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¿Dioses de antaño y dioses de hoy?

Josué 24:15


person Autor: Ernst Eugen HÜCKING 4

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


1 - Elegir

Josué, «siervo de Jehová», llega al final de su carrera terrenal. Por última vez, reúne al pueblo y a los jefes para hacerles oír la Palabra de Dios (Josué 24:2-15). Termina con las tan conocidas palabras: «Escogeos hoy a quién sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová».

Si consideramos atentamente a quien se dirige este llamamiento y en qué consiste la elección propuesta, con razón podríamos espantarnos. En efecto, es al pueblo milagrosamente liberado de Egipto, llevado por la gracia y la paciencia de Dios por el desierto e introducido por el poder de Dios en el país de Canaán, a quien se le dice: «Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis» (v. 15). El pueblo es puesto ante una elección que supone que para él «servir a Jehová» es «mal»; le quedan dos posibilidades: servir a los dioses de antaño, o a los de hoy. Los dioses antiguos eran los dioses de Mesopotamia: «Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, esto es, Taré, padre de Abraham y de Nacor; y servían a dioses extraños» (v. 2). Los dioses de hoy eran los de los pueblos paganos que los rodeaban en el país de Canaán. Josué y su casa no tenían nada que elegir. Desde mucho tiempo, estaban decididos a «servir a Jehová». Sabemos que desde joven Josué estuvo al lado de Moisés, y antes de ser llamado a guiar al pueblo, Dios podía llamarlo: «hombre en quien está el Espíritu» (Núm. 27:18, V.M.; véase Éx. 17:9-13; 33:11).

2 - Los dioses de antaño

¿Por qué Josué tenía el presentimiento de que según el parecer del pueblo podría ser considerado «mal» «servir a Jehová»? Encontramos la respuesta en el versículo 14: los dioses que sus padres servían al otro lado del río y en Egipto ¡estaban todavía entre ellos! Nos cuesta pensar que la idolatría practicada en los tiempos que precedieron al llamamiento de Abraham haya podido acompañar a Jacob y a su familia en Egipto, perpetuarse entre ellos durante su estadía en ese país, y después a lo largo de su marcha a través del desierto. Ezequiel nos dice claramente que los hijos de Israel no dejaron a los ídolos de Egipto (20:8); es lo que confirma el asunto del becerro de oro (Éx. 32), este animal que formaba parte de las divinidades egipcias.

¿Qué lección podemos sacar de esto? En nuestra vida también pueden subsistir muchas cosas malas que fechan de antes de nuestra conversión; cosas de las cuales nuestro corazón no quiso despegarse hasta ahora. Aunque hubiésemos andado en el camino de la fe durante «40 años» en lo que fácilmente llamamos el «desierto», y hecho la experiencia de la grandeza y la bondad de Dios, tal vez arrastramos con nosotros viejos «ídolos» que paralizan nuestra vida espiritual. «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso» (Jer. 17:9); esto significa, entre otras cosas, que encontraremos siempre una excusa para todo. Entonces nos conviene clamar como David: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos» (Sal. 139:23). Solo Dios puede hacernos poner el dedo sobre las costumbres y los pensamientos de la carne de las cuales dependemos todavía. A menudo se dice que los «ídolos», para nosotros, son todas aquellas cosas que toman el lugar del Señor Jesús en nuestro corazón. La primera epístola de Juan, que nos enseña en cuanto a nuestra comunión con Dios, termina con la exhortación: «Hijitos, guardaos de los ídolos» (5:21).

3 - Los dioses de hoy

Josué habla también de «los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis». En un discurso anterior, había hecho recordar al pueblo cómo Dios había echado al cananeo delante de ellos. «Porque Jehová vuestro Dios es quien ha peleado por vosotros» (23:3). Dios continuará haciendo esto hasta que hayan tomado enteramente posesión de todo lo que Josué les había «repartido por suerte, en herencia» (v. 4). Consciente del peligro que los acechaba, les había exhortado: «Esforzaos, pues, mucho… para que no os mezcléis con estas naciones que han quedado con vosotros, ni hagáis mención ni juréis por el nombre de sus dioses, ni los sirváis, ni os inclinéis a ellos» (v. 6-7). Si fuesen infieles en esto, Dios no seguiría desposeyendo a las naciones delante de ellos, sino que les serían «por lazo, por tropiezo, por azote para sus costados…» (v. 13). Precisamente, todas estas cosas les sucedieron: las naciones que no desposeyeron fueron un instrumento en la mano de Dios para castigarlos durante toda su historia en el país de Canaán.

Para nosotros los «dioses» de hoy son las influencias del mundo que nos rodean. Sus modos de pensar, sus escalas de valores, sus tentaciones nos asaltan constantemente. Pero ¿qué nos importa finalmente? ¿Lo importante a los ojos del mundo o lo importante a los ojos del Señor? Para aquel que, como Josué, tiene el corazón dedicado para servir al Señor, esta pregunta ya tuvo su respuesta desde hace mucho tiempo. Los tesalonicenses se convirtieron «de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo» (1 Tes. 1:9-10). Su conversión se caracterizó precisamente por el hecho de que habían abandonado «los ídolos» de esa época. Su conducta era la prueba de la realidad de su fe.

No podemos «salir del mundo», es decir, vivir fuera de la sociedad humana. Obligatoriamente, tenemos mucho que ver con el mundo –en nuestra vida profesional y en nuestras necesidades cotidianas– pero no lo hagamos como si este nos perteneciese (comp. con 1 Cor. 7:31). Si bien estamos «en el mundo», no somos «del mundo», como nuestro Señor (Juan 17:11, 16).

«Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor»
(Juan 12:26).


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