos 12, con Pablo y Silas en Hechos 16, y con José en la continuación de nuestro relato. Sus cualidades como siervo de Dios que conoce su pensamiento se manifiestan primero de manera notable en su prisión. Las pruebas, efecto de la enemistad del hombre, no detienen la verdad de Dios. Y llegará la ocasión para que se desarrolle, aparentemente en las circunstancias más desastrosas. Pablo, en prisión, es una bendición para el carcelero; José, también en prisión, revela al jefe de los coperos los designios de Dios; pero parece que se equivocó al pedirle que intercediera por su liberación; y debe permanecer prisionero durante 2 largos años más.
Vuelve a aprender que no se puede depositar confianza alguna en el hombre. Este prolongado encarcelamiento debió de haber puesto a prueba profundamente a este hombre, consciente de no haber hecho nada para merecerlo. Podría haberle parecido que Dios se había olvidado de él; y nada es más penoso que la sensación de que aquel que conoce tu situación no hace nada para acudir en tu ayuda. Esa fue la gran prueba de Job, que Dios no mostrara ningún interés por él, y de Juan el Bautista cuando oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo. No se nos revelan los pensamientos de José; pero sabemos que Dios tenía un propósito al prolongar su encarcelamiento: y cuando se alcanzó ese propósito, «hasta la hora que se cumplió su palabra, el dicho de Jehová le probó. Envió el rey, y le soltó; el señor de los pueblos, y le dejó ir libre» (Sal. 105:19-20). ¡Qué poco comprendemos que la rama que da fruto debe ser podada para estar lista para la obra de Dios! La corrección es necesaria para quitar del camino lo que no hemos buscado quitar, y la poda para deshacernos de aquello de lo que deseamos deshacernos. José pasó por un profundo ejercicio desde el día en que salió de la casa de su padre, vestido con la túnica de colores que era una señal de amor.
A través de una notable sucesión de penas y pruebas, aprende que para estar preparado para el servicio de Dios hay que reconocer que el favor del hombre es engañoso. De vez en cuando le cuesta darse cuenta de que no le sirve de mucho en momentos de necesidad; y, lenta pero seguramente, aprende lo que significa ser de Dios y para Dios. Pero la liberación llega por fin; José se presenta ante Faraón como siervo y testigo de Dios, en el sentido más elevado. Anuncia las cosas que están por venir y recibe la distinción y la posición a las que tiene justo derecho, y que el mundo se ve obligado a concederle. Durante un tiempo, probablemente no supo nada del servicio que iba a prestar a sus hermanos, servicio que había intentado prestarles y que había sido tan cruelmente rechazado. Iba a ser ofrecido plenamente y recibido con humildad. Dios estuvo trabajando todo ese tiempo por su pueblo y haciendo preparativos para él. Y con el tiempo, José lo aprendió y lo creyó.
En sus diversas conversaciones con sus hermanos, se nos presenta como un retrato exquisito del hombre divinamente sabio, que lucha contra las emociones más bellas de su corazón; reprime la expresión de su afecto hasta estar seguro de que ha llegado el momento del desenlace. ¡Qué conmovedor es ver la ansiedad y la angustia que les inflige, con el fin de asegurarles lo que su corazón tanto deseaba para ellos! Es su amor por ellos lo que obra todo esto; y al examinar su conducta, vemos cuánto se había convertido en dueño de sí mismo, y apto para el servicio que estaba llamado a prestar y a mantener. ¡Qué momento para este hombre, que tanto había sufrido en la humillación y que, ahora, se encontraba en la cima de los honores y disciplinado, aquel en el que se arrojó llorando al cuello de su padre! ¡Qué camino de preparación debió seguir antes de alcanzar esa cima de su vida y de su servicio! Pero lo alcanzó. Por gracia había provisto de todo lo necesario a sus hermanos, demostrando al mismo tiempo cuán a la altura estaba de la misión que había iniciado al comienzo de su carrera y que consistía en darles una idea justa del amor de su padre.
Para terminar, solo nos queda destacar la fe que lo distinguió. Después de toda la altura a la que llegó en Egipto, después de todo el servicio que hizo ve por la fe, más allá, una herencia mejor y aún mayor. Antes de morir, «Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de esta tierra… E hizo jurar José a los hijos de Israel, diciendo: Dios ciertamente os visitará, y haréis llevar de aquí mis huesos» (Gén. 50:24-25). Como un siervo fiel, cierra su carrera, dando testimonio del verdadero objeto de la fe. Durante su vida había servido plenamente al pueblo de Dios según sus necesidades y, en el momento de su muerte, les muestra la única perspectiva y esperanza verdaderas para sus almas: la herencia de la tierra prometida. Las ventajas presentes no deben oscurecer ni interceptar esta esperanza. La fe se eleva por encima del esplendor de las cosas presentes y, al servir fielmente a su pueblo hasta el final, les muestra en su último suspiro su verdadera esperanza y su camino futuro.
Así terminó la carrera de uno de los siervos más experimentados y honrados; tras grandes pruebas y los mayores éxitos; tras grandes tristezas y los mayores gozos; tras una gran humillación y elevación. Este es un estudio beneficioso para los siervos de nuestro Dios: ¡a él sea la gloria por los siglos de los siglos!
5 - Moisés
Moisés es, en cierto sentido, el tipo de Aquel que es el siervo de todos; encontraremos en su historia una disciplina particular, destinada a suprimir su carácter natural y a dar paso a la expresión de esa gracia y ese servicio que se realizan en perfección en el Señor Jesucristo.
Nacido en el momento en que el edicto de Faraón contra los niños varones de Israel estaba en pleno vigor, no se le hace ninguna excepción; aparece en la tierra para descubrir que se le niega un lugar terrenal. No había lugar en la posada para el Señor de gloria, ¡y el rey de Egipto ordena que Moisés, que es el tipo del Señor, muera en el momento de su nacimiento! Solo por la fe lo salvan sus padres. «Vieron que el niño era hermoso, y no temieron el edicto del rey» (Hebr. 11:23). Saben, por esa profunda convicción que produce el Espíritu Santo, que pueden confiar en Dios respecto a este niño. La fe en Dios lo introduce, pues, en la vida. ¡Cuántas veces, en su madurez, debió de pensar en ese acto piadoso de sus padres, y estarles agradecido por haberlo sometido desde el principio al cuidado y a la disciplina de Jehová! El comienzo de nuestra carrera deja su huella en ella; y las primeras enseñanzas que recibimos en la escuela divina dan a nuestro carácter la forma y el tono que los años no pueden alterar. El primer suspiro de Moisés le fue asegurado por la sola fe de sus padres, que lo escondieron durante 3 meses. Su fe debió de haber sido puesta a dura prueba durante esos 90 días, pero perseveraron; luego, en una cesta de juncos, lo confiaron a las aguas, al habérsele negado un lugar en la tierra, y cuanto más crecía, más difícil resultaba protegerlo del edicto sanguinario.
Cuando actuamos con fe, y hemos perseverado lo suficiente como para afianzar nuestras almas en la seguridad de la fe, entonces el Espíritu que nos da la fe nos da también la sabiduría para actuar. Es con esta sabiduría con la que actúan los padres de Moisés. La fe no es un obstáculo para sus afectos, sino que los sostiene; afectos que, abandonados a sí mismos, habrían estado inquietos y distraídos: sostiene el corazón y le da la fuerza para persistir, tranquilamente y sin fallar, en la convicción y en el designio que ella inculca.
Moisés, el «niño que lloraba» (Éx. 2:6), es rescatado de su peligrosa situación en la cesta de juncos por la propia hija de aquel que quería acabar con su vida, pero no sin antes haber quedado grabada en su joven mente la desolación de este mundo. Leemos que lloraba. Así, desde su más tierna infancia, tuvo que saborear algo de las penas que no le fueron ahorradas a lo largo de su vida. La mente del niño no pudo recordarlo; el alma, sin embargo, entró conscientemente en ese camino en el que más tarde se ejercitaría, y las lágrimas de Moisés fueron los primeros frutos de las pruebas que sintió tan profundamente en su vida. Pero Jehová lo rodea de sus tiernos cuidados: no solo es la hija de su enemigo quien es el instrumento de su liberación, sino que es confiado a su propia madre, y luego instalado en el palacio de Faraón. La desolación del mundo y las infinitas compasiones de Dios, he aquí las primeras lecciones de la disciplina grabadas en su espíritu inconsciente, y que nunca se borrarán de él; pues Dios enseña desde temprano y para siempre.
El intervalo que transcurre entre este relato y el siguiente, «pero al cumplir hubo los 40 cuarenta años», se designa con unas palabras muy significativas como el tiempo en que «fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabras y en obras» (Hec. 7:22-23). Aprendió a conocer todos los placeres de Egipto, para que, al abandonarlos, pudiera compadecerse del pueblo de Dios, que también podría verse obligado a renunciar a muchas cosas. Si al pueblo le resultó difícil renunciar a los puerros y a las cebollas, ¡cuánto más podría sentir lo mismo Moisés, él que había vivido en todo el lujo y los honores de la corte del rey! La disciplina y la educación de Dios lo preparaban para la función de guía que pronto iba a desempeñar. La grandeza de su renuncia le daba autoridad para pedir que lo siguieran; el abandono de todos los placeres de Egipto le daba autoridad para asumir la dirección de la salida de Egipto. Eligió «ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar por un tiempo de los deleites del pecado» (Hebr. 11:25). Había participado de toda su magnificencia y renunciaba a ella. Y más aún, esa educación le hizo familiarizarse con todo lo que hay de agradable en la naturaleza, y le hizo conocer sus recursos, más que a ninguno de sus predecesores. Ni Abraham, ni Isaac, ni Jacob, ni siquiera José pasaron por eso, y con razón, ya que ninguno de ellos estaba destinado a la misión de un Moisés; y sabemos que las pruebas de Dios para los suyos siempre son adecuadas al fin que Él se propone, y los preparan para ello. Salomón experimentó la vanidad de todo lo que hay en la tierra; el Señor Jesús la sintió en su perfección moral; Moisés estuvo rodeado de ella hasta su madurez, y la rechazó.
En ese momento, se le antojó visitar a sus hermanos. Un buen impulso lo empuja en esa dirección; pero no siempre estamos preparados moralmente para seguir nuestros impulsos, por buenos que sean. Siendo nuestra humanidad el órgano por el que deben expresarse, a menudo no es capaz de soportar las pruebas a las que un impulso puede exponernos. Pero si este último es bueno, podemos estar seguros de que el órgano estará preparado para seguirlo, tarde o temprano. Esto puede retrasarse, pues es necesario que el órgano esté preparado; una vez hecho esto, el deseo bueno y sincero será reconocido y recompensado.
Cuando Pedro le dice al Señor que lo seguirá (Juan 13), el Señor le advierte que no puede hacerlo en ese momento; al contrario, que lo negará. Pero cuando está completamente restaurado, cuando su alma está fortalecida en el amor de Cristo, el Señor le da a entender que debe seguirlo; puede hacer realidad el deseo que había expresado antes en su falta de discernimiento y su ignorancia. Lo mismo ocurre aquí con Moisés. Tiene la idea correcta y el deseo, pero no ha aprendido de Dios la forma adecuada de llevarlos a cabo. No sabe nada de los obstáculos sembrados en su camino; por lo tanto, no tiene nada con qué enfrentarlos cuando se encuentran. Su intento demuestra simplemente que sus recursos son insuficientes para la tarea que ha emprendido; y finalmente debe abandonarla y dejar lo que su corazón le había impulsado a hacer: consecuencia inevitable de nuestra pretensión de llevar a cabo un designio justo con nuestros propios recursos. Creo que cuando un siervo de Dios se pone al nivel de sus adversarios, suele actuar según sus propios recursos; apunta a los pies en lugar de apuntar a la cabeza. Moisés dirige su venganza contra un egipcio; pero, cuando regresa en el poder del Señor, es con Faraón con quien tendrá que lidiar; Cristo, al llevar a cabo una liberación eterna para nosotros, se enfrentó primero a Satanás.
Moisés falla, como era de esperar; e incluso su propia vida corre peligro, por lo que se ve obligado a huir. «Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en la tierra de Madián. Y estando sentado junto al pozo» (Éx. 2:15-16). ¡Qué sentimientos de angustia debieron abrumar a este celoso siervo de Dios! ¡Qué angustia para un corazón fiel verse así defraudado en su sincero intento de servir a sus hermanos! ¿No debieron parecerle inútiles para los demás y sin provecho para sí mismo todos sus sacrificios y su renuncia a las glorias de Egipto, cuando se encontró allí, viajero y exiliado, como un árbol marchito y sin fruto en el desierto? Pero si tales eran los pensamientos de Moisés, no eran esos los de Dios. La misión no estaba comprometida, sino solo retrasada. El vaso aún no estaba listo para el servicio del Maestro. La naturaleza no estaba lo suficientemente despojada. Por otra parte, el tiempo fijado por Dios para la liberación de su pueblo, no había llegado; él no estaba preparado para ello. Pero se trata del propio Moisés; como instrumento y siervo de Dios, aún necesitaba 40 años de preparación antes de poder ser utilizado. Ya en ese momento, sentado junto a un pozo en la tierra de Madián, se encuentra bajo esa disciplina que lo formará para el importante servicio que los designios de Dios le han reservado.
40 años de exilio son lo que Dios ha decretado para Moisés; pero según la manera en que el que es disciplinado reciba la disciplina, esos años podrán ser un tiempo ininterrumpido de penas y tristezas, o suavizados por consuelos y gozos. ¿Se someterá y aceptará la voluntad de Jehová? ¿Se mostrará como un libertador de los afligidos, así como de su propio pueblo? Si acepta esta disciplina de Dios, su destino será menos penoso y doloroso. Tan pronto como la sumisión es efectiva, la disciplina ha alcanzado su objetivo y puede relajarse, y aunque se prolongue, la situación puede aclararse. Así fue para Moisés. Actúa como libertador de las mujeres expulsadas del pozo por los pastores. Aunque se le haya negado llevar a cabo una liberación en un escenario más amplio, no se escabulle en esta circunstancia de poca importancia; no se queda meditando tristemente sobre sus propias dificultades, sino que se pone a la altura de las circunstancias y se eleva por encima de sus propios sentimientos en su deseo de servir a los demás. Mientras no domine la prueba, es ella la que me domina, y no soy libre para servir de todo corazón, o con espíritu gozoso, lo cual es siempre el motor del servicio. Nada demuestra mejor el origen divino de nuestra misión que la facilidad y el celo con que la cumplimos, tanto en los lugares más recónditos y desconocidos como en los más públicos. Cuando nos sometemos completamente a la voluntad del Señor, sirviéndole, él ilumina el desierto (el lugar de la disciplina) y nos proporciona descanso y consuelo allí donde hemos entrado con pena y angustia, de corazón.
Moisés no recibe al principio ninguna recompensa por el servicio prestado a las mujeres madianitas, como había sido el caso de José y del jefe de los coperos; pero la cosa no puede quedarse ahí. Reuel, padre de las jóvenes, lo hace venir, le proporciona una morada y le da a su hija Séfora por esposa: «Ella le dio a luz un hijo; y él le puso por nombre Gersón, porque dijo: Forastero soy en tierra ajena» (Éx. 2:22).
Este nombre nos revela el dolor secreto de Moisés. Aunque tiene una morada, siente que está en un país extranjero; por eso su hijo, que lo vincula a este escenario, debe llevar un nombre que perpetúe para él su condición de exiliado, que ninguna bendición presente puede modificar. Esto no puede hacerle perder de vista el objetivo profundo y serio de su corazón de liberar a su pueblo; pues, como hemos dicho, el objetivo era justo, incluso divino; pero el vaso aún necesitaba preparación. Pablo no puede expresar de manera adecuada lo que ha recibido y de lo que se regocija, sino 14 años más tarde, y en su prisión de Roma, donde estaba especialmente preparado para hacerlo.
Durante 40 años, Moisés cumple con su tarea diaria, haciendo cada vez más perfecta su sumisión a la voluntad de Dios. Las cualidades, útiles y ejemplares en los deberes comunes de la vida, que muestra como siervo son un indicio seguro de las de un líder para las que estaba siendo educado; pues nadie puede mandar bien si no ha aprendido a servir. Su ocupación era evidentemente penosa; debía pastorear el rebaño de su suegro.
Un día condujo a ese rebaño a través del desierto hasta el monte de Dios, Horeb, sin sospechar en absoluto que los días de su exilio llegaban a su fin. Había llegado el momento en que Dios podía utilizarlo, siguiendo el deseo que le había impulsado, tantos años atrás, a intentar liberar a sus hermanos del yugo de Egipto. Llegamos a la escena que cierra este largo período de preparación, que Jehová, en su sabiduría, había considerado oportuno imponer a su siervo, y que Él va a sellar con la revelación de sí mismo. «Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía» (Éx. 3:2). La atención de Moisés se detiene ante este espectáculo. Sus deberes naturales en sus ocupaciones no le impiden reconocer la manifestación de Jehová. Y no deben impedirlo. Cuando se cumplen debidamente, son garantía de asiduidad en deberes más elevados. Los pastores que cuidaban de sus rebaños durante las vigilias nocturnas fueron los testigos elegidos por Dios para relatar una de las manifestaciones más maravillosas que jamás hayan tenido lugar en la tierra. Una de las mayores pruebas de sumisión a Dios es cumplir nuestra tarea diaria con paciencia y perfección, y tener siempre los ojos abiertos para observar los caminos de Dios; creo que ahí reside la fuerza de esta exhortación ligada a la oración: «velando… con toda perseverancia» (Efe. 6:18). Es lo que resulta de tener una mirada sencilla, que tiene en vista, simple y enteramente, solo la gloria del Señor.
«Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión… Viendo Jehová que él iba a ver». Cuando manifestó el deseo de conocer el significado de los caminos de Dios: «Lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí» (Ex 3:3-4). Jehová se revela aquí en gracia: una llama de fuego, pero que no consumía; la gloria de Dios se acercaba al hombre, y el hombre solo encontraba en ella gracia y amor. Era, sin embargo, un terreno santo; solo los adoradores descalzos podían acercarse a él. Además, era Dios quien se acercaba al hombre y no el hombre quien se acercaba a Dios. Esto revelaba el hecho de que, por parte de Dios, nada mantenía la distancia que existía entre el hombre y él. Gran y preciosa lección, lección necesaria para Moisés. Aprende por su propia experiencia lo que Dios, en su amor, es para su pueblo, y también cómo un hombre puede acercarse a él.
Así, Jehová se presenta en una llama de fuego en la zarza y revela sus sentimientos de ternura y su interés por Israel. ¡Cuán agradecidas debieron de ser estas revelaciones para Moisés! Tras el largo y sombrío intervalo durante el cual parecía que Dios se había olvidado de su pueblo, Moisés descubre el amor infinito y el interés con que Él los había seguido durante todo ese tiempo, y su misericordioso designio de liberarlos. Y ahora Moisés es consciente de su propia incapacidad para tal servicio. Ve que no debe actuar según sus propios sentimientos, sino según los pensamientos de Dios, de Aquel que, aunque en una llama de fuego, no consume nada, y cuya inmensidad de amor eterno y de gracia contrastaba con la impetuosidad impulsiva y engañosa con la que Moisés se había comportado 40 años antes. Ahora está plenamente convencido de su incapacidad y dice: «¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?» (Éx. 3:11). Dios quiere tranquilizarlo, instruirlo, prepararlo, y los versículos siguientes nos muestran cómo lo hace.
En primer lugar, comunica a su siervo su intención y su propósito. Esto debe tranquilizarlo; de hecho, encuentra en ello una prueba de confianza; pero, además, el alma, al entrar en el pensamiento de Dios, está mejor preparada y más deseosa de emprender una acción cuando ve el resultado ante sí. Más aún (pues la enseñanza de Dios es perfecta), Moisés aprende a sentir en su interior el poder de Dios: eso es la gracia y la vida. Es necesario que se establezca el vínculo entre su alma y Dios, antes de que pueda entrar plenamente en la relación entre Dios y el pueblo. Aprende esta lección de 3 maneras diferentes. En primer lugar, debe sentir que posee un poder superior al que haría sucumbir a la naturaleza. Al convertirse su vara en una serpiente, forma simbólica de Satanás, Moisés huye ante ella; pero Jehová le hace agarrarla y vuelve a convertirse en su mano en la vara del poder. A continuación, aprende que Dios puede sanar una mano leprosa; en tercer lugar, que el agua del río (la gran fuente de bendición) derramada sobre la tierra seca se convertiría en sangre, demostrando así que Dios tiene el poder de la vida. Se le instruye en estas 3 cosas, a fin de que esté capacitado para la misión que se le ha confiado y para que se sienta capaz de cumplirla. Pero aún duda.
Fortalecido en su alma, no es elocuente, pero Dios está lleno de gracia al preparar a sus siervos para la labor, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes. Y les ayuda en lo que les causa dificultad. Así, Aarón será su portavoz y, una vez arreglado todo, «tomó su mujer y sus hijos, y los puso sobre un asno, y volvió a tierra de Egipto. Tomó también Moisés la vara de Dios en su mano» (Éx. 4:20). Qué diferencia con respecto al momento en que abandonó ese país. En lugar de una huida vergonzosa, temiendo por su vida, resultado de su confianza en sí mismo, actuando para Dios, pero independientemente de Él, he aquí que regresa, pequeño y débil a sus propios ojos, pero investido de poder por Dios, con la tranquila dignidad de quien comprende que su única fuerza está en la dependencia de Jehová para la tarea que se le ha confiado.
Pero aún queda una cuestión por resolver entre Jehová y Moisés. Nos ofrece un ejemplo notable de la exactitud de la disciplina de Dios. Ya fuera por concesión a las costumbres de los madianitas, o porque desesperaba de volver a ver jamás a su nación, Moisés había descuidado circuncidar a su hijo; y sin reparar su error (que era grave, pues su mujer era gentil), pretende entrar al servicio de Jehová, permaneciendo indiferente ante el mandamiento de Dios. No; debe aprender que nada quedará en el olvido en una persona llamada a un cargo tan elevado. Sus responsabilidades deben estar a la altura de su vocación. Jehová busca matarlo: tan inflexible es su santidad, y tan estricta la obediencia debida a sus leyes, que la exige aún más de un siervo que de cualquier otro. Su mujer repara su falta de coherencia y de una manera que le echa la culpa a él, y luego regresa a su propio país, mientras Moisés continúa su camino en compañía de Aarón.
¡Qué lección en el mismo escenario de ese servicio que tanto había deseado! ¡Qué impresión en su alma, mientras la tan esperada mañana se alzaba sobre él! El servicio más eminente, el conocimiento más extenso de las cosas profundas de Dios, nunca excusarán el olvido de uno solo de los mandamientos de Dios. Se le había confiado mucho; debe sentir que se le exigirá mucho a cambio. Una obediencia implícita a la Palabra debe marcar la vida y los caminos de los siervos más eminentes y mejor instruidos. Con esta última lección, severamente infligida, llega al campo de su trabajo. Al salir de las soledades de Madián, va a ser el testigo de Dios ante Faraón. Preparado en una escuela especial, va a mostrar, en un ámbito vasto y honorable, el resultado de su educación. Lo dejaremos ahí por el momento, pues el estudio detallado de la variada actividad de su servicio nos llevaría más allá de los límites de un simple artículo.
Examinaremos ahora los diversos ejercicios por los que Moisés tuvo que pasar en el cumplimiento de su servicio. Hemos visto los que lo capacitaron para el servicio; pero el siervo de Dios necesita continuamente disciplina para mantenerse sin interrupción en la dependencia de Dios. Así fue para Moisés desde su entrada en el camino del servicio.
Acompañado por Aarón, se presenta ante Faraón y le comunica la orden de Dios de dejar marchar al pueblo. Faraón no solo se niega a obedecer, sino que además aumenta las cargas de trabajo del pueblo: ¡un comienzo desalentador para un siervo novato, consciente de que su mensaje procedía de Dios! Lo que parece resultar de ello es un desprecio manifiesto de los derechos de Dios y un aumento de la miseria del pueblo. Y eso no es todo. El propio pueblo no duda en reprochar a Moisés que sea la causa de este agravamiento de sus cargas; esto era para él tanto más triste y penoso cuanto que provenía de aquellos a quienes él había deseado servir. ¿Qué puede hacer ante tal dificultad? Vuelve ante Jehová y, con amargura en su espíritu, le expone la dificultad y su desánimo, a raíz de lo cual debe aprender algo nuevo. Este es uno de esos momentos especiales en la vida de un siervo, en los que la disciplina, si alcanza su objetivo, le hace capaz de continuar su servicio sin preocuparse por los resultados. La tendencia general es juzgar que el servicio es eficaz si los resultados obtenidos son satisfactorios, y viceversa; pero el verdadero siervo solo debe prestar atención a la palabra de su maestro y encomendarse a él para el resultado. Nuestro Señor, cuando ve que su Palabra y sus obras son en vano, hasta el punto de que reprende a las ciudades donde había hecho sus mayores milagros, se vuelve hacia el Padre y dice: «¡Gracias te doy, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños!» (Mat. 11:25).
Moisés debe ser instruido en este mismo espíritu; de lo contrario, su servicio llevará el carácter de su propio estado, es decir, será débil e inestable. Un hombre sin fe es incierto en sus pensamientos, y un hombre incierto es inconstante en todos sus caminos.
Las instrucciones que Jehová da a Moisés a este respecto se detallan en Éxodo 6. Se le introduce en un mayor conocimiento de Dios, como preliminar a cualquier otra instrucción. Cuanto más conocemos a Dios, más fácil es depender de él. «Vuelve ahora en amistad con él, y tendrás paz» (Job 22:21). Cuanto más hayamos comprendido esto, mayor, más serena y tranquila será nuestra dependencia.
Dios se revela aquí a Moisés como Jehová, el Dios del pacto, revelación que no se había hecho a Abraham, Isaac o Jacob, pues ninguno de ellos había sido llamado a servir de tal manera, ni a entrar en conflicto con potencias adversas. Dios había establecido su alianza con ellos para dar a Israel la tierra de Canaán, etc.; esta alianza la anuncia, al tiempo que da además una nueva revelación de sí mismo, con el fin de fortalecer el alma de Moisés y hacerlo capaz de soportar posibles reveses, con la seguridad de que el resultado sería satisfactorio, porque se basaba en la Palabra y la alianza de Dios.
Moisés, tranquilizado en cierta medida, se presenta ante los hijos de Israel, pero debido a su angustia y a su dura servidumbre, no le escuchan; y él, que aún no se ha elevado a la altura de su servicio, responde, cuando Jehová le dice que vuelva a presentarse ante Faraón: «He aquí, los hijos de Israel no me escuchan; ¿cómo, pues, me escuchará Faraón, siendo yo torpe de labios?» (Éx. 6:12). Había sufrido tanto por sus propios intentos de liberar a su pueblo con la energía de su naturaleza 40 años antes, que ahora se inclina más por la dependencia, y cuanto más se adentra en el servicio, más descubre sus dificultades al mismo tiempo que su propia incapacidad para ese servicio. Pero Jehová quiere hacer a su siervo perfecto y feliz en su labor; por lo que ahora da a Moisés y a Aarón «mandamiento para los hijos de Israel, y para Faraón rey de Egipto, para que sacasen a los hijos de Israel de la tierra de Egipto» (Éx. 6:13). La orden es lo primero en el servicio. Por mucha firmeza de carácter o perseverancia en el objetivo perseguido que haya, nada tendrá éxito sin ella. La orden que se le confía a Timoteo es el sello distintivo de nuestro servicio. Un hombre que no sabe cuál es su servicio no puede esperar cumplirlo como es debido; pero, cuando sabe que ha recibido del Señor una orden definida, tendrá conciencia de lo que se le ha confiado y de la responsabilidad que le incumbe. Se dan órdenes a Moisés (Éx. 6:13), pero él sigue sintiendo su insuficiencia; y, observemos, en la medida en que la siente, Dios le da lo necesario para remediarla.
En primer lugar, se le lleva a confiar en Jehová, el Dios de la alianza, que se ha comprometido a introducir al pueblo en Canaán. A continuación, se le dan órdenes precisas y, si cree que actúa para Jehová, la labor que debe realizar le es señalada con exactitud.
Para acabar con toda vacilación y con su sentimiento de incapacidad, Moisés recibe poder. «Mira», le dice Jehová, «yo te he constituido dios para Faraón» (Éx. 7:1). Es más, se le ordena que repita ante Faraón el milagro que había tranquilizado su alma ante la zarza ardiente: la transformación de su vara en serpiente. Allí, sin embargo, tuvo que tomar la serpiente en su mano para que su fe se afianzara; aquí el objetivo es mostrar Faraón que Moisés ha sido investido del poder de Dios, por lo que la segunda parte del milagro no se repite.
Esta lección llena de gracia por parte de Jehová perfecciona la disciplina necesaria para el alma de Moisés, a fin de que pueda entrar en su servicio de una manera tan completa y segura que nada lo desvíe ni le haga dudar del resultado según Dios; después de eso lo cumple fielmente y sin descanso, fuerte en el poder de Dios ante Faraón, y sin reproche por parte de sus hermanos, hasta que alcanza el gran resultado de este primer período de su servicio, la liberación del pueblo. El intervalo que separa ese momento en que su alma quedó realmente establecida en el servicio, hasta la noche de la Pascua en que, junto con el pueblo, salió de la tierra de su cautiverio, es altamente honorable para Moisés. Pero no nos detenemos en ello, pues allí actúa sin interrupción como instrumento de Dios, fruto de la disciplina de la que hemos hablado, pero sin que se encuentren en ello nuevos períodos de ejercicio individual.
Finalmente, los israelitas, habiendo salido de Egipto a pie, acampan entre Migdol y el mar: ¡pero qué prueba les esperaba allí! ¡Qué situación crítica para Moisés, en el momento en que toda su labor y todo su esfuerzo llegaban a su fin tan felizmente! El éxito parece escapársele ante los obstáculos aparentemente insuperables que se le presentan: Faraón y su ejército, por un lado, el mar y sus aguas turbulentas por el otro; y una vez más es desafiado por la multitud incrédula que le reprocha haberlos llevado allí a morir «porque no había sepulcros en Egipto» (Éx. 14:11). Pero la fe de Moisés permanece serena y firme en este momento crítico. ¡Qué diferente es del Moisés temeroso que vimos antes! «No temáis», dice, «estad firmes, y ved la salvación de Jehová» (14:13). Es precisamente lo que él mismo había aprendido durante sus 40 años de disciplina. La naturaleza debía “permanecer tranquila”, y la fe esperar la liberación de Dios. Primero calma al pueblo, luego clama a Jehová. Esta escena describe uno de los ejercicios más importantes en los que se instruye a un guía fiel del pueblo de Dios: mantener una confianza inquebrantable en el socorro de Dios en los momentos de dificultad y, al mismo tiempo, recibir de Dios el poder y la manera en que ese socorro puede aplicarse con éxito. Hace estas 2 cosas: apacigua al pueblo y honra a Jehová expresando su completa confianza en Él; luego, mirando hacia él para hacer realidad su fe, aprende de él cómo le llegará la ayuda. Se le da la dirección completa. «Di a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar» (14:15-16). ¡Cuánta fuerza debió de dar esto a Moisés! ¡Y cuánto debió de enseñarle, en esa situación extrema, a conocer de nuevo los recursos de la sabiduría y la grandeza de Dios! ¡Pero también qué resultado! Leemos: «Creyeron a Jehová y a Moisés, su siervo» (14:31).
En el capítulo 15, versículos 23-26, vemos a Moisés pasar por una prueba de otro tipo. Apenas se habían apagado los últimos ecos del cántico de triunfo, cuando el pueblo murmuró contra Moisés, diciendo: «¿Qué hemos de beber?» (15:24). El siervo de Dios debe estar preparado para todas las facetas de la prueba y la decepción. Independientemente de los servicios que haya prestado, no debe esperar que la asamblea los aprecie; debe estar dispuesto a actuar sin ello y a mirar solo al Señor. Moisés debió de sentirlo profundamente, cuando el cántico de alabanza apenas había salido de sus bocas. Pero, por este medio y esta disciplina, el siervo fiel es introducido en la comunión en espíritu y en poder con el verdadero y más grande siervo. Clama a Jehová, y de nuevo recibe instrucciones en toda la grandeza y perfección de los recursos de Dios para el hombre en sus necesidades más variadas. ¡Qué distinción: ser el canal por el que fluyen todas estas gracias! El ejercicio y la prueba pueden ser muy grandes, momentáneamente. Puede ser Mara; puede ser “sembrar con lágrimas”, pero es solo para cosechar con cánticos de gozo. Si el siervo siente que no tiene un momento de descanso en su servicio para las necesidades del pueblo de Dios, aprende, por otra parte, cuáles son los recursos de Dios, y que él es el canal para difundirlos. Así ocurre aquí con Moisés; recibe la orden de arrojar la madera a las aguas y estas se vuelven dulces.
En el capítulo 16 encontramos otro tipo de servicio que este siervo tan probado debe aprender. Las pruebas del pueblo se convierten en una escuela donde aprende a responder a sus necesidades, mientras que su propia alma avanza en el conocimiento de la sabiduría de la que es ministro. Es interesante e importante para nosotros ver que, para cada necesidad y en cada prueba, Moisés recibe una lección especial y adecuada, que le hace crecer en Dios mientras su servicio brinda al pueblo el socorro que necesita.
Pero el pueblo experimenta la esterilidad del desierto de una manera tan intensa (recordemos que era el segundo mes tras su salida de Egipto), que murmura contra Moisés y contra Aarón, diciendo: «Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto… cuando comíamos pan hasta saciarnos» (16:3). Fue Moisés quien, bajo la dirección de Dios, los había llevado a esas circunstancias; ¿no debía sentir lo crítica que era la situación? Ciertamente; y no había ningún recurso humano. Pero su alma debía depender aún más de Dios, quien así lo había entrenado, para recurrir a Él y a sus recursos. Una vez más, Jehová le comunica las instrucciones adecuadas para este caso. «He aquí, yo os haré llover pan del cielo» (16:4). Esta es la revelación que se le hace a Moisés. Pero también se nos relata la forma en que anuncia esta buena noticia, y es digna de ser mencionada en relación con nuestro tema, pues nos muestra su cercanía a Dios y la humildad de corazón que de ello se deriva y que producen las revelaciones de la misericordia divina. Desea que el pueblo se acerque a Dios, quien ha escuchado sus murmullos. Él mismo había experimentado el efecto de ello y, como un sabio guía, quería llevar a sus hermanos a la misma cercanía, aunque fuera por un camino diferente. La gloria de Jehová y los recursos de Jehová ya le habían instruido; ahora quería que el pueblo recibiera la misma instrucción, bendita, aunque provocada por su descontento y sus murmullos. «Miraron hacia el desierto, y he aquí la gloria de Jehová apareció en la nube» (16:10). Entonces aprenden cuál es la respuesta misericordiosa a sus necesidades.
Observemos que la disciplina del siervo debe preceder siempre al servicio que se le exige. No puede guiar más allá del punto hasta el que él mismo ha sido llevado. Pero, cuando la profundidad y la realidad de la verdad se han establecido en su alma, él se convierte en su canal de diversas maneras; a veces mediante una revelación inesperada; a veces mediante una respuesta a su propia oración; a veces, como veremos en otros casos, mediante la manifestación de un don. El capítulo 17 nos muestra estos 2 últimos ejemplos.
En Refidim vuelve a sufrir a manos de la asamblea, que está a punto de apedrearlo; pero Jehová, su socorro siempre dispuesto para los días difíciles, le confiere un poder especial para socorrer al pueblo rebelde. Puesto que ha sido atacado personalmente, debe ser honrado personalmente por aquellos mismos que lo habían amenazado. Los ancianos de Israel son llamados a ver cómo brota el agua de la roca que Moisés golpea. Jehová da su aprobación a su siervo ante los jefes del pueblo: y el alma del siervo aprende a comprender y apreciar mejor el poder que Dios le ha dado para el servicio.
Es también en Refidim donde los hijos de Israel libran por primera vez una batalla a muerte contra los representantes de la familia humana. Amalec avanza contra ellos; y Moisés se encuentra de nuevo ante dificultades totalmente nuevas; decide que es Josué quien debe enfrentarse al enemigo, pero él, en espíritu, debe estar comprometido con Dios. Sube a la cima de la colina, con la vara de Dios en la mano.
Qué tiempo de bendición para él, apartado así para Dios, llenando su corazón de las certezas y la evidencia del poder de Dios y de su misericordia hacia su pueblo. Pero en ese mismo momento siente más vívidamente que nunca su propia debilidad. Cuando levanta la mano (signo de dependencia de Dios), la victoria está asegurada para Israel; cuando la deja caer, Amalec toma la delantera. Se trata, sin duda, de un servicio eminente. Pero cuán humillante era para Moisés saber y experimentar que su naturaleza era demasiado débil para llevar a cabo lo que su espíritu deseaba hacer. Sus manos estaban pesadas y habrían caído sin la ayuda y la intervención de otros hombres. Esto nos enseña, como se ha señalado a menudo, que el sacerdocio es necesario para sostener el servicio, por muy dedicado que sea; pero en otro sentido, y al considerar esta escena en su relación con Moisés, se nos enseña que, en la lucha contra el hombre, cuanto más eminente es nuestro servicio ante Dios, más evidente se hace la insuficiencia de nuestra naturaleza. No es, pues, de extrañar que Moisés construyera allí un altar y lo llamara «Jehová-nisi» (Jehová mi estandarte) (17:15).
La historia de Moisés nos lo muestra luego desde otro punto de vista, menos elevado. Se ve influenciado y, en cierta medida, engañado por el hombre. Se había elevado a una gran altura en el servicio; acababa de erigir un altar como testimonio de lo que Dios había sido para él en su conflicto con la hostilidad del hombre; ahora se va a encontrar con la voz del hombre que sigue sus propios pensamientos, en el consejo bienintencionado pero pernicioso de su suegro. Al seguirlo, se rebaja moralmente. En su conversación con Jetro, parece olvidar la lección que acaba de recibir en la lucha contra Amalec; abandona, al menos en parte, el servicio al que había sido llamado, sin haber pedido consejo y sin la aprobación de Dios. La ayuda que busca aquí de los jefes del pueblo era de un orden muy diferente a la que había aceptado con razón de Aarón y Hur durante la batalla contra Amalec. Esta última era una ayuda personal para él; mientras que la primera consistía en transferir a otros los deberes que Jehová le había impuesto a él mismo. Jetro sabía todo lo que Jehová había hecho por Moisés y por Israel; y viene para llevar a Moisés de vuelta a su mujer y sus hijos, a quienes, al parecer, había enviado lejos. Jetro representa aquí moralmente, creo, la asociación con los hombres, en la que sus relaciones pueden llevar a un siervo de Dios; al tiempo que reconoce la obra de Jehová, asume una importancia que no tiene. Era una presunción por parte de un gentil incircunciso arrogarse influencia en la dirección del pueblo de Dios, induciendo a Moisés, a Aarón y a los ancianos de Israel a unirse a su comunión. Cuando el alma adopta una postura que no es clara ante Dios, es relativamente fácil apartarla de sus responsabilidades con el pretexto de la incapacidad. Moisés es inducido a considerarse insuficiente donde Dios no lo consideraba como tal. Aunque Dios permita este arreglo, es una pérdida para Moisés. Ahora se encuentra en el monte de Dios, viendo cumplidas las promesas que Dios le había hecho en la zarza, y tras haber recorrido un camino extraño y maravilloso. Llegado al final, después de todo lo que Jehová había hecho por él y todo lo que le había comunicado, nos parece susceptible de sufrir la influencia de su naturaleza, como cualquier otro hombre, prueba de lo poco que se puede hacer caso del hombre en cualquier posición en que se encuentre.
Moisés, en el monte de Dios, va a asumir un nuevo cargo y cumplir una misión diferente. Hasta entonces había sido un libertador y un líder; ahora va a ser legislador y profeta –aquel que, al revelar al pueblo el pensamiento de Dios, es, en cierto sentido, un mediador entre Dios y él. Moisés, siervo altamente honrado, debe ser instruido en este precioso servicio. Dios había visto a los israelitas, su pueblo, en la necesidad y los había liberado, pero, aun así, como les sucede a muchos de los que son liberados, no comprendían la naturaleza de Dios. La amenaza de la ruina había desaparecido, pero aún no habían llegado a conocer a Dios, ni el estado de ruina en el que se encontraban a sus ojos, y Moisés, instruido por Dios, debe ahora instruirlos a su vez.
Por eso es llamado a la montaña, llevado ante la presencia de Jehová, para recibir una revelación de Dios diferente a la que había tenido en la zarza ardiente. Allí todo era gracia. Aunque se trataba de una “Tierra Santa”, el aspecto de Jehová estaba lleno de gracia y compasión; aquí es la terrible majestad de Dios, las exigencias de un Dios santo para con el hombre, la inmensa distancia que le separa del hombre. Estas 2 lecciones eran necesarias para Moisés a fin de prepararlo para el lugar que le había sido asignado frente al pueblo de Dios; así es siempre como Dios hace pasar a sus siervos por la disciplina y les enseña de manera más completa y real esa verdad particular de la que quiere que sean el canal. Instruido divinamente sobre cuál es la naturaleza y el pensamiento de Dios, Moisés está capacitado para revelar a Dios al pueblo. Lo ve en su justicia y en lo que Él exige del hombre en la tierra y aún en la carne.
Tras haber proclamado la Ley y haber rociado, en tipo y figura, la sangre de purificación está llamado (Éx. 24) a recibir, no solo la Ley grabada en la piedra, sino también una revelación mucho más completa del interés que Dios tenía por su pueblo: la provisión de gracia basada en el conocimiento previo que Jehová tenía de su incapacidad para guardar la Ley. Lo que nos ocupa aquí no son estas escenas tan interesantes, sino la manera en que Moisés está preparado y capacitado para el cumplimiento de la tarea que se le ha confiado. Es llamado a la montaña sobre la que reposaba la gloria de Dios. Durante 6 días la nube cubrió la montaña, y, al séptimo, Dios llamó a Moisés desde en medio de esa gloria, que, a los ojos de los hijos de Israel, era como un fuego devorador; y Moisés estuvo en la montaña 40 días y 40 noches.
Era esta una preparación perfectamente adecuada para aquel a quien se le iba a encomendar establecer en la tierra un modelo de las cosas que veía. Totalmente desprendido de la tierra, envuelto en la nube que rodeaba la gloria de Dios, su alma se encuentra bajo la impresión del maravilloso tema y de los detalles de su misión. Fue entonces cuando Jehová le dijo: «Harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos» (25:8). Así podemos comprender un poco la manera en que Dios educa a su siervo para cumplir sus designios; y debemos señalar aquí 2 cosas: en primer lugar, que Moisés está cerca de Dios mientras aprende la verdad, y que siente en sí mismo su efecto; en segundo lugar, que es de Dios mismo de quien la aprende; no solo está cerca de él al aprenderla, sino que además sabe que la recibe de él mismo. Si no estamos cerca de Dios para aprender, nuestro conocimiento no servirá de nada; y, si no es de él de quien la aprendemos, podremos regocijarnos en la verdad por un momento, pero, como les sucedió a los discípulos, a menudo será necesario que el Espíritu Santo nos la recuerde.
Pero, antes de que comenzara la nueva misión de Moisés, el pueblo de Israel había hecho el becerro de oro, y Moisés es llamado a abandonar su elevada posición en la montaña para ser testigo de la apostasía del pueblo; aquí expresa sentimientos que nos demuestran cuán profundamente le importaba la gloria de Dios (Éx. 32:11-13). Los 40 días y 40 noches que acababa de pasar en la montaña le habían hecho capaz de apreciar esa gloria, y cada paso que da en ese momento difícil muestra que había entrado plenamente en el pensamiento de Dios.
Rompe las tablas de la Ley, pues ya habían sido prácticamente quebrantadas por parte del hombre, y no era el momento de promulgar esa Ley. Toma el ídolo que habían hecho, lo quema en el fuego, lo muele hasta convertirlo en polvo, lo esparce sobre el agua y hace que el pueblo lo beba. No solo es necesario que su pecado sea quitado, sino que además experimenten toda su realidad en su interior. Insiste entonces en la separación del mal y pide a todos los que están a favor de Jehová que maten a los malvados. En un día de caída general, los testigos del arrepentimiento que vuelven a la fidelidad no pueden manifestar con demasiada fuerza su separación de aquellos con quienes se habían asociado anteriormente, eliminando todo rastro de esa asociación, incluso mediante la muerte, y Moisés, instrumento bien preparado, los conduce él mismo.
Habiéndolos preparado así para Dios, como hombres arrepentidos y apartados, regresa ante Dios para hacer expiación por ellos. Pero Jehová no sube con ellos, y les hace despojarse de sus adornos, «y», dice, «que yo sepa lo que te he de hacer» (33:5). En ese momento solemne, mientras el pueblo espera bajo la mano de Dios, Moisés, instruido en la santidad del pensamiento de Dios, sabe lo que hay que hacer por el pueblo y cómo restablecer la relación.
Toma la tienda y la coloca lejos del campamento pecador, para que todos aquellos que, humillados por el sentimiento de pecado, deseen buscar a Jehová, puedan hacerlo allí, lejos de la impureza. Este acto respondía al pensamiento de Jehová y traía de vuelta su presencia a Israel; la columna de nube descendió y se detuvo a la entrada de la tienda; y Jehová hablaba con Moisés cara a cara, como un hombre habla con su amigo; no solo promete su presencia con él, sino que accede a su petición de retomar su lugar en medio de Israel. ¡Qué bendición para Moisés y cuán amplio es el pensamiento de Dios! Las mayores dificultades no hacen más que desplegar aún más ante él los recursos de Dios; pero él solo alcanza esos recursos respondiendo primero a la santidad de Dios.
En esta circunstancia aprende a conocer tanto a Dios como al hombre: a este último como un ser en el que no se puede confiar en absoluto, y a Dios como el recurso de su corazón y su porción para siempre. Por eso, cuando Dios ha accedido a todos sus deseos, le suplica: «Te lo ruego que me muestres tu gloria» (33:18). Ha visto ya bastante de la humanidad, eso le basta; y ha visto lo suficiente del Dios bendito como para desear volver a verlo en la consumación de su gloria. Este deseo recibe aquí una respuesta parcial; y una más completa cuando, en el monte de la transfiguración, se encuentra con Elías, y ambos hablan con el Señor de su muerte, que iba a cumplir por y a causa de este pueblo de dura cerviz, así como por todos los redimidos.
Hemos seguido ahora a Moisés en su ascensión al punto más elevado que jamás se le haya concedido alcanzar al hombre. Al apóstol Pablo, un hombre en Cristo, se le revelaron glorias más grandes y resplandecientes, pero «nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara» (Deut. 34:10). Pablo, arrebatado hasta el tercer cielo, tuvo que recibir una espina en la carne para que no se enalteciera. No nos sorprende, pues, que no tardara mucho en quedar claro que Moisés, consciente de su propia debilidad, no era capaz de mantener la elevada posición que se le había asignado.
Él, que había visto todo el poder de Cristo, lo olvida y lo ignora cuando se ve presionado por el mal y la incredulidad del pueblo (Núm. 11); entonces exclama: «No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía» (v. 14). El hombre no puede mantenerse en la elevada posición a la que Dios le llama sin sentir a veces su propia debilidad. Si no tenemos la sentencia de muerte en nosotros, confiaremos en nosotros mismos; y si Moisés, que había estado en la gloria, se hubiera dado cuenta de ello, no habría mirado a sí mismo, ni en la fuerza ni en la debilidad, sino a Dios, que resucita a los muertos.
He aquí, pues, que se ve humillado ante los 70 ancianos de Israel, ante quienes antes había sido exaltado, y el espíritu que reposaba sobre él les es dado. Hemos visto que, a sugerencia de su suegro, ya había dejado, aunque de manera menos clara, que esa levadura penetrara en la masa, y ahora se desarrolla, como siempre ocurre cuando se cede en algo. Es un momento de humillación para Moisés, sin duda tan interesante para nosotros como el momento de su exaltación, pues ilustra el carácter de la escuela divina a la que está sometido, Es muy instructivo ver su sumisión bajo la mano del Señor, y comprobar que su interés por la obra no se ve en absoluto disminuido por el hecho de que sea, al menos en parte, sustituido por otros. Reprende a Josué por haber sentido celos por él. Pero, aunque Jehová hubiera actuado contra la incredulidad de su siervo, no permite que nadie lo menosprecie o lo desprecie. Parece que Aarón y María pudieron reprochárselo con razón, pues se había casado con una mujer etíope, y tal vez la humillación de Moisés los animó a ello; pero Jehová lo venga de manera fulminante y terrible, y es él, Moisés, quien se convierte en el intercesor de los culpables. Jehová mismo puede reprenderlo, pero no permite que el hombre lo haga; la forma en que Moisés soporta todo esto muestra hasta qué punto había sido instruido en lo que eran los intereses de Dios, y cuán humilde de espíritu era. Hemos visto estallar su justa ira cuando estaba en juego la gloria de Dios; pero, cuando es atacado personalmente, guarda silencio.
Encontramos otro ejemplo más de esta humildad en el caso de Coré (Núm. 16). En lugar de defenderse sí mismo, Moisés deja la decisión en manos de Jehová, quien pronuncia un juicio terrible contra quienes lo ofendían; luego, instruido en el pensamiento de Dios, sabe qué detendrá la plaga entre el pueblo y hace uso del sacerdocio, como anteriormente en el asunto del becerro de oro o en Cades-Barnea. Había actuado como mediador ante Dios.
Llegamos ahora a la última escena que examinaremos en la historia de Moisés; se trata de la pérdida de su derecho a entrar en Canaán, por no haber santificado a Jehová ante los ojos del pueblo. El hecho ocurrió en el año 39 de su viaje, cuando estaba a punto de ver el feliz final de todas sus obras y el cumplimiento de las promesas de Dios. Moisés parece haber fallado precisamente donde antes se había mostrado tan destacado. Habla “ligeramente con sus labios” y no santifica a Jehová ante los ojos del pueblo (Jehová cuya gloria era tan querida para su corazón); se descalifica a sí mismo para introducir al pueblo en la tierra de su heredad, cuando se encuentra en sus mismas fronteras. Cuando la asamblea murmura por tener agua, Dios le dice: «Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua». En lugar de eso, Moisés, llevado por su ira, reprende al pueblo y dice: «¿Os hemos de hacer salir aguas de esta roca?» (Núm. 20:8, 10). Levanta la mano y golpea la roca 2 veces. Jehová actuaba aquí con misericordia y por medio del sacerdocio hacia el pueblo. La roca no debía ser golpeada de nuevo. En ese momento, Moisés no está en comunión con el pensamiento y los caminos de Jehová: ha fallado en su misión y debe abandonar su lugar de líder. ¡Tal es la disciplina de Dios! Un servicio fiel no puede suavizar ni desviar el castigo que atrae sobre el siervo el hecho de haber asumido en ese servicio un lugar que no debía ocupar. Pablo, a pesar de la advertencia del Espíritu, quiere subir a Jerusalén, ¡y lo que encuentra es una prisión durante largos días!
Dios puede, y sin duda quiere, emplear a sus siervos precisamente en el lugar al que les ha llevado su propio fallo: tal es el caso de Pablo, que fue empleado en un servicio nuevo y especial; lo que las Epístolas fueron para él, el Deuteronomio lo fue para Moisés; pero Dios debe vencer la voluntad propia en su naturaleza, que les hizo actuar independientemente de Él. Moisés comenzó su carrera tratando de hacer una obra justa con sus propias fuerzas y, por ello, tuvo que sufrir un largo exilio; ahora termina su carrera en el Pisga, tras haber contemplado la tierra gloriosa de la que está excluido porque, aunque actuaba para Jehová, de quien era siervo, lo hizo independientemente de Él. La primera falta de Moisés tiene una gran analogía con la última. Pero, aunque castigado en relación con su servicio y su misión, no pierde nada de su cercanía personal con Jehová, y se puede incluso decir que sale ganando, pues es Jehová mismo quien le muestra la tierra. Lo mismo ocurrió con Pablo; al sufrir en prisión las consecuencias de su falta, descubre más que nunca que Cristo lo es todo para él, incluso más que el servicio; Moisés debió sentir en el Pisga que Dios era más grande para él que la tierra prometida, o que su función de guía para introducir al pueblo en ella. En cualquier caso, su sumisión a la voluntad de Jehová es sumamente hermosa, al igual que la forma en que transfiere a Josué su propia dignidad y su cargo.
Sin embargo, esto fue un castigo para Moisés como siervo y, mientras su ojo se deleita con la herencia, sufre la crucifixión en su cuerpo. Por otra parte, es en vano que Satanás conteste acerca de este cuerpo. Miguel lo salva de su mano, pues Jehová lo reclama todo de él. El cuerpo es del Señor, a quien sean el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
6 - Josué
Es en Éxodo 17:9, donde se menciona por primera vez a Josué; es llamado por Moisés para dirigir contra Amalec a hombres escogidos de Israel. De este llamado debemos concluir que era el hombre más cualificado para ese puesto; y lo que nos interesa en primer lugar en la historia de un siervo de Dios es el aspecto y la condición en que nos está presentado pues es en esta primera presentación donde podemos ver los principales rasgos característicos que distinguirán su carrera.
Así ocurre con Josué, tipo de Cristo. Desde el principio nos está presentado como un jefe de guerra, preparado para enfrentarse a los adversarios de Israel; esta designación encaja bien con alguien que es un tipo tan destacado del Señor Jesucristo, el Jefe de nuestra salvación. Su primer enfrentamiento es contra Amalec, que representa para nosotros la carne o el hombre natural en oposición activa al avance del pueblo de Dios. Egipto es más bien el mundo, Amalec la carne personificada, Asiria la naturaleza con sus atractivos e influencias. El conflicto con Amalec fue la primera guerra de Israel, y Josué, lo cual es característico, aparece por primera vez en escena como líder. Derrota al enemigo con el filo de la espada; pero, aunque sale victorioso, aprende de qué depende el éxito: de Moisés, que se encuentra en la cima de la colina con la vara de Dios en la mano. Conduce al pueblo a la victoria, a pesar de estar él mismo sujeto a las vicisitudes del combate, y depende para la victoria de un intermediario invisible. El éxito varía; no es incierto, pero varía; y en las mismas vicisitudes de la lucha, Josué aprende a depender de Dios, y triunfa gracias a su dependencia. Esto nos ilustra, de manera muy precisa, el verdadero carácter de la lucha, y nos muestra cuánto necesitamos estar disciplinados para alcanzar el éxito. Es un ejemplo práctico de esta palabra: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, pues es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, según su beneplácito» (Fil. 2:12).
La batalla es una verdadera lucha, un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, y la victoria oscila alternativamente a favor de cada bando. Dios es quien produce en nosotros la energía para querer y para actuar. La fe sostiene a Josué. Él sabe que Moisés está en la cima de la colina con la vara de Dios en su mano, y así se le enseña desde el principio de su historia, a soportar en la dependencia las vicisitudes de una guerra real, que termina con una victoria maravillosa. Esto da una gran fuerza a nuestras almas: tener que luchar contra dificultades reales en nuestro avance y haber vencido con la fuerza del Señor; poder decir: «Sé vivir en la pobreza y sé vivir en la abundancia… Todo lo puedo en aquel que me fortalece» (Fil. 4:12-13). Esto es lo que Josué aprende, y lo que se manifiesta en su primera experiencia como capitán y general de Israel; es su primera hazaña, que da una indicación de todo lo que vendría después, como ocurrió con la batalla de David que mató a Goliat. Jehová ordena a Moisés no solo que lo escriba en el libro, sino también que diga a Josué «que raeré del todo la memoria de Amalec de debajo del cielo» (Éx. 17:14). ¡Qué aliento debió de ser para él este recuerdo en todas las guerras que siguieron! Pudo recordarlo cada vez que corrió el riesgo de desanimarse. Si Jehová había jurado destruir a ese primer enemigo, ¿no sería igualmente fiel con todo lo demás?
A continuación, vemos a Josué en Éxodo 14, donde aparece como siervo de Moisés, cuando este último fue llamado a la montaña para recibir las tablas del testimonio. Esta mención, aunque breve, es muy importante, pues nos muestra que el hombre de acción en la tierra no era ajeno a la manifestación solemne y maravillosa del Dios invisible. Aprendió no solo a hacer la guerra a los enemigos del pueblo de Dios, sino también cuál era la gloria de Dios. Al igual que el Señor Jesús lo fue de manera más perfecta, él estaba en íntima comunión con la gloria de Dios, al tiempo que exteriormente era un guerrero desde su juventud. Bajo estos 2 aspectos, Dios lo formaba para su servicio. La comunión con la gloria en la montaña le era tan necesaria como las incertidumbres del combate en el campo de batalla. En la escuela de Dios hay clases bien diferenciadas, si nos atrevemos a emplear esta expresión. La guerra contra Amalec fue una por la que Josué había pasado; en la montaña hay otra, la de la comunión con Dios, en la que aprende a conocer el pensamiento de Dios, un período de instrucción particularmente bendecido. Pero incluso en esta elevada relación, Josué conserva su carácter guerrero.
Cuando desciende con Moisés de la montaña, y el rumor de la apostasía de Israel llega a sus oídos, su primera palabra es: «Alarido de pelea hay en el campamento» (Éx. 32:17). Su espíritu, evidentemente imbuido de escenas bélicas, interpreta los vítores de la idolatría según su carácter; pero cuando ve lo que se desarrolla ante él, y Moisés levanta el tabernáculo fuera del campamento, muestra el valor que habían tenido para él los momentos benditos pasados en la montaña, tomando un lugar de separación y negándose a tener nada en común con el campamento contaminado. Leemos, en efecto: «Josué, hijo de Nun, su siervo, nunca se apartaba de en medio del tabernáculo» (Éx. 33:11). Había aprendido lo que era permanecer en el secreto del Todopoderoso, y aunque el servicio de Moisés pudiera llamarle a ir y venir, este joven, a quien Dios instruía, comprendía que lo mejor para él era permanecer con Dios, en la separación del tabernáculo fuera del campamento. Su servicio no lo llamaba al campamento, por lo que permanecía completamente separado de él por Dios. Si no hay una llamada exigida por el servicio, es mejor no tener ninguna relación con algo contaminado. Moisés tiene un servicio que cumplir, y puede entrar en el campamento y permanecer allí sin sufrir daño alguno; pero si hacemos como Pedro, que se sienta con los guardias «para ver el fin» (Mat. 26:58), sin duda sufriremos una pérdida, porque hemos cedido a un deseo legítimo, pero de manera humana. Por regla general, si no hay motivo para el servicio, mantengámonos lo más separados posible del campamento, pues la separación nos preparará poco a poco para un servicio bueno y eficaz; y aunque no seamos admitidos en el campamento, al menos nuestras almas habrán podido saciar su sed más profundamente en la comunión con Dios.
El pleno efecto de la cercanía de Dios no es tanto el conocimiento de su voluntad y de sus consejos, como el sentimiento de lo que le conviene y de lo que responde a su pensamiento: de hecho, la santidad, el objetivo más elevado de la disciplina del Padre.
Pero Josué no es más que un discípulo. Lo encontramos después en Números 11 en el mismo tabernáculo; pero allí muestra abiertamente que no capta el pensamiento de Dios. Restringe la verdad que antes lo había guardado de una asociación impura y había mantenido su pensamiento en sintonía con el de Dios; su visión espiritual se ve mermada cuando la emplea para poner límites a Dios, y solo considera una parte de la revelación de Dios. Ahora bien, es Dios mismo, y no solo una parte aislada de la verdad, quien debe guiarme o determinar mi camino y mi juicio. Permanecer en el tabernáculo era claramente la verdad y el camino de la bendición, cuando Israel era apóstata; pero cuando Eldad y Medad profetizan, el espíritu de Dios que reposaba sobre ellos debía ser reconocido, aunque no se encontraran en el tabernáculo de separación, sino en el campamento. Por eso Moisés reprende a Josué, pues su pensamiento está en las cosas de los hombres y no en las cosas de Dios.
Pero una amonestación de este tipo no se hace con la intención de desanimar, pues los errores cometidos por apego personal no nos privan en lo sucesivo de la confianza más alta e íntima. El corazón es recto, pero cuando ha tomado consejo de la carne, debe ser reprendido; una vez hecho esto, queda libre para Dios. Pedro expresaba el pensamiento de Satanás acerca de la muerte del Señor, y fue reprendido severamente por su incomprensión, pero no por ello queda descalificado para acompañar al Señor en el monte santo, como tampoco Josué queda descalificado para el servicio especial de reconocimiento de la tierra de Canaán. El error se trata según la fuente que lo causa. Puede provenir de un afecto natural y, por eso mismo, es inaceptable, o de la indiferencia o también de la malicia. La ignorancia de María Magdalena es reprendida con una ternura muy diferente de aquella con la que fueron iluminados los siete discípulos que iban a pescar.
Josué, pues, a pesar de su reciente error, es elegido para ir a explorar la tierra y Moisés lo distingue llamándolo Josué [2] en lugar de Oseas [3]. Esto nos enseña que, de acuerdo con su nuevo nombre, entraba en un nuevo servicio. Hasta entonces no había sido más que el siervo de Moisés para ejecutar sus instrucciones. Ahora, junto con 11 jefes del pueblo, es enviado en una misión especial para reconocer el país y dar cuenta de lo que ha visto. Solo Caleb y Josué dan un informe favorable y dan testimonio de Dios y de la excelencia de lo que Él había jurado darles, en medio de la incredulidad de quienes los acompañaban. Su actuación muestra por qué prueba tuvieron que pasar, y cuán profundamente sentían el pecado del pueblo. Se rasgan las vestiduras y declaran que su entrada en esa buena tierra no depende de su propia fuerza, sino del agrado que Jehová tiene por su pueblo. Toda la congregación habla de apedrearlos, pero la gloria de Jehová, saliendo del tabernáculo a la vista de todo Israel, detiene ese mal designio. Observemos aquí la educación particular a la que está sometido Josué. Ya había sido asociado con Dios como Libertador, pero era su primer contacto con la tierra que Dios había prometido a su pueblo, y a la que iba a ser llamado a conducirlos.
[2] Jehová es salvador.
[3] Liberación.
Moisés y Josué, como siervos, tenían misiones diferentes. La de Moisés era sacar al pueblo del mundo –de Egipto–; la de Josué, introducirlo en la tierra prometida de Canaán. Moisés es el tipo del Señor que lucha contra el diablo en la tierra; Josué, el del Señor que nos conduce a todos los frutos benditos de la vida y del descanso; y para que sea capaz de cumplir esta elevada misión, debe pasar por la disciplina. Debe tanto ver la tierra como conocer la naturaleza del pueblo al que debe conducir allí. Y no solo eso, sino que, habiendo visto la tierra y habiendo confesado con su boca su fe en el designio de Dios y en su poder para introducir allí a su pueblo, soporta la oposición y la persecución por parte de ese mismo pueblo y debe esperar 40 años antes de ver realizadas las obras en las que confiaba su fe.
¡Qué prueba de fe! ¡Qué prolongada formación para él! Parece que ahora hay una interrupción en su historia. Al no poder despertar en el pueblo el sentimiento de su llamado, se retira, al parecer, de la vida pública; pero solo para retomar después su lugar y su función, y no volvemos a oír hablar de él hasta el momento en que debe introducir al pueblo en Canaán.
Esos 40 años debieron de haber profundizado su fe. Al ver morir a los incrédulos uno tras otro, hasta que él y Caleb quedaron solos de toda aquella generación, cada muerte debió de haber confirmado en él el sentimiento de que la fe es bendita, y que la incredulidad aleja toda bendición y todo servicio. Al igual que Moisés en Madián, pero de una manera mucho más honorable, tuvo que esperar 40 años para ser el defensor de una fe que el pueblo no quería recibir, aunque nada más pudiera traerle la bendición.
Durante ese largo tiempo, espera el momento en que se demuestre que «retener firme hasta el fin el principio de nuestra confianza» (Hebr. 3:14) tiene una gran recompensa. Los años no pueden desgastar la fe. Durante todo ese tiempo había que atravesar el desierto, no porque la fe pudiera perder su origen, sino para que ella lo sostuviera hasta el momento de su cumplimiento.
Nunca hay fe sin una obra correspondiente, y eso explica este pasaje de Santiago: «Se cumplió la Escritura que dice: Y Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia» (2:23). La fe no debe abandonarse, la obra la manifestará. Ella sostiene el alma en la medida de su fuerza y su vitalidad mientras espera la bendición de la obra.
El hilo de la historia de Josué se retoma donde se había interrumpido. Josué había afirmado a Israel que era perfectamente capaz de ir y tomar posesión de la tierra; y al final del viaje por el desierto, cuando Moisés ya no está capacitado para guiarlos, Josué vuelve a aparecer en escena: es consagrado para este servicio especial (Núm. 27:18-22). Seguramente se habrá preguntado muchas veces cuál sería el final de esa fe que había iluminado su alma 40 años antes, y que le había hecho capaz de proclamar las glorias de la herencia, pero cada semilla del Espíritu produce su fruto. La fe debe siempre verificarse a sí misma. Cuantas menos perspectivas de realización hay, más se ve el alma abocada a la convicción que produce la fe; y esto aumenta necesariamente la fe, porque confirma que nada externo la sostiene. Si la tenemos, es porque viene de Dios. Las visiones que el Espíritu Santo presenta al alma no son sueños que puedan conmovernos por un momento, sino que, al ser del Espíritu, deben realizarse tarde o temprano.
La fe de Josué se ha cumplido plenamente; y ahora, lleno del espíritu de sabiduría, preparado por todos esos años de disciplina, no solo es consagrado por Moisés, que impone sus manos sobre él, sino que es nombrado y animado personalmente por Jehová para esta alta y honorable misión. «Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie», tal es ahora la palabra de Jehová a Josué.
Así, si penetramos en uno de los ámbitos infinitos de la gloria, este se convierte en nuestro para siempre; entremos en él, y su realidad y su valor quedarán asegurados como testimonio en la tierra, tal y como lo fue para Esteban la visión de Jesús y de la gloria. Debemos recordar que Josué, propiamente hablando, es el continuador de Moisés; ambos son tipos del Señor Jesús bajo diferentes aspectos. Moisés nos conduce a la muerte de Cristo; Josué nos saca de ella victoriosamente, llevando consigo sus trofeos; por eso, cuando Jehová da su mandato a Josué, hijo de Nun, «servidor de Moisés», dice: «Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy… Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos». (Josué 1:2, 6) Según los términos de este mandato, no solo debía ponerlos en posesión de ella, sino, al repartir su herencia entre ellos, asegurarles su ocupación; esto es, en tipo, el último acto de nuestro Señor en la tierra, cuando dijo: «Voy a prepararos un lugar» (Juan 14:2). El servicio de Josué solo se completa cuando esto se cumple, y por eso debemos prepararnos para encontrar en la segunda parte de su historia las dificultades y pruebas que vienen a entorpecer el establecimiento del pueblo; es muy interesante para nosotros considerar, para nuestra instrucción, cómo afronta estos obstáculos y los supera; pues, aunque los encontremos, a menudo ocurre que solo los superamos lentamente.
Josué, años atrás, había creído que Dios podía y quería introducirlos en la tierra. Esa era su seguridad, pues «sin fe es imposible agradar a Dios» (Hebr. 11:6). Pero ahora hace realidad esa fe de la que había disfrutado durante tanto tiempo, y no se muestra perezoso al respecto. Anuncia a los oficiales del pueblo: «Dentro de tres días pasaréis este Jordán para entrar a poseer la tierra» (1:11). No hay ni demora ni prisa imprudente en hacer lo que Dios le llama a cumplir. «Preparaos comida», dice; había que ponerse en marcha, con calma, bien preparados, pero de todo corazón, y hay que añadir, santamente. Les dice: «Santificaos para mañana». Paso por alto la maravillosa escena del cruce del Jordán, en cuanto a su significado, que ha sido tratado en otra parte; lo que nos ocupa aquí es su relación con Josué. El propósito de Jehová, en relación con él, se ve en los capítulos 3:7 y 4:14. «Desde este día comenzaré a engrandecerte delante de los ojos de todo Israel». 40 años antes, se había mantenido firme en el propósito y el poder de Dios, en medio de la oposición y la incredulidad del pueblo. Ahora iba a ser exaltado ante todo Israel, y la presencia de Jehová con él se manifestaría tan verdaderamente como lo había sido con Moisés. Era un momento glorioso en su historia, acorde con el carácter poderoso y elevado de su fe. Josué, tipo del Señor Jesús en su éxito, es, por otra parte, también un ejemplo para nosotros en las luchas y los conflictos que atraviesa antes de alcanzar el éxito. Las dificultades, nuestras dificultades, están ahí; pero nuestro Josué las superó por nosotros; y, bendito sea Dios, el éxito práctico también puede ser nuestro, pues «Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad» (Fil. 2:13).
Mi propósito no es escribir la historia de Josué; sino, tras enumerar sus hazañas, mostrar simplemente por qué pruebas tuvo que pasar su alma.
Su primera experiencia al mando fue el cruce del Jordán; la segunda, en Gilgal, donde se liberó al pueblo de la vergüenza de Egipto; la tercera, la caída de Jericó, o la toma de posesión de la tierra; y la cuarta, por último, en el capítulo 15, el reparto de la herencia. Estos son sus grandes logros. Ahora vamos a examinar en detalle sus hazañas. La primera es la derrota ante Hai, y es el primer fracaso de su brillante carrera. Una vez cruzado el Jordán, quitada la vergüenza de Egipto, derribadas las murallas de Jericó por la fe, y tomada posesión de la tierra de una manera particularmente notable, ¡cuán grande debió de ser su angustia y su decepción al ver a Israel huir ante los hombres de Ai! Josué no está preparado para los reveses. La bendición y el éxito le habían seguido como la marea creciente. ¡Y ahora se encuentra en la angustia! Se rasga las vestiduras y cae con el rostro en tierra, obligado a aprender por primera vez hasta qué punto el hombre puede fallar en medio de la mayor bendición. Había visto la caída en el desierto, pero aquí es en Canaán donde se producen la caída y la derrota. Esto lo sumerge en una angustia muy particular. Podemos comprender su grito: «¡Ay, Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos?» (Josué 7:8). Cuanto más se conocen la bendición y la verdad, cuanto más se ha disfrutado de ellas, más angustia causa la derrota a un corazón apegado a la gloria de Dios.
Pero Josué, como muchos de nosotros, tenía que aprender una lección importante en ese momento de su historia: que nada de lo que hemos adquirido o de lo que hemos disfrutado puede preservarnos de la derrota y la caída, si, en nuestro espíritu, nos hemos asociado a principios contrarios a Dios. En la ignorancia de la causa de la derrota, ora, se lamenta e incluso discute con Jehová. En la intensidad de su angustia, su fe vacila. Pero de la respuesta de Jehová se desprende que le faltaba sabiduría espiritual al actuar así; otros habrían concluido, por su conocimiento de Dios, que no habría permitido que su pueblo fuera derrotado si no hubiera faltado gravemente ante él. Por lo tanto, debería haber buscado el mal oculto, en lugar de acusar a Jehová. La oración nunca puede compensar la negligencia en la acción; conduce a la acción; busca luz y fuerza para la acción. Pero si no utilizo la luz que ya poseo, ninguna oración me hará obtener más; si no creo en una pequeña revelación, no estoy preparado para recibir una grande.
Jehová reprende a Josué por permanecer así ante él, ignorante, inactivo, en duelo. Le dice: «Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha pecado…» (Josué 7:10-11) Y le revela lo que hay que hacer para mantener su presencia en medio de ellos.
Notemos aquí que Israel entraba ahora en su heredad –figura para nosotros del reino de Dios y de la porción celestial de sus santos. Eran un pueblo. El pecado de uno afectaba al conjunto; no espiritualmente, sino como nación. Para nosotros es espiritualmente, y debemos observar bien que, si tal desastre hubiera sido provocado por el pecado de un solo hombre entre aquellos que solo estaban unidos como nación en la carne, lo mismo ocurre en la Iglesia, donde cada uno es miembro del Cuerpo de Cristo, unido por el Espíritu y no solo por la naturaleza.
Era algo nuevo para Josué aprender que el pecado secreto de un solo hombre en el ejército pudiera interrumpir de manera tan desastrosa el progreso y la bendición de todo Israel. Está abatido y a punto de perder casi por completo esa fe que lo había caracterizado. Pero, en su gran angustia, observemos cuán verdadero es su sentido de la grandeza de Dios, y cuánto tiene en mente la gloria de Dios. «¿Qué harás tú a tu grande nombre?» (7:9), es lo primero que le preocupa.
Lo primero que Jehová ordena es una investigación. Toda la congregación debe presentarse ante Él. Se requiere una investigación paciente y exhaustiva. La suerte está echada; pero la decisión es de Jehová. Y tras el conmovedor llamamiento que Josué dirige a Acán para que dé a Jehová esa gloria que tanto le importaba, el culpable, convencido y desenmascarado, confiesa cómo, cuándo y dónde había tomado del anatema.
Josué, tras este profundo ejercicio, se mostró a la altura de las circunstancias. Tras levantarse «de mañana» para descubrir la causa del mal, se mostró rápido y decidido a ejecutar el juicio contra el transgresor. Debía ser sumario y sin demora. Ni un solo objeto perteneciente al culpable escapó al juicio. Josué da testimonio del principio de que cuanto más cerca está un hombre de Dios, y se encuentra en el círculo de sus grandes bendiciones, más debe denunciar de forma clara y completa todo lo que no conviene a Su gloria. El Josué que se mostraba intrépido ante el enemigo exterior, y que había visto a toda la creación inclinarse ante Su marcha conquistadora, es también aquel que, valiente y fiel, extirpa el mal interior. El poder es siempre poder, sea cual sea la forma en que se ejerza. Poder contra el cananeo –que se opone a que realicemos nuestra herencia celestial– poder contra el mal interior. Si había aprendido lo primero de manera gloriosa y con mano firme, aprende lo segundo en un profundo dolor, en consejo secreto con Dios, por la maravillosa intervención. Recordemos que cuanto más grandes seamos en nuestra victoria por nuestra herencia, más estrictamente tendremos que separarnos de todo lo que no conviene al pensamiento de Dios, que mora y reina en estos lugares santos.
El pecado de Acán no fue un pecado ordinario. Fue una doble transgresión contra Dios, de tal naturaleza que, de haber tenido éxito, el guerrero celestial habría caído.
Acán había tomado un vestido maldito por Dios, y oro y plata destinados al tesoro de Dios; esto muestra, simbólicamente y en su misma esencia, la corrupción del corazón, que al mismo tiempo que penetra en los maravillosos caminos de la gracia, es lo suficientemente traicionero como para buscar su propio placer a costa de Dios. Es el mismo espíritu el que anima a aquellos que «no sirven a Cristo nuestro Señor, sino a su propio vientre» (Rom. 16:18); al mismo tiempo, con bellos discursos (una conducta exterior respetable), engañan a los corazones sencillos; son así un obstáculo para la congregación de Dios, al apartarse de la verdad, siguiendo sus fines personales.
Josué, habiendo pasado por este gran ejercicio con sus resultados, aprende ahora cómo triunfará contra Ai; ya no de manera abierta y notable como en Jericó, pues la caída acarrea consecuencias incluso después de la recuperación. La conquista no por ello es menos efectiva, y la fe puede discernir en ella tanto poder espiritual, aunque el ejército sea menos distinguido. Pero Josué aún tenía más que aprender, y el capítulo 9 nos describe otro tipo de prueba, ciertamente penosa, que lo atormenta y lo preocupa. Esta es provocada por una falta momentánea de dependencia por su parte y por la de los príncipes. La trampa esta vez no es interna, y no proviene de falta de obediencia o de infidelidad, sino que viene del exterior. Los gabaonitas «usaron de astucia» (9:4), y Josué, engañado por ellos, hizo las paces con ellos, descuidando pedir consejo a Jehová. Esta es la verdadera causa del éxito de la trampa, pues cada vez que se pierde de vista la dependencia de Dios, aunque sea por un instante, e incluso en el momento de la victoria, se produce la caída. Tras tantos años de disciplina y victoria, esto supone una parada en la carrera de Josué. El pecado de Acán fue contra Dios, el de los gabaonitas más aún contra Israel. Era el hombre tratando de hacerse pasar por lo que no es, con el fin de ganarse el favor. El castigo es diferente del primero, que fue una condena inmediata, total y que no perdonó nada; ahora el castigo es perpetuo y público. Los engañadores son tratados con severidad; se convierten en siervos de Israel. Los que han sido engañados, Israel, también sufren, pues si hubieran consultado la boca de Jehová, la esclavitud de los gabaonitas habría sido más completa.
No hay duda de que Josué aprendió mucho del pensamiento de Dios en todas estas pruebas; inmediatamente después entra en una serie de victorias, gloriosas e ininterrumpidas; ya no encuentra obstáculos hasta el final de su carrera. Es altamente honrado y aprobado por Dios; enemigo tras enemigo es vencido, y Jehová detiene incluso el curso de la naturaleza (el sol y la luna se detienen) «a la voz de un hombre» (10:14). ¡Qué momento aquel en el que, tras aplastar a todos sus enemigos, Josué y su ejército los destruyen por completo desde Cades-Barnea hasta Gaza! –Cades, el escenario donde antaño se había manifestado la incredulidad del pueblo al mismo tiempo que la fe sólida y perseverante de Josué.
El acontecimiento capital de su historia a partir de ahora es la asignación de la herencia a cada tribu (cap. 13 al 19) según el mandato especial de Jehová; hecho esto, él mismo recibe una herencia personal (cap. 19:49) en la que habita la ciudad que él mismo ha construido. El desenlace es perfecto: las posesiones delimitadas, los planes preparados, el jefe tiene derecho al descanso. Lo mismo ocurrió con el Señor Jesucristo, quien, habiendo completado Su obra, se sentó hasta que sus enemigos fueran puestos por estrado de sus pies. Los cielos lo recibieron, aunque la tierra lo rechazó, y ahora descansa hasta que todo el universo se doble ante Él.
La historia de Josué nos presenta 4 bendiciones distintas, relacionadas con esta nueva herencia celestial:
- El triunfo sobre las aguas del Jordán;
- La vergüenza de Egipto ha desaparecido, lo que tiene como consecuencia que el pueblo coma el trigo añejo del país, producto de los lugares celestiales;
- La toma de posesión del país, desde Jericó;
- La división de la herencia entre las tribus, asegurando a cada una su parte propia, ejemplo para nosotros del conocimiento de la herencia que Dios nos revela por su Espíritu, pues no ha llegado al corazón del hombre concebir lo que Dios ha preparado para los que le aman.
Por otro lado, Josué tiene 3 grandes y penosas lecciones que aprender, en relación con su celo como líder en Canaán:
- Debe aprender cómo todo el ejército puede debilitarse y perder su fuerza por la contaminación de un solo hombre;
- Cómo él mismo podía ser engañado y llevado a una trampa por haber descuidado pedir consejo a Jehová;
- Y, por último, cuán poco podía contar con que la congregación de Israel permaneciera fiel al lugar y al camino de bendición a los que había sido llamada. Esta prueba nos está presentada como la escena final de su ministerio (cap. 23 y 24).
Por la bondad de Dios, los había conducido a una bendición maravillosa. Dios había sido fiel, pero ellos no quieren ser fieles, ni ser testigos de su gracia para con ellos. ¡Qué tristeza para Josué, después de que todo se hubiera cumplido según la promesa de Dios, y de que su propia fe hubiera recibido una respuesta plena, al adquirir la certeza de que no podía confiar en absoluto en la congregación! Su convicción debió de empezar a formarse en el momento en que oyó el ruido idólatra que emanaba del campamento, mientras descendía de la montaña santa con Moisés; de modo que, como se ve a menudo, las pruebas del principio y del final de su carrera se corresponden entre sí. ¡Qué aflicción para Josué, después de haber sido tan ampliamente empleado en dar a conocer las bendiciones de Dios y de haber visto a las almas disfrutarlas, prever que en poco tiempo ya no quedarán muchas o incluso ninguna para apreciarlas! Así sufrió el apóstol Pablo cuando dijo que «se apartaron de mí todos los de Asia» (2 Tim. 1:15).
¿Cuál fue, pues, el recurso de Josué? «Tomando una gran piedra, la levantó allí debajo de la encina que estaba junto al santuario de Jehová. Y dijo Josué a todo el pueblo: He aquí esta piedra nos servirá de testigo, porque ella ha oído todas las palabras que Jehová nos ha hablado; será, pues, testigo contra vosotros, para que no mintáis contra vuestro Dios» (24:26-27). Esta piedra era un tipo de Cristo, y Josué termina su carrera mirando a Él como al único testigo verdadero, «fiel y veraz». Había trabajado con todo su corazón para mantener las obras y la verdad de Dios, sin esperanza en el hombre, pero con plena seguridad y paz gracias a la gran piedra angular, el Amén, el Testigo fiel y verdadero, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos.
7 - Gedeón
Para comprender bien la historia de Gedeón y apreciar el servicio que se le confió, debemos ver primero en qué situación se encontraba el pueblo de Dios en el momento en que Gedeón fue llamado a desempeñar el papel de testigo y siervo en medio de él.
Israel había estado bajo el yugo de Madián durante 7 años, un período completo de años en el que sus enemigos habían dominado sobre él, porque se había rebelado contra el gobierno de Dios; así, en la tierra de la bendición y de los privilegios, el pueblo pudo ver la diferencia entre el dominio de Dios y el de los hombres. Siempre estamos gobernados por alguien o por algo; si no es por Dios, es por el poder que es enemigo de Dios y de su pueblo; y a menudo somos sometidos a ese poder para que aprendamos cuánto mejor es la autoridad de Dios, bajo la cual nuestras pasiones están sometidas a control, que aquella bajo la cual nosotros mismos nos hemos esclavizado. Esta es una disciplina a la que todos los hijos de Dios pueden verse llamados a someterse, y de la que la Iglesia ha tenido una amarga experiencia; en efecto, en lugar de disfrutar de sus privilegios y bendiciones, se ha sometido al poder del mundo, con el triste resultado de que ha sido oprimida, atormentada y reducida a buscar aquí y allá, incluso en las cavernas de las montañas, el medio de tener un momento de respiro ante la persecución que le ha sido enviada como juicio por haber rechazado el señorío de Cristo.
El siervo, el testigo, debe estar siempre a la altura de la situación en la que se le llame a actuar. Debe haber sufrido con el pueblo las circunstancias de la prueba en la que se encuentra; debe haber conocido las profundidades de la miseria a la que el pueblo ha sido reducido; debe saber de dónde debe salir y a qué debe llegar; de lo contrario, ¿cómo podría dar testimonio al pueblo y servirlo según sus necesidades? Debe haber sufrido él mismo, debe haber conocido el sufrimiento que conlleva el juicio, para poder apreciar la liberación que está llamado a procurar. Pablo había sido el más fanático de los fariseos y conocía mejor que nadie las malas consecuencias de sus prejuicios. Por eso fue capaz, al ser instruido por Dios, de combatirlos y refutarlos de la manera más eficaz y precisa. Como hombre natural, había conocido esos prejuicios hasta lo más profundo; así, bajo la gracia, no había ninguno que no pudiera corregir o que no pudiera revelar; el Señor puede emplear el mal mismo al que nos ha llevado nuestra propia naturaleza, para hacer a sus siervos capaces de denunciarlo y rechazarlo. «Cuando hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos» (Lucas 22:32).
Así fue como Gedeón fue preparado; no aún por un conocimiento de su propia naturaleza maligna, sino por una identificación práctica con las circunstancias en las que el pueblo de Israel se encontraba sumido por su propia culpa. Sufría con sus hermanos, y sin duda se había unido a ellos cuando «por causa de Madián; y los hijos de Israel clamaron a Jehová» (6:6). Pero antes de que Gedeón entrara en escena como libertador, Jehová respondió a ese clamor exponiendo al pueblo, por boca de un profeta, cómo lo habían abandonado (Jueces 6:8-10). Lo primero que el Señor hace con el alma es mostrarle que lo ha abandonado y que ha fracasado. La Palabra de Dios llega hasta la división del alma y del espíritu, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Revela al alma su condición; ese es el papel que desempeñaban los profetas en la dispensación anterior. A través de ellos se desvelaban los secretos de los corazones. Así, cuando el Señor revela a la samaritana su condición moral, ella lo reconoce inmediatamente como un profeta.
Así pues, encontramos al pueblo preparado para recibir la liberación, gracias al despertar de las conciencias; una vez hecho esto, el ángel de Jehová se pone inmediatamente en contacto con aquel que ha sido designado para ser el libertador; su idoneidad para esta tarea queda demostrada por la situación en la que el ángel lo encuentra y por la ocupación a la que se dedica en ese momento. «Gedeón estaba sacudiendo el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas». (6:11). Esto caracteriza bien a este hombre; la espada había penetrado en su alma, pero su fuerza no le había abandonado en el día de la adversidad, y la verdadera fuerza es aquella que está lista en el momento en que se requiere; la circunstancia pone a prueba la capacidad que, sin ella, permanecería inactiva. La energía de Gedeón estaba a la altura de las circunstancias; se ocupaba de fortalecer lo que quedaba, lo que estaba a punto de perecer. Mientras demostraba su fidelidad en una cosa muy pequeña, el ángel de Jehová, tras observarlo en silencio, se le revela y le dirige la palabra: «Jehová está contigo, varón esforzado y valiente» (6:12). ¡Parece una forma extraña de dirigirse a un pobre trillador de trigo! Pero el Señor no juzga como el hombre; él conoce el instrumento que puede emplear y lo que este puede aportar, como dice el apóstol: «Me consideró fiel poniéndome en el ministerio» (1 Tim. 1:12). Se refiere a Gedeón como un hombre fuerte y valiente, porque apreciaba los esfuerzos que hacía por mantener lo que quedaba de las bendiciones; es en ese momento cuando lo llama a una misión más elevada y a un servicio mayor.
Gedeón era evidentemente un hombre que había meditado en los caminos de Jehová, pues responde: «Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado, diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto? Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en mano de los madianitas» (6:13). Vemos por esta respuesta que no solo sabía lo que Dios había hecho por Israel en el pasado, sino que también se daba cuenta de la situación en la que se encontraba el pueblo bajo el juicio. Veía solo a Jehová en ambos casos. Entonces el ángel lo mira y le da a conocer su misión: «Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo?»
El siervo de Dios debe saber y creer que solo Dios es poderoso para elevar o humillar; esta es, en el fondo, la base de toda liberación. «Dos veces he oído esto: Que de Dios es el poder» (Sal. 62:11).
Gedeón sabía esto; pero hay una gran diferencia entre reconocer que todo el poder pertenece a Dios y ver que actúa por nosotros; y a menudo la consecuencia de lo primero es hacernos sentir aún más nuestra impotencia, lo que produciría desánimo si no pudiéramos descansar en la acción de Dios por nosotros y a través de nosotros. Gedeón no puede ver cómo puede establecerse entre Dios y el hombre un vínculo que haga del hombre el administrador del poder y de la voluntad de Dios, y alega su propia insuficiencia y su poca importancia. Pero Jehová, para establecer ese vínculo en su alma, le hace una promesa: «Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre» (6:16).
Pero Gedeón no hace suya esa promesa, por grande que fuera; no podía comprender todo lo maravillosa que era, ni lo oportuna que resultaba; necesitaba sentir en su propia alma el vínculo entre él y Dios, y ser aceptado; entonces exclama: «Yo te ruego que si he hallado gracia delante de ti, me des señal de que tú has hablado conmigo» (6:17). Luego lleva su ofrenda y la dispone según las indicaciones del ángel, como vemos en los versículos 18-22. Jehová acepta la ofrenda, la consume milagrosamente y desaparece de la vista de Gedeón, dándole una prueba irrefutable no solo de su propia presencia y de su poder, sino también de la aceptación de Gedeón como su siervo. Había pedido una señal que pudiera asegurar a su alma de la ayuda prometida por Dios, en una palabra, para que pudiera confiar en Él en el gran servicio que se le había encomendado. En efecto, siendo un hombre caído, alejado de Dios, no veía ningún terreno en el que pudiera confiar en Él, y la aceptación de la señal es casi demasiado para él. El hecho de que Jehová él mismo se manifieste convence a Gedeón de su proximidad, lo que significa la muerte para él, y exclama: «Ah, Señor Jehová, que he visto al ángel de Jehová cara a cara» 6:22). La Palabra de Jehová viene ahora a calmar su alma: «Paz a ti; no tengas temor, no morirás» (6:23). Gedeón construye entonces un altar que muestra la relación en la que se encuentra ahora con Dios, y que es el fundamento de su alma antes de que comience su servicio. El altar, el lugar de acceso, es Jehová-Shalom (Jehová de paz).
He aquí a Gedeón preparado para la obra a la que ha sido llamado; todo siervo se beneficiará de asegurarse hasta qué punto ha sido preparado para el servicio. Me he extendido sobre la preparación porque, si el alma no ha encontrado su aceptación asegurada y su descanso en Dios, no puede comprometerse libremente con los intereses del servicio, ya que se ve enredada en sus propios intereses.
Muchas personas buscan servir al Señor con la esperanza de adquirir por este medio el descanso y la paz. En consecuencia, prosiguen su servicio y lo valoran en la medida en que les aporta el alivio deseado. Es cierto, en efecto, que toda alma fiel, que trabaja para Dios, debe tener la conciencia de su relación con Él. Pero cuando este sentimiento se convierte en el objeto del servicio, este último se desvía de su verdadero fin, y se pierde su verdadera fuente. El servicio debe ser emprendido por un alma feliz en Dios, y por eso feliz de colaborar con él; y es necesario continuarlo y ejecutarlo independientemente de los efectos que pueda tener sobre nosotros mismos, y enteramente en relación con la voluntad de Dios. Además, algunos ni siquiera intentan servir, alegando que no son capaces de ello, y cuando sus mentes se dedican a las cosas divinas, en realidad se dedican a sí mismas. O bien no saben dónde encontrar el descanso y la paz, o bien, habiéndolos encontrado, no caminan en su poder –ese poder que da la fe.
Gedeón, tras haber aprendido a adorar a Dios en Jehová-Shalom (el nombre del altar designa el de la adoración), recibe instrucciones sobre la acción que debe emprender «la misma noche». Fíjense en que la bendición nunca se retrasa cuando estamos preparados para recibirla. La noche no es el momento de la acción, y el hombre diría “mañana”; pero, con Dios, en cuanto estamos preparados, recibimos la bendición. Así sucedió con Isaac; apenas llegó a Beerseba, el verdadero lugar de la separación, el Señor se le apareció «la misma noche». Lo mismo ocurrió con Jacob, cuando partió de Padan-aram, «le salieron al encuentro ángeles de Dios» (Gén. 32:1). En el mismo momento en que entramos en el camino de Dios, nos encontramos en la luz y en la fuerza de Dios. –Aquella noche, Gedeón es llevado a ser testigo de la gracia que le había sido revelada, de la siguiente manera: «Toma un toro del hato de tu padre, el segundo toro de siete años, y derriba el altar de Baal que tu padre tiene, y corta también la imagen de Asera que está junto a él» (6:25). Su propia casa es la primera esfera en la que el verdadero siervo podrá dar testimonio de las grandes realidades de su corazón y de su servicio; el poder y la claridad con que lo hace definen y prefiguran su futura carrera y su capacidad. El Señor Jesús inaugura la historia divina de su misión en «Nazaret, donde había sido criado» (Lucas 4:16). Y aquí, Gedeón debe declarar en la casa de su padre, y a través de ella a toda su ciudad, de manera audaz, la luz que había surgido en su alma, que le exigía dar testimonio y le daba el poder para hacerlo. Tenía que abolir por completo el falso culto en la casa paterna.
Gedeón obedeció; pero lo hizo de noche, temiendo hacerlo de día. Aquí vemos reaparecer la naturaleza. Su fe aún no era tal que pudiera dar testimonio abiertamente; pero lo que le permitía hacer, lo hizo.
Así, a menudo se encuentra alguna insuficiencia en el testimonio, incluso cuando la Palabra se recibe en obediencia. Hay muchas almas fieles que no están preparadas para dar testimonio tan abiertamente como podrían hacerlo. Es bueno que la obediencia y el testimonio vayan de la mano; pero, aunque la carne pueda ser un obstáculo para el testimonio, no puede detener la obediencia, si al menos la fe está presente. Pablo era a la vez siervo y testigo. El mayor privilegio para un siervo no es solo obedecer o servir, sino ser capaz de dar testimonio identificándose con el ministerio. Si la carne obra, si permitimos que nuestra propia naturaleza haga oír su voz, nuestro testimonio se ve comprometido; hemos perdido el dominio de nosotros mismos, el control personal que es necesario para un testigo. Pero la fe exige obediencia, incluso en secreto. Debemos dominar nuestras almas mediante nuestra paciencia. En la práctica, nuestros corazones y nuestras mentes deben mantenerse en paz; de lo contrario, no podremos, sin perder el testimonio, hacer las obras de fe. Las emociones de la carne no son una excusa para no obedecer y hacer lo que tenemos fe en hacer. Podemos aceptar, a causa de ellas, perder el lugar más elevado del testimonio, pero nada debe obstaculizar la obediencia a la Palabra de Dios. Desde el principio, Gedeón se enfrenta a la hostilidad de su propio pueblo contra la fidelidad a la verdad. ¡Cuán poco comprende el mundo que su oposición siempre da al testigo de Dios la fuerza suficiente para suprimirla! El grito de la plebe exigiendo la muerte de Gedeón encuentra su respuesta en el desafío de Joás a Baal: si es dios, que se defienda a sí mismo. Por eso Gedeón recibió el sobrenombre de Jerubaal.
¡Con qué gracia y sabiduría preparaba Jehová a su siervo para la obra que su consejo eterno le había asignado! ¡Y cuán parecidos son sus caminos hacia nosotros! Su propósito es asegurarnos de que, dado que Cristo ha vencido al poder del mal, tenemos a nuestra disposición, frente a cada una de las manifestaciones del mal, un poder infinitamente superior. Además, cuanto mayor es la oposición maligna, más manifiesta será la fuerza que la vencerá. Deberíamos sentirnos animados en todas las circunstancias de la vida por este hecho: «Porque vendrá el enemigo como río, mas el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él» (Is. 59:19), verdad de la mayor importancia para el siervo fiel en tiempos difíciles, verdad que la mano divina hizo penetrar en el alma de Gedeón, y que se demostrará cuando todos los madianitas y los hijos del oriente se hayan reunido para acampar en el valle de Jezreel. Entonces «el Espíritu de Jehová vino sobre Gedeón, y cuando éste tocó el cuerno, los abiezeritas se reunieron con él» (6:34). Ya había pasado por 2 grandes experiencias que lo habían capacitado y preparado para su obra: la primera, su relación personal con Dios establecida en el altar de Jehová-Shalom; la segunda, su fidelidad a la verdad de Dios, en la supresión total del falso culto. Entonces entra en su servicio público. Pero allí, de nuevo, aunque había reunido a su alrededor, por una energía divina, a Manasés, Aser, Zabulón y Neftalí, y estaba listo para la acción frente al enemigo, tuvo que aprender que, a menos que estuviera seguro de la ayuda de Dios, no podía actuar.
¡Cuán vacilante y humillante es la historia secreta del alma que la gracia nos revela en detalle acerca de este fiel siervo! Exteriormente, es cierto, solo se percibe valor y energía, y a menudo eso es cierto también para nosotros mismos. ¡Qué bueno es para nosotros tratar con un Dios que, como lo fue con Gedeón, está lleno de gracia y tiene en cuenta nuestra debilidad! Él asegura, mediante signos particulares, el espíritu de su siervo en la verdad de sus promesas, en las que este último debería haberse apoyado desde el principio, dándole por gracia todas las pruebas solicitadas y renovándolas. Una cosa muy distinta es buscar una señal para establecer la fe en Dios, y buscarla para asegurarnos de que el camino que seguimos es el bueno y de que Dios nos ayuda en él. El Señor no concederá lo primero. «No le será dada señal» (Mat. 12:39), les dijo a los judíos cuando le pidieron una para creer. Hay que empezar a seguir el camino divino con fe y sin señales; pero el Señor concede continuamente pruebas para confirmar al alma que está en el buen camino y que tendrá éxito siguiéndolo.
Si el alma depende realmente de Dios, no trata de tener conciencia de su propia capacidad, sino de la de Dios, es decir, de Aquel de quien el poder responde a todo. Esta es la disciplina que establece al alma en el lugar deseado. Esto se concede a cada siervo de maneras diferentes; pero lo que el alma comprende es que el poder de Dios puede adaptarse a todo lo que se exige, y que es capaz de modificar el orden establecido de las cosas para manifestar Su voluntad. A veces se aprende esto de manera práctica, otras veces sin experimentar los hechos. Un alma puede aprenderlo al darse cuenta de las maravillas de la profecía. Si se camina por la fe y se siguen con el espíritu las grandes acciones que se predicen, no se puede sino quedar impresionado por la majestad y las posibilidades del poder de Dios; es entonces como una luz que brilla en un lugar oscuro y que nos hace capaces de afrontar la hostilidad que encontramos en el camino. O bien se puede aprender de una manera muy sencilla a través de la debilidad de nuestra fe, como sin duda fue el caso de Gedeón. El lado débil de nuestra fe se hace más evidente a medida que aumenta la tensión a la que estamos sometidos. Y cuántos son los que abandonan la carrera porque no han aprendido que el poder de Dios es universal y puede aplicarse a todos los casos.
Gedeón se da cuenta –y nosotros debemos hacer la misma experiencia– de que Dios, en su gracia, quiere instruirlo en este punto, y ello de una manera perfectamente clara y para su propia satisfacción. Le pide a Dios que el rocío caiga solo sobre el vellón, y que la tierra alrededor permanezca seca, o que sea, por el contrario, el vellón el que permanezca seco y que la tierra alrededor esté húmeda de rocío; Dios se digna concedérselo y Gedeón recibe así la confirmación que deseaba.
Preparado de esta forma, «Levantándose, pues, de mañana Jerobaal, el cual es Gedeón, y todo el pueblo que estaba con él, acamparon junto a la fuente de Harod» (7:1). Allí interviene Jehová, pues quiere demostrar que la obra que hay que hacer es obra suya. No debe ser que Israel se glorifique frente a Dios y diga: «Mi mano me ha salvado» (7:2). Gedeón debe gritar a los oídos del pueblo: «Quien tema y se estremezca, madrugue y devuélvase desde el monte de Galaad» (7:3). ¡Qué prueba para la fe de Gedeón ver a 22.000 hombres abandonar su estandarte! Pero donde hay fe, siempre hay una prueba. Si ha creído, no se sentirá confundido al ver desvanecerse los recursos con los que había contado para obtener el resultado deseado. Pero ahora es fuerte en Dios y, gracias a los caminos de Dios que le instruyen, no se desanima; y ya no tiene motivos para estarlo, pues es mejor para un hombre de fe encontrarse con unos pocos fieles que con una gran multitud de débiles y vacilantes. Aunque solo queda menos de un tercio de los hombres del principio, Jehová declara que aún son demasiado, y ordena que los que quedan sean cribados para mostrar quiénes son verdaderamente aptos para la guerra y el testimonio. Le dice a Gedeón que los haga bajar al agua para que los purifique. Esta prueba, sencilla e insignificante a los ojos del hombre, tiene una aplicación espiritual que nos pone a prueba. Al igual que todas las flechas del carcaj divino, que alcanzan cada una su objetivo a la primera y logran lo que los esfuerzos y el discernimiento del hombre no pueden hacer, esto manifiesta los pensamientos y las intenciones del corazón. Solo 300 tienen tan presente un único objetivo, que solo toman lo indispensable para mantenerse y se apresuran. ¡Ay! Si fuéramos sometidos a semejante prueba, ¿cuántos de nosotros podríamos ser contados entre la tropa de Gedeón?
Muchos se encontrarían entre los 32.000 que partieron con él, o incluso entre los 10.000 que superaron la primera criba, pero cuán pocos tienen esa abnegación que nos hace capaces de seguir la carrera y de librar la buena batalla de la fe, sin tener en cuenta las estrictas necesidades personales. Solo había una pequeña diferencia entre los que lamían el agua y los que se arrodillaban para beber. Y el agua era ciertamente necesaria para los guerreros sedientos. Pero la manera de beberla ponía al descubierto el estado del corazón; y esto nos enseña esta gran lección: que, a menos que hagamos del Señor, del Señor de gloria, nuestro único objeto y fin, él no puede servirse de nosotros como liberadores, aunque en su gracia nos permita tener parte y provecho en la liberación que él ha obrado por medio de corazones más fieles.
Para Gedeón, al igual que para quienes le seguían, este proceso de selección fue una prueba de su fe, pues la reducción de su número debió empujarle aún más a depender de Dios; muchos no se someterían a una formación así, que te escudriña hasta lo más profundo: pero aquel que no ha sido instruido nunca está a la altura de las pruebas de la guerra. «Aquella noche» (pues ahora que los corazones están preparados, no debe haber más demora), Jehová le dijo: «Levántate y desciende al campamento», pero añade con esa gracia y esa voluntad de ayudar a Gedeón y de fortalecer la posible vacilación de su fe: «Si tienes temor de descender, baja tú y con Fura tu criado; y oirás lo que hablan» (10-11). ¡Cuán diversas son las vías de Dios para con sus siervos! En el campamento enemigo, la interpretación de un sueño anuncia el éxito de Gedeón, y él oye cómo los madianitas ya esperan su propia derrota. Y sin duda, si supiéramos escuchar las indicaciones que Dios nos da, a menudo recogeríamos las pruebas de la próxima confusión de nuestros enemigos; comprenderíamos que no nos son dadas sin propósito, y que ese propósito es animarnos a perseverar con valentía. Fue un gran estímulo para Gedeón. El Dios del rocío estaba de nuevo muy cerca de él; se postra y regresa al campamento con la plena seguridad de la victoria incluso antes de que la batalla haya comenzado.
No necesito extenderme en los detalles de esta victoria, pues se trata más de una persecución que de una batalla, salvo para decir que ahí está verdaderamente la fuerza perfeccionada en la debilidad. Las antorchas en las jarras –tesoros en vasos de barro– y las trompetas para anunciar que su causa era la de Jehová eran las únicas armas de la pequeña tropa, hasta que las espadas del enemigo se volvieron contra ellos mismos. El éxito de Gedeón es total, y se afirma como un instrumento en la mano de Dios para llevar a cabo la liberación de su pueblo. ¡Pero cuán variada disciplina fue necesaria antes de que así fuera! Cuán poco reconocemos la oposición a la voluntad de Dios de nuestra naturaleza, que cree poder emprender un servicio para Él sin renunciar a sí misma. ¡Esto solo se puede aprender mediante el conocimiento experimental de la superioridad de los caminos y de los consejos de Dios! Nunca abandonamos lo que estimamos hasta que hemos encontrado algo mejor: y el hombre está tan lleno de sí mismo y de su propia voluntad, que, mientras no haya reconocido, a través de experiencias prolongadas, penosas y variadas, la superioridad de la voluntad de Dios no puede ser ni un siervo obediente, ni un siervo adecuado: es decir, alguien que pone en práctica la Palabra y las intenciones de su amo. Jonás aprendió la obediencia en el vientre del pez, porque allí aprendió a depender únicamente de Dios; pero la calabacera le enseñó el pensamiento y la naturaleza de Dios. El verdadero siervo instruido por la disciplina siempre encuentra un medio de hacer su obra, por difícil que parezca. Cuanto mayores son las dificultades, mayor debe ser la prueba de que nuestros recursos son de un orden y un carácter diferentes a los que se alzan contra nosotros, y se verá que este principio es tan cierto para las cosas muy pequeñas como para las grandes.
Cuando Gedeón acabó con los madianitas, se le presentó una dificultad de otro orden: la oposición de quienes se contaban entre sus amigos, y se necesita más sabiduría para ese caso que si se tratara de enemigos declarados. La forma en que trata a las 2 clases de personas que discuten con él es instructiva. Con los hombres de Efraín, que le reprochan no haberlos llamado a la batalla, adopta la postura más humilde, la de la gracia, la verdadera actitud sabia y piadosa que hay que tener hacia quienes buscan destacar. Podría haber respondido que él mismo y sus 300 compañeros habían sido especialmente llamados y elegidos por Dios; pero no es eso lo que hace, y deja a los hombres de Efraín la satisfacción del honor que Dios les había concedido. Pero actúa de manera muy diferente con la gente de Sucot y Penuel, que habían negado pan a esos guerreros «cansados, mas todavía persiguiendo» (8:4). No les dará tregua. Su conducta era contraria a la causa de Dios, y se colocaban en la posición de traidores a Su nombre y a su gloria. El principio es el mismo en la nueva dispensación. Hay casos que debemos tratar con gracia; pero, por otra parte, debemos luchar por la fe. «Ojalá», dice el apóstol, «que se mutilara los que os perturban» (Gál. 5:12). «Si alguien… no trae esta enseñanza (la de Cristo), no le recibáis en casa, y no lo saludéis» (2 Juan 10).
Después, y por última vez, se nos presenta a Gedeón (cap. 8:22) en el ejercicio de una nueva disciplina muy particular. Los grandes servicios prestados suelen dar lugar a la autosatisfacción y al deseo de una exaltación que las personas sin espiritualidad tienden a concedernos con demasiada facilidad. La multitud insta a Gedeón a que reine sobre ellos, pero él responde: «No seré señor sobre vosotros… Jehová señoreará sobre vosotros» (8:23). ¿Cómo podría ocupar el lugar de ese Dios que le había concedido tantas bendiciones y honores? Su respuesta está hecha con la sabiduría del Espíritu, pero cuando pide los anillos del botín, deja entrever un deseo secreto de recordar sus servicios, aunque haya rechazado el poder y la dignidad. ¿Podía tal deseo producir otra cosa que una trampa, ya fuera en forma de efod o de cualquier otra cosa? Y eso es lo que sucedió con Gedeón y su casa.
¡Qué lección, qué advertencia para nosotros ver a un siervo de Dios perderse él mismo, en un instante, al parecer, después de haber sido tan bien instruido y formado para la obra! ¡Después de haber alcanzado por su servicio una posición tan alta y eminente, desaparece a los ojos humanos como velado por una nube! Esto nos enseña que, aunque sepamos rechazar una situación pública y destacada, puede que no estemos a salvo de esa trampa más sutil y peligrosa de suponer que el recuerdo de nuestro servicio puede contribuir de alguna manera a la gloria de Dios; es convertir el servicio en un medio de exaltación personal, lo que no puede sino convertirse en “una trampa para nosotros y nuestra casa”.
8 - Rut
Es a la vez interesante e importante para nosotros aprender cómo una mujer fue capacitada para ocupar un lugar de testimonio para Dios en la tierra; es un estudio que necesitamos especialmente en nuestros días, ya sea que se aplique al individuo o a la Iglesia.
Al principio, la mujer fue formada para ser para el hombre «una ayuda idónea» (Gén. 2:18). Desde la caída, parece haber perdido esa elevada posición y haber ocupado luego un lugar de sometimiento e inferioridad en lugar de igualdad y ayuda. Pero la gracia es la gran manifestación del amor de Dios, y el principio de la gracia es que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom. 5:20). Donde se manifiestan el fracaso y la debilidad, la gracia de Dios actúa y trae la restauración más resplandeciente. Pero esta restauración nunca excluye el sentimiento de fracaso y debilidad sobre los que triunfa; y nuestro amado Señor, al introducir un alma en las bendiciones de Su gracia, debe necesariamente hacerle comprender la justicia de Sus acciones tanto como su excelencia. A medida que aprendemos a conocer al Señor Jesucristo, comprendemos mejor estas 2 cosas en nuestra conciencia, y los pasos que seguimos nos permiten ver en detalle cómo el Señor nos educa y nos instruye. Paso a paso, él nos muestra cuánto necesitamos su gracia, y nos prepara mediante la renuncia especial a nosotros mismos que dejará espacio libre para Su don. La carne y el espíritu no pueden coexistir. La disciplina de Dios nos enseña qué es la carne, ese obstáculo, y la trata de manera que pueda ser eliminada. Y eso no es otra cosa que la energía de la vida de Cristo.
En su bondad, el Señor nos instruye; nos presenta en su Palabra ejemplos de esa disciplina que nos hace aptos para el servicio y la gloria según su propósito.
Esto es lo que encontramos en la historia de Rut; allí aprendemos cómo Dios hizo que una mujer moabita, de una familia despreciada, fuera capaz de ocupar una posición tan honrada en la tribu real de Israel; e incluso concentró en ella las bendiciones de Raquel y Lea. No podemos dejar de destacar con suficiente atención la manera y el espíritu con que se logró este hermoso resultado.
Elimelec, Noemí y sus 2 hijos habían emigrado de Belén de Judá a la tierra de Moab, a causa de la hambruna que reinaba en su propio país. Era una prueba de decadencia que un hombre de Israel tuviera que abandonar su patria porque esta carecía de las bendiciones naturales, mientras que estas se concedían al país de los gentiles; y la consecuencia de esa decadencia y de la asociación con Moab fue que los 2 hijos de Elimélec tomaron por esposas a hijas de ese pueblo. Un hijo de la simiente prometida, al casarse con una mujer de Moab, la elevaba por encima de su posición moral inferior, pero rebajaba la suya, o, si se quiere, la comprometía por su estancia en la tierra de Moab. Así fue como Rut, por su matrimonio, pasó de la posición inferior que ocupaba a formar parte de una de las tribus de Israel. A la muerte de su marido, se vio obligada, o bien a recaer como Orfa en su estado anterior, o bien a intentar mantener la elevada posición que había adquirido. Esto solo podía suceder si se aferraba a lo que la unía a Israel, sin importar lo que le costara personalmente; en otras palabras, aferrándose a Noemí, aunque no pudiera esperar nada de ella. Eso es lo que hace Rut, sin comprender sin duda la ganancia que obtenía en cuanto a su posición, pero animada por el hermoso motivo de la devoción personal hacia aquella que era la causa de su elevación. Cómo actuó y tuvo éxito, este interesante libro nos lo cuenta con minucioso detalle. Ya consideremos a Rut como un tipo de la Iglesia, o como una creyente gentil, o incluso como una simple mujer creyente, su historia es como un eslabón de los más instructivos en los caminos de Dios.
Lo que debe caracterizarnos es la sencilla entrega a la verdad conocida; y eso es lo que se refleja en Rut de una manera tan hermosa. Ella sacrifica, por su apego a Noemí, toda esperanza de que su viudez termine de forma natural, sin importarle las consecuencias, pues dice: «No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y aun me añada, que solo la muerte hará separación entre nosotras dos» (1:16-17). ¡Qué palabras! Son las de un alma firmemente apegada a un objeto, hermosa expresión de un corazón decidido a guardar toda la verdad de Dios, que lo une a todos sus designios y a todas sus bendiciones. Así como la primera parte importante de la armadura de Dios (Efe. 4) es el cinturón de la verdad, así también lo primero que se requiere para el servicio a Cristo, sobre todo en la esfera modesta de una mujer, ya sea de manera inteligente o no, es que esté dedicada a la verdad de Dios, de forma sencilla y sin ambigüedades.
Naomi, como hemos visto, era el vínculo con Israel. Puede que Rut no supiera gran cosa al respecto, pero eso solo hace que su devoción resulte más admirable, pues si hubiera tenido más conocimiento, habrían entrado en juego otras razones u otros motivos, en lugar del puro afecto que la animaba.
Cuando el alma se apodera de la verdad con esa tenacidad inflexible que la lleva a comprarla y a negarse a venderla (Prov. 23:23), podemos estar seguros de que recibirá más, como está escrito: «Al que tiene, le será dado, y le sobrará» (Mat. 13:12). La dedicación a un verdadero objetivo ennoblece a la mujer y le sienta bien. Si carece de ella, le falta la cualidad principal de su condición; cuando falla en ello, como la Iglesia con respecto a Cristo, se abre la puerta al desorden; y la fuerza mal empleada es peor que la debilidad. La dedicación a la verdad, a lo que conocemos como realmente verdadero y bueno, es la primera gran característica de un alma preparada y cualificada para el servicio y el testimonio. Si no tenemos esta cualidad, ¡cuán imperfectos serán todos nuestros movimientos y todo lo que expresemos! Para ser testigos de Dios en medio de hombres que han creído en la mentira acerca de Él, glorificándose a sí mismos en la hostilidad contra él, debemos, ante todo, ser valientes en la defensa de la verdad; de lo contrario, nuestro corazón no estará totalmente dedicado a cumplir con la primera exigencia del servicio. Podremos tener algún afecto, como el que expresa el beso de Orpa, pero, al igual que el suyo, no se basará en lo único que es verdadero, y muy pronto nos volveremos hacia nuestro propio camino. No podemos insistir lo suficiente en la importancia que tiene para nuestras almas esta simple devoción a la verdad. El afecto no perdurará si no se basa en algo reconocido como digno de estima; por eso, un alma fiel no solo ama al Señor, sino que lo aprecia hasta tal punto que debe aferrarse a él de manera inflexible, como identificándose con él, y nada más satisfará a un alma verdaderamente dedicada. Lo que es verdadero en él no puede abandonarse en ningún caso, y uno se aparta con horror de todo lo que es falso. Rut, como vemos, era sencilla y decidida en el propósito de su corazón, y nos presenta un ejemplo notable de esa noble cualidad esencial, que encontró su plena recompensa.
Pero antes de ver cuál fue esa recompensa, debemos señalar otro rasgo característico que se pone de manifiesto en esta historia de Rut, y es la simple obediencia en un trabajo penoso, humilde y discreto. Ella entra en la tierra de Israel, inseparable ya de aquella que ya no era Noemí (mis delicias), sino Mara (amarga); resignada e incluso contenta en esas circunstancias, aprovecha sin vacilar y sin demora la más mínima oportunidad que se le presenta, lo cual es siempre prueba de un alma sana y vigorosa. Ella dice: «Te ruego que me dejes ir al campo, y recogeré espigas en pos de aquel a cuyos ojos hallare gracia» (2:2).
Es, pues, una prueba de la fuerza del alma cuando, ante las dificultades, no nos limitamos a resignarnos, sino que estamos dispuestos a aprovechar la oportunidad, con toda humildad, y a dar testimonio incluso ante nuestro propio corazón de que Dios no nos ha olvidado, y de que lo que se nos presenta es suficiente para satisfacer nuestras necesidades. Solo tenemos que darnos cuenta de ello con humildad. Rut ve que su única salida es espigar, y va a espigar; esa era la oportunidad que Jehová había preparado para ella. Sin duda, un trabajo humilde y anónimo, pero él no ve como el hombre, y la guía por el camino recto; pues: «Enseñará a los mansos su carrera» (Sal. 25:9). Por eso: «Y aconteció que aquella parte del campo era de Booz, el cual era de la familia de Elimelec» (2:3). «El que se humille será exaltado» (Mat. 23:12). Cuando somos dóciles, somos conducidos hasta la plenitud de las bendiciones. Rut era la sierva humilde y trabajadora, y como tal recibe su recompensa por su dedicación a Noemí. Fíjense en que es por su dedicación por lo que es recompensada más que por su servicio. Booz le dijo: «He sabido todo lo que has hecho con tu suegra después de la muerte de tu marido, y que dejando a tu padre y a tu madre y la tierra donde naciste, has venido a un pueblo que no conociste antes. Jehová recompense tu obra, y tu remuneración sea cumplida de parte de Jehová Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte» (2:11-12).
Booz la bendijo (bendición que, por cierto, él mismo compartiría más adelante, como ocurre con todos los que bendicen) y ordenó a sus jóvenes, diciendo: «Y Booz mandó a sus criados, diciendo: Que recoja también espigas entre las gavillas, y no la avergoncéis» (2:15). Rut recibe, pues, por su devoción a Noemí, más de lo que le corresponde por su trabajo; así es siempre, moralmente. Por grande que sea la recompensa de un servicio fiel, la que recibe la dedicación que se le añade la supera infinitamente. El fruto solo se mide según el trabajo hecho, a menos que ese trabajo tenga su origen en la verdadera dedicación. Si Rut hubiera estado en el campo espigando como las demás sirvientas, habría recibido lo que le correspondía, lo que su trabajo merecía, pero nada más. Pero con ella fue muy diferente: la devoción por un objetivo era la fuente de todo lo que hacía, y el resultado es una cosecha abundante; eso es lo que también encontraremos nosotros mismos si nos mueve el mismo espíritu. Más aún, fue guiada paso a paso hasta alcanzar el pleno descanso, el honor y, finalmente, una relación con aquel que representa todas sus recompensas y todas sus bendiciones. Se convierte en la esposa de Booz, su verdadero pariente, que rescata la herencia; y, según la bendición pronunciada sobre ella, edifica la casa real de David, como Raquel y Lea edificaron la casa de Israel. La pobre moabita es llevada muy cerca del trono de Judá, ¡y hace “poderoso” el nombre de su libertador en Belén-Efrata, el lugar de la muerte y la resurrección! Maravilloso resultado de un comienzo tan humilde, pero en plena consonancia con los caminos de Dios, su disciplina y su educación.
Y ahora que hemos llegado a este resultado en la historia de Rut, detengámonos a contemplar esa disciplina con la que el Señor la ha guiado (como, de hecho, guía a toda alma que persigue el mismo objetivo) hasta esta posición de reposo y honor; es bueno para nosotros considerar cómo él vacía antes de llenar, cómo él humilla antes de elevar. En primer lugar, es viuda. Se ve privada de toda esperanza humana en esta vida que había sido de lo más honorable para ella; en la que su unión con un hijo de Israel la había elevado. A continuación, abandona su país, su familia y las esperanzas que podría haber tenido al volver a su anterior condición de moabita, por la compañía de una mujer; se une a ella en su condición de viuda, reducida de las delicias a la amargura, y esta unión le impone un trabajo constante. Sin rechazar ni menospreciar ninguna ocasión, por humilde que fuera, sigue modestamente, día tras día, su camino y experimenta constantemente cuán bueno y misericordioso es el Señor para con ella; esto la llena de admiración, pues, desde el primer día, le dice a Booz, postrándose: «Señor mío, halle yo gracia delante de tus ojos; porque me has consolado, y porque has hablado al corazón de tu sierva, aunque no soy ni como una de tus criadas» (2:13). El alma no está preparada para las gracias inesperadas de Dios; ¿y qué eran estas en comparación con las que iban a seguir? Un lugar de honor y dignidad al que Jehová la eleva. ¡Bendita viudez, se podría decir, que la preparó para tal posición! Bendito camino que la condujo a la devoción y la humildad. ¡Bendición de Dios por haber actuado así con ella!
Cabe señalar que Rut llegó a Belén al comienzo de la cosecha de la cebada, que se iniciaba inmediatamente después de la fiesta de Pascua, y que continuó su servicio durante 7 semanas (un período perfecto según la numerología simbólica de las Escrituras), hasta el final de la cosecha del trigo, es decir, hasta Pentecostés; y es después de Pentecostés cuando Booz la reclama como suya. Menciono esto porque es significativo, si consideramos a Rut como un tipo de la Iglesia, desde el punto de vista práctico o desde el punto de vista de la posición; pues Pentecostés es el tipo del pleno goce de la bendición que la Iglesia alcanzó cuando, tras las 7 semanas transcurridas entre la muerte del Señor y Hechos 2, llegó ese gran día de Pentecostés y la introdujo en ese lugar privilegiado de esposa del verdadero Booz. Por otra parte, aunque la Iglesia se encuentre ahora en las bendiciones de Pentecostés, si no camina en la fidelidad y la verdad que le han sido confiadas, no puede alcanzar los elevados privilegios que le han sido concedidos; y la razón es muy simple. Si no soy fiel al Señor, no soy guiado por su Espíritu; si no camino en el Espíritu, me es imposible alcanzar los privilegios de la esposa a los que el Espíritu Santo tiene la misión de conducirnos. Lo que es cierto para la Iglesia lo es también para cada miembro individual. La mujer se presenta aquí como un tipo, porque debería representar a la Iglesia, la Esposa del segundo Hombre, redimida de la ruina y la vergüenza en las que la primera mujer la había sumido. Pero, ya seamos hombres o mujeres, si no caminamos en la verdad, y en un servicio paciente, humilde y modesto como extranjeros que no esperan nada en la tierra, no podemos entrar en la relación y en el lugar de reposo que nuestro Booz concede ahora en espíritu a sus fieles. Cuanto más comprendamos Sus caminos hacia nosotros, mejor entenderemos cómo nos enseña a cada uno a caminar en la luz recibida y en el pleno disfrute de su amor; como viudas en el mundo, dedicadas, sirviendo con paciencia y humildad, pero satisfechas si hacemos lo que ya es nuestra parte aquí abajo, nuestra unión con él en todo lo que su amor puede compartir con nosotros.
Que podamos, Señor, ¡aprender a seguirte!
9 - Samuel
Si comprendemos bien el estado y la condición en que se encuentra el pueblo de Dios en un momento dado de su historia, entenderemos que la vida y las circunstancias del siervo deben estar perfectamente adaptadas a su servicio. Un siervo que no tiene la preparación necesaria, aunque esté lleno de buena voluntad, nunca prestará más que un servicio imperfecto. Su disciplina y su educación están siempre en relación con el cargo que se le ha encomendado, y, como vemos en las Escrituras, están orientadas con vistas al lugar que ocupa. Hasta la época de Samuel, Israel no tenía rey, y «cada uno hacía lo que bien le parecía» (Jueces 21:25). ¿No debería haber aprendido el pueblo que «el que confía en su propio corazón es necio» (Prov. 28:26), y que solo la intervención de Dios podía liberarlo de quienes lo dominaban? Pero, en lugar de eso, se alejaba cada vez más de todo conocimiento de Dios.
Fue mientras se desarrollaba esta situación cuando nació Samuel; pero no ocupó su lugar como siervo de Dios hasta la muerte de Elías, mártir de una situación que reprobaba, pero que no tenía fuerzas para reformar.
La madre de Samuel es el tipo del piadoso remanente de Israel en aquel momento, y Samuel el de la bendición concedida a ese remanente. Ana, a causa de su angustia y del dolor que le causaban sus enemigos, se dirige a Jehová en la amargura de su alma. Se abstiene de formas y manifestaciones externas. Es con los suspiros interiores de su alma como defiende su causa ante Jehová, por lo que el Sumo Sacerdote de la Ley no la comprende.
Era algo nuevo y sin precedentes, una súplica espiritual dirigida a Jehová. La afligida de Israel es más sabía que el Sumo Sacerdote, debido a la conciencia que tiene de su angustia y de su situación. Ella corrige el error de juicio de este último, y él tiene la suficiente humildad para aceptarlo y reconocerlo.
La oración de Ana se refería a Samuel. Lo que conviene a un individuo, justo, santo y afligido, conviene a toda la familia del pueblo de Dios. La respuesta a la oración de Ana es la respuesta a todas las súplicas de los afligidos en Israel. Samuel conviene a todos y cada uno: es la respuesta a la oración de la aflicción y, como tal, está consagrado a Jehová y permanece allí como testigo de la respuesta a la oración de Ana.
Ocúpennos ahora de Samuel mismo. Cuanto más se abre su inteligencia, más se da cuenta de su vocación; es como una respuesta a la oración; ha sido consagrado a Jehová para estar siempre ante él; desde muy temprano debe de haber sido consciente de su misión y recibe para ello la mejor educación. Si Ana, la afligida, lo recibió en respuesta a su oración y, a su vez, lo entregó a Jehová como un don de Jehová, Samuel recordará continuamente la eficacia de la oración, siendo él mismo el testigo vivo y el monumento de esa eficacia. Lo encontraremos, pues, totalmente preparado para combatir y superar las dificultades del pueblo de Dios mediante la oración.
En Sansón, el último de los jueces, hemos visto la fuerza confiada al hombre, realizando de vez en cuando grandes hazañas, pero, de hecho, este testigo hace cosas más grandes en la muerte que en la vida. Con Samuel aparece una nueva situación. El afligido, al dirigirse a Dios, es escuchado; Samuel se convierte en el medio de la liberación mediante la oración. Ahora va a ejercer en favor de su pueblo oprimido ese mismo poder que lo llamó a la existencia; no como Sansón, un hombre de fuerza física, sino como un hombre de oración. Es más, en Ana se enuncia un gran principio: la bendición que Dios nos envía para nosotros mismos es lo suficientemente grande como para extenderse a todo su pueblo.
En la oración no solo hay un sentimiento de dependencia, sino también la espera de una respuesta o de una comunicación de Dios. Pero a menudo, antes de haber aprendido lo que es la oración en su profunda realidad, podemos encontrarnos en la posición de quien ora, como Samuel, al comienzo de su vida práctica sin comprender la voz de Jehová. En el capítulo 3 encontramos estas palabras: «El joven Samuel ministraba a Jehová… estaba durmiendo en el templo de Jehová» (3:1, 3). La escena describe el estado moral del pueblo en aquella época. «y la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días… la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia… estando Elí acostado en su aposento, cuando sus ojos comenzaban a oscurecerse de modo que no podía ver» (3:2). Samuel se había acostado antes de que se apagara la lámpara. Esto implica que solían dejarla apagarse, lo cual era contrario al mandamiento. Cada detalle muestra que todo era debilidad y que faltaba vida. Samuel es dado en respuesta a la oración de Ana, ella misma tipo del remanente afligido. Está en el templo como el apóstol del poder y del valor de la oración, por lo que leemos en el Salmo 99: «Samuel, entre los que invocaron su nombre» (v. 6).
Pero antes de poder cumplir con el servicio, u ocupar el lugar que le ha sido designado, primero debe aprender a comprender la palabra de Jehová. Se puede ocupar un lugar cercano al Señor y no conocer las inmensas bendiciones que pertenecen a esa posición. Samuel nos está presentado como aquel que, confiando en Dios, puede reparar los desastres, algo que un Sansón, con toda su fuerza, no había podido hacer. Es el testigo de la superioridad de la oración sobre la fuerza personal. Pero si ha de ser ese testigo de la eficacia de la oración, debe estar disciplinado para ese servicio. Y la primera gran lección que se aprende, después de haberse entregado a Jehová como lo hizo Samuel, estando en Su presencia, es ser capaz de discernir en el alma lo que es una comunicación de Jehová, y de conocer Su revelación. ¿De qué serviría buscar al Señor, o permanecer cerca de él, si no fuéramos a recibir una luz clara o una comunicación de él, acerca de lo que es importante para nosotros o para los nuestros? Creo que es algo bendito y precioso para el alma, y además absolutamente necesario para quien se acerca al Señor, adquirir un conocimiento claro de la manera en que el Señor comunica su pensamiento. Muchos se parecen demasiado a Samuel al comienzo de esta escena; están cerca del Señor, pero no lo conocen lo suficiente como para poder reconocer y distinguir sus comunicaciones. Sin duda, quien está cerca del Señor se encuentra en el buen camino para ser instruido por él. Pero lo que quiero destacar es que muchos están, por así decirlo, orando en el templo, o realizando un servicio en el templo, sin haber aprendido a discernir la Palabra del Señor que se les dirige. ¿Cuántos hay que oran y oran sin cesar y que, aunque apaciguados y consolados por sus oraciones, no disciernen la instrucción precisa y segura del Señor respecto a sus oraciones?
Quizás ni siquiera la buscan. Su oración nunca les dará ni la fuerza ni el gozo del alma que conoce por la fe, por parte del Señor, cuál es su pensamiento. No digo que el Señor le diga siempre al alma exactamente lo que quiere hacer, aunque sin duda eso ocurra en casos concretos o cuando hay una confianza sencilla en él. Lo que veo en este comienzo de la vida de Samuel es que Jehová le hace reconocer y distinguir su propia voz, y al mismo tiempo le revela su Palabra; y eso fue la base sólida del testimonio expresado por su vida: buscar a Jehová en toda ocasión, y ser conocido entre sus profetas como aquel que invoca Su nombre. Samuel ha aprendido ahora a conocer no solo la voz de Jehová, sino también su Palabra, es decir, sus designios. Cuando discernimos la voz del Señor, captamos fácilmente su pensamiento tal y como nos lo revela su Palabra. Samuel sabe ahora cuáles son los pensamientos de Dios respecto al estado de las cosas en Israel, y su Palabra se dirige a todo el pueblo. Cuando somos instruidos por Dios, tenemos poder para dar testimonio.
Así, Samuel, al comienzo de su testimonio y de su servicio, ve a Israel reducido a las condiciones más miserables, derrotado ante los filisteos, el arca de Dios capturada, los sacerdotes muertos y Elí fallecido. Pero los desastres no abaten al hombre de oración; y, sin embargo, Samuel debió de haber sido muy probado en su alma al ver tal catástrofe justo en el momento en que comenzaba su ministerio. Todo parecía perdido, pero el alma que ha aprendido a distinguir la voz del Señor y a comprender su Palabra no se desanimará, aunque parezcan faltar los apoyos y todo parezca perdido. Samuel podía contar con Dios, y dijo: «Reunid a todo Israel en Mizpa, y yo oraré por vosotros a Jehová» (7:5). Cabe señalar que antes de eso había advertido al pueblo y lo había llevado a renunciar a los dioses extranjeros y a servir solo a Jehová; «los hijos de Israel quitaron a los baales y a Astarot, y sirvieron sólo a Jehová» (7:4). Si conozco a Dios y comprendo su naturaleza, no puedo acercarme a él en la oración sin sentir que debo reconocerlo simple y positivamente como el único Señor, y su nombre como el único nombre. Si no comprendo qué es el verdadero Dios, o si dejo lugar a alguna intervención humana, siempre habrá una barrera que me impedirá encontrarlo. Samuel llama al pueblo a servir solo a Jehová y a quitar todos los dioses extranjeros.
Esto es esencial cuando se busca la liberación por parte de Dios. Si nuestras oraciones no siempre reciben respuesta, ¿no se debe acaso a que el Señor no es simple y enteramente nuestro Dios? La codicia es idolatría, es decir, que el corazón busca algo que desea con pasión al lado de Dios. No se puede decir entonces que se sirve «solo al Señor», y en consecuencia no hay que esperar recibir una liberación, la cual, si se concediera, no uniría más el corazón al Señor, sino que tal vez, al proporcionar algún alivio en un momento difícil, permitiría al corazón seguir persiguiendo su deseo. Samuel lleva al pueblo a ese estado de ánimo en el que buscan a Jehová. Iba a revelarles un camino nuevo y maravilloso: cómo Dios los libraría de sus enemigos.
Leemos (1 Sam. 7:6): «Se reunieron en Mizpa, y sacaron agua, y la derramaron delante de Jehová, y ayunaron aquel día, y dijeron allí: Contra Jehová hemos pecado». Esta confesión es siempre el verdadero camino para restaurar el alma ante Dios, antes de entrar en conflicto con el enemigo. Samuel prepara así a la asamblea de Israel para la intervención de Dios que esperan; pero en el momento en que un alma o una congregación se preparan contra el enemigo esperando en Dios, Satanás envía a sus emisarios (los filisteos) para oponerse y reanudar la lucha: «Cuando oyeron los filisteos que los hijos de Israel estaban reunidos en Mizpa, subieron los príncipes de los filisteos contra Israel» (7:7). Israel, aunque restaurado en la presencia de Dios, aún no ha experimentado lo suficiente lo que es el poder de Dios que se ejerce en su beneficio, como para permanecer tranquilo ante la violencia del hombre. Un alma puede tener seguridad ante Dios y descansar en él, y sin embargo temer mucho la violencia del malvado y el poder de las tinieblas. Nada, salvo la experiencia, si me atrevo a decirlo así, puede preservar al alma de este error. Y por experiencia entiendo el uso que hace el alma del poder de Dios del que goza en su aceptación. Así, Pedro, tras su liberación por el ángel, dice: «Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel y me ha liberado de la mano de Herodes» (Hec 12:11).
El temor al hombre persiste, aunque el alma esté en paz con Dios, cuando debería poder decir, porque lo habría experimentado: «En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?» (Sal. 56:11). No es, pues, de extrañar que los hijos de Israel tuvieran miedo al saber que los príncipes de los filisteos subían contra ellos, pero habían aprendido por sí mismos el valor de la oración bajo la mirada de Dios; el alma que no ha aprendido esto se encuentra desamparada cuando el hombre le da miedo. «Dijeron los hijos de Israel a Samuel: No ceses de clamar por nosotros a Jehová nuestro Dios, para que nos guarde de la mano de los filisteos». Sabían dónde estaba la fuerza de Samuel. «Samuel tomó un cordero de leche y lo sacrificó entero en holocausto a Jehová; y clamó Samuel a Jehová por Israel, y Jehová le oyó. Y aconteció que mientras Samuel sacrificaba el holocausto, los filisteos llegaron para pelear con los hijos de Israel. Mas Jehová tronó aquel día con gran estruendo sobre los filisteos, y los atemorizó, y fueron vencidos delante de Israel» (7:8-10). El Señor concede siempre al alma que le ora en su dependencia una liberación infinitamente mayor que todo lo que ella hubiera podido concebir. No son los caminos ordinarios y humanos. Jehová actúa aquí de una manera absolutamente inesperada, en la que nadie habría pensado, porque supera el entendimiento humano. El trueno de Dios es la respuesta a la oración, y los filisteos son derrotados. Los hombres de Israel los persiguen, «hiriéndolos hasta abajo de Bet-car» (7:11). Si tenemos algo de valor, podremos perseguir fácilmente a nuestros enemigos en desbandada; pero en nuestra debilidad tenemos poca fuerza para actuar hasta que la intervención del Señor nos da la seguridad de que somos capaces de hacerlo. Cuando comprendemos que Dios está a nuestro lado, nos fortalecemos a nosotros mismos en el sentido de: «¿quién puede estar contra nosotros?» (Rom. 8:31).
Ahora Samuel debe conmemorar la misericordia manifestada por Jehová: toda liberación que hemos experimentado al esperar en Dios es siempre un Eben-Ezer, una piedra de socorro. Esto dirige nuestros pensamientos hacia nuestro Señor y Salvador, él, la piedra angular. Él es siempre para nosotros el representante del tierno amor de nuestro Dios, y cuando se nos muestra misericordia, el corazón se anima al recordarlo. Entonces comprendemos todo el sentido de: «Todo lo puedo en Aquel que me fortalece» (Fil. 4:13), y sus virtudes se nos revelan bajo una nueva luz; tenemos la gozosa conciencia de que él es nuestra piedra de socorro. ¡Qué feliz servicio para Samuel después de las angustias que había atravesado a causa de las desolaciones que le rodeaban! La gracia era permanente, como lo es todo Eben-Ezer. «Así fueron sometidos los filisteos, y no volvieron más a entrar en el territorio de Israel; y la mano de Jehová estuvo contra los filisteos todos los días de Samuel» (7:13), ¡del hombre de oración!
Samuel había consolidado su autoridad para juzgar a Israel. En su dependencia de Dios, había solicitado los recursos de Dios y los había recibido, y ahora ocupa su lugar como juez de un pueblo liberado. Cada año recorría el país, pasando por Betel, Gilgal y Mizpa. Este último lugar no podía olvidarse, pues fue allí donde se había manifestado que él ostentaba un cargo. Samuel habitaba en Ramá, y vemos que cultivaba en su casa lo mismo que mostraba en público, pues «edificó allí un altar a Jehová» (7:17).
Hemos mostrado cómo Samuel aprendió, mediante la oración y la dependencia de Dios, a liberar a su pueblo de su humillación y su impotencia, y cómo, en consecuencia, pudo ocupar en medio de él la posición de juez. Aquí termina un período de su vida de dependencia, –pero se abre otro– y ahí radica la particularidad y también la bendición de la vida de dependencia; tan pronto como hemos alcanzado una meta, tal vez al final de un ejercicio largo y laborioso, encontramos ante nosotros otra que está relacionada con la misma posición a la que hemos llegado por la gracia de Dios. Samuel, por su dependencia de Dios, obtuvo notables liberaciones de enemigos externos. Los filisteos son humillados, él mismo juzga a Israel. Pero ¡ay!, le ocurre lo mismo que a todos nosotros; tan pronto como la naturaleza entra en acción, Samuel manifiesta lo que era su corazón natural. Era visiblemente obra de la naturaleza en Samuel el querer perpetuar su poder en sus hijos, a quienes estableció como jueces sobre Israel cuando se hizo viejo.
Durante su larga vida había podido disfrutar de los frutos que había producido la dependencia hacia Dios, gracias a grandes y profundos ejercicios; pero en su vejez, parece que se rebaja a hacer arreglos humanos, al nombrar a sus hijos jueces. Ya no es la dependencia hacia Dios, sino un camino carnal, que no conduce al éxito: «Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho» (8:3). Entonces los ancianos de Israel se reunieron y fueron a ver a Samuel a Ramá; y le dijeron: «He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones» (8:5). Momento de prueba para Samuel, pero también importante lección para él, y para nosotros a través de él. Cuando el alma que ha conocido la bendición de la dependencia hacia Dios se ha visto arrastrada por pensamientos y acciones personales, no se le puede conceder mayor gracia que encontrarse en dificultades tales que nada más pueda ofrecerle socorro, salvo el retorno a la dependencia de Dios.
En la petición de los ancianos había 2 verdades que debieron afectar a Samuel de manera particular. En primer lugar, el fracaso de su política en sus propios hijos; algo que todo hombre, y el mejor de los hombres, sentirá con mayor intensidad. En segundo lugar, la propia voluntad y la impiedad de la nación al pedir un rey. Pobre Samuel, su familia solo le había traído tristezas, y su pueblo le había recompensado muy mal por sus trabajos y su servicio. Ya no se trata aquí de los filisteos, sino de la corrupción interior del pueblo. ¿Qué podía hacer Samuel, ya anciano? «Samuel oró a Jehová» (8:6). La dificultad sin salida lleva su alma de vuelta al camino, antaño bien conocido, de la dependencia; y, como siempre, a quien es verdaderamente dependiente y busca la gloria de Dios, Dios responde de la manera más consoladora con una plenitud de gracia, y se compadece de todos los sentimientos de su siervo: «No te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos» (8:7). Samuel era el eslabón entre los jueces y el reino, o el tipo del fiel en el intervalo entre el fracaso de Israel como pueblo gobernado por Dios y el establecimiento del reino. Sansón había puesto fin, de hecho, al primer período, caracterizado sobre todo por el poder ejercido por un agente humano, del que él había sido el ejemplo más ilustre. Samuel nos presenta, como hemos visto, otro orden de poder, más eficaz que cualquiera de los que le precedieron, el de un hombre de oración, dependiente de Dios.
Cuán bendita es la dependencia de Dios, y cuán grandes son las liberaciones que de ella se derivan, es lo que Samuel nos muestra; pero también nos pone en relación con el reino, y él mismo debe sufrir y ser sustituido por el rey elegido por Dios, David. Pero antes de eso, debe dar paso a Saúl. Este testigo de la dependencia de Dios, el hombre de oración debe estar preparado para afrontar con toda paciencia todo el antagonismo que se levanta contra su fe. Saúl era la expresión de los pensamientos de Israel acerca del rey, y por eso Dios aprueba su nombramiento. Tal como Ismael lo fue para Isaac, así fue Saúl para David: el hombre natural y el hombre espiritual. El rey, según el corazón del hombre, es puesto a prueba antes de que Jehová establezca a su propio rey. Así, Samuel, en su vejez, el hombre de oración y dependiente es llamado a nombrar y ungir a Saúl. Dios da su aprobación al hombre que resultaba ser verdaderamente la personificación del pensamiento real de Israel. Y más aún: «El Espíritu de Dios vino sobre él con poder, y profetizó entre ellos» (10:10).
La Ley demostraba al alma que buscaba a Dios por medio de ella que era culpable, y sin embargo la Ley era buena; del mismo modo, Saúl fue la prueba de la incapacidad de Israel para ser salvado por medio de un rey de su propia elección, incluso cuando esa elección estaba sancionada por Dios. Samuel ahora está instruido en la dependencia de Dios, de una manera muy diferente a la del comienzo de su historia. Anciano y llegado al final de su vida, y de su testimonio de la bendición que se deriva de la dependencia de Dios, debe soportar con paciencia y cooperar mientras pueda. Mientras esta experiencia continúe, debe reprimir todos los sentimientos de amargura o ira que le asaltan continuamente; debe confiar en Dios y esperar el desenlace hasta que Dios le envíe a David. Sus acciones y sus pensamientos, en esta obra triste y dolorosa, son muy alentadores para nosotros. Es más fácil levantarse y confiar en Dios para ser liberado de enemigos como los filisteos que, reconociendo la situación que nos rodea, cooperar con él sintiendo que proviene de un mal principio.
Samuel, en obediencia a Jehová, se somete a la prueba de la dispensación de un rey elegido por el hombre; lo recibe como reconocido por Dios, hasta que se manifiesta su rechazo; pero al mismo tiempo observa una doble línea de conducta: fidelidad hacia el pueblo, el elemento humano, en cuanto a su apostasía y la retribución que se sigue, y fidelidad hacia Dios al dejar de reconocer al rey del pueblo desde el momento en que se hace evidente el abandono de los principios ordenados por Dios. Debemos recordar que Samuel condujo a Israel, mediante la dependencia de Dios, a la seguridad y a la liberación de sus enemigos, y que cometió un error al suponer que sus hijos podrían mantener su propia posición. Luego el pueblo, por boca de sus ancianos, renuncia a su posición de dependencia hacia Dios, quien, en la persona de Samuel, les había asegurado tales bendiciones.
Quieren volver a confiar en su propio valor, ya no a través de instrumentos suscitados por Dios, sino con un rey como el que tenían las naciones. La diferencia entre los jueces y los reyes residía en que los primeros eran designados directamente por Dios, los segundos por elección del pueblo. Samuel se encuentra ahora, en cierto modo, en la misma posición que Moisés. Cuando el pueblo propuso por aclamación guardar todas las palabras de la Ley, él tuvo que quedarse allí y ponerlas a prueba; y cuando fallaron, como era de esperar, tuvo que actuar y aplicar el remedio de Dios. Samuel expone completa y claramente al pueblo su apostasía y sus consecuencias; pero al mismo tiempo sigue ayudando a Saúl mientras sea moralmente posible. ¿Qué experiencia tuvo que vivir? ¿Podemos seguirlo en ese momento en que el valor de la dependencia de Dios se vuelve más importante y necesario que nunca? ¿Qué frutos produce esto en su alma? Sus hijos son una vergüenza, la nación renuncia a depender de Dios al buscar un rey para sustituirlo a él, Samuel, ¡y se ve obligado a soportar todo eso!
Samuel es invitado por Jehová a dar testimonio claro al pueblo y a anunciarle el régimen del rey que reinaría sobre él. Eso es lo que hace explícitamente. El hombre de fe debe denunciar todo lo que es contrario a la fe; pero al hacerlo, puede soportar con paciencia el tiempo durante el cual se pone a prueba la independencia del hombre; es más, puede sancionar y reconocer el estado de las cosas, al recibir la autoridad divina para hacerlo. La conducta de Samuel hacia Saúl es muy hermosa. No solo lo recibe con honores, sino que además le anuncia que hacia él se dirige todo el deseo de Israel. Le da un lugar «a la cabecera de los convidados» (9:22) y, para distinguirlo aún más, le hace servir la paletilla, diciendo: «He aquí lo que estaba reservado» (9:24).
Finalmente, tomó «Tomando entonces Samuel una redoma de aceite, la derramó sobre su cabeza, y lo besó, y le dijo: ¿No te ha ungido Jehová por príncipe sobre su pueblo Israel?» (10:1) ¡Qué disciplina para Samuel tener que actuar de esa manera! Es un ejemplo de la acción llena de gracia y de la tranquila sumisión de alguien que depende de Dios y que ha practicado la dependencia. No se adelanta a los acontecimientos, sino que se somete pacientemente a una situación que terminará en la caída. A continuación, encontramos a Samuel convocando al pueblo ante Jehová en Mizpa (1 Sam. 10:17). Fue allí, en Mizpa, donde se habían vuelto hacia Jehová y habían aprendido por medio de Samuel qué bendición había en confiar en Jehová (1 Sam. 7:5-6). Fue allí donde Samuel les presentó a Saúl, diciéndoles: «¿Habéis visto al que ha elegido Jehová, que no hay semejante a él en todo el pueblo?» (10:24). Samuel puede, con dignidad, con gracia e incluso con cierto gozo, porque era la voluntad de Jehová, presenciar su propio apartamiento y el abandono del principio de verdad del que era testigo.
Solo el siervo humilde y dependiente puede comprender la voluntad del Señor a medida que se desarrollan nuevas y diversas circunstancias. Luego vemos más adelante a Samuel decir al pueblo: «Venid, vamos a Gilgal para que renovemos allí el reino» (11:14). Samuel no actúa murmurando. Cuando Saúl, con su valentía, ha demostrado que era digno del reino, Samuel aparece y propone al pueblo la renovación de la realeza, la coronación de Saúl en el lugar sagrado donde las grandes energías de la verdad y el poder habían marcado el momento más brillante de su historia. A partir de entonces, Samuel se retiró a su casa, encomendándose a Dios. Pero, aunque está lleno de amor, no deja de ser justo; si se tiene amor sin justicia, se tiene poco peso moral: por eso, al final, Samuel proclama al pueblo que su maldad es grande por haber pedido un rey. Al mismo tiempo clama a Jehová, quien envía truenos y lluvia.
Samuel no duda en declarar al pueblo su gran maldad, al tiempo que le muestra apoyo y le asegura que no dejará de orar por él. Nadie, salvo quien depende de Dios, habría podido reunir estas 2 cosas de manera tan perfecta, y es maravilloso ver cómo quien camina en una verdadera dependencia llega a ser a la vez lleno de amor y justo. El amor todo lo soporta: cubre una multitud de pecados; pero tan pronto como se arroja alguna deshonra sobre Dios, o se comete alguna infracción de sus leyes, la justicia reclama sus derechos inflexibles, y el culpable, sea quien sea, recibe lo que se merece. Así sucedió con Saúl. Aunque Samuel lo honró y lo soportó mientras su caminar como hombre entre los hombres lo permitió, en el momento en que infringió las ordenanzas de Dios (al ofrecer el holocausto), Samuel no lo perdonó; cuando Saúl salió a su encuentro para saludarlo, Samuel le dijo: «¿Locamente has hecho?», y luego añadió: «No guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Mas ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó» (13:13-14).
Samuel pronuncia la sentencia de Jehová sobre esta falta que ya comienza a producir sus resultados; y haríamos bien en observar cómo Jehová lleva a Samuel a darse cuenta del valor de la dependencia. Cuando caminamos en el amor, siendo fieles a Dios, podemos estar seguros de que el Señor, cuando nos haya probado, sacará a la luz el mal oculto que habíamos soportado con caridad antes de que se revelara por completo. Quien, como Samuel, haya aprendido a caminar con paciencia y caridad hacia un Saúl, al tiempo que protesta contra el principio que había movido al pueblo, encontrará la ocasión de denunciar un estado de independencia, cuando, en alguna de sus manifestaciones, quien se encuentre en ese estado sea abiertamente convencido de ser profano e impío.
Samuel vio cómo Saúl se condenaba a sí mismo al entrometerse en el ministerio del sacerdote; una expresión plena de la independencia humana. Aunque sabía que el reino no podía establecerse en Saúl, Samuel lo pone una vez más a prueba enviándolo contra los amalecitas. Es una nueva caída para Saúl; Samuel se siente profundamente afligido y clama a Jehová toda la noche, como Jeremías. Así que, cuando llega el momento de actuar, ¡lo hace fielmente! «Cortó en pedazos a Agag» (15:33) y reprende a Saúl como se lo merecía, al tiempo que expone principios divinos que superan con creces la luz y la revelación concedidas en la época en que desempeñaba su ministerio. Nos edifica y nos instruye observar el espíritu de Samuel en toda esta escena. Él había esperado que Saúl prestara una ayuda inestimable al pueblo de Dios; pero, convencido de que ya no hay esperanza, se retira a su casa en Ramá.
Y «nunca después vio Samuel a Saúl en toda su vida», aunque no por eso le fuera indiferente, pues se dice: «Samuel lloraba a Saúl» (15:35). Había contado, más de lo que se puede suponer, con que la ayuda llegaría a Israel por medio de Saúl; y tuvo que aprender que el representante del pueblo no puede sino fallar. Es la gracia la que le lleva a comprenderlo, como aprenderá toda alma verdaderamente fiel a Dios. Está plenamente justificado abandonar definitiva y para siempre al rey según el corazón del hombre. Gran y hermosa lección para el siervo de Dios. Sin duda, llora por Saúl, como el Señor por Jerusalén. Le entristece la ruina de todas las esperanzas y de todos los cálculos humanos. Pero Dios, que había guiado a su siervo en su doloroso retiro, abrumado por el fracaso del trono, completará su gracia hacia él, presentándole a Su rey y encargándole que lo unja. ¡Cuánto debió de apaciguar y alegrar el corazón de Samuel encontrarse por fin en presencia del rey elegido por Dios, del hombre según el corazón de Dios! No solo eso, sino que cuando David es perseguido por Saúl, Samuel es su compañero de exilio: «Y él (David) y Samuel, se fueron y moraron en Naiot» (19:18).
¡Qué final bendito para la historia de Samuel! Después de haber vivido con David durante el tiempo de su rechazo, Samuel, el hombre de oración y de dependencia, desaparece de la escena (25:1). Su ministerio, sus ejercicios, su disciplina llegaron a su fin antes de que el rey, el ungido de Jehová, reconocido por él, tomara el cetro. Ojalá, como él, recibamos la bendición que resulta de la dependencia y comprendamos la disciplina que, al tiempo que nos escudriña y nos sondea, nos conduce a Naiot para habitar allí con nuestro Señor y Rey; y finalmente para consumarnos en el, quien ocupará el lugar donde nuestros corazones lo colocan desde ahora: ¡el trono!
10 - David
Para comprender bien la disciplina a la que fue sometido David, debemos recordar los rasgos de Aquel de quien él es tipo, y a quien pudo expresar y prefigurar gracias a la instrucción divina y a la mortificación de su propia naturaleza. Él fue constantemente un tipo del Señor Jesucristo, pero un hombre con las mismas pasiones que nosotros. Cuanto más elevada era su vocación, más necesitaba ser puesto a prueba, para estar en un estado de ánimo acorde y adecuado a la alta posición que debía ocupar: veremos, pues, que el gran objetivo de toda la disciplina a la que tuvo que someterse fue hacerlo apto para ocupar el lugar que Dios, en su gracia, le había asignado.
¿No es así para todos nosotros? ¿No es necesario que seamos disciplinados y preparados para el lugar que la gracia nos asigna? Cuanto más elevados somos por esta gracia, más necesitamos estar sometidos y purificados: nuestras propias historias, si se relataran fielmente, mostrarían en detalle cómo ocurre esto. Por eso, para que podamos conocer la disciplina de Dios hacia nosotros, él nos da la historia de sus caminos hacia aquellos que nos precedieron; la de David es un ejemplo llamativo de los cuidados y las maravillosas advertencias con las que Dios nos educa, poniéndonos a prueba, para eliminar de nosotros lo que es contrario a su gracia y a sus designios.
Oímos hablar de David por primera vez cuando Dios envía a Samuel para ungirlo rey en lugar de Saúl (1 Sam. 16). En esta primera etapa de su vida, reconocemos los rasgos del carácter y la posición de aquel que va a ser el centro de nuestra atención. Lo encontramos, a él, el hijo más joven de Isaí, ausente de casa, pastoreando las ovejas de su padre en el desierto; se le describe con rasgos externos que revelan qué tipo de hombre es: de tez rosada, con ojos hermosos y de bello rostro. Y cuando Samuel lo ungió, «y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David» (1 Sam. 16:13).
David ungido representa como tipo a nuestro Señor después del bautismo de Juan, cuando el Espíritu Santo descendió del cielo y reposó sobre él. Y así como el Señor entró en su ministerio público tras la unción del Espíritu Santo, así también David, el tipo, entra en el suyo. En cuanto al Señor, la perfección que había en él ponía de manifiesto el mal que le rodeaba; se puede decir que la perfección de su testimonio eclipsa todo lo que antes habían sido sus sombras y figuras. Aquí, tan pronto como el Espíritu de Dios viene sobre David, «el Espíritu de Jehová se apartó de Saúl, y le atormentaba un espíritu malo de parte de Jehová» (1 Sam. 16:14). David no sabía, cuando el Espíritu descendió sobre él, que lo primero que haría, como hombre de Dios, sería apaciguar la violencia espiritual del jefe del reino. Se había aconsejado a Saúl que buscara un hábil arpista para alejar de él al espíritu maligno; y el que le recomendaron fue precisamente David, a quien se nos describe como un hombre «que sabe tocar, y es valiente y vigoroso y hombre de guerra, prudente en sus palabras, y hermoso, y Jehová está con él» (1 Sam. 16:18).
«Y cuando el espíritu malo de parte de Dios venía sobre Saúl, David tomaba el arpa y tocaba con su mano; y Saúl tenía alivio y estaba mejor, y el espíritu malo se apartaba de él» (1 Sam. 16:23). ¡Uno se sentiría tentado a considerar este servicio muy humilde para el rey elegido por Dios! ¡Pero qué preeminencia moral! Tocar el arpa es muy poca cosa; pero los pequeños servicios prestados en el poder del Espíritu de Dios producen los resultados más notables. El Señor, mientras estuvo en la tierra, desempeñó este papel frente al mal, la violencia y todo el poder que lo rodeaba; pero para David también fue una disciplina. No se nos dice si comprendía todo el alcance de la unción; pero el hecho de que, además, el Espíritu de Dios hubiera descendido sobre él, debió hacerle sentir que tenía capacidades para un servicio más elevado. Aquí tenemos la prueba de la sinceridad, del verdadero poder y de la sumisión a Dios. Era la voluntad de Dios que ocupara ese puesto; el rey necesitaba sus servicios, y él los prestaba con consumada habilidad, sin murmurar. La fidelidad en lo muy pequeño demuestra la capacidad para lo muy grande; a David se le enseñó, desde su entrada en el servicio público, a emplear las grandes facultades que Dios le había dado para producir el bien necesario en ese momento.
Aunque David era querido por Saúl y se convirtió en su escudero, parece que solo estaba con él ocasionalmente, y que no había abandonado el cuidado del rebaño de su padre en el desierto; pues cuando Saúl va a la guerra contra los filisteos en el valle de Ela (cap. 17), David no se encuentra con él, y se nos dice expresamente que «David había ido y vuelto, dejando a Saúl» (1 Sam. 17:15) para apacentar el ganado menor de su padre en Belén; y es desde allí que, por orden de su padre, vino al campo de batalla, probablemente unos 40 días después del comienzo de la guerra. Señalo este punto porque nos muestra las alternativas tan útiles y necesarias para la disciplina divina. David había habitado en el palacio, había sido el escudero del rey, era querido por él y, lo que es más, le había prestado servicios destacados; pero pasa de ese papel a la humilde posición de pastor de las ovejas de su padre en el desierto, y sirve, en la oscuridad, con tanto celo y placer como en la esfera más elevada, demostrando así, por la facilidad con la que pasa de una posición a otra, el verdadero ardor de su alma y la sencillez de sus designios, como un siervo fiel que cumple todas las órdenes que se le dan, sean cuales sean.
Sin embargo, le espera un servicio más elevado y glorioso; pero se le presenta de la manera más humilde; pues David abandona el desierto y el cuidado del rebaño por orden de su padre para cumplir una misión muy sencilla: llevar provisiones a sus hermanos y preguntar por su salud. Pero al cumplir esta orden con diligencia, se le presenta la oportunidad de dar testimonio de la gloria de Dios. El hombre de Dios siempre está dispuesto a aprovechar una ocasión así. David, habiendo cumplido el objetivo de su misión, oye al filisteo desafiar a los ejércitos del Dios vivo, y su espíritu se agita en su interior, como más tarde lo hizo el de Pablo. Decide inmediatamente ir a su encuentro. ¡Cuán pronto y dueño de sí mismo es el poder de Dios! Aunque enviado para una misión tan sencilla, está dispuesto en ese mismo instante a cumplir otra de la mayor importancia, con celo y valentía, y al mismo tiempo con gran sencillez. Rechazando la armadura de Saúl, pues nunca la había probado, toma lo que le era familiar, 5 piedras lisas del arroyo para la honda que tenía en la mano; demostrando así que no le es necesario estar en una situación distinta de aquella en la que Dios lo ha puesto, ni estar provisto de medios más poderosos que los que están a su alcance en su vocación.
Así, con el sencillo equipo de un pastor, con un bastón, su alforja, su honda y 5 piedras, piedras lisas, no tiene miedo y puede enfrentarse al terrible enemigo; el poder divino estaba con él. David se enfrentó a Goliat como se habría enfrentado a un niño, y aceptó su desafío con toda la dignidad de que está revestido un alma que sabe que el poder divino en el que se apoya va a ser un arma en sus manos. Y su dependencia de ese Dios, cuya liberación había experimentado en su lucha en el desierto contra el león y el oso, lo hace intrépido y sereno ante un terrible adversario, ante el cual huían todos los ejércitos de Israel. ¡Una sola piedra basta, y el gigante cae! David, a la altura de las circunstancias, aunque rechazó la armadura de Saúl para vencer, ahora toma posesión legítima de aquel a quien ha vencido; toma la espada de Goliat y, erguido sobre él, le corta la cabeza; en todo esto vemos la sabiduría del poder divino. David es el instrumento de una liberación tan grande; sin embargo, no se le concede ningún honor público, ni siquiera a Aquel que era más grande que David.
¿No fue una verdadera lección para él darse cuenta, después de todo lo que había sucedido, de que era un desconocido para Saúl, y que, aunque este último lo había acogido en su casa, no era objeto de ningún favor por su parte? Saúl, es cierto, lo puso al frente de los guerreros, y las mujeres celebraron sus hazañas en cánticos; pero nadie apreciaba debidamente el servicio prestado y la liberación obrada por David, nadie salvo uno solo, a quien Dios había preparado para ser el consuelo del corazón de David, en medio de toda la ingratitud y toda la violencia que se iban a desplegar contra él. El amor y la devoción de Jonatán son su única compensación. Al igual que el Señor mismo, debe experimentar que sus mayores servicios son desconocidos por todos, a excepción del pequeño remanente apegado a su persona, el cual sentía, como la pobre mujer de Lucas 7, que él lo era todo para ella, mientras que el fariseo y los grandes de este mundo no sentían nada por él. El Señor, tan despreciado y desconocido por los hombres, apreciaba el amor de sus discípulos y se regocijaba en él, y David encontró su consuelo en el notable y conmovedor apego de Jonatán, que siempre le permaneció fiel; pero tuvo que aprender que era el único en quien podía confiar, por grandes que fueran sus servicios. Es la devoción del corazón, no el favor popular o real, –lección bendita para el siervo, sendero bendito y santo para el alma que por él es guiada.
Pero la ingratitud pronto da paso al odio. Saúl, a partir de entonces, está celoso de David: «Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David». «Aconteció al otro día, que un espíritu malo de parte de Dios tomó a Saúl, y él desvariaba en medio de la casa» (1 Sam.18:9-10). Busca la vida de David, con la lanza en la mano. Saúl, pensamos, es un tipo del mundo, revestido de un título religioso: cuanto más fieles somos, más provocamos su enemistad. ¡Pero cuán útil es esta enemistad para el hombre de Dios! Puede, eventualmente, si él persevera en su fidelidad, separarlo de toda asociación con el mundo; pues, aunque pueda servirle, nunca puede ganar en él. No digo que David no tuviera derecho a ir a la casa de Saúl –tipo del Señor, estaba allí como el liberador–, pero al final se ve obligado a abandonarla: todo siervo fiel experimentará, tarde o temprano, que debe o bien caer o bien abandonar toda asociación con el mundo.
Saúl emplea diversos medios para hacer daño a David. Un odio tan vivo e inmerecido bien puede sorprendernos; pero nos revela toda la malicia del príncipe de este mundo, a quien ninguna bondad ni ningún servicio pueden desarmar. David, por el contrario, es la imagen de aquel que ama servir en medio de su pueblo –un noble deseo, que se ha cumplido plenamente en el verdadero David, siervo perfecto, y viviendo en medio de los hombres.
Saúl intenta ahora tender una trampa a David ofreciéndole a su hija mayor, Merab, con la condición de que luche en las batallas de Jehová; aún no se ha endurecido lo suficiente en la iniquidad como para atreverse a ponerle la mano encima públicamente, y decía: «No será mi mano contra él, sino que será contra él la mano de los filisteos» (1 Sam. 18:17). Pero Merab es entregada a otro. “La gota de agua constante desgasta la piedra”, ¡y ese es el carácter de la educación que David necesitaba! Los nobles y los fuertes difícilmente pueden admitir la mezquindad de la envidia; pero David aprendía así el engaño de este siglo perverso. Saúl, en contra de toda probidad y honor, entrega Merab a Adriel; pero, siguiendo siempre con sus malos designios respecto a David, le ofrece a Mical como una nueva trampa, con la condición de que traiga como dote 100 prepucios de filisteos. David acepta y, sin limitarse a los términos del acuerdo, supera las condiciones, siguiendo la nobleza de su naturaleza (pues no quiere ser deudor de nadie) y mata a 200 hombres. Pero cuanto más nos elevamos por encima del espíritu del mundo, más nos odiará, y «fue Saúl enemigo de David todos los días» (1 Sam. 18:29). Este fiel siervo debe aprender que toda su bondad y su devoción en la corte no han servido de nada; el honor que recibe fuera no hace más que aumentar el odio mortal y enraizado de Saúl. Debe experimentar de antemano los sentimientos de Aquel que decía: «Si no hubiera hecho entre ellos obras que ningún otro hizo, no tendrían pecado», y «me odiaron sin motivo» (Juan 15:24-25).
Ya no hay velo alguno para este odio; «Habló Saúl a Jonatán su hijo, y a todos sus siervos, para que matasen a David», pero este último es advertido por Jonatán, que «amaba a David en gran manera» (1 Sam. 19:1). ¡Cuán conmovedoras y misericordiosas son las vías de Dios para con los suyos! Si Él considera necesario enseñar a su siervo, a través de amargas experiencias, el mal que hay en asociarse con el mundo y la necesidad de separarse de él, al mismo tiempo prepara un corazón devoto en el que podrá confiar plenamente. David deseaba un lugar donde refugiarse, a salvo de las maquinaciones del enemigo –un recurso que Jesús apenas conoció en la tierra, aunque nadie pudiera apreciarlo mejor que él. Jonatán avisa a David, intercede ante su padre, quien escucha su voz, y David «estuvo delante de él como antes» (19:8). Estos cambios son necesarios para la disciplina. Cuando llegamos al punto de tener que “permanecer en un lugar secreto”, comprendemos que nuestros recursos están en Dios. Luego, cuando el tiempo vuelve a ser favorable, el alma puede comparar, en cuanto a la calidad de su descanso, el momento en que aparentemente carece de recursos, con aquel en que los recursos naturales son abundantes; y si somos fieles, valoraremos cada vez menos los recursos naturales en comparación con los recursos divinos; pues nunca encontramos en los primeros el descanso que tenemos en los segundos.
David, recuperada su gracia, sirve con diligencia; pero muy pronto es atacado de nuevo y solo escapa gracias a una estratagema de esa misma Mical que Saúl le había dado para que le sirviera de trampa. Entonces, convencido de que no puede permanecer más tiempo en la casa real, huye para salvar su vida, renunciando a su posición y a todo lo que le es querido como hombre. ¿A dónde huye, pues? ¿A dónde le lleva naturalmente la ruptura con Saúl? ¡A junto a Samuel en Ramá! Samuel, sometido a otra disciplina, también se había separado de Saúl por piedad. Así, el verdadero rey, tras haber hecho todos sus esfuerzos por servir al poder existente, viéndose obligado a retirarse también, no puede, porque camina por el camino de Dios, sino encontrar a quien ya está comprometido en él. David y Samuel, el siervo y el profeta, son de la misma familia; uno entra en la escuela de Dios en el momento en que el otro sale de ella; en efecto, David no era más que un joven, mientras que Samuel era un alumno de esa escuela, de edad avanzada y perfectamente instruido. Pero al tener el mismo espíritu y objetivo, conviven. Y ese es el verdadero camino de Dios: asociarse con personas piadosas. Si ustedes han seguido el camino divino y yo entro en él, nos encontraremos inevitablemente y caminaremos juntos, pues, aunque los caminos del hombre son muchos, Dios solo tiene uno.
Pero ¿qué aprendió David de todas sus pruebas? Obligado a huir para salvar su vida, busca refugio y consuelo junto al profeta. La experiencia le había mostrado los resultados de los esfuerzos que uno hace por mantener su lugar en el mundo; ahora, convencido de la inutilidad de sus esfuerzos, y más aún de la maldad que se le oponía, emprende un nuevo camino, en el que aprenderá lo que es caminar solo bajo la mano de Dios, separado de todo aquello a lo que había querido servir, habiendo comprobado lo peligroso que es ganarse la aceptación del mundo; ahora debe ser disciplinado en las tristezas del rechazo. Debemos recordar que David había sido elegido por Dios mismo para el trono de Israel; desde el comienzo de su carrera había sido ungido para ese alto cargo; pero, para poder ocuparlo según Dios, era necesario que fuese formado para adquirir las cualidades que convienen a un rey según Dios. Esos son los caminos de Dios: llamar primero y luego calificar. El hombre hace justo lo contrario: es necesario que alguien esté cualificado antes de recibir su nombramiento. Podemos estar seguros de que Dios nos capacitará para el servicio al que nos destina, después de habernos llamado a él.
Este es el principio divino, que se ha expresado acertadamente: primero ceñirse la corona de laurel, luego comenzar la batalla. El primer acto de Dios hacia David es, pues, elegirlo como rey; de ese momento datan todas sus experiencias, todas sus hazañas, todas sus dificultades. Se podría pensar que fue después de su llamado cuando mató al león y al oso; pero ¡qué largo período de pruebas tuvo que atravesar antes de ser capaz de ocupar la alta posición que le estaba destinada! En la época que estamos considerando ahora, ya había pasado por 2 pruebas: la primera en su casa, pastoreando el rebaño de su padre en el desierto, período durante el cual se había revelado toda su valentía y en el que solo había cosechado éxitos; el segundo, en su elevada posición en el mundo y en el ámbito religioso –amado por algunos, querido por el pueblo, pero objeto de la envidia del rey, alternando entre su favor y su enemistad, y finalmente obligado a abandonar esa posición y huir para salvar su vida.
La primera etapa de nuestra propia historia contiene y revela las cualidades principales que distinguirán las etapas sucesivas de nuestra vida; por consiguiente, nada es más importante para el cristiano que la influencia que recibe al recorrer esta primera etapa. David manifiesta en esta primera parte de su vida todos los elementos de belleza moral que se desarrollaron tan ricamente en lo sucesivo. Entra ahora en la tercera etapa de su vida, que se extiende hasta la muerte de Saúl, y que podemos llamar el período del rechazo y de los sufrimientos extraordinarios, pero rico en experiencias profundas, variadas y bendecidas por la bondad de Dios y, al mismo tiempo, por la debilidad de su propia naturaleza.
Hemos visto a David huir a Ramá y permanecer allí con el profeta, quien se había retirado, afligido pero fiel, de la escena de la que ahora se veía expulsado el propio David. Rama debió de ser, en efecto, un escenario de duelo, como lo fue más tarde: «Voz fue oída en Rama, llanto y gemidos grandes» (Mat. 2:18). David y Samuel se afligieron sin duda juntos, profunda y amargamente, por el gobierno de Saúl, que persigue a David sin tregua, como Herodes lo hizo con el Señor. Pero cuando Saúl intenta penetrar en su refugio, el Espíritu de Dios lo detiene, y David, que en apariencia carece de protección, aprende desde el comienzo de este nuevo y penoso camino cómo Dios puede protegerlo de manera notable. Pero aún no está dispuesto a abandonar sin luchar la posición que ha ocupado hasta ese momento, y abandona Naiot para buscar a Jonatán y asegurarse con él de que ya no hay remedio (cap. 20). Se encuentran y acuerdan una señal que, al confirmar que Saúl es implacable, decide el destino de David; este último abandona su refugio y, en comunión con Jonatán, da rienda suelta al angustioso dolor que llena su corazón. «Se levantó David del lado del sur, y se inclinó tres veces postrándose hasta la tierra; y besándose el uno al otro, lloraron el uno con el otro; y David lloró más» (1 Sam. 20:41). ¡Qué escena! ¡Qué desolación! El último vínculo que unía a David con la gloriosa escena en la que había vivido se rompe. En un instante se ve despojado de todo lo que estimaba y amaba: el honor, la posición, el servicio e incluso la relación con un corazón que le había permanecido fiel. A partir de ahora debe abandonar su carrera pública, su relación con el rey, su servicio al pueblo contra sus enemigos, el amor y la simpatía de Jonatán.
Debe retirarse a la oscuridad y convertirse, al parecer, en alguien inútil; y todos sabemos lo que le cuesta a la naturaleza humana abandonar lo que ha poseído o esperado, y cuán difícil le resulta volver con el corazón contento a su condición inicial. ¿Y por qué todo esto? A causa del odio mortal e injusto del rey de Israel. Si David no discernió que la verdadera causa era que Dios mismo lo estaba haciendo todo con vistas a su formación y para que estuviera preparado para su futura grandeza, debió de sentirse abrumado; las luchas contra el león y el oso, contra Goliat y los filisteos no eran nada en comparación con la de su alma. ¡Cuán profunda debió de ser su desolación en ese momento! Cuando Jesús llora por Jerusalén, seguramente fue una tristeza análoga, aunque infinitamente más profunda y santa, para su corazón compasivo. David y Jonatán se separan con un juramento y un afecto que no cambiará; pero los rumbos de sus vidas se alejan el uno del otro. David, el rey rechazado, debe sufrir durante algún tiempo y encontrar otros compañeros en sus sufrimientos y su rechazo; mientras que Jonatán «entró en la ciudad» (1 Sam. 20:41), a la casa de su padre, de la que no puede separarse. Toda la escena tiene también su aspecto típico: el verdadero David en su rechazo, y el remanente judío, que no puede ni sufrir ni reinar con él.
David confía ahora únicamente en Dios, y su primer acto tras la brutal separación de la que acabamos de hablar es acudir al Sumo Sacerdote, pues el alma que se encuentra en una situación de dependencia y necesita ayuda siempre se vuelve, quizá sin darse cuenta del motivo que la impulsa, hacia el testimonio de Dios en la tierra. Cada vez que tomamos el lugar de un exiliado en el mundo por amor al Señor, buscamos instintivamente, aunque sea con ignorancia, a la Iglesia como testigo establecido de Dios en la tierra. David, en principio, actúa así, aunque se le pueda culpar con razón por su mentira a Abimelec; pero es raro que el hombre nuevo actúe sin que el hombre viejo, en su esfuerzo por hacer algo, traicione su debilidad y su degradación moral. Recibe de Abimelec el pan y la espada (la de Goliat, recuerdo de su primera victoria pública) y es entonces el tipo de la posición del Señor en Israel, cuando los discípulos sacian su hambre recogiendo espigas en el campo de trigo por el que pasaban. Pero fíjense en cómo el tipo humano falla, cuando la tensión se vuelve demasiado fuerte, y esto resalta más claramente la perfección del antitipo divino, aunque humano al mismo tiempo. Y ahora David vuelve a fallar. ¡Tan grande es su temor a Saúl, a pesar de tener en sus manos el trofeo de su victoria sobre el gigante, que deserta del país, abandona el lugar de los privilegios y huye a casa de Aquis, el rey de Gat!
En el momento en que es alimentado y armado en el santuario de Dios, ¡cede a la incredulidad y abandona la herencia de Jehová! Pero la incredulidad trae precisamente las dificultades que hemos tratado de evitar, y de las cuales la fe nos habría preservado. Los siervos de Akish no tardan en reconocer a David, quien debe recurrir a un ardid y fingir locura. ¡Qué humillación! Pero es entonces cuando su alma ya solo se ocupa de Dios y toda la disciplina anterior da fruto. Es necesario para él no solo que vea desaparecer ante sí todo lo que estimaba en el mundo, sino también que sienta su humillación personal, y es entonces cuando toda la naturaleza y el valor de los recursos de Dios encuentran su lugar. Es en ese momento cuando el Espíritu de Dios despierta en el alma de David los dulces acordes, llenos de confianza, del Salmo 34: «Bendeciré a Jehová en todo tiempo» (v. 1). Puede exclamar: «Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores» (v 4). Las amargas pruebas producen esta expresión bendita, y el Espíritu de Dios la produce ahora también en todos los que siguen el mismo camino. Expulsado del mundo, humillado ante los hombres y ante sí mismo, confesando su propia culpa, ahora puede decir: «Jehová redime el alma de sus siervos, Y no serán condenados cuantos en él confían» (v. 22).
David abandona a Aquis, cantando el Salmo 34, y huye a Adulam. He aquí que regresa al país, aunque solo habita en una cueva; su familia y todos los que estaban en la angustia o en deudas se reúnen con él. Ha aprendido a adoptar una postura de dependencia para sí mismo, y así puede convertirse en un centro de reunión y un guía para los pobres del rebaño, cuyos corazones, que no reconocían la autoridad de Saúl, pueden seguir su fe. No sabría decir por qué David entrega a sus padres al rey de Moab; tal vez sea por el deseo de escapar de su influencia y de sus temores. (Sabemos cómo el Señor tuvo que elevarse por encima de los pensamientos de su madre). Mientras está en la cueva, compone los Salmos 142 y 57, este último, creo, después de que se le unieran el profeta y el sacerdote. Expresa su plena confianza en Dios, «hasta que pasen los quebrantos» (Sal. 57:1), sin dejar de ser consciente de los peligros que le rodean. Su «corazón está dispuesto» (v. 7), por eso dice: «Cantaré y trovaré salmos» (Sal. 57:7). Naturalmente, retrocedemos ante las pruebas y los dolores, pero cuando, como David, disfrutamos de los recursos que hay en Dios, y a los que estas pruebas nos han empujado a recurrir, ya no recordamos el camino de la aflicción que nos ha llevado hasta allí.
El Salmo 52 expresa lo que David siente ante la conducta de Doeg. Ve la disciplina de Dios en toda su aflicción: «Te alabaré para siempre, porque lo has hecho así» (Sal. 52:9). ¡El Espíritu de Dios se sirve de cada prueba para producir en su alma los acordes profundos del cántico espiritual y celebrar su gloria! Si Pablo en Arabia fue arrebatado al cielo, David, el fugitivo, en la cueva y en el desierto, se regocijó en su alma con los acentos sublimes de la victoria de Dios sobre todos sus enemigos. No solo oyó a los músicos tocar sus arpas, sino que su propio corazón se puso al unísono con el de Dios; y la música divina alegró el espíritu del rey rechazado.
Kehila es el tema de la página siguiente de esta interesante historia, en el capítulo 23. Sea cual sea la presión o la prueba a la que nos enfrentemos, si nos encontramos en el espíritu y el estado de ánimo del Salmo 57, no podremos ver la angustia de un santo de Dios sin estar dispuestos a acudir en su ayuda. Por lo tanto, cuando le dicen a David: «He aquí que los filisteos combaten a Keila, y roban las eras», él consulta a Jehová, diciendo: «¿Iré a atacar a estos filisteos? Y Jehová respondió a David: Ve, ataca a los filisteos, y libra a Keila» (1 Sam. 23:1-2). El hombre que tiene el verdadero poder y ha experimentado la ayuda de Dios, clama a Dios antes de emprender cualquier cosa. Los hombres de David tratan de desanimarlo, y después de haber vencido su propio corazón y sus tristezas, debe aprender a elevarse por encima de la incredulidad de los suyos. Consulta de nuevo a Jehová, quien le da una nueva seguridad; desciende a Kehila con sus hombres y logra salvar a sus habitantes. Pero le espera una nueva prueba. Una vez más, sus servicios no reciben recompensa. Saúl desciende para sitiar Kehila, y David consulta a Jehová para saber si los hombres a los que acaba de liberar de la mano de los filisteos lo entregarán. La respuesta divina es afirmativa. Es muy instructivo observar la conversación que se establece entre David y Jehová. ¡Qué confianza y qué sencillez hay entre ellos! David formula sus preguntas, muy sencillas; Jehová responde con igual sencillez. David solo tenía recursos en Dios; y eso es lo que aprendía cada vez más en cada etapa de su vida. El alma que está en la presencia del Señor y confía verdaderamente en él tendrá la misma experiencia. Cuanto más sencilla es un alma así, más apta es para un gran servicio. Quien es grande ante Dios puede dedicar toda su energía, según el consejo de Dios, a ayudar y servir a los demás, en total dependencia, demostrando así que sus recursos lo sitúan por encima de la búsqueda de la recompensa que le deberían quienes sirve. El ejemplo dado por David en Kehila podría llamarse: cómo el rey rechazado sirve a su pueblo, sin recompensa. Es una disciplina que le es necesaria y que, de hecho, lo es para todos aquellos que quieren caminar como el verdadero David en este mundo malo.
David se marcha ahora con sus hombres «de un lugar a otro» (1 Sam. 23:13), y permanece en la montaña, en el desierto de Zif. Jonatán se une a él allí y «fortaleció su mano en Dios» (v. 16), cumpliendo lo expresado en el Salmo 142: «Me rodearán los justos» (v. 8). ¡Con qué gracia nos alegra el Señor con la simpatía humana cuando hemos entrado en el desierto dependiendo únicamente de Él! ¡Qué dulzura para el alma darse cuenta de su compasión hacia nosotros! Pero el gozo y el ánimo que le proporcionó la visita de Jonatán se ven rápidamente perturbados por la indigna hostilidad de los zifeos, quienes, para complacer a Saúl, le informan del refugio de David. Poco importa saber si es en esa ocasión, cuando se le revela la traición de los zifeos, o más tarde, cuando compone el Salmo 54; lo que nos interesa es su estado de ánimo en ese momento; y el Salmo nos lo revela. «Él devolverá el mal a mis enemigos», dice, pero puede añadir: «Voluntariamente sacrificaré a ti; Alabaré tu nombre» (Sal. 54:5-6). Lo ha comprendido plenamente. En el momento en que Saúl y sus hombres logran rodearlo y están a punto de capturarlo, llega un mensajero diciendo: «Ven luego, porque los filisteos han hecho una irrupción en el país» (1 Sam. 23:27). David es liberado, y el lugar se llama, en recuerdo de ello: «Sela-hama-lecot (la Peña de las divisiones)» (v. 28).
Así es como siempre queda neutralizado el poder del hombre. El hombre nunca puede luchar contra 2 enemigos distintos; tiene que dejar escapar a uno para enfrentarse al otro. David aprendió en aquella difícil circunstancia, que parecía desesperada, cuán sencilla y fácilmente podía Jehová liberarlo. Es muy importante, para alcanzar un alto grado espiritual, experimentar estas diversas manifestaciones de la solicitud de Dios hacia su siervo, de modo que, fortalecido en el poder de su fuerza, pueda decir: «Todo lo puedo en aquel que me fortalece» (Fil. 4:13). Esta es una lección nueva para David durante el período de su rechazo. En Adulam y en el bosque, recibe compañeros y muestras de simpatía; en Kehila, se le concede prestar un servicio notable, y frustra los planes de Saúl sin la ayuda de aquellos a quienes había servido; en el desierto de Maón (23:24), a punto de caer en manos de sus enemigos, escapa gracias a la intervención de Jehová. Así fue como aprendió los caminos variados y maravillosos de Dios en un mundo malvado y hostil; y a medida que aprendía, se hacía más apto para guiar al pueblo de Dios y para reinar sobre él.
Su antitipo, el Señor Jesús, no necesitó tal lección. Él sabía lo que había en el hombre, y solo él es verdaderamente Señor y Rey. Pero David es un hermoso ejemplo del vaso humano, con un espíritu capaz de comprender el pensamiento y los caminos divinos. Las circunstancias varían mucho, pero cada vez que realmente aprendió una lección, dependiendo de Dios, se encontraba en el buen camino.
Tras un breve respiro en las fortalezas de En-Gedi, Saúl vuelve a buscar a David y sale en su contra con 3.000 hombres de élite de todo Israel. No le basta con perseguirlo solo; persiste en su funesto designio y lo persigue con una tropa organizada. Es otra nueva prueba para David, pero también aprenderá que cuanto mayor es la violencia desplegada contra él, más sencillos y eficaces son los medios que Dios emplea para liberarlo. Saúl había sido derrotado en Kehila por el hecho de que David había abandonado la ciudad; es rechazado en la Roca de la Separación por la invasión de los filisteos; es derrotado en En-Gedi, de la manera menos gloriosa para él, por la moderación y la lealtad de David, a quien debe la vida. Ciertamente, en la malicia de su corazón, al entrar en la cueva, no sospechaba que se ponía en manos de su víctima; no preveía hasta qué punto iba a ser moralmente humillado por el contraste que se revelaba entre ellos gracias a esta escena; por un lado, la gran generosidad de uno en su superioridad sobre el mal; por otro, la violenta enemistad que el perseguidor se ve obligado a confesar; consciente como está de su humillación, busca el favor y reconoce el título del fugitivo, a quien con todo su poder real y su ejército de élite había querido destruir. En cuanto a David, al actuar con misericordia y no por venganza, mantiene el principio según el cual Dios actúa hacia el mundo, ahora sumido en el pecado de haber rechazado a su verdadero Rey.
El capítulo 24 nos presenta otro tipo de experiencia. David olvida por un momento la lección aprendida: el poder de la gracia, según el cual había actuado de manera tan notable y que había ilustrado; esto nos recuerda que nuestra naturaleza es traicionera y que siempre puede llevarnos a una línea de conducta exactamente opuesta a la que seguíamos un instante antes. Y aún más, esto nos enseña que podemos carecer más fácilmente de gracia hacia aquel en cuya amistad y gratitud tenemos derecho a confiar y que nos falla, que hacia un enemigo declarado. David está tan irritado por la conducta bárbara de Nabal, que se dispone a vengarse de él sin miramientos; pero se ve apartado de ello por el acontecimiento más interesante que puedan conocer los siervos de Dios en un mundo que ha rechazado a Cristo. Abigaíl es un tipo de la Iglesia; y cuando se considera a David en su relación típica con el Señor, ella es, en el día de su rechazo, su compensación por todo lo que había perdido en el reino. Ella está con él donde ni siquiera Jonatán puede seguirlo; y después de convertirse en su esposa y compañera en los sufrimientos, comparte su trono y su gloria.
Pero también hemos considerado a David como el siervo fiel, no perfecto como el Señor, sino bajo la disciplina y en la escuela de Dios; bajo este aspecto, la influencia de Abigail sobre él tipifica la de la Iglesia, cuya posición y sentimientos, una vez revelados, suprimen toda noción de venganza. Nabal es el viejo Adán salvado gracias a Abigail; pero cuando Nabal muere, David recibe a Abigail en la relación más íntima: ella comparte con gozo sus penas y sus tristezas. El desierto de Maón es así para David un escenario de acontecimientos importantes. Lo mismo ocurre para nosotros en nuestra vida de cristianos, cuando por primera vez se nos revela la Iglesia en su vocación y su naturaleza. Porque más de un siervo de Dios –aunque sintiera, como David, que la religión profesada ocupa un lugar usurpado en la persona de Saúl– no ha encontrado a Abigail, es decir, no ha aprendido lo que es la Iglesia en el pensamiento de Cristo, de modo que encuentre en ella interés, simpatía y afecto, así como apoyo en el camino de la gracia al atravesar el mundo. Así como Abigail fue un oasis en el desierto para David, de igual modo la Iglesia es ahora en la tierra el único oasis para el corazón de Cristo y de sus siervos, el centro y el objeto de su interés.
Al estudiar los caminos por los que Dios conduce a su siervo para instruirlo, es necesario recordar que esos caminos siempre están relacionados con la posición a la que el siervo está destinado.
Acabamos de ver cómo Jehová ayudó a David y le animó en el desierto, de la manera más inesperada para él. Todas las circunstancias revelan de manera notable el amor tan tierno de Jehová que abundaba hacia él. Si Adán necesitaba en el jardín del Edén la compañía y la ayuda de Eva, ¡cuánto más David a Abigail en el desierto! Pero cuanto mayor es la necesidad, más abunda el favor, y el alma de David sin duda lo experimentó. Tras ese momento feliz, las olas de la persecución lo vuelven a sumergir (cap. 26). A instancias de los zifeos, Saúl lo persigue por el desierto; lo cual indicaba claramente a David que se acercaba el desenlace definitivo. El hombre espiritual oprimido por el mundo tiene siempre una clara percepción del estado y la condición del poder que se levanta contra él. Esta gracia le es ahora concedida a David. Reconoce a Saúl y a su ejército, comprende cuál debe ser su conducta; toma a Abisai como compañero y va a mostrar a su enemigo, caído en su poder, que no tiene en absoluto la intención de hacerle daño. «Saúl estaba tendido durmiendo en el campamento, y su lanza clavada en tierra a su cabecera» (1 Sam. 26:7), cuando David y Abisai se acercaron. Este último habría querido matar al rey dormido, pero David se interpone, afirmando clara y solemnemente su confianza en que es Dios quien lo vengará. Los únicos trofeos que se lleva son la lanza y la jarra de agua, que revelan la verdadera naturaleza de su hazaña. La lanza, arma de guerra, es devuelta, pero no vemos que ocurra lo mismo con la jarra. Por segunda vez, Saúl debe reconocer la victoria de la gracia, y en respuesta dice: «He pecado; vuélvete, hijo mío David, que ningún mal te haré más, porque mi vida ha sido estimada preciosa hoy a tus ojos» (1 Sam. 26:21). ¡Con qué fuerza se concedió así a David la evidencia del poder de Dios! ¡Qué autoridad adquiere entonces ese sentimiento que expresa tras su liberación definitiva!: «Envió desde lo alto y me tomó; me sacó de las muchas aguas» (2 Sam. 22:17).
Pero ¡ay!, a menudo es cuando obtenemos las mayores liberaciones cuando somos menos sensibles a la gracia concedida. La propia ingratitud provoca una reacción. Nuestra naturaleza querría escapar de la restricción que conlleva la fe; desea circunstancias en las que no necesitara de la fe. Así, David, tras esa gran victoria moral sobre Saúl, se convierte en presa de sus propios sentimientos y temores (cap. 27) y dice en su corazón: «Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada, por tanto, me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos» (v. 1). Esta idea estaba en clara contradicción con las palabras que acababa de dirigir a Saúl. ¡Cuán pronto se olvidan las convicciones de la fe cuando se escucha a la naturaleza! Había dicho: «Como tu vida ha sido estimada preciosa hoy a mis ojos, así sea mi vida a los ojos de Jehová, y me libre de toda aflicción» (1 Sam. 26:24) y ahora está tan desanimado que se exilia fuera de la herencia de Jehová. «Se levantó, pues, David, y con los seiscientos hombres que tenía consigo se pasó a Aquis hijo de Maoc, rey de Gat» (1 Sam. 27:2). Ya una vez había buscado refugio en casa de Aquis, y se había alegrado de poder retirarse de allí. ¿Por qué vuelve?
Nos ofrece un ejemplo práctico de la disciplina más necesaria a la que alguien puede verse sometido. Sea cual sea la causa primera de nuestra falta inicial, podemos estar seguros de que, aunque nos hayamos recuperado de ella, la volveremos a encontrar en nuestro camino si no hemos sido liberados de ella de manera efectiva. Esto es necesario; pues si la inclinación de mi naturaleza vuelve a desarrollarse, la disciplina divina se empleará en someterla, definitivamente; y por eso, cuando surge una nueva tentación (necesaria porque la naturaleza no ha sido mortificada por completo), se encuentra con un castigo severo. David se gana el favor de Akish y obtiene de él Siclag. Es notable ver cómo Jehová permite a sus siervos seguir sus propios designios; pero después de que han sido corregidos y han comprendido las consecuencias, los destina a servicios más grandes y elevados. Por muy grave que haya sido la falta de David en esta ocasión, creo que, sin embargo, había en él fidelidad. Nunca vemos que adorara a dioses falsos, ni que olvidara que Israel era el pueblo de Dios. Engaña a Aquis y así se degrada moralmente, pero en principio permanece fiel a Dios y, cuando su naturaleza es mortificada, es liberado de su humillante posición para entrar en un servicio abierto y activo.
Siclag es el último toque de la mano del maestro que lo preparaba para el trono, y por esta razón nos resulta especialmente interesante. Va allí en su falta de fe, permanece allí más de un año, se gana el favor de Aquis con historias falsas, e incluso intenta unirse a él en su guerra contra Israel; a juzgar por su conducta anterior, los príncipes de los filisteos sabían que David nunca habría desenvainado la espada contra su propio pueblo, sino siempre a favor de él, y Aquis se ve obligado, muy a su pesar, a rechazar sus servicios y a despedirlo. Y ahora que se ha liberado de esa posición falsa y dolorosa por la intervención indirecta de Jehová, llega la disciplina. Mientras actuaba con astucia, el juicio cae sobre Siclag, y David y sus hombres regresan para encontrarlo arrasado por el fuego, ¡y a sus mujeres, hijos e hijas llevados cautivos! Sabemos lo que David ignoraba en ese momento de angustia: que el mismo Dios que lo castigaba tan severamente le estaba preparando el reino. De hecho, en ese mismo momento, Saúl fue asesinado en el monte de Gilboa, pero David aún no estaba preparado para recibir esa gran noticia ni para subir al trono; antes tenía que ser castigado y llevado a una verdadera dependencia de Dios.
El primero y último paso hacia el trono es la dependencia, y es el único título que Dios reconoce; por lo tanto, en Siclag David se encuentra más humillado y abandonado en esta circunstancia que en cualquier otro momento de su vida; la gran pérdida que ha sufrido le causa un dolor infinito y, además, ¡los antiguos compañeros que tanto se le habían unido hablan de apedrearlo! Nunca había vivido un momento así. Los enemigos, los amalecitas, lo habían despojado y estaban fuera de su alcance. ¿Qué hay más humillante para un hombre fuerte que ser burlado sin tener la oportunidad de vengarse? Verdaderamente estaba siendo golpeado por los golpes del Todopoderoso, y tenía que sentir cuánto merecía ese castigo por haberse puesto en una posición tan falsa fuera del país, el lugar de los privilegios. No había socorro ni ayuda humana; al contrario, peligros y conspiraciones lo rodeaban; Dios lo castigaba, sus amigos estaban enfadados con él y su enemigo estaba fuera de su alcance. Pero ¿cuál es el resultado? «David se fortaleció en Jehová su Dios» (1 Sam. 30:6).
Es interesante volver de vez en cuando a los Salmos y escuchar los suspiros del corazón de David en las diversas circunstancias que nos narra la historia de su vida. Vemos que en el Salmo 56 expresó la angustia de su alma, provocada por su humillante estancia en Gat; ya sea o no en el período que estamos considerando, es la plena expresión de lo que debió atravesar. Privado de toda confianza humana, se vuelve hacia Dios, plenamente consciente de sus propias faltas. «En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre? Sobre mí, oh Dios, están tus votos; te tributaré alabanzas. Porque has librado mi alma de la muerte, y mis pies de caída» (Sal. 56:11-13). Es algo precioso haber recibido un conocimiento justo de Dios; si lo poseemos, es cuando nuestras faltas son más grandes cuando mejor sabremos que Dios es nuestro único recurso, aunque su disciplina sea muy amarga y estemos abandonados y sin socorro. Ahora ya no hay temores para David; está despierto y tendrá la luz (vean Efe. 5:14). «Te ruego que me acerques el efod» (1 Sal. 30:7), le dice a Abiatar, el sacerdote; pues cuando el alma vuelve al camino de la fe, es particularmente consciente de la necesidad de la aceptación; y he aquí que ha recuperado su antigua confianza, sin duda con una nueva energía. Al igual que en Kehila, consulta a Jehová: «¿Perseguiré a estos merodeadores? ¿Los podré alcanzar? La respuesta está llena de seguridad y aliento: «Síguelos, porque ciertamente los alcanzarás, y de cierto librarás a los cautivos». Así, en un instante, el alma sincera se reencuentra con Dios. «Partió, pues, David, él y los seiscientos hombres que con él estaban» (1 Sam. 30:9); pero 200 se detuvieron, agotados, junto al torrente de Besor. El camino de la fe siempre pone a prueba nuestra fuerza, y cada obstáculo es una ocasión para que se manifieste la gracia que nos sostiene. Esta circunstancia adversa da lugar a una «ordenanza en Israel, hasta hoy» (30:25), que caracteriza plenamente la gracia que sostenía a los perseguidores.
Un egipcio guía a David hasta el campamento enemigo, y David derrota a toda la tropa, recupera lo que se habían llevado y encuentra a sus 2 mujeres. «No les faltó cosa alguna… todo lo recuperó David» (30:19). Y entonces, volviendo al torrente de Besor, nos muestra cómo un alma, en el gozo de la gracia, feliz por sus gloriosas hazañas, puede aprender a dar testimonio de esa gracia a los demás. Domina el egoísmo de su corazón natural y proclama el principio divino: «Porque conforme a la parte del que desciende a la batalla, así ha de ser la parte del que queda con el bagaje; les tocará parte igual. Desde aquel día en adelante fue esto por ley y ordenanza en Israel, hasta hoy» (30:24). Esta ordenanza tiene un significado importante; encierra el principio que une moralmente a los miembros de la Iglesia, nos habla del principio según el cual cada miembro del Cuerpo depende del otro para la pérdida o la ganancia. Es algo nuevo y maravilloso, pero digno del momento en que fue promulgado. Es el Espíritu Santo, y no solo la vida, el que une en un solo Cuerpo a los miembros del Señor ausente, y los hace dependientes e inseparablemente unidos unos a otros. Que apliquemos nuestros corazones a la sabiduría, para comprender las cosas profundas de Dios.
Hemos llegado al final de la tercera etapa de la vida de David, tan llena de acontecimientos; al final de la preparación moral necesaria para capacitarlo para el cargo elevado y glorioso al que había sido destinado desde tan temprano, y para el que había sido ungido. Más adelante veremos su acceso a ese cargo.
Aquí comienza un nuevo capítulo de la historia de David. El tiempo de su rechazo ha pasado, y va a ocupar la nueva posición que se le ha preparado. El período durante el cual tuvo que, a pesar de ser el legítimo heredero del trono, vivir la experiencia de un fugitivo y un perseguido, llega a su fin en Siclag; y es allí, tras regresar de la derrota de los amalecitas y después de haber enviado parte del botín de los «enemigos de Jehová» (30:26) como regalo a sus amigos en todos los lugares a los que él y sus hombres solían ir, donde recibe la noticia tan importante de la muerte de aquel cuyo trono iba a ocupar. ¡Qué coincidencia tan notable! Las ruinas humeantes de Siclag daban testimonio del castigo que había sentido tan profundamente y que le había sido necesario, mientras que los regalos que enviaba por todas partes proclamaban la victoria que se le había concedido. El contraste entre ambos testimonios es sorprendente: el primero hablaba de su culpa, el segundo, de manera más general y positiva, de la bondad y el favor de Jehová.
Actuaba como rey antes de saber que lo era de hecho y que aquel que le cerraba el camino al trono había caído en el monte de Gilboa.
David permaneció 2 días en Siclag tras su regreso, antes de enterarse de la muerte de Saúl, pues fue al tercer día cuando un amalecita le comunicó la noticia con todos sus detalles, diciéndole: «Me puse sobre él y le maté, porque sabía que no podía vivir después de su caída; y tomé la corona que tenía en su cabeza, y la argolla que traía en su brazo, y las he traído acá a mi señor» (2 Sam. 1:10). ¿Cómo recibe David la noticia y el trofeo? «David, asiendo de sus vestidos, los rasgó… Lloraron y lamentaron y ayunaron hasta la noche» (2 Sam. 1:11); luego ordenó la ejecución inmediata del mensajero. Cuando el juicio de Dios cae sobre su pueblo, siempre es solemne y preocupante para los hombres piadosos. Un verdadero David no pudo pensar en la ventaja que ello le reportaba; más bien, su alma penetró en la causa de la intervención divina, y la conciencia de que Dios actúa, acalló todo sentimiento personal. ¡Por qué profundos ejercicios debió pasar David durante esos 3 días! No solo había experimentado la gracia especial de Jehová hacia él, sino que ahora conoce ese juicio que para él tiene tal importancia en relación con Israel, que en ese momento olvida las ventajas para sí mismo. Además, no puede soportar que el amalecita viva; pues su lucha sin tregua contra Amalec contrastaba con la conducta de Saúl, quien había perdido moralmente el reino al perdonar a Amalec (1 Sam. 15).
Cada vez que se supera una dificultad o desaparece la oposición, el alma piadosa siente la necesidad de indagar cuál es la voluntad de Dios, porque necesita saber cómo utilizar la ventaja obtenida, y muy a menudo pierde mucho por falta de discernimiento. Por eso David consulta a Jehová: «¿Subiré a alguna de las ciudades de Judá? Y Jehová le respondió: Sube. David volvió a decir: ¿A dónde subiré? Y él le dijo: A Hebrón» (2 Sam. 2:1).
¡Qué dependencia tan feliz y sencilla! Sale de Siclag con un estado de ánimo muy diferente al que tenía al llegar allí. Aquí vemos el fruto bendito de la disciplina de Dios de la que disfruta al subir a Hebrón, guiado y sostenido por la simple Palabra de Dios. El poder y la sencillez caracterizan al hombre que le obedece. David se dirige a Hebrón, junto con sus hombres, cada uno con su familia. Cuando la fe no se distrae con lo natural, abarca todo lo que nos concierne. Aprendemos que el interés que Dios tiene por nosotros abarca también nuestros intereses. Ni un solo cabello de nuestra cabeza puede caer sin que él lo permita, y la fe simplemente capta que todo lo que nos concierne está en su mano. Por eso David, actuando con este espíritu, hace subir consigo a todos sus hombres, con sus familias. Cuando comenzamos con fe y dependencia, cada circunstancia fortalece esa fe y nos da sabiduría en nuestro camino. «Y vinieron los varones de Judá y ungieron allí a David por rey sobre la casa de Judá» (2 Sam. 2:4). Pero, aunque ahora revestido de la dignidad real, su posición era aún muy inferior a aquella a la que estaba destinado y para la cual Samuel lo había ungido. Aún debían transcurrir 7 años y 6 meses antes de que toda la nación lo reconociera como rey (v. 11).
Aún había «guerra entre la casa de Saúl y la de David» (3:6), aunque esta última se hiciera cada vez más fuerte. Jehová conduce a sus siervos al lugar que les asigna, lentamente y con pasos mesurados que el mundo no conoce. Aunque un Pablo pueda decir: «Una sola cosa hago» (Fil. 3:13), debe reconocer que no ha alcanzado el lugar elevado que ocupará en la gloria; cuanto más se acerca a él, más activo es en su servicio. Cuántas veces el siervo de Dios, como David, es enviado a Hebrón por un tiempo, es decir, en posesión parcial del servicio que se le ha asignado; y cuánto es necesario esto para desarrollar en él las cualidades adecuadas. Si no encontráramos ninguna hostilidad en nuestro camino, nunca sentiríamos los efectos de la gracia que el Espíritu Santo produce en nosotros para enfrentarnos a ella. A partir de ahora se le ofrecen a David muchas ocasiones para demostrar que está cualificado para el puesto que ha deseado, y que nunca habría tenido o del que probablemente nunca se habría servido, si hubiera sido coronado inmediatamente rey de todo Israel.
Su primer acto es enviar un mensaje de aprobación y aliento a los hombres de Jabes de Galaad que habían enterrado a Saúl. Fue actuar con gracia y con la verdadera dignidad de un hombre poderoso, capaz de dirigir y mandar. El trono se establece por la justicia, y quien no sabe impartir justicia imparcial no es un soberano por voluntad de Dios. Un cristiano camina en la justicia y en el amor, devolviendo plenamente a cada uno lo que le corresponde, proporcionando a los débiles y a los que sufren lo que su condición exige. David supo rendir el elogio que merecía, incluso a un enemigo, y eso establece su valor moral; aunque también tiene sus decepciones y sus faltas, se vuelve cada vez más fuerte, y en todo momento aprende cuál es su verdadero camino ante Dios.
Abner, irritado, abandona la causa de la casa de Saúl (2 Sam. 3:9 y sig.), y se une a David, quien accede a hacer alianza con él a condición de que le devuelva a su mujer, Mical, hija de Saúl. Es difícil comprender el motivo que llevó a David a hacer esta petición.
Quizá fuera por respeto hacia ella, ya que le debía la vida; sea como fuere, ello no honra ni a David ni a Abner. Si el regreso de Mical supuso una satisfacción para David, el vergonzoso asesinato de Abner a manos de Joab debió de ser un golpe muy doloroso para él, justo cuando creía poder contar con aquel valiente hombre. Hay en este triste acontecimiento una profunda lección. No es de extrañar que lleve el luto de Abner. Debió darse cuenta del terrible golpe que le había asestado la espada de su propio capitán al frustrar sus esperanzas y ponerse en contradicción con su justo gobierno. Pero debe aprender a no depositar su confianza en nadie; y, sin embargo, Jehová hace que este acto le resulte beneficioso, pues el pueblo se da cuenta de su gran dolor, y «Todo el pueblo supo esto, y le agradó» (2 Sam. 3:36). Lo que el hombre llamaría una gran desgracia, Dios lo convierte en algo a su favor. David podía decir con razón: «Hoy soy débil hoy, aunque ungido rey» (3:39). Pero esta humillación no hace más que preparar su elevación.
Debemos sentir y saber que necesitamos a Dios, antes de que él pueda ayudarnos abiertamente. Este acontecimiento que, a ojos humanos, era una desgracia tan grande, se convierte en la causa del debilitamiento del hijo de Saúl, de una manera notable; en efecto (cap. 4) Is-boset fue asesinado por 2 de sus jefes de tropa, y el rival de David es eliminado sin que ello pueda imputarse a David, lo cual no habría podido suceder si la espada de Abner hubiera provocado ese resultado. Si confiamos en el Señor, experimentaremos que lo que consideramos, en nuestro débil juicio, como adverso, Dios lo ha ordenado para nosotros. David, humillado ante Dios y esperando en él, trata esta traición como corresponde; manda dar muerte a los asesinos y acepta el resultado de su acto como proveniente de Jehová, pues el último obstáculo para su reconocimiento como rey de Israel ha sido ya eliminado; leemos (5:1, 3): «Vinieron todas las tribus de Israel a David en Hebrón… y el rey David hizo pacto con ellos en Hebrón delante de Jehová; y ungieron a David por rey sobre Israel». 1 Crónicas 12:38 nos da detalles sobre el carácter de la multitud de Israel que se reunió en Hebrón para reconocerlo como rey: «Todos estos hombres de guerra, dispuestos para guerrear, vinieron con corazón perfecto a Hebrón, para poner a David por rey sobre todo Israel; asimismo todos los demás de Israel estaban de un mismo ánimo para poner a David por rey».
Así, tras haber estado sometido a la disciplina durante unos 21 años, este siervo alcanza el lugar que le había sido asignado. El camino ha sido largo, la formación que lo ha preparado para este cargo variada y profunda. Ahora que lo ocupa, debemos mostrar cómo lo ha desempeñado, recordando que su formación va a continuar, aunque de manera diferente.
El primer acto de David del que se nos hace mención tras su ascensión al trono es su intento de traer de vuelta el arca de Dios; deseo piadoso, pues el alma que es consciente de que todo lo recibe de Él, busca naturalmente devolver a Jehová los primeros frutos de su prosperidad; pero cuántas veces echamos a perder nuestras mejores intenciones al llevarlas a cabo, debido a la influencia de nuestras relaciones, pues estas siempre están relacionadas con nuestra situación práctica. David, en su espíritu, desea ver traído de vuelta el arca de Dios, pues, dice: «Porque desde el tiempo de Saúl no hemos hecho caso de ella» (1 Crón. 13:3). Pero comprometido con los jefes de su ejército, por medio de los cuales había alcanzado el trono, se reunió con ellos para deliberar, en lugar de consultar a Jehová. El resultado es que traza un plan humano; prepara un carro tirado por bueyes, en lugar de emplear a los levitas, lo cual habría sido conforme a Dios. ¿Qué podía resultar de ello, sino un castigo que manifestara la santidad de Dios? Uza muere y esto supone para David un golpe que debía recordarle que, si quería hacer las obras de Dios, debía hacerlas conforme a Su pensamiento. No parece que se diera cuenta de ello de inmediato. De hecho, leemos que «temió a Dios aquel día»; y dijo: «¿Cómo he de traer a mi casa el arca de Dios?» (1 Crón. 13:12). Es más, la dejó en la casa de Obed-edom geteo, durante 3 meses.
1 Crónicas 13 al 16 menciona 2 conflictos con los filisteos, entre el primer intento de David de traer el arca y el feliz cumplimiento del segundo. ¿Tuvieron lugar estas batallas en ese momento, o bien, como se relata en Samuel? Cabe preguntárselo; pero el Espíritu de Dios siempre da en las Crónicas el orden moral de los acontecimientos, y estoy convencido de que esta circunstancia se nos cuenta en este libro de esta manera, con el fin de mostrarnos la lección que David necesitaba aprender. Si hubiera comprendido verdadera y profundamente la naturaleza y la grandeza del poder de Dios como en Baal-perazim (el Baal de las Brechas), donde Dios abrió una brecha en medio de sus enemigos, «como corriente impetuosa» (2 Sam. 5:20), en respuesta a la simple dependencia con la que había consultado a Dios y se había confiado en él paso a paso, habría evitado el duelo y la humillación de Perets-uza. Obtenemos victorias notables sobre el mundo, luchando contra él, pero ¡ay!, ¿cuántas veces, al introducir algún elemento mundano en nuestro culto, neutralizamos la mejor de las intenciones? En la primera de estas batallas, David aprende qué victoria personal concede Jehová a su siervo cuando este se confía en Él; había consultado a Jehová con una dependencia tan completa como cuando era un fugitivo en el desierto de Maón. Dios había prometido que entregaría a los filisteos en sus manos; y tan grande es la derrota, que puede exclamar: «Dios rompió mis enemigos por mi mano, como se rompen las aguas. Por esto llamaron el nombre de aquel lugar Baal-perazim» (1 Crón. 14:11).
Una cosa es sentir y saber que soy victorioso sobre el mundo (y no puedo tener descanso alguno mientras no lo comprenda), y otra muy distinta es saber que es Dios quien me coloca «sobre mis alturas» (2 Sam. 22:34), es decir, que es él quien somete a mis enemigos por mí; y más aún que es cuando se oye el estruendo de Dios cuando puedo salir a la batalla, pues entonces sé que «él saldrá delante de ti y herirá el ejército de los filisteos» (1 Crón. 14:15).
Tras 3 meses, David –advertido, castigado e instruido con misericordia– se entera de la bendición concedida a la casa de Obed-edom por la presencia de Aquel cuya santidad se había manifestado de ese modo; entonces se dispone a llevar el arca de Dios a la ciudad de David con gozo, y hace una declaración que, en el fondo, es una confesión de su propia culpa, al decir: «El arca de Dios no debe ser llevada sino por los levitas; porque a ellos ha elegido Jehová para que lleven el arca de Jehová, y le sirvan perpetuamente» (1 Crón. 15:2). Los detalles interesantes de este acontecimiento nos son dados en 1 Crónicas 15 y 16, y conviene señalar los pensamientos de David en esta ocasión. Él ordena y regula cada detalle, revestido él mismo de un efod y de una túnica de lino fino, y danza ante Jehová con todas sus fuerzas. En el Salmo 132 encontramos la expresión de su corazón en ese momento.
¡Cuán diferente fue esto de su primer intento, en poder, en testimonio y en gozo de su corazón! ¡Cuán diferente es el gozo de un corazón comprometido con el Señor, de aquel de la carne! ¡Qué momento tan feliz, tras todas sus penas, en la vida de David, cuando dice: «Levántate, oh Jehová, al lugar de tu reposo, tú y el arca de tu poder» (Sal. 132:8). Fue entonces cuando entregó a Asaf un Salmo, el primero, para alabar a Jehová. ¡Qué plenitud de gozo es estar comprometido con Jehová, y con qué habilidad divina dirige todos los detalles del servicio de los levitas! No hay ninguna sombra en el cuadro, salvo que la hija de Saúl, cuyo espíritu se opone a toda esta escena, no puede simpatizar con él, ni comprenderlo, y desprecia a David en su corazón. Así, en este momento luminoso, sufre por una compañía que no le conviene. Esto suele ocurrir a menudo. Muchos de los que solo tienen la profesión cristiana se traicionan a sí mismos tan pronto como se ven situados en la brillante claridad de la cercanía de Dios. Pero si este incidente fue una nube en el cielo puro de David, también le trajo una bendición y una liberación; esa compañía incompatible ya no debía mantenerlo encadenado. La línea de separación está ahora trazada entre ellos y para siempre.
Parece probable que fue cuando David regresó para bendecir su casa (1 Crón. 16:43) cuando compuso el Salmo 30. Entonces pudo decir: «Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría» (v. 11). Había llegado a la cima de la prosperidad: «No seré jamás sacudido» (v. 7). Su alma simplemente disfrutaba de todas las cosas como dadas por Jehová, y exclama: «Te glorificaré, oh Jehová, porque me has exaltado, y no permitiste que mis enemigos se alegraran de mí» (v. 2).
Con estos sentimientos habitaba David en su casa (1 Crón. 17) y le dijo al profeta Natán: «He aquí yo habito en casa de cedro, y el arca del pacto de Jehová debajo de cortinas» (v. 1). Era un sentimiento muy natural y piadoso, pues disfrutaba profundamente de la bondad de Jehová, y por eso Natán le animó. Sin embargo, no era el pensamiento de Jehová, y esto nos enseña que los deseos y las intenciones aparentemente mejores y más espirituales no deben llevarse a cabo sin el consejo del Señor.
«En aquella misma noche vino palabra de Dios a Natán, diciendo: Ve y di a David mi siervo: Así ha dicho Jehová: Tú no me edificarás casa en que habite» (1 Crón. 17:3-4), ¡y continúa anunciándole cómo es Jehová mismo quien le edificará una casa a él, a David! Cuando nuestra copa está llena, nos sentimos tentados, en el éxtasis que nos ha procurado el sentir el favor de Dios, a ofrecer nuestros servicios y a asumir con toda sinceridad un lugar y un poder de dedicación para los que quizá no estemos cualificados. La Palabra de Dios siempre nos mostrará nuestro propio lugar, como lo hace aquí para David de una manera tan preciosa con la maravillosa revelación del interés que Jehová tenía en él personalmente. David lo aprende aquí, y entonces puede entrar y sentarse ante Jehová en plena comunión con Su pensamiento, en esa humillación de sí mismo que solo Su presencia produce siempre. Podemos alabarlo por sus dones y recibirlos de él, y habitar en la «casa de cedro». Podemos equivocarnos en cuanto a nuestra verdadera vocación y nuestra posición; pero cuando estamos sentados «ante el Señor», escuchando la revelación de Su pensamiento y del interés que él tiene por nosotros, exclamamos: «¿Quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí?» (2 Sam. 7:18)
Después de eso (1 Crón. 18), David somete a los filisteos, derrota a los moabitas y al rey de Zoba, mientras se disponía a restablecer su poder sobre el río Éufrates. El Señor lo salva dondequiera que vaya: establece guarniciones en Edom, y los edomitas se convierten en sus siervos; los sirios huyen ante Israel, y ya no quieren ayudar a los hijos de Amón. Jehová, en una palabra, concede a David una prosperidad sin precedentes. ¿Cómo la recibe él? Era una doble prosperidad, espiritual y temporal; espiritual, en cuanto que se le introdujo en la comunión de los pensamientos y designios de Dios, quien se interesaba infinitamente por él; temporal, en la grandeza de los dones de Dios. ¿Es capaz de hacer frente a todo esto? La adversidad pone a prueba el carácter, al obligarnos a recurrir a nuestros propios recursos; la prosperidad pone a prueba la naturaleza y nuestra capacidad de autocontrol.
Dios, habiendo mostrado a David, de manera notable, que podía derramar sobre él una mano llena de bendiciones, su prosperidad no tiene límites; pero es una ocasión ofrecida a su naturaleza para manifestarse, ¡cae! (2 Sam. 11).
¡Con qué ardor persiguen nuestros pobres corazones la prosperidad y las bendiciones, olvidando siempre que, tal como somos, no hay nueva gracia sin nueva prueba para la carne! Cuanto más a gusto estamos en las cosas de la naturaleza, más oportunidades tiene nuestra naturaleza de mostrarse al descubierto. El Señor sabe que la fuente del mal está ahí; y aunque nos sintamos humillados cuando el mal se manifiesta, esta manifestación es necesaria para que podamos comprobar su origen en nosotros mismos.
David, convencido de su pecado, tiene ahora, como vemos en el Salmo 51, un «corazón contrito y humillado» (v. 17). Anteriormente había mostrado un espíritu humillado y contrito, fruto de la manifestación de la debilidad de su naturaleza; ahora lo siente en lo más profundo de su degradación, por la maldad de su naturaleza; y en este Salmo expresa los sentimientos del corazón de Israel en los últimos días, cuando mirarán a aquel a quien traspasaron, y se humillarán ante él, conscientes de los «homicidios». Por muy doloroso que pueda ser este momento para David y para Israel, es, sin embargo, aquel en el que la salvación de Dios se les revela plenamente a ambos. Porque cuanto más caemos, más podemos apreciar lo que es la liberación.
Por la maravillosa gracia de Dios, David penetra más profundamente en el conocimiento de la salvación. Aprende lo que Dios es para el pecador, pero también que el pecado contra nuestro prójimo debe recibir un juicio temporal. Dios es justo en su gobierno de los hombres; y el hombre que peca contra los demás debe ser juzgado públicamente. Muchos pecan solo contra Dios, y entonces su carne es juzgada, por así decirlo, entre ellos y Dios. Pero cuando el pecado afecta a otros hombres, el juicio debe ser público.
David pierde a su hijo (2 Sam. 12:18). Pero pronto reaparecen en su alma los frutos benditos de la disciplina; y vuelve a ser dependiente y sumiso. Mientras el niño está vivo, suplica a Jehová por él; y lejos de menospreciar el castigo, es evidente que lo sentía intensamente; pero cuando el niño muere, acepta la voluntad de Dios con perfecta sumisión. «David se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió» (v. 20). Aquello había sido para él un momento de profunda oscuridad, pues no había habido ninguna comunicación por parte de Jehová para aliviar la angustia de su corazón. Cuando sufrimos judicialmente, es necesario que sintamos el justo gobierno de Dios. Mientras lo soportamos, no tenemos conciencia ni de luz ni de comunión; sin embargo, podemos salir de ello y recuperar una fuerza y un poder renovados, como fue el caso de David. De hecho, poco después lo encontramos haciendo la guerra a Rabá (v. 29) victoriosamente. Ha retomado el buen camino, y se le conceden de nuevo el honor y la bendición. Dios le muestra que, por inflexible que sea en su justicia, su amor y el interés que le profesa siguen siendo los mismos.
Pero la palabra de Jehová por medio de Natán (12:10-11): «No se apartará jamás de tu casa la espada», sigue vigente. Y aunque el alma de David, tras haber sido castigada, ha sido restaurada, aún debe sufrir y someterse al justo gobierno de Dios, que lo humillará ante los hombres.
Esto nos lleva a ese período de su historia en el que se ve afligido y humillado por el pecado de sus propios hijos. Como rey, David debía ser un ejemplo de justicia, pues el trono debía haberse establecido sobre la justicia; si la cabeza se desvía, la levadura se extiende y prolifera por todo el cuerpo. Los defectos en la conducta del padre se exagerarán en los hijos.
Según la Ley, Amnón debería haber sido condenado a muerte por su pecado (13:4). David, en esta ocasión, no es justo y no reina en el temor de Dios. El juicio alcanza a Amnón por mano de su hermano Absalón, quien, culpable de asesinato, huye del reino. David, cediendo a la astucia de Joab, es lo suficientemente débil no solo para permitirle regresar, sino para restablecerlo en su favor (cap. 14). Esta debilidad e injusticia pronto dan frutos amargos; pues, cuando perdonamos injustamente a alguien dejando que hablen nuestros propios sentimientos, siempre nos exponemos al mal de nuestra naturaleza, que deberíamos haber controlado y condenado. El versículo que sigue inmediatamente al que nos cuenta la recepción de Absalón por parte de su padre, nos anuncia su rebelión contra él (15).
David debe, pues, huir. Es triste y humillante verlo, tras haber alcanzado la cima de los honores, bajar del trono y abandonar Jerusalén ante la ola de disturbios y rebelión provocada y fomentada por su propio hijo. Ya había atravesado una prueba similar, la de Siclag, también como castigo, pero más bien por parte del hombre. Aquí se trata de la pérdida de Jerusalén, la montaña de Sion que él amaba, de su posición y de todo, causada no por la mano del amalecita, sino por la de su propio hijo.
Lo abandona todo y pone su esperanza en Jehová: «Si yo hallare gracia ante los ojos de Jehová, él hará que vuelva, y me dejará verla y a su tabernáculo» (2 Sam. 15:25). «Y David subió la cuesta de los Olivos; y la subió llorando, llevando la cabeza cubierta y los pies descalzos» (v. 30). ¡Cuánto había influido en su alma la disciplina de aquel momento! El Salmo 3 dice: «Muchos son los que dicen de mí: No hay para él salvación en Dios» (v. 2). Pero entonces: «Con mi voz clamé a Jehová, y él me respondió desde su monte santo» (v. 4). El dolor y la prueba tienen el efecto de situar al alma en una relación sencilla y sentida de confianza en Dios.
David tuvo que pasar por otras tristezas aún; su historia nos muestra en particular cómo su alma tuvo que mantenerse continuamente en ejercicio. Apenas liberado de Seba (cap. 20), el país sufrió una hambruna de 3 años (cap. 21); esto le lleva de nuevo a consultar a Jehová y se entera de que la causa es Saúl y su casa de sangre, y entrega a 7 de sus descendientes a los gabaonitas. Después de eso (v. 15), David tiene otra guerra con los filisteos. Al comienzo de su carrera, se encontró con un gigante al que venció. Pero al final, surgen otros gigantes que ponen a prueba nuestra fe, y debemos comprender que lo que fue fácil para la fe se vuelve crítico para quien camina sin ejercerla y que, si nuestra dependencia de Dios es menor, nuestra capacidad también disminuye, por muy amplia que sea nuestra experiencia y por muy grande que sea la meta alcanzada. Aquí David «se cansó», y cuando el gigante «trató de matar a David», Abisai acudió en su ayuda y mató al filisteo. «Entonces los hombres de David le juraron, diciendo: Nunca más de aquí en adelante saldrás con nosotros a la batalla, no sea que apagues la lámpara de Israel» (2 Sam. 21:17).
Pero aún es necesaria otra disciplina para este siervo, ya tantas veces probado, al final de su vida. Había deseado edificar una Casa para Jehová, un deseo bueno en sí mismo, pero para el que no estaba preparado para llevarlo a buen término; por eso Jehová, aunque lo bendijo abundantemente en su alma al revelarle el interés personal que tenía en él, se niega a autorizar su ejecución. No es hasta el final de su vida cuando se le muestra cuán mal preparado estaba para esta obra, pues ni siquiera sabía dónde debía construirse esa Casa. Debe aprenderlo por su propia culpa, como resultado de la disciplina de Dios. Se le revela la ubicación del templo y sus últimas horas pueden emplearse en preparar su construcción.
Cuando tiene descanso de todos sus enemigos y se da cuenta de su elevada posición, Satanás se aprovecha de ello y le incita a hacer un censo del pueblo para que se enorgullezca de la importancia de sus recursos (cap. 24). Era Dios quien lo había elevado a esa posición, pero el corazón del hombre hace cuenta de los dones de Dios para independizarse del donante. Todo lo que poseía se lo debía a Dios, quien se lo había dado de una manera tan especial y maravillosa, y manifestaba abiertamente la inclinación de la naturaleza al mostrar públicamente, al final de su carrera, su deseo de ser grande por el número de sus súbditos más que por la ayuda de Dios, quien tanto le había socorrido. Es por lo que Jehová lo visita, permitiéndole elegir entre 3 castigos. Cuando nos descarriamos, se necesita disciplina para corregir la carne; si nuestro error es de naturaleza personal, el castigo también lo es; pero si es público, el castigo también debe serlo, pues Dios manifiesta su justicia ante todas sus criaturas. David es restaurado en su alma, pues elige la aflicción que viene directamente de la mano de Dios, mostrando así que vuelve al camino de la dependencia.
Y entonces se abre ante él un nuevo y magnífico campo de bendiciones, la prueba más conmovedora de cómo la gracia de Dios brota de Su amor. Una vez consumada la restauración, es siempre con una revelación más completa que somos perfecta y felizmente aceptados por él. Cuando la espada de Jehová se extiende sobre Jerusalén, y David se presenta ante Dios con el verdadero sentimiento de su pecado, entonces Dios manifiesta su gracia; y el profeta Gad está enviado para decirle a David que suba y erija un altar en la era de Arauna el jebuseo. Allí Jehová responde a David y la plaga cesa. Pero aún más, cuando temía ir al altar que estaba en el lugar alto de Gabaón, y que pertenecía al primer tabernáculo bajo la Ley, aprende por primera vez cuál deberá ser la ubicación del templo.
Solo nos queda ver el final de la vida de David. Parece que, tras la experiencia en el monte Moria, se dedicó con ahínco a preparar los materiales para el templo (1 Crón. 22). Además (cap. 23), tras haber hecho rey de Israel a su hijo Salomón, reunió a todos los príncipes de Israel, junto con los sacerdotes y los levitas, y los distribuyó en clases (23-28). ¡Qué hermosa conclusión de esta vida notable, que su discurso a los jefes del pueblo termine tan bien en cuanto al testimonio! Ahí termina su carrera pública; pero ¿cuáles eran sus meditaciones íntimas? Sus «palabras postreras» (2 Sam. 23) las expresan. En ellas vemos sus sentimientos y su juicio sobre todas las cosas: la gracia de Dios para con él; su propia condición de imperfección; la esperanza de su alma y el objeto en el que se apoyaba; por fin, su valoración del mundo, llamado aquí «hijos de Belial» (v. 6).
Al guardar en nuestras almas el recuerdo de estas «palabras postreras», tan profundamente interesantes y llenas de experiencia, y el recuerdo de los hombres fieles y valientes que le habían acompañado (v. 8 y sig.), podemos cerrar la historia del hombre según el corazón de Dios, repitiendo: «Maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien» (Sal. 139:14).
11 - Elías
El lugar que ocupa Elías en los caminos de Dios hacia su pueblo confiere un interés particular al carácter de Elías y a su historia. La naturaleza de los servicios a los que fue llamado a prestar desarrolló necesariamente la gracia que había en él y, al mismo tiempo, lo sometió a una disciplina que debía moldearlo para esos servicios. En cada época, Dios ha designado en sus caminos al siervo adecuado para la ejecución de su voluntad; pero, aunque este siervo esté dotado por él de poder, debe ser controlado y disciplinado por la mano de Dios, para que no siga sus propios pensamientos. Pero nos equivocamos grandemente si pensamos que el conocimiento del pensamiento divino basta para nuestro servicio; es necesario que nuestros cuerpos y nuestras mentes se conviertan en instrumentos verdaderos y eficaces para expresar ese pensamiento; y eso nos somete a nosotros, siervos de Dios, a una disciplina que a menudo no podemos comprender. Reconocemos fácilmente a quien nos reprende por nuestras faltas y nuestros fallos; pero cuando se trata de las experiencias particulares cuyo fin es hacer a un hombre capaz de ser un instrumento de Dios para dar testimonio de Su nombre, no podemos comprenderlas más de lo que las plantas no pueden saber por qué deben pasar por todas las vicisitudes del invierno para producir una cosecha más abundante.
Es en el primer libro de los Reyes, capítulo 17, donde encontramos a Elías mencionado por primera vez; aparece en escena como un heraldo de juicio contra el rey Acab. Pero, aunque su carrera pública comienza ahí, no es en absoluto el inicio de su vida personal, pues la Epístola de Santiago 5:17 nos enseña que el juicio anunciado aquí era una respuesta directa a la oración. «Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra». ¿Por qué había orado por eso? La maldad de Acab había superado, a los ojos de Dios, la de todos sus predecesores. Se había casado con Jezabel, hija del rey de los sidonios, y había erigido un altar a Baal en la casa de Baal que construyó en Samaria. Elías, «un hombre con las mismas debilidades que nosotros», pero un hombre justo, dependiente de Dios, no podía ser un testigo indiferente de estas abominaciones en medio del pueblo de Dios; y ora con insistencia para que Dios quiera hablar a la nación en juicio y reivindicar Su nombre. Su confianza estaba en Dios, y miraba a él para que corrigiera a su pueblo y lo llevara a la dependencia de él.
La supresión de las bendiciones habituales era el medio que debía conducir a ese resultado: la falta de rocío y de lluvia durante 3 años y medio era muy adecuada para recordarles la fuente de la que manaban todas las gracias. Los hombres disfrutan de todas las bendiciones que le concede su Creador sin pensar en Él, y una intervención milagrosa que les prive de esas bendiciones siempre tiene el efecto de hacerles sentir que deben mirar al Creador. Sienten que el único remedio es dirigirse a Aquel a quien hasta entonces habían abandonado y a quien habían desobedecido. Elías, afligido y oprimido por la apostasía de Israel, encuentra alivio para su corazón en la oración, y obtiene así de Dios el remedio para devolver a su pueblo y a Acab, su rey, a la conciencia de que sus bendiciones dependían de la voluntad de Dios. Su historia se abre así ante nosotros de una manera muy llamativa e interesante.
Tras haber orado en secreto, se presenta en público por primera vez para dar a conocer el resultado de su oración, convirtiéndose así en un testigo bendecido y preparado para estos tiempos difíciles y desastrosos. Tal y como reveló el Espíritu Santo siglos más tarde, el alma que espera en Dios en cualquier circunstancia obtendrá el mismo resultado. «La ferviente súplica del justo puede mucho» (Sant. 5:16). ¡El hombre instruido por Dios tiene una dignidad especial y una seguridad poderosa para testificar contra la corrupción del momento! Fíjense en el primer encuentro de Elías con Acab (1 Reyes 17:1). ¡Cuán notable es ver a un hombre, aislado y hasta entonces desconocido, levantarse en el poder de Dios y decirle al rey de Israel: «Vive Jehová… que no habrá lluvia ni rocío en estos años, salvo por mi palabra». Elías ocupa el primer lugar que Acab había perdido; el rey de Israel debería haber sido el siervo más distinguido de Dios; pero se había apartado del camino de Dios y Jehová envía a su propio siervo, disciplinado en lo secreto, para traer un mensaje y un testimonio que afirma que Él tiene el control supremo sobre todas las cosas. La lluvia de la que dependían las cosechas de la tierra no caería, salvo por la palabra de Su siervo.
Una vez dado el mensaje de parte de Dios, es necesario que Dios se ocupe de su siervo de manera personal. «Apártate de aquí», dice Jehová, «y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer» (17:3-4). No debe estar al margen de las aflicciones y los juicios con los que Dios visita a su pueblo; pero, por su dependencia de Dios, las domina. Así es con todo siervo fiel; así fue con Elías. Este tiempo de aflicción, tan terrible para los impíos, resulta particularmente provechoso para el hombre de fe. Si su oración ha recibido una respuesta notable, debe aprender que, precisamente por eso, debe ser más dependiente que nunca; y también que las aflicciones que había pedido para el pueblo serían igualmente su parte si no permaneciera estrictamente en el camino de la fe. A menudo sucede que, cuando nuestras peticiones reciben una respuesta favorable, descuidamos mantener la actitud de dependencia, cuando precisamente el beneficio que hemos recibido debería mantenernos en ella aún más. Es la fe en Dios, y no unas circunstancias particulares más favorables, lo que coloca a su siervo por encima de las aflicciones del pueblo de Dios. Elías debe esconderse; pero, semejante en esto a Aquel a quien prefiguraba, debe permanecer en Israel hasta el final, aunque oculto y desconocido, pues es dentro de los límites del país donde Dios provee en primer lugar para su sustento. Es Su propia mano, se podría decir, la que lo alimenta; los cuervos le traen pan y carne por la mañana y por la tarde; las aves, tan voraces que descuidan alimentar a sus propias crías, son transformadas por Dios en ministras para las necesidades de Su siervo; «y bebía del arroyo» (v. 6).
Pero al cabo de un tiempo, le tocó experimentar con mayor intensidad la sequía y la hambruna que azotaban a Israel; el torrente se secó porque no llovía en el país; Elías se hizo sensible a los sufrimientos del pueblo de Dios, aunque él no los mereciera, pero al mismo tiempo aprendió a confiar en Dios y a decir: «En ti confío» (vean Sal. 31:14). Tal fue la experiencia de nuestro amado Señor, pero con la perfección que siempre le caracterizó; por otra parte, alude a esta escena en el Evangelio según Lucas (cap. 4,) cuando, rechazado por Israel, sentía cuán áridos estaban sus corazones hacia él; muestra a quienes le escuchaban que no carecía de recursos. Así como Israel había carecido de agua en el pasado, así también el corazón del pueblo había carecido del deseo de recibir a su Mesías, pero el mismo Dios que había preparado a una viuda de entre los gentiles para acoger a Elías, prepararía los corazones de los gentiles miserables fuera de Israel para recibir al Señor de toda la tierra.
Elías, a quien se le había enseñado a esperar en Jehová para su sustento diario en la tierra prometida, oye ahora estas palabras: «Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente» (17:9). Era una dura disciplina, pero se le abre un servicio. Él, un israelita, debe abandonar la tierra prometida, habitar con una viuda gentil y ser alimentado por ella; del mismo modo, el Señor, durante su rechazo de Israel, habita ahora con la Iglesia; ¡qué valioso es ver que todo siervo obediente debe ser guiado por un camino en cierto modo semejante al Suyo! Elías obedece; y, como Él, es un testigo en la historia de la maravillosa gracia de Dios hacia el hombre. A la entrada de la ciudad, se encuentra con la viuda. Cuando la fe es sencilla (y siempre lo es cuando se produce únicamente por la Palabra de Dios), toda dificultad desaparece.
Podría haber pasado de largo junto a la viuda que debía alimentarlo, porque era pobre, y haber buscado a otra más rica; pero su mirada estaba fija en Dios, y sin desanimarse en absoluto por su extrema pobreza, le dijo sin timidez y sin interrogarla: «Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba» (17:10). Se puede decir que un alma guiada por Dios siempre está conducida por el camino verdadero. Elías pide al principio muy poco; y cuando ve que ella interrumpe de buen grado su trabajo, olvidando todo lo que exigían sus propias necesidades, se anima a pedir más, y recibe así la seguridad de que esta mujer es la viuda a la que Dios le ha enviado. Ella estaba dispuesta a compartir con él todo lo que tenía, pero cuando el profeta le pide lo que ella no poseía, se ve obligada a exponer toda la historia de su pobreza; y es entonces cuando Elías manifiesta toda la grandeza de Aquel de quien era siervo.
¡Qué momento tan precioso para el alma que ha seguido con cuidado y firmeza el rayo de luz divina, invisible para los demás, pero bien nítido para ella misma, cuando de repente se encuentra plenamente consciente de los designios de Dios por la demostración de su poder! Eso es lo que le sucedió a Elías. La Palabra de Jehová ahora le había llegado, se la declara a la viuda y, a partir de entonces, se queda a vivir en su casa; durante todo un año fue alimentado por el Señor de esta manera tan notable. A menudo ocurre que no recibimos la Palabra de Dios porque no avanzamos hasta el punto en que puede alcanzarnos, es decir, hasta donde el Señor puede utilizarnos para dar testimonio de él; pero cuando llegamos a ese punto, nos volvemos capaces de dar testimonio con pleno poder; y además estamos sostenidos en el gozo de la bendición en la que así somos introducidos. ¡Qué gozo debió de ser para Elías ser alimentado día tras día por Dios en aquella pobre casa! El pan y el aceite diarios debieron de resultarle especialmente dulces, mientras su alma experimentaba la bendición de que le llegaban directamente de la mano de Dios; pues no creo que al final quedara en el recipiente ni un grano de harina más que al principio. Pero no debía abandonar aquel techo sin ser sometido a otra prueba. El hijo de la viuda muere, y Elías debe pasar por profundos ejercicios de alma antes de comprender que la gracia de Dios satisface todas las necesidades (v. 17-24).
¡Y con qué perfección! ¡Qué revelaciones benditas e importantes le fueron dadas en la casa de aquella viuda! Pudo experimentar todas las bendiciones de Dios para con el hombre; tuvo comunión, por adelantado, con toda la extensión de la obra del Hijo de Dios. Aprendió cómo Dios podía preservar de la muerte, cómo podía calmar las angustias desviando el mal de la tierra; en una palabra, aprendió a conocer todo el círculo de las bendiciones temporales conocidas en la tierra. Más aún, ahora se le introduce en el más profundo de todos los misterios, el de la resurrección de entre los muertos; había visto cómo se evitaba la muerte y se calmaban sus terrores; pero ahora, puesto en contacto con el dolor más profundo (pues una viuda que pierde a su único hijo, el último bien que le queda en la tierra, es el ejemplo más completo del dolor humano). Dios lo utiliza para manifestar Su poder y Su gracia venciendo a la muerte y devolviendo la vida: así es como se le instruye, de manera admirable, en la obra más poderosa de Dios. Los ejercicios de su alma en ese momento, cuando la pobre viuda lo acusaba de la muerte de su hijo (v. 18), sus experiencias del poder de Dios que podía devolver la vida a un muerto debieron de ser muy particulares y notables; pero el testimonio de la viuda tras la resurrección de su hijo es también muy valioso: «Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca» (17:24). Dios fue honrado y su siervo manifestado en la gran obra de la resurrección.
Elías había aprendido esas profundas lecciones sobre la gracia y el poder de Dios en la casa de los gentiles, lecciones que eran como sombras de las gloriosas revelaciones de esa misma gracia y ese mismo poder que se manifestaron entre los gentiles en la tierra, así como en Israel. Ahora recibe la orden de presentarse ante Acab y anunciarle que haría llover sobre la faz de la tierra (cap. 18:1). Se había ocultado de Israel, y Acab lo había buscado en vano por todas las naciones y reinos; pero cuando el rey decide con Abdías repartirse el país para buscar pastos, entonces Elías se presenta él mismo. Su primer encuentro es con Abdías.
El remanente fiel es siempre el primero en reconocer al profeta de Dios, y aunque su fe pueda flaquear, finalmente se siente reconfortado y capacitado para anunciar a los impíos la llegada de aquel en cuyas manos se encuentra la bendición. Acab, al encontrarse con Elías, le interpela con estas palabras: «¿Eres tú el que turbas a Israel?» (18:17). Pero Elías le responde echando toda la culpa sobre el rey y sobre la casa de su padre. El hombre que ha aprendido la gracia, y se presenta ante el impío como testigo y ministro de esa gracia, da a sus denuncias una fuerza que el hombre de la Ley nunca podría dar. El primero viene a rectificar y reparar los defectos que pueda tener que denunciar; el otro los denuncia con la sensación de que no tiene ningún remedio que proponer.
Los profetas de Baal son ahora provocados a medirse con Jehová de los ejércitos, y el momento más glorioso en la vida de Elías es aquel en que se mantiene solo para defender la verdad de Dios contra todos los falsos profetas. Propone una prueba, y Dios responde con fuego (v. 21-39).
Dios siempre manifiesta su aceptación de un testimonio mediante la santidad de su presencia: mediante el fuego. El alma que conoce la aceptación tiene la sensación de la santidad de Aquel que acepta.
¡Qué profunda experiencia para Elías ese momento en el que, al confundir y convencer de su error a los pretendientes de aquel día mediante una simple prueba, se mantiene allí de pie, solo, lleno de valor por Dios, y esperando en Él! ¡Cómo debió de abrirse su alma mientras consultaba con Dios, enfrentándose al rey y a todo el pueblo de Israel!
¡Qué calma da la comprensión perfecta de la voluntad de Dios! Puede dejar que los falsos sacerdotes prueben pacientemente todo su poder, y cuando lo han agotado todo y han demostrado su impotencia, se adelanta para reparar el altar de Jehová según la orden divina. Actúa para Dios y con Dios. No solo repara el altar, sino que va a mostrar con qué abundancia Dios puede desplegar Su poder hacia su pueblo olvidadizo. Elías debía tener un conocimiento profundo y gozoso de Dios al ejercer así su ministerio para Él. Lo había adquirido en la soledad de Kerit y Sarepta; así está preparado para estas demostraciones públicas y puede actuar con calma y con perfecta dignidad.
Ahora que el pueblo ha reconocido su pecado y se ha vuelto de nuevo hacia Jehová, y que Elías ha vengado la verdad mediante la ejecución de los profetas de Baal, el juicio queda suspendido. El pueblo había sido probado por la sequía, para que pudiera aprender que el Dios a quien había ofendido era la única fuente de todas sus bendiciones. Cuando lo aprendió, por la gracia de Dios, la aflicción llegó a su fin, pues Dios siempre suspende el castigo cuando se alcanza el propósito para el que fue enviado; y el siervo, fiel al mantener la verdad ante los adversarios, es empleado para dispensar las gracias de Dios a su pueblo. Elías puede entonces decirle a Acab: «Sube, come y bebe; porque una lluvia grande se oye» (18:41). Pero ¿qué hace él mismo? Sube a la cima del Carmelo, se inclina hasta el suelo y pone su rostro entre sus rodillas.
La fuerza y el poder que Dios da a su siervo con vistas a un testimonio público nunca excluyen el profundo ejercicio por el que debe pasar el alma que sirve de canal a la gracia. Tras un día de trabajo, el Señor pasó la noche en oración, para, si se me permite decirlo, estar en comunión con su Padre acerca del resultado. Así, las demostraciones activas del poder no son un obstáculo para la profunda comunión con Dios que el verdadero siervo busca y que aprecia tanto más cuanto más ha actuado en público para Dios. Elías espera a Dios; y es muy instructivo para nosotros ver cómo un hombre, que un momento antes podía hacer uso de un poder tal que hacía descender fuego del cielo, tuvo que rogar a Dios con insistencia para que se manifestaran Sus gracias. Elías tuvo que enviar a su siervo 7 veces seguidas a ver si había alguna señal de la bendición prometida. Por fin recibe una señal, «una pequeña nube como la mano de un hombre» (18:44). Pero por pequeña que sea, es suficiente para la fe. El profeta puede anunciar a Acab que esa insignificante señal es precisamente la bendición tan esperada y pedida con oración, y además «la mano de Jehová estuvo sobre Elías, el cual ciñó sus lomos» (18:46), y acompañó al rey hasta que estuvo a salvo en la misma puerta de su ciudad.
Elías ha alcanzado ya, gracias a su fe y a su esfuerzo, el mayor de los éxitos. Nada, al parecer, debería haberle conmovido después de haber recibido de Dios tal honor y tal poder. Así es como juzgaría a alguien quien no conociera el corazón humano; pero ¡ay!, no es raro ver, en la historia de los siervos de Dios, que el desánimo y la vacilación suceden a sus mayores éxitos. Así sucedió con David. Después de haber sido librado de Saúl de manera notable, exclamó: «Seré muerto algún día por la mano de Saúl» (1 Sam. 27:1), y huyó a casa de Aquis. Lo mismo ocurrió con Jonás. Cuando su predicación tuvo como efecto apartar el juicio de Dios, se enfadó tanto que no quiso hacer nada más. Tras los ejemplos y las pruebas notables que Elías había recibido de ese poder de Dios y de su ayuda activa, cuando se enteró de las intenciones de Jezabel hacia él, «se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres» (cap. 19:3-4).
¡Qué contraste entre un hombre de fe y un hombre que carece de confianza! ¿Quién pensaría que el Elías de la retama es el mismo Elías que estaba en el Carmelo unos días antes? ¡Cuán débil es el más grande de los siervos de Dios sin la fe! Pero estos retrocesos y estas horas de oscuridad son quizá tan necesarios para un siervo, así como sus momentos más brillantes, pues es entonces cuando aprende por sí mismo el poder de lo Invisible. Ese era el secreto del poder de Moisés. «Perseveró como viendo al invisible» (Hebr. 11:27). Cuando un alma ha recibido las marcas externas y evidentes de los caminos de Dios, necesita aún más esa escuela que tiene por efecto afianzarla en lo que la fe busca, ante todo, para sí misma, y en lo que se apoya: la educación de Dios, particular, íntima, invisible.
Elías abandona el país y se adentra solo en el desierto, buscando el aislamiento lejos de sus compatriotas. ¡Qué viaje! ¡Sin poder confiar en nadie, y sin nadie que le sirva! Es como una muerte en vida, cuando un hombre se siente seguro solo cuando está completamente separado de los de su raza. Nuestro amado Señor no podía confiar en el hombre, porque sabía lo que había en el hombre aun permaneciendo en medio de ellos; pero Elías huye de la compañía de los hombres en el temor y la amargura de su alma, y busca la muerte de la misma mano de Dios. Sin embargo, las misericordias de nuestro Dios nunca fallan; él quiere salvar el alma afligida. «Él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (Sal. 103:14). El primer alivio que siente su alma cansada está en la inconsciencia: «Echándose debajo del enebro, se quedó dormido». Y allí un ángel lo tocó y le dijo: «Levántate, come… Y comió y bebió, y volvió a acostarse» (1 Reyes 19:5-6). Era esa una muestra más profunda e íntima del interés y el cuidado de Dios por él que la comida que le habían traído los cuervos, o que la vasija de harina de la viuda. El pan colocado sobre las piedras calientes y la jarra de agua a su cabecera le muestran cómo Dios provee para sus necesidades; pero la presencia del ángel que le invita a tomarlos le manifiesta el interés personal que Jehová tiene por él. Solitario, no está, sin embargo, abandonado; se le envía un ángel como compañero y como siervo; lo toca por segunda vez, después de haber velado sin duda por él, y con redoblada solicitud le dice: «Levántate y come, porque largo camino te resta» (19:7). ¿Adónde debía llevarlo ese camino? A Horeb, la montaña de Dios.
No dudo de que este alimento, tomado en 2 ocasiones, tenga un significado místico y que nos ilustre las provisiones especiales que el Señor concede a nuestras almas con el fin de prepararlas para un tiempo de serio ejercicio. Esto es lo que simbolizan los 40 días en el desierto, donde todas las relaciones con los intereses y la ayuda humanos quedan prácticamente suspendidas. Moisés y nuestro Señor pasaron por esta experiencia, sin haber tenido, sin embargo, la preparación previa concedida a Elías; pero este último nos presenta el camino habitual del hombre de Dios. Finalmente, habiendo comido y fortalecido, caminó con la fuerza de esos alimentos durante 40 días y 40 noches. Esos 40 días en el desierto sin alimento ni apoyo humano son el camino que debe seguir el alma que debe aprender a conocer a Dios en Sus designios sobre la tierra. En Horeb, el monte de Dios, todas las cosas están desnudas y al descubierto, y el alma de Elías tiene que ver con Dios, y solo con él.
Estas comunicaciones individuales comienzan por parte de Jehová, con esta pregunta que penetra en el alma: «¿Qué haces aquí, Elías?» (1 Reyes 19:9). Entonces recibe la orden de salir de la cueva donde se había retirado y de situarse en la montaña ante Jehová; «y he aquí Jehová que pasaba» (19:11). El verdadero estado de Elías queda ahora al descubierto. Jehová no estaba en el viento impetuoso, ni en el terremoto, ni en el fuego. Esas eran manifestaciones de Dios; pero para Elías había algo más profundo, más santo, más personal; aprende a reconocer la superioridad de la voz suave y delicada sobre todas las manifestaciones externas; una lección que necesitaba mucho, pues la maravillosa escena del Carmelo sin duda había eclipsado esa relación personal que le habría sostenido después en los momentos de profunda decepción. Restablecer esa relación era el objetivo de la escena bajo la retama y del ministerio del ángel; desnudar su alma fue el resultado del viaje de 40 días hasta Horeb, lejos de la humanidad, y el fin fue esa disciplina bendita que llevó a Dios mismo a un contacto tan íntimo con su alma. ¡Entonces bien podía ocultar su rostro en su manto y escuchar! Y si no pudo responder de manera satisfactoria a la pregunta formulada por segunda vez: «¿Qué haces aquí?», recibe la orden: «Ve, vuélvete» (19:13-15), para cumplir los consejos de su Señor. Había hecho su propia voluntad, pero ahora, llevado a Horeb, la voz suave y sutil de Dios le revela sus designios respecto al mundo: el rey malvado debe ser sustituido, la espada se desenvainará en Israel; pero 7.000 almas, un remanente fiel, estaban reservadas como testimonio para Dios.
Esto debía silenciar toda la presunción de Elías; él había dicho: «Solo yo he quedado» (1 Reyes 18:22), pero Jehová muestra que tiene otros 7.000 testigos, y además que otro profeta debe ser ungido en su lugar. Por grandes que fueran sus servicios, la verdad y el poder de Dios no dependían de él; y aunque su testimonio en la tierra debía llegar a su fin, Dios tenía reservada una parte más elevada y bendita para su siervo, parte que, sin embargo, no parece haberle sido revelada en ese momento. ¡Qué maravillosa formación! Debió de partir de la montaña santa con una idea muy diferente de la que tenía al llegar sobre lo que Dios era respecto a él mismo y respecto al hombre. Estaba verdaderamente humillado, sentía un verdadero interés por Dios, estaba verdaderamente apegado a Él en lo más profundo de su alma, y ahora consideraba a los demás mejores que a sí mismo.
Los primeros frutos de lo que aprendió en Horeb se manifiestan en su primer acto: la vocación de Eliseo. A este último le encomienda la tarea de ungir a Hazael y a Jehú (2 Reyes 8; 9). El resto de su trayectoria demuestra que ha sabido aprovechar esa formación. En el capítulo 21:17, se encuentra con Acab en la viña de Nabot y, sin temor ante él, le anuncia el juicio de Dios que iba a caer sobre él y sobre Jezabel. Dios lo utiliza para proclamar cuánto reprueba a quien se atreve a despojar a uno de los Suyos de su porción y de su herencia divina, y cómo tal acto atraerá el juicio más severo: un servicio precioso para quien hasta entonces solo había comprendido en parte cuál era el corazón de Dios hacia su pueblo. Elías, esta vez, no teme exponer este gran principio: que Dios no permite que se prive impunemente a uno de los suyos de Su don. «Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él» (1 Cor. 3:17). «¡Ojalá que se mutilaran los que os perturban!» (Gál. 5:12). «¡Ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!» (Mat. 18:7). Todas estas escrituras encierran el mismo principio. Acab se humilla, y Dios, en su gracia sin límites, concede un respiro a la ejecución de la sentencia pronunciada contra el rey. Jonás, cuya educación había sido menos completa, se había rebelado contra la bondad de Dios, frustrando sus propias predicciones; Elías está satisfecho y en plena sintonía con el pensamiento de Dios. Quien ha aprendido la gracia para sí mismo, puede comprender los caminos de la gracia hacia los demás.
Llegamos ahora al último acto de testimonio público de Elías (2 Reyes 1), cuando reprende al rey de Israel, que consultaba a Baal-zebub acerca de su enfermedad, como si no hubiera Dios en Israel. La apostasía había llegado a tal punto que se ignoraba la propia existencia de Jehová, y es necesario que Elías se levante para declarar que la muerte debe venir a dar testimonio de la existencia de Dios cuando la incredulidad desconoce su evidencia. «Del lecho en que estás no te levantarás, sino que ciertamente morirás» (2 Reyes 1:4). Si no creemos que Dios existe, ¿qué podemos esperar, sino la muerte? La misión de un Elías es anunciar esta verdad tan solemne y luego abandonar la escena de un mundo culpable. Eso es lo que hace este notable siervo; se retira y se sienta en la cima de una montaña, fuera del alcance y en el poder consciente de la separación y la elevación morales. ¿Es este el mismo hombre que había huido para salvar su vida al desierto? Los jefes de 50 y sus tropas no son nada ante él.
El fuego de Dios (que, sin embargo, como había aprendido en Horeb, no encerraba la voz para su alma) está ahora a su disposición para la destrucción de sus enemigos. Por 2 veces Dios confirma con un milagro la autoridad de su siervo, y luego le dice que baje y cumpla su misión. En apariencia, su vida estaría a merced de sus enemigos, pero en el poder de Dios es tan inexpugnable en el palacio del rey como en la cima de la montaña. Elías obedece y repite, en presencia del rey, el solemne juicio de Dios, sin temer proclamar el nombre de Dios en el mismo centro de la apostasía, allí donde reinaba el poder del mal: un hermoso final para una carrera bendita. Cuando pensamos en lo que debió de ser esa escena, nos llenamos de admiración por el hombre y por su obra, ¡pero también nos vemos obligados a decir que Dios moldea a sus siervos para su propia gloria y para sus designios!
Aunque la carrera pública de Elías había llegado a su fin, su historia personal en la tierra iba a concluir en una abundancia de gloria, mucho mayor que todo lo que se le había concedido durante su servicio. Jehová iba a llevárselo consigo al cielo, de una manera infinitamente superior a la que es el destino común del hombre. Al igual que Enoc, «fue trasladado para que no viese la muerte» (Hebr. 11:5). Sin duda sabía lo que iba a suceder, pues la forma en que emplea sus últimas horas es muy significativa e instructiva, si pensamos en la perspectiva que tenía ante sí en cuanto a su partida de la escena terrenal y en la naturaleza de dicha partida. En esas últimas horas, aún se pone en contacto, a costa de su propio cansancio, con todos esos lugares de Israel que recordaban los caminos de Dios hacia su pueblo: Gilgal, donde la afrentosa carga de Egipto había sido quitada de encima de ellos; Betel, donde Jacob había visto la escalera de Dios que unía la tierra con el cielo; Jericó, donde Dios elevaría su gracia por encima de toda la rebelión y todo el pecado del hombre; y, por último, el Jordán, cuyo cruce, al recordar la gloriosa entrada de Israel en la tierra, hablaba de la muerte, del fin del hombre en la carne. Con la perspectiva de ser llevado en un carro de gloria lejos de esos escenarios de apostasía donde se menospreciaba la gracia, el corazón de Elías, como el de su gran antitipo, permanece fiel a los intereses de Dios en la tierra, y quiere visitarlos una vez más, aunque le suponga un esfuerzo, si pensamos en las grandes distancias que tuvo que recorrer.
El hecho de que su destino personal sea tan glorioso no aparta su corazón de los intereses y de la gloria (en cuanto al testimonio terrenal) de aquel Señor del que había sido fiel testigo. En cuanto a él mismo, fue en el lugar donde, en tipo, las aguas de la muerte se habían cerrado sobre el viejo hombre, en su naturaleza corrupta y arruinada, donde el carro de fuego lo esperaba para llevárselo a la gloria. Es en esa gloria donde ha aparecido desde entonces, conversando con su Señor en el monte santo, es en esa gloria donde aparecerá de nuevo cuando Él venga a liberar al remanente fiel, moralmente identificado con los 7.000 de los que se le había hablado en los días de su desánimo, y que, después de que el país haya sido purificado de sus impurezas y de su apostasía, compartirán con todos Sus redimidos el gozo de Su reino.
¡Qué carrera la tuya, Elías! Llena de pruebas y luchas a muerte, pero aún más llena de enseñanza que te hizo conocer el corazón de Aquel a quien pusiste tu gozo y tu gloria en servir; carrera que comenzó con la oración secreta y la confianza en Dios y terminó en un carro de fuego que te llevó hacia Él.
12 - Ezequías
Es interesante, y muy útil, conocer los caminos de Dios a través de un ejemplo vivo, de alguien que haya tenido la misma naturaleza y los mismos sentimientos que nosotros, de un instrumento de Dios capacitado por Él para hacer Su voluntad. Vemos la gracia de Dios actuar en este instrumento y vemos cómo se ve obstaculizada; y tenemos una idea clara de lo que es el pensamiento de Dios, cómo se dirige al hombre y cómo lo forma y lo controla. La naturaleza de la acción divina nos es así explicada por medio del siervo humano; vemos, por un lado, cómo Dios puede emplear al hombre, y, por otro lado, cómo el hombre ha fallado, o cómo ha actuado cuando ha sido dirigido por Dios. Necesitamos conocer estos 2 aspectos para tener una idea clara de la acción divina. La Escritura nos muestra al individuo, la naturaleza y el carácter de las circunstancias por las que pasa el siervo de Dios. Al estudiar y observar cómo Dios instruye al individuo, llegamos a comprender Su pensamiento.
Ezequías aparece en escena en un momento especialmente crítico de la historia de Israel, y la forma en que Dios lo prepara y lo instruye para ese tiempo difícil es muy instructiva. A menudo hay un gran parecido entre la posición que nosotros mismos estamos llamados a ocupar y la de los siervos distinguidos de Dios. Esta semejanza es muy marcada entre los grandes y los pequeños en la Casa de Dios, y el estudio de Sus caminos hacia un siervo eminente suele ser de ayuda para un siervo menor que puede ser desconocido más allá de su entorno inmediato. Sin embargo, este último puede aprender igual de bien, y puede ser tan profundamente disciplinado bajo Su mano como el siervo más destacado y distinguido.
La historia de Ezequías nos presenta 2 cosas: en primer lugar, cómo recibe la fuerza para levantar el testimonio de Jehová de manera notable, en un tiempo en que todo había caído al nivel más bajo y parecía irremediablemente arruinado; en segundo lugar, cómo fue enseñado por el sufrimiento y por la convicción del fin y la ruina de todas las cosas aquí a confiar en Dios. Es muy instructivo detenerse en una historia como esta, y observar cómo Dios guía a su siervo, lo utiliza para hacer su voluntad y para andar en sus caminos, enseñándole que todo está perdido si se apoya en el hombre.
La primera mención que tenemos de Ezequías es: «Él quitó los lugares altos, y quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel; y la llamó Nehustán» (Pieza de bronce) (2 Reyes 18:4). Fue un acto audaz y decisivo con el que inició su carrera como siervo de Dios, pues los lugares altos habían existido desde antes del reinado de Salomón y durante su reinado hasta aquel día (vean 1 Reyes 3:3). No sabemos qué disciplina había pasado ya Ezequías que pudiera cualificarlo para una acción tan rápida y decidida. El relato de los hechos de su padre y el estado de las cosas en relación con el testimonio de Jehová no nos preparaban para ver a un joven de 25 años actuar con tanto vigor y decisión en el mismo momento de su acceso al trono. Surge de entre los escombros de la grandeza pasada, como si no hubiera tenido ningún contacto con esa ruina, como si incluso le hubieran enseñado a separarse de ella y a denunciar todo lo que le rodeaba. Toma su lugar en la escena, como otro David que va a visitar a sus hermanos en el valle de Ela. Separado de ellos y, sin embargo, en medio de ellos, se dedica a hacer desaparecer todo lo que deshonra a Dios. Su obra lleva la huella de la escuela en la que aprendió, del entorno en el que se formaron sus pensamientos. La manera en que actuamos, cuando llega el momento de actuar, manifiesta la naturaleza de los principios con los que nos hemos alimentado.
La reforma llevada a cabo por el joven rey demuestra que había sido educado en la escuela divina de una manera poco común. La disciplina de David en el desierto lo había preparado para la valiente batalla contra Goliat; y es necesario que Ezequías hubiera sido preparado y entrenado, pues de lo contrario no habría podido reprimir con tal dominio el desorden que lo rodeaba. Son precisamente esos desórdenes los que disciplinan y ponen a prueba al siervo de Dios. Uno puede admitirlos, otro afligirse por ellos, un tercero intentar remediarlos con medios insuficientes o inadecuados, con la esperanza de mejorar las cosas; pero aquel que ha recibido de Dios la revelación de lo que es el verdadero orden divino, no puede proponer ni aceptar nada menos de lo que hizo Ezequías. Para él, no hay compromiso: lo justo y solo eso, según la medida de Dios; así es como actúa, sean cuales sean las cosas que deban ponerse en orden. A veces se trata de algo muy pequeño, que otros siervos de Dios pueden haber pasado por alto, pero que indica de manera particular la altura del designio del siervo fiel.
La destrucción de la serpiente de bronce por parte de Ezequías lo señala inmediatamente como alguien cuya alma ha sido disciplinada por Dios para su servicio; pues, aunque no siempre percibamos la disciplina, vemos sus frutos, que nada más podría haber producido ni desarrollado. En primer lugar, se mantiene la gloria de Dios; Ezequías se fortalece y afirma por todas partes los derechos de su vocación y su verdadera dignidad como rey de Judá. «Y Jehová estaba con él; y adondequiera que salía, prosperaba. Él se rebeló contra el rey de Asiria, y no le sirvió» (2 Reyes 18:7). Pero Ezequías no se limitó a afirmar y mantener su verdadero lugar como rey para Dios; también mantuvo de manera completa el testimonio de Dios. No basta con oponerse a los enemigos y resistirles, obligándoles a devolver lo que han usurpado; también debemos mostrar cuál es la verdad de Dios. Ezequías no solo se muestra más fuerte que sus enemigos, sino que se dedica al restablecimiento del testimonio de Dios.
En el primer año de su reinado, en el primer mes, abrió las puertas de la Casa de Jehová y las reparó. Y actuó en esta obra de restauración y bendición de una manera tan completa y eficaz que se dice: «Hubo entonces gran regocijo en Jerusalén; porque desde los días de Salomón hijo de David rey de Israel, no había habido cosa semejante en Jerusalén» (2 Crón. 30:26). Esto se resume en el capítulo 31:20: «De esta manera hizo Ezequías en todo Judá; y ejecutó lo bueno, recto y verdadero delante de Jehová su Dios». Resistir al mal e introducir el bien indica que se posee el poder divino. Donde solo hay convicción o persuasión, sin poder divino, solo se encuentra imperfección. «Las piernas del cojo penden inútiles (Prov. 26:7). Se pueden realizar esfuerzos considerables para resistir al enemigo, pero no se harán otros tan grandes para restablecer la verdad. Por otro lado, puede haber un verdadero deseo de restablecerla mientras se transige con lo que le es contrario, el deseo de suprimir el vicio sin tener en cuenta el testimonio de Dios; o una conciliación entre lo que es realmente opuesto a Cristo y la profesión de Su nombre. Tal no era Ezequías; él no carece de fuerza; resiste al mal, busca la verdad de Dios en su verdadera fuerza y en su excelencia, y la defiende. Ha alcanzado un grado que todos admiramos y que, por encima de todo, debemos procurar alcanzar.
Lo que acabo de esbozar brevemente ocurrió durante los primeros 14 años del reinado de Ezequías, una época próspera y fructífera; pero cuanto más útil es alguien, más necesita aprender a desprenderse de sí mismo y descubrir que lo tiene todo en Dios. Por eso vemos que algunos de Sus siervos están profundamente disciplinados por Él al principio, a fin de estar preparados para una carrera útil; otros, tras un tiempo de servicio útil, son humillados y afligidos para aprender cuánto Dios, en sí mismo, es verdadera y perfectamente suficiente para todo. El decimocuarto año del reinado de Ezequías está lleno de acontecimientos importantes para él; leemos, en efecto, en 2 Reyes 18:13: «A los catorce años del rey Ezequías, subió Senaquerib rey de Asiria contra todas las ciudades fortificadas de Judá, y las tomó». Y en 2 Crónicas 32:1: «Después de estas cosas (las que he mencionado anteriormente) y de esta fidelidad, vino Senaquerib rey de los asirios e invadió a Judá»; fue también en aquellos días cuando «Ezequías enfermó de muerte (v. 24). ¡Prueba por fuera y prueba por dentro! Su enfermedad debió de tener lugar en el decimocuarto año de su reinado, pues en ese momento se le añadieron 15 años de vida, y sabemos que reinó 29 años en total. Concluyo, por el hecho de que se menciona que ocurrió después de la segunda invasión de Senaquerib, que tiene importancia como tipo; pues las pruebas por las que pasó Ezequías durante esta enfermedad prefiguran lo que Israel deberá atravesar antes de su liberación final y no cualquier otro favor que pudiera concedérsele.
Es hermoso e interesante ver a Ezequías caminar durante 14 años (2 veces 7, un período doblemente perfecto) sobre la tierra ante Dios, con dignidad y fidelidad. Pero ahora lo observaremos en circunstancias muy diferentes, oprimido por el rey de Asiria, profunda y dolorosamente probado en su alma ante Dios, y tendremos que sacar una lección de ello. Parece que su caída se remonta a la primera invasión de Senaquerib, porque es difícil imaginar que este rey hubiera persistido en su campaña tras haber recibido el tributo que había impuesto. La historia es sencilla: en el decimocuarto año del reinado de Ezequías, Senaquerib subió y sitió algunas ciudades de Judá. Ezequías le pagó entonces una cierta suma, un rescate, para que desistiera. Pero después Senaquerib volvió (quizás a su regreso de Egipto) y amenazó entonces a Jerusalén; y fue entre estas 2 invasiones cuando Ezequías fue profundamente probado ante Dios por una grave enfermedad. Durante 14 años había caminado con Dios y había prosperado. Entonces, por primera vez, aparece una falta en su trayectoria. En lugar de repeler la invasión del rey de Asiria, como lo había hecho antes, intentó evitarla pagando.
Al comienzo de su reinado, sin recursos aparentes, se había liberado del yugo de Asiria y ya no la había servido. Mientras que ahora, sólidamente establecido y poderoso en todos los sentidos, es incapaz y manifiestamente carece de fuerza para mantener la posición adquirida por la sola fe. ¡Cómo explica esto los frecuentes tropiezos de los siervos de Dios! Pero se comprende fácilmente; cuando sirvo a Dios en Su dependencia, cuando considero sus caminos para mí, estoy lleno de audacia, aunque no vea ningún medio de mantenerme a mí mismo en su camino; pero cuando empiezo a confiar en los frutos de mi fidelidad, los bienes y los recursos que Dios me ha dado, corro el riesgo de perderlos, si no los guardo por parte de él y con él. Así le sucedió a Ezequías. Él, que había ocupado su verdadero lugar con tanta audacia y había recibido los derechos divinos de los que estaba investido, no puede mantenerlos; se humilla y recurre al indigno expediente de comprar a aquel a quien había desafiado cuando su fe estaba en acción. ¡Qué contraste entre la confianza que da la fe en Dios y la que tiene su origen en los recursos humanos, por grandes que sean! Ezequías, cuando no tiene más que a Dios, puede negarse a servir al rey de Asiria; pero habiendo adquirido un gran poder y en plena prosperidad, se rebaja a la posición de un vasallo.
Creo que fue en ese momento cuando le sobrevino la enfermedad. Sin duda, era algo que necesitaba. Dios quiere enseñarle a través de ella qué es la muerte y cuán terrible es para el hombre como tal. No hay nada más conmovedor que el relato que hace el propio Ezequías de los tormentos de su alma cuando se encuentra ante la muerte. Jehová le dice mediante dl profeta Isaías: «Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás». Y Ezequías volvió su rostro hacia la pared y oró a Jehová. Y dijo: «Oh Jehová, te ruego que te acuerdes ahora que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho lo que ha sido agradable delante de tus ojos. Y lloró Ezequías con gran lloro» (2 Reyes 20:1, 3; Is. 38:3).
Es un ejercicio y una disciplina que todo santo debe experimentar de una u otra manera. Este momento, terrible para la naturaleza, debe ser conocido y sentido. ¡Y qué momento! ¡Cuando todo lo que un hombre ama, todo lo que le une a sus propias obras y a su voluntad, se hunde en la disolución! El hombre, como hombre, ya no existe. Cuanto más grande haya sido su posición, cuanto más amplia haya sido la esfera de sus ocupaciones, cuanto más agradables hayan sido sus relaciones, cuanto más vivos hayan sido sus afectos, más terrible es el desgarro que experimenta en la muerte. Sin embargo, a los hombres les está reservado morir una sola vez, pero cuando un hombre ha ocupado una posición elevada en esta vida, le resulta tanto más doloroso y angustioso separarse de ella; se podría llegar a decir que cuanto más bueno y útil es el hombre, como hombre, tanto más desagradable e insoportable le parece la muerte.
Pero este es el juicio sobre la humanidad; y todo creyente sufre en su alma como hombre y atraviesa la muerte con tanta amargura como Ezequías. Este último era un hombre excelente y eminentemente útil; había caminado delante de Dios en verdad y con un corazón perfecto. Su sufrimiento ante la muerte no se debía a una duda sobre su salvación final, sino que veía la muerte como aquello que debía separarlo de todo lo que le interesaba en esta vida, de todas las cosas en las que estaba comprometido. ¿Podría un hombre que es consciente de ser un centro de utilidad y de fuerza en la tierra, independientemente de otras consideraciones, aceptar a la ligera verse privado de su posición y de su ámbito de actividad por el sombrío poder de la muerte? ¿Se puede comprender lo que es estar separado de todo lo que uno ama, de todo lo que uno aprecia como hombre, de todos aquellos que te aprecian y os consideran como parte de su existencia, y no simpatizar con Ezequías en lugar de condenarlo? La experiencia de Ezequías nos muestra cómo un hombre de Dios, un alma regenerada, experimenta el desgarro. Por supuesto, no queremos aludir a la forma en que un cristiano atravesaría esta prueba, sabiendo que, al otro lado de la tumba, fuera de la carne y por encima de ella, posee la vida en Cristo. Sin embargo, debe atravesarla.
Y si lo hace tan victoriosamente, no es porque sea menor para él que para Ezequías, sino porque ha recibido por gracia la vida en el Hijo de Dios resucitado: no sufre menos, pero disfruta infinitamente más que Ezequías. La prueba es necesaria para que comprendamos que el abandono de nuestra existencia humana es algo que hay que aprender moralmente en la cruz de Cristo; que ese abandono, es decir, la muerte, no es algo de poca importancia; al contrario, es algo extremadamente amargo, pero que debe ser; y que la bondad y la actividad de un hombre aquí, en lugar de atenuar la prueba, la agravan y aumentan su angustia.
Para un hombre, entregar el alma no es el dolor de la muerte tal y como lo puede sentir un animal; es el fin de todo vínculo con aquello que le interesaba, le atraía y daba algún valor a su vida. La amargura de la muerte pasa cuando uno está agotado y cansado por la tristeza o la enfermedad, y anhela la disolución; pero estar separado de todo lo terrenal sin tener una esperanza celestial, dejar de existir tanto para Dios como para el hombre, eso es lo significa la amargura de la muerte. Ezequías lo expresa bien cuando dice (Is. 38:10-14): «A la mitad de mis días iré a las puertas del Seol; privado soy del resto de mis años. No veré a Jah, a Jah en la tierra de los vivientes; ya no veré más hombre con los moradores del mundo… Mi morada ha sido movida y traspasada de mí, como tienda de pastor. Como tejedor corté mi vida… Contaba yo hasta la mañana. Como un león molió todos mis huesos; de la mañana a la noche me acabarás… Como la grulla y como la golondrina me quejaba; gemía como la paloma; alzaba en alto mis ojos».
Vemos que este escrito de Ezequías es el relato hecho por el Espíritu del ejercicio producido en él bajo esta dura disciplina. Pero cuando llega a decir: «Jehová, violencia padezco; fortaléceme» (v. 14), hay evidentemente una nueva luz en su alma; entra en la resurrección con esperanza. Ahora puede decir: «Señor, por todas estas cosas los hombres vivirán, y en todas ellas está la vida de mi espíritu; pues tú me restablecerás, y harás que viva… mas a ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción» (Is. 38:16-17); (aquí también se encuentra el sentimiento del perdón de Jehová) «porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados… El que vive, el que vive, este te dará alabanza, como yo hoy» (38:18-19). La disciplina ha cumplido su bendito propósito. Fue una terrible prueba, pero ninguna otra podía llevar al alma a confiar plenamente en Dios como fuente y manantial de vida. Es absolutamente necesario que conozca y comprenda mi muerte como hombre, para poder comprender la bendición actual que supone vivir por el Hijo de Dios, y para Dios, de una manera que le agrade y que sea acorde con su santidad y su justicia. No es cosa fácil; pues es la suma y el fin de toda disciplina. Si nos consideráramos realmente muertos y permitiéramos que el Espíritu mantuviera a Cristo en nosotros en todo, no habría necesidad de disciplina, y ya no habría nada en nosotros que hacer morir [4]. Cuando hay pocas cosas en nosotros que hacer morir, es porque la muerte moral ha ocupado realmente su lugar en nosotros. En unos esto ocurre de inmediato, en otros lentamente y poco a poco; pero la muerte, como muerte, debe llegar, y es en la medida en que comprendemos que la vida que está en Cristo ocupa su lugar, que podemos soportar el curso de la prueba y ser capaces de decir: «El que vive, el que vive, éste te dará alabanza, como yo hoy» (Is. 38:19).
[4] Cabe destacar que el Nuevo Testamento nos presenta esta verdad práctica, no con la palabra «morir», sino con «dar muerte» o «mortificar». El cristiano está muerto. Por eso está llamado a considerarse muerto al pecado y a mortificar sus miembros que están en la tierra.
Ahora bien, Ezequías ha vivido experiencias maravillosas. Ha sabido lo que es estar en el valle de la sombra de la muerte; ha visto cómo las luces de este mundo se apagaban una a una, y cómo se desprendía el cordón de plata, y ha conocido el poder de Dios que lo ha levantado. Ha sido bien disciplinado por la mano tierna de Dios: ¿caminará ahora según la enseñanza que ha recibido y se renovará en el conocimiento? El final de la historia de Ezequías nos muestra las pruebas a las que se ve expuesta un alma instruida como lo fue la suya; cómo cae en la trampa, pero al mismo tiempo cómo da prueba de que ha sacado provecho de la disciplina por la que ha pasado. Parece paradójico que, tras un tiempo de disciplina profunda y bendita para él, un hombre pueda manifestar, por un lado, una debilidad especial y, por otro, una fuerza especial; sin embargo, así es. La debilidad de la naturaleza queda al descubierto, y se manifiesta la fuerza de la gracia. Es un error que se comete a menudo pensar que la gracia pone un velo sobre la carne e impide verla; nunca le da una apariencia falsa. Al contrario, cuanto más hay de gracia, más visible se hace el horror de la carne, si no está juzgada y sometida. Así, no es raro ver una manifestación brutal de la carne, allí donde hay una corriente verdadera y profunda de la gracia. Pedro niega al Señor: su carne se manifiesta, mientras que la acción profunda de la gracia en su alma lo conduce al arrepentimiento.
El alma de Pablo se enriquece con los tesoros de la gloria y, como consecuencia, necesita una espina en la carne para que no se enorgullezca. De hecho, el mal que hay en mí es sacado a la luz por la gracia, mientras que yo soy guiado de manera más visible por esa misma gracia. El mal debería ser descubierto antes de que pueda actuar, y así será si, en mi camino, me mantengo cerca del Señor; de lo contrario, el hecho de que la gracia esté presente no impide que el mal salga a la luz. Si este mal es juzgado ante Dios, será eliminado sin haber sido manifestado públicamente por los actos; de lo contrario, la gracia no lo ocultará; será sacado a la luz, y allí recibirá el juicio de parte de Dios; pues si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Cuanto más hayamos avanzado en la gracia, más se pondrá al descubierto la carne, si no es sometida por esa gracia que hemos recibido, es decir, si no caminamos en la dependencia de Dios, quien nos ha dado la gracia.
Ezequías, en el asunto de los embajadores de Babilonia, traiciona su naturaleza; él, que había dicho, en el profundo ejercicio de su alma: «Andaré humildemente todos mis años» (Is. 38:15), no es capaz de resistir a la lisonja del mundo. «Ezequías los oyó, y les mostró toda la casa de sus tesoros, plata, oro, y especias, y ungüentos preciosos, y la casa de sus armas, y todo lo que había en sus tesoros; ninguna cosa quedó que Ezequías no les mostrase, así en su casa como en todos sus dominios» (2 Reyes 20:13). El hombre que ha aprendido, por la disciplina, lo que es la resurrección, no está a salvo del orgullo que supone ser reconocido y estimado por Babilonia. Cede y, en consecuencia, atrae el juicio sobre su casa. Así, no vivió más que para atraer el juicio sobre los suyos y da así una prueba contundente de la incurabilidad del corazón del hombre natural; es cuando se hace gran alarde del hombre cuando este es puesto a prueba. «El crisol prueba la plata… al hombre la boca del que lo alaba» (Prov. 27:21). El simple hecho de que ser reconocido y exaltado sea una satisfacción para la carne, da prueba fehaciente del peligro que nos amenaza. ¡Ezequías cae en este peligro! ¡Qué caída para un hombre que, en el ejercicio de su alma, había conocido la muerte y la resurrección! Babilonia personifica, en principio, todo el egoísmo y la independencia de este mundo. En su falta de fe y su vanidad, Ezequías busca la estima de Babilonia y eso atrae el juicio sobre su familia; pues el favor de este mundo es engaño. La debilidad de Ezequías queda al descubierto, y el juicio recae sobre él mismo y sobre su naturaleza: en efecto, en su familia, se juzga su propia naturaleza, y no solo la falta que fue fruto de esa naturaleza.
Pero, por otro lado, es para nosotros un bello ejemplo de cómo debe actuar un hombre cuando se encuentra ante dificultades aparentemente insuperables. Si la adulación de Babilonia pone al descubierto la debilidad y la vanidad de su naturaleza –lo cual siempre ocurre en la prosperidad mundana–, la invasión y la terrible amenaza del asirio (2 Reyes 18:17) no hacen más que poner de relieve la solidez de su confianza en Dios. La gran prueba por la que pasó no fue en vano. Ante los hombres, conserva una dignidad serena e imperturbable. En cuanto a los mensajes enviados por el rey de Asiria, se dice que el «mandamiento del rey» era: «No le respondáis» (2 Reyes 18:36). Pero él descarga su corazón ante Jehová y le expone toda su angustia. Anteriormente, por debilidad, había intentado pagar al invasor; ahora rasga sus vestiduras, se cubre con un saco y entra en la casa de Jehová. El lugar que ocupa y toda su actitud son exactamente lo contrario de lo que había hecho con los embajadores de Babilonia; y es consolador verlo a él, que había sido rescatado de la muerte –y que había aprendido realmente lo que es la muerte–, estar allí como si no fuera nada en sí mismo, pero teniendo esperanza en Dios.
Cuando Jehová prometió a Ezequías la curación de su enfermedad, también le prometió librarlo del asirio (2 Reyes 20:6). La victoria de Jehová es completa; sobre sí mismo y sobre el opresor; pero el corazón debe aprender cómo, habiendo pasado por la muerte, puede resistir mejor ante la muerte y el peligro, que ante la adulación y la aprobación del mundo. Ezequías comprende la muerte y lo que Dios es en la muerte; por eso, bajo la presión de los asirios, se vuelve hacia Dios; pero cuando está rodeado y halagado por los embajadores de Babilonia, cae bajo la influencia fatal del sistema que ellos personifican, y entonces sus hijos y su nación, bajo el gobierno de Dios, deben sufrir las consecuencias. La maravillosa liberación de Ezequías de la mano de los asirios por la intervención de Dios es el último acontecimiento de su vida que nos relata la Escritura, y concluye bien la historia de su disciplina. Ha aprendido que toda carne es como la hierba, y ante su alma Dios lo es todo en todos. Cuando llegamos a este punto, se alcanza el objetivo de toda disciplina. ¡Ojalá aprendamos y caminemos en la paciencia, para ser perfectos y completos, sin que nos falte nada!