«¿Me robaréis?»

Malaquías 3:8-15


person Autor: Philippe TAPERNOUX 3


Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1920, página 428

1 - La Palabra de Dios pone al hombre ante sus responsabilidades

El profeta se dirige a la conciencia del pueblo rebelde, presentándole el juicio de Jehová sobre su lamentable estado moral. En todas las épocas, la Palabra de Dios posee las mismas características, la misma autoridad y el mismo poder eficaz para convencer al hombre de su estado de pecado y ponerlo ante Aquel ante quien es responsable de sus caminos.

2 - Un pueblo que roba a Dios (Malaquías 3:8-9)

La pregunta que el mensajero de Jehová dirige al pueblo es solemne y penetrante: «¿Robará el hombre a Dios?» Hay muchas formas en que el hombre puede frustrar a Dios, es decir, negarle la gloria que le corresponde y la obediencia que se le debe. Todo pecado tiene este carácter, y su gravedad es tanto mayor cuanto más amplios son los privilegios y la luz que Dios concede al hombre. En este sentido, la Iglesia es más culpable que Israel, pues sus bendiciones son de un orden mucho más elevado. Por ello, considerada como un Cuerpo responsable, la profesión cristiana corrompida terminará en un juicio inexorable que se abatirá sobre la Babilonia apóstata (Apoc. 18), mientras que la misericordia de Dios se manifestará al final hacia Israel (Rom. 11).

Debemos velar por que los derechos del Señor sobre nosotros sean reconocidos en nuestro caminar individual y colectivo, en nuestro testimonio, en nuestros hogares, en nuestro servicio y en nuestras reuniones. Si, por ejemplo, se descuida la Palabra en nuestras familias, ¿no estamos privando al Señor del lugar que le corresponde en nuestros hogares?

3 - La ceguera del pueblo: el endurecimiento y la seducción del pecado

Un rasgo lamentable del estado moral del pueblo que regresó del cautiverio se pone de manifiesto en el libro de Malaquías: su endurecimiento, que se manifiesta en las respuestas llenas de orgullo, rebelión e incredulidad que da a las preguntas del profeta. Rechaza la reprimenda, diciéndole a Dios: «¿En qué te hemos robado?» Como siempre, se sorprende de que se le pueda dirigir tal reproche y su pregunta demuestra su ceguera provocada por «el engaño del pecado» (Hebr. 3:13).

4 - El ámbito en el que Dios se siente robado

Dios responde, señalando un aspecto importante de la conducta desobediente de su pueblo: «En vuestros diezmos y ofrendas» (v. 8). La Ley era muy clara en cuanto a lo que se le debía a Jehová de los bienes que él daba a Israel; pero el desprecio por la Palabra que los caracterizaba los llevaba a la desobediencia en este aspecto, al igual que en todo lo que Dios les había prescrito. Su corazón egoísta, al haberse apartado de él, rechazaban cualquier sacrificio hecho para él.

5 - La aplicación hoy a la Iglesia

¿No hay en todo esto un motivo de humillación para nosotros? ¿Se lleva a cabo entre nosotros la ofrenda de nuestros bienes materiales, en los que «se complace Dios»? (Hebr. 13:16), de acuerdo con los derechos que él tiene sobre nosotros.

6 - La infidelidad conlleva la disciplina (Malaquías 3:9-11)

La consecuencia de la infidelidad del pueblo, en lo que respecta a los «diezmos y ofrendas», fue que, en lugar de ser colmado de la bendición de Jehová que le habría acompañado en el camino de la obediencia, se vio cargado «de maldición» (v. 9). De acuerdo con la justicia de su gobierno, Dios devolvía a su pueblo el fruto de sus caminos. Encontramos el mismo principio en el libro de Hageo (1:6).

7 - Los castigos como llamado al avivamiento

Si abandonamos los intereses del Señor para construirnos casas artesonadas, nos veremos sumidos en la apatía y la pobreza espirituales, en lugar de estar abundantemente bendecidos, como a Dios le gustaría que fuera nuestro caso. Las bendiciones temporales fueron retiradas al pueblo terrenal, al igual que las bendiciones espirituales a la Iglesia, debido a su mundanidad y a su olvido de los derechos del Señor. «La nación toda» (v. 9) había caído en la misma ruina; así, hoy en día, la decadencia de la Iglesia está generalizada.

8 - El propósito de las intervenciones divinas

Sin embargo, al igual que entonces, el Señor apela a la conciencia de cada uno de los suyos y les promete la bendición en el camino del arrepentimiento y de la obediencia a la Palabra. ¡Qué Dios es el nuestro, siempre dispuesto a bendecir ante la más mínima señal de que el hombre vuelve a él! Los frutos del arrepentimiento son las obras de justicia y de obediencia a la Palabra, como dijo Juan el Bautista 4 siglos más tarde: «Dad, pues, digno fruto de arrepentimiento» (Mat. 3:8).

9 - El camino del retorno: arrepentimiento y obediencia (Malaquías 3:10)

9.1 - El retorno a Dios produce frutos visibles: primero, la autoridad de la Palabra está reconocida

Si el pueblo, humillado y contrito, al oír las reprensiones del profeta volviera a traer los diezmos a Jehová, demostraría con ello que la Palabra había recuperado su autoridad sobre su conciencia, y de ello resultaría una bendición infinita para él. Dios no solo nos dice: “Orad y seréis escuchados”, sino: “Examinad vuestros caminos, volved a mi Palabra, obedecedla y veréis si soy fiel a mis promesas de bendeciros». «Traed todos los diezmos… y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde» (v. 10). Del mismo modo, Hageo decía al pueblo: «Subid al monte, y traed madera, y reedificad la casa; y pondré en ella mi voluntad, y seré glorificado, ha dicho Jehová» (Hageo 1:8). Cuando se escuchó el llamamiento del profeta, este pudo decir, en nombre de Jehová, al remanente fiel, estas palabras consoladoras: «Desde este día os bendeciré» (2:19).

Este es un principio de aplicación muy amplia: «Dejad de hacer lo malo, aprended a hacer el bien» (Is. 1:16-17). Cuando Dios traza un camino para los suyos, estos deben obedecer y entonces la bendición se derrama sobre ellos.

Los diezmos debían servir para el sustento de los sacerdotes y los levitas que se dedicaban al servicio de la Casa de Dios. El pueblo debía aportarlos fielmente, «para que haya alimento» en su Casa (v. 10). Dios concede gran importancia al sacrificio de nuestros bienes materiales, que se corresponde con el que exigía a su pueblo de antaño. ¿No debería la gracia enseñarnos a hacer al menos tanto como lo que la Ley exigía a Israel?

9.2 - Dios invita a su pueblo a ponerlo a prueba

Lejos de empobrecernos, estos sacrificios abren sobre nosotros las compuertas del cielo, «hasta que sobreabunde» para recoger la bendición derramada sobre nosotros. Pero ¡ay!, hoy, como en tiempos de Malaquías, el egoísmo invade al pueblo de Dios y la bendición suele verse retenida por nuestra culpa: «El que siembra escasamente, también cosechará escasamente, y el que siembra generosamente, generosamente también cosechará» (2 Cor. 9:6).

9.3 - Dios siempre está dispuesto a restaurar a quien vuelve a él

La infidelidad del pueblo había traído sobre él múltiples castigos por parte de Dios. El fruto de la tierra había sido destruido y la viña estaba estéril (v. 11). Si escuchara la reprimenda, Dios retiraría su mano y «al devorador» (todos los instrumentos que empleaba para castigar a su pueblo) sería detenido. Todas las plagas que Dios envía sobre la tierra tienen como objetivo despertar a los hombres, hablar a sus conciencias y llevarlos a considerar seriamente sus caminos ante él (Hageo 1:5). ¿Acaso las solemnes intervenciones de su mano que han tenido lugar en los últimos años [1] no nos dicen a todos de manera apremiante: «Prepárate para venir al encuentro de tu Dios» (Amós 4:12)?

[1] NdT : Escrito hacia el año 1930

10 - El gobierno de Dios hacia Israel, las naciones y la Iglesia

¿Acaso las guerras, las epidemias, los trastornos sociales, toda esta sucesión de males inauditos, no nos llaman a hacer examen de conciencia y a humillarnos bajo su poderosa mano, juzgando nuestros caminos ante él? Si la prueba produce, ya sea en el pueblo de Dios o en el mundo, los frutos para los que fue enviada, Dios está glorificado y puede detener su mano; de lo contrario, esta se hará aún más pesada. ¿No es esta la clave de los dolores y las humillaciones que abundan hoy en la Iglesia?

10.1 - Respecto a las naciones

Es evidente que el objetivo de las dispensaciones del Señor hacia los no convertidos no es el mismo que el que persigue con respecto a los suyos. Todos sus caminos hacia los primeros tienen por objeto llevarlos al arrepentimiento y al conocimiento de la salvación mientras dure el día de su paciencia: «La bondad de Dios te impulsa al arrepentimiento» (Rom. 2:4). Así sucedió con el pueblo terrenal, hasta que el rechazo de su Mesías, venido en gracia, y su rechazo del testimonio del Espíritu Santo –consumado con el asesinato de Esteban– llevaron el mal a su punto álgido y provocaron el juicio de Dios. El rey que había celebrado las bodas para su Hijo, indignado por el desprecio de su gracia y por la violencia infligida a sus mensajeros, «envió a sus tropas, destruyó a aquellos homicidas e incendió su ciudad» (Mat. 22:7).

El juicio que alcanzará a las naciones a las que se ha presentado el Evangelio desde hace tantos siglos será igualmente inexorable. A todo pecador rebelde, Dios le dice: «Según tu dureza y tu corazón impenitente, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios» (Rom. 2:5).

10.2 - Respecto a Israel

En cuanto al pueblo de Israel, la bendición que él quería derramar sobre este en respuesta a su humillación debía demostrar a todos los pueblos la fidelidad de Jehová (v. 12). Así, todos los hombres debían aprender que era dulce y bendito estar en esa relación íntima con él y bajo su gobierno directo. Moisés ya había enumerado todos los beneficios de los que Israel disfrutaría por parte de él, si permaneciera en el camino de la obediencia (Lev. 26:3-13; Deut. 28:1-14). Si esas promesas se hubieran cumplido, toda la tierra habría sabido que Canaán era «una tierra deseable» y habría proclamado «bienaventurados» a sus habitantes (Mal. 3:12). Pero ocurrió lo contrario y, como consecuencia de la rebelión de ese pueblo, todas las maldiciones anunciadas por el Señor se abatieron sobre él (Lev. 26:14-39; Deut. 28:15-68).

10.3 - Respecto a la Iglesia

Si los creyentes son fieles, su testimonio glorifica al Señor y atrae a las almas al lugar de su presencia, donde se dispensa la bendición. Así ocurrió con la iglesia de Tesalónica. En toda Grecia se hablaba del maravilloso cambio que la gracia había obrado en aquellos paganos. Así será con Israel, restaurado y bendecido bajo el cetro de su Mesías (Zac. 8:23; Is. 2:2-3). La asamblea debería ser un centro de atracción para las almas. Así sería si fuéramos más fieles; la presencia del Señor se experimentaría con tal poder que quienes asistieran a la reunión de los santos se verían impulsados a exclamar: «Dios está entre vosotros» (1 Cor. 14:24-25).

11 - El peligro de una religión meramente exterior (Malaquías 3:13-15)

El mensaje de Malaquías solo encontraba desprecio por parte del pueblo.

11.1 - Palabras «violentas» contra Dios

Dirigió a este último una nueva súplica en nombre de Jehová; llegamos así al llamamiento final que le envía, y que muestra una vez más su insensibilidad moral: «Vuestras palabras contra mí han sido violentas» (v. 13). Hablaban abiertamente contra Dios, blasfemando contra su nombre, negando sus atributos y acusándole de injusticia y parcialidad hacia los malvados. Esto nos recuerda «las [palabras] duras» que «los impíos pecadores» profieren contra él aún hoy (Judas 15), y por las que el Señor los juzgará en su día. El colmo de la osadía del hombre rebelde es acusar a Dios de injusticia e iniquidad. A esto se sumaba, en aquellos a quienes iba dirigido el mensaje del profeta, ese endurecimiento total que los llevaba a preguntar: «¿Qué hemos hablado contra ti?»

11.2 - Una religión de formas sin realidad interior

Dios les recuerda las palabras malvadas que habían llegado hasta Él. Habían puesto su confianza en vanas ceremonias y en una religión de formas, y les extrañaba que él no encontrara en ello ningún agrado. Pero él mira al corazón y no puede aceptar la obra del hombre caído que ignora su estado de ruina y perdición. Tal era «el camino de Caín» (Judas 11), por el que caminaban esos judíos orgullosos, al igual que lo siguen haciendo hoy todos los profesos sin vida que rechazan la gracia de Dios. Al no conocer ni su amor ni su santidad, se sorprenden de que él no acepte la ofrenda de sus manos mancilladas (v. 14). Su desprecio hacia Dios y su Palabra los llevaba a la rebelión y a la blasfemia. Lo mismo ocurre con la cristiandad al final de su historia. Estos malvados llegaban a acusar a Dios abiertamente de favorecer a los impíos.

11.3 - El ejemplo de Asaf en el Salmo 73

Por un momento, el piadoso Asaf se había dejado llevar a pensar que la suerte de los impíos era mejor que la suya. Sin embargo, cuando entró «en el santuario de Dios», comprendió «el fin» (Sal. 73:17). Vio cuán amargo es el camino de los orgullosos, que conduce a la ruina eterna, mientras que él mismo era objeto de la disciplina salvífica y de los tiernos cuidados de Dios, incluso cuando su mano le golpeaba. El pueblo incrédulo se negaba a dejarse instruir como Asaf y afirmaba que quienes tentaban a Dios, en lugar de provocar su ira, eran liberados por él (v. 15), lo que demostraría que el impío le es más agradable que el justo. Tentar a Dios es rebelarse contra él, como hizo Israel en el desierto y a lo largo de toda su historia (Hebr. 3:8-9Hec. 7). De eso se hacían culpables los que murmuraban contra él.

Ojalá caminemos en el temor del Señor, aferrándonos a su Palabra y a la esperanza de su próximo regreso.