Índice general
Cristo y los miembros de su Cuerpo
Autor: William John HOCKING 48
1 - El tema de 1 Corintios 12
Este pasaje es uno de los muchos del Nuevo Testamento que tratan sobre la pertenencia al Cuerpo de Cristo.
La unidad del Cuerpo de Cristo se representa simbólicamente en la Mesa del Señor mediante el pan único. El hecho de la unidad colectiva se pone de relieve allí en relación con el memorial (recuerdo) del Señor Jesús en su muerte. Pero en este capítulo 12 de 1 Corintios, es la diversidad en el Cuerpo de Cristo la que se pone de manifiesto con gran claridad.
1.1 - La diferencia entre la unidad de Israel y la unidad de la Iglesia
El Cuerpo de Cristo es uno y, en este sentido, es totalmente diferente de la unidad de la nación de Israel. Esta nación estaba compuesta por 12 tribus, las cuales estaban representadas ante Jehová en la mesa de los panes de proposición mediante 12 panes, un pan por cada tribu. La unidad nacional se expresaba por el hecho de que todas las tribus estaban presentes y de que la nación, como un todo, quedaba así representada, mientras que su responsabilidad común en la administración del gobierno quedaba puesta de manifiesto por la presencia de 12 panes. En la representación de la Iglesia de Cristo, por el contrario, solo hay un pan. Esta unidad más íntima existe a pesar de que el Cuerpo de Cristo está compuesto por judíos y gentiles creyentes, esclavos y hombres libres; en otras palabras, por todas las clases y condiciones de personas. Todas ellas están reunidas y unidas por el Espíritu Santo en una sola corporación: el Cuerpo de Cristo.
1.2 - Unidad con diversidad, como en un cuerpo humano
Pero la Iglesia no es una comunidad, una asamblea de personas todas exactamente iguales, todas idénticas en carácter, capacidad y condición ante el Señor, reunidas en una masa sólida de partículas idénticas, por así decirlo. Existe una diversidad entre los miembros de Cristo, necesaria para la vida, para la interacción viva de unos con otros y para el testimonio de Dios en el mundo. Por eso, el Espíritu de Dios utiliza esta imagen del cuerpo humano para representar la relación de los creyentes entre sí en el Cuerpo de Cristo y, sobre todo, en su conexión con él, su Cabeza en lo alto.
2 - La unión con la Cabeza
2.1 - El Cuerpo es inseparable de la Cabeza
A menudo se olvida, al hablar del Cuerpo de Cristo, que el Cuerpo no tiene ningún valor sin la Cabeza. El cuerpo sin cabeza de Goliat no fue más que la prueba de su derrota definitiva. El Cuerpo de Cristo en la tierra sin su Cabeza es verdaderamente inconcebible; y podemos privarnos fácilmente de la belleza y de la fuerza de esta verdad al olvidar que existe un vínculo real y vital entre los santos de Dios, considerados como un todo, y el Señor Jesucristo en lo alto. Él es la Cabeza viva, allá arriba, y, precisamente porque lo es, el Cuerpo de Cristo en la tierra también vive, vivirá y debe vivir, mientras la Cabeza permanezca intacta en la gloria.
Este hecho es una fuente de consuelo para los santos de Dios que se sienten verdaderamente afligidos y turbados por la situación actual de los asuntos de la Iglesia, tan diferente de lo que encontramos en las Escrituras. Quizás algunas personas se sientan abatidas por la confusión y digan: “¿Qué será de nosotros? ¿Qué será de los santos de Dios? ¿Qué será de la Iglesia de Dios? ¿Se hundirá todo? ¿Se derrumbará, y quedará su testimonio completamente destruido?”. Nunca, gracias a ese vínculo invisible, pero real, con el Señor Jesucristo en las alturas.
2.2 - La conexión del Cuerpo con Cristo no depende de nosotros
Y esta conexión del «Cuerpo» con Cristo no depende de nosotros mismos, a diferencia de nuestra comunión personal con Cristo, que sí depende de nosotros. Por poner un ejemplo, sabemos muy bien que podemos pasar un día en una relación feliz con el Señor Jesucristo, y eso es el resultado de un esfuerzo consciente por nuestra parte. En cambio, si somos descuidados en nuestra conducta, si dejamos que las cosas se desvíen y que los asuntos temporales ocupen el primer lugar en nuestros corazones, podemos perder por completo el sentimiento de la comunión que tenemos y que, como hijos de Dios, deberíamos tener con el Padre y con el Hijo.
Por lo tanto, el disfrute de la comunión individual desde este punto de vista depende de nosotros mismos. Pero la maravillosa conexión de la Iglesia de Dios con el Señor Jesucristo no depende de nosotros. Estamos bautizados en un solo Cuerpo por el Espíritu Santo de Dios, y es el Espíritu Santo de Dios quien constituye el poderoso vínculo entre los santos de Dios, como Cuerpo de Cristo en la tierra, y la Cabeza glorificada en lo alto. Y mientras la Iglesia esté en la tierra, el Espíritu habita en esta morada de Dios.
2.3 - Los cuidados del Señor no nos eximen de nuestra responsabilidad
Por lo tanto, podemos encontrar seguridad y consuelo al recordar este hecho. Pero también debemos tener presente que el cuidado activo que ejerce el Señor no nos exime de toda responsabilidad en lo que respecta a la Iglesia. Así lo confirma la Escritura. Tenemos nuestra propia responsabilidad como miembros del Cuerpo de Cristo, y este capítulo 12 pone de relieve las actividades que se llevan a cabo entre los santos de Dios para su edificación, para su gozo espiritual, para su paz y para su poder de dar testimonio de la verdad en el mundo. El Espíritu de Dios nos muestra aquí que todos los santos de Dios dependen mutuamente unos de otros; que su bienestar común y su crecimiento espiritual se basan en el esfuerzo individual, la fidelidad y la comunión individuales con el Señor Jesucristo.
2.4 - Una prueba para distinguir las manifestaciones espirituales buenas de las malas (cap. 2:4)
Verán que, al comienzo de este capítulo 12, el apóstol hace referencia a la clara distinción que conviene establecer entre el poder del Espíritu Santo de Dios que actúa en la iglesia y la imitación que hacen de él los demonios emisarios de Satanás, quienes, a través de los ídolos, ejercen un efecto destructor sobre los hombres.
Los corintios, en su estado natural, estaban acostumbrados a las manifestaciones espirituales y, por lo tanto, podían ser engañados cuando estas se manifestaban en la iglesia de Dios. Por eso, el apóstol les dio una prueba para determinar qué procedía del Espíritu Santo y qué de un espíritu impuro; esa prueba era el señorío de Cristo. El Espíritu de Dios glorifica invariablemente al Señor Jesucristo y lo llama «Señor»; pero un espíritu impuro nunca lo hace. De verdad, nunca; su propósito es menospreciar, si es posible, la Persona del Señor Jesús y apartarlo de la atención de los santos de Dios. El apóstol escribe: «Os hago saber que nadie, hablando por el Espíritu de Dios, dice: «Jesús es anatema»; y nadie puede decir: «Jesús es el Señor», sino por el Espíritu Santo» (1 Cor. 12:3).
3 - El orden divino y los dones
3.1 - La triple acción de Dios (cap. 12:4-6)
A continuación, en los versículos 4 al 6, el apóstol muestra que las acciones que tienen lugar en la Iglesia de Dios para la edificación y el consuelo mutuos se derivan de la disposición del Espíritu de Dios, del Señor Jesucristo y de Dios mismo. Dice: «Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; y hay diversidad de servicios, pero el Señor es el mismo; y hay diversidad de actividades, pero el mismo Dios hace todas las cosas en todos». Aquí establece el gran hecho de que todo ministerio que merezca ser ejercido entre los santos de Dios proviene del poder de Dios que actúa en medio de nosotros. Esto puede parecer una verdad sencilla y elemental, pero reviste una importancia real para nosotros, pues podemos encontrarnos en un grupo muy reducido de personas, en el que podemos tener ante nosotros elementos de debilidad cada vez que nos reunimos. Y si suponemos que nuestros recursos están enteramente en las manos y los corazones de los que están reunidos, tal vez nos sintamos abatidos por esta situación de pobreza. La desesperación se apodera de nosotros por la simple razón de que hemos olvidado la existencia del Espíritu de Dios; hemos olvidado el señorío de Cristo; hemos olvidado que Dios mismo obra todo en todos en la Asamblea. En resumen, hemos pasado por alto el triple estímulo de estos versículos.
3.2 - Los dones provienen del Espíritu (cap. 12:4)
Pablo dice, en primer lugar, que hay muchos dones y dones variados en la Iglesia, pero que hay un solo Espíritu que los da. Ese mismo Espíritu distribuye sus dones en la Iglesia a unos y a otros según le place. Él es el Jefe. Él designa. No hay ninguna disposición humana, sino que los diferentes tipos de dones proceden todos del mismo Espíritu. Habrán notado en este capítulo cómo se repite a menudo la expresión: «El Espíritu es el mismo». Solo hay un Espíritu: Aquel que descendió en Pentecostés, Aquel que habita en la Iglesia, Aquel de quien el Señor prometió que estaría con nosotros para siempre. No es un ser humano, no es un espíritu maligno, sino el mismo Espíritu Santo; él concede los dones.
3.3 - Los servicios bajo la dirección del Señor (cap. 12:5)
Ahora bien, en segundo lugar, una persona puede tener un don y preocuparse por saber cómo y cuándo debe utilizarlo. Para recibir orientación en este ámbito, debe recurrir al Señor, tal y como se desprende de la enseñanza del versículo 5. Había diferencias en los servicios, lo que significa diferencias en la organización del tiempo en que debía ejercerse el don. Existía una regulación de los movimientos del alma, que indicaba a cada uno cuándo hablar y cuándo callar; en qué lugar debía hablar y de qué lugar debía abstenerse de visitar. Toda esta actividad está bajo la dirección del «mismo Señor».
Encontrarán ejemplos de ello en los Hechos. Los que intentaron ir a Bitinia no pudieron porque el Espíritu de Jesús no se lo permitió (Hec. 16:7). El Señor habló a Pablo en Corinto, diciéndole que tenía un gran pueblo en aquella ciudad, y el apóstol permaneció allí 18 meses, enseñando la Palabra de Dios (Hec. 18:9-11). Así, vemos al Señor ejerciendo su prerrogativa de gobierno en el seno de la Iglesia. El hombre que ha recibido un don por medio del Espíritu Santo no tiene derecho a utilizarlo de otra manera que no sea según las directrices del Señor. El Señor no permite que nadie utilice su don para su propio placer, sino solo tal y como Él quiere que se ejerza en el seno de la Iglesia. Incluso cuando se trata de cantar alabanzas colectivamente en la asamblea, el Señor Jesucristo dice: «En medio de la asamblea te cantaré alabanzas» (Hebr. 2:12). Él guía a los suyos en la alabanza a Dios.
3.4 - Dios obra todo en todos (cap. 12:6)
Así, el Señor administra todos los procesos que tienen lugar en el Cuerpo de Cristo para su mantenimiento. A continuación, el apóstol dice: «Hay diversidad de actividades, pero el mismo Dios hace todas las cosas en todos». Indica claramente que es Dios mismo quien actúa –no es que el Espíritu no sea Dios; lo es; no es que el Señor Jesús no sea Dios; lo es. Pero el apóstol resume la Trinidad en una sola palabra y nos muestra que Dios mismo está íntimamente interesado en todos los asuntos de la Iglesia de Dios. Él obra todas las cosas en toda la Iglesia. Las palabras están formuladas de tal manera que no hay escapatoria a su acción. No hay ningún miembro pequeño y desconocido cuyas funciones no se tengan en cuenta. No hay ninguna pequeña acción que se realice, ni siquiera algo tan sencillo como indicar un himno, ni ningún acto sencillo llevado a cabo por cualquier miembro del Cuerpo de Cristo, que no sea Dios mismo quien obra todas las cosas en todos. ¡Qué carácter santo confiere esta verdad a la actividad de la Asamblea! ¡Y qué eficacia para el bienestar de la Asamblea!
4 - La manifestación del Espíritu (cap. 12:7-9)
4.1 - La acción del Espíritu hace visible su presencia
Ya hemos hablado del Espíritu que otorga los dones de manera general (12:4). El apóstol continúa en los versículos 7 y siguientes, hablando más detalladamente de la manifestación del Espíritu: «Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para el bien de todos». ¿Qué debemos entender por «la manifestación del Espíritu»? La manifestación es el acto de hacer que la presencia del Espíritu resulte clara y evidente para los demás. Lo que está oculto ciertamente no es manifiesto; y el Espíritu Santo mismo se encuentra aquí, en este mundo, de forma invisible. El Señor Jesucristo, Dios Hijo, se manifestaba cuando estaba encarnado; fue visto por los ángeles, así como por los hombres. Era visible y audible para los apóstoles y para los demás. Se manifestaba en el mundo; pero el Espíritu Santo no se encarnó y, por lo tanto, su presencia y su acción permanecen en gran parte ocultas. La manifestación del Espíritu se produce a través de los miembros del Cuerpo de Cristo.
El hecho de que tal o cual persona tenga un don solo lo sabe el Espíritu, salvo cuando el Espíritu se manifiesta actuando a través de esa persona para el ejercicio del don. Por eso el apóstol habla aquí de «la manifestación del Espíritu para el bien de todos».
4.2 - El Espíritu elige lo que es útil para toda la Asamblea
Tomemos el primer ejemplo que se da aquí. Alguien tiene la palabra de sabiduría; está ahí, en su alma. Es un poder de discernimiento de la verdad espiritual que tiene en su interior. El Espíritu se la ha dado, y él mismo disfruta de ella. Pero el resto de la asamblea lo desconoce, hasta que el Espíritu Santo lleva a esa persona a utilizar la palabra de sabiduría para el consuelo y el bienestar de los demás miembros de la asamblea. Es entonces cuando se manifiesta la acción del Espíritu Santo. Cuando un hermano se levanta y pronuncia una palabra de sabiduría, entonces me digo: “¡Esto es del Espíritu de Dios! Este hombre habla como si estuviera guiado por Dios. Sé que hay algo en su palabra que puedo poner en práctica en mi vida. Siento el poder del Espíritu de la verdad detrás de ella”.
El apóstol nos da, por tanto, una regla, en cierto modo, mediante la cual podemos juzgar la acción del Espíritu Santo entre los miembros del Cuerpo de Cristo. Cuando aquellos que poseen dones están animados por el Espíritu Santo de Dios, hacen o dicen en la asamblea lo que es útil para los demás miembros. Tal ejercicio útil no se produce simplemente porque a una persona se le haya ocurrido un pensamiento muy acertado durante la semana y ahora piense que le gustaría comunicárselo a todos los demás la mañana del primer día de la semana. No se deduce en absoluto que la Palabra de Dios que le ha sido tan útil a ella sea también una palabra de sabiduría en esa ocasión concreta para los demás. ¿Quién puede juzgar lo que conviene a todos los que están reunidos en nombre del Señor Jesús? Es el Espíritu de Dios quien manifiesta Su poder de control e influencia al elegir y dirigir el ministerio de la manera más útil para los santos de Dios.
4.3 - Empeño sobre el mismo Espíritu
Tenemos, pues, este catálogo de ministerios diversos que nos muestra las múltiples manifestaciones del Espíritu: la palabra de sabiduría y la palabra de conocimiento, de las que el apóstol se encarga de precisar que ambas proceden del mismo Espíritu. A continuación, dice: «A otro, fe, por el mismo Espíritu; a otro, dones de curaciones, por el mismo Espíritu» (v. 9). ¿Por qué encontramos, en esta variada lista, la repetición de «por el mismo Espíritu»? Porque tendemos tanto a aprobar solo el don particular que nos agrada, olvidando la gran variedad de las obras del Espíritu Santo.
A algunos, por ejemplo, les gusta hacer alarde de su conocimiento. Una persona así es capaz de recorrer muy rápidamente desde el Génesis hasta el Apocalipsis y destacar esto y aquello en las páginas de las Escrituras, lo que suscita admiración. Se dice: “¡Qué conocimiento de las Escrituras tiene!”. Hacer alarde de conocimientos –el hecho de poseer aparentemente un conocimiento íntimo de las verdades de las Escrituras– resulta atractivo como muestra de capacidad espiritual.
4.4 - La necesidad de instrucción y de luz en el momento oportuno
Pero la palabra de conocimiento se presenta aquí como la manifestación del Espíritu, y tiene su lugar como medio de instrucción; no se debería decir: “Me gusta la palabra de conocimiento y la prefiero a cualquier otra cosa”. El Espíritu de Dios puede ver que, ante todo, necesito una palabra de sabiduría. Es algo distinto de la palabra de conocimiento, pues la sabiduría es la correcta aplicación de la verdad de Dios a las circunstancias turbulentas y desconcertantes en las que a menudo nos encontramos.
Una persona nos da una palabra por medio del Espíritu Santo que, como un rayo de luz, nos muestra el camino. Puede que hayamos orado y reflexionado durante mucho tiempo para saber qué era lo mejor para nosotros, y finalmente alguien es guiado a dar la palabra de sabiduría. Entonces sabemos cuál es la voluntad de Dios. Él ha puesto ante nosotros esa verdad de las Escrituras que ha iluminado nuestro camino.
Ser capaz de hacer esto supone alcanzar un alto nivel en el ministerio entre los santos. Supongo que solo puede pronunciar palabras de sabiduría aquella persona que es humilde y se humilla a sí misma, que tiene el temor de Dios ante sí y que vive en comunión con el Hijo; pues solo el Señor mismo puede enseñarnos cómo aplicar Su verdad a las múltiples dificultades que surgen día tras día. Pero la persona sabia es aquella que, como María, se ha sentado a los pies del Señor Jesús y ha escuchado su palabra, –esa palabra que siempre puede ayudarnos y preservarnos de los errores a los que estamos expuestos. Así es como aprendemos a ser sabios nosotros; y el Espíritu Santo nos da luego la palabra de sabiduría, es decir, la capacidad de ponerla al servicio de los demás. Leemos en Proverbios: «La lengua de los sabios adornará la sabiduría» (Prov. 15:2).
4.5 - El don ejercido en privado
Este servicio no es necesariamente ni siempre una palabra pronunciada en la reunión de la asamblea. Una palabra de sabiduría puede pronunciarse en privado entre 2 miembros del Cuerpo de Cristo. Y si podemos, incluso en privado, decir una palabra de sabiduría a alguien que está distraído y perplejo ante las cosas de la vida cotidiana, eso tiene un gran valor: es algo que hará progresar la salud espiritual de todo el Cuerpo de Cristo.
4.6 - La palabra de sabiduría o de conocimiento precede al don de sanación (cap. 12:9)
Recordemos que el Espíritu de Dios concede todas estas cosas. Sin duda, nos gustaría poseer el don de sanación; pero el Espíritu de Dios antepone la palabra de sabiduría; y la palabra de conocimiento también viene antes, al igual que la palabra de fe. La fe es el poder de apoyarse en Dios, de aferrarse a su Palabra y de confiar en Él ante cualquier dificultad y ante cualquier enemigo. Hay quienes tienen esa fe que les es dada por Dios el Espíritu. Todos somos creyentes, pero no todos los creyentes tienen la fe de la que se habla aquí: la fe que mueve montañas, la fe que se opone a Satanás y apaga sus dardos encendidos, la fe que siempre triunfa, la fe que camina incluso sobre las olas del mar.
5 - Nueve dones, un solo Espíritu (1 Cor. 12:8-11)
5.1 - El Espíritu distribuye los dones como a él le place
Así como hay 9 aspectos del fruto del Espíritu en Gálatas 5:22-23, también hay 9 dones del Espíritu enumerados aquí para ayuda y bendición de la Iglesia; pero observarán que en el versículo 11 el apóstol dice: «Pero todas estas cosas las hace el único y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere» (v. 11). Por lo tanto, no hay confusión alguna en el Cuerpo de Cristo. En el cuerpo humano, todos sus miembros están coordinados, y trabajan juntos con un objetivo común: la salud y la actividad del conjunto. Lo mismo ocurre en el Cuerpo de Cristo, pues es el mismo Espíritu de Dios quien obra en él. Sea cual sea el número de dones, Él los controla y los utiliza todos con un único fin, a saber, la bendición de todos los miembros del Cuerpo de Cristo y, por tanto, la glorificación de la Cabeza del Cuerpo, el propio Cristo.
Se añade que él, el Espíritu Santo, distribuye a cada uno como él quiere (12:11). Así, el poder y la autoridad del Espíritu de Dios están presentes en medio de la Iglesia. Creo que deberíamos velar celosamente por la autoridad del Espíritu de Dios entre los santos, para que no sea menospreciada.
5.2 - Esperar la acción del Espíritu
El Señor Jesús envió al Espíritu Santo a este mundo, y su morada está en la Iglesia. Su presencia, por supuesto, es negada por el mundo. Por desgracia, también es negada en gran medida por la cristiandad; y nosotros, que conocemos la gloria de Cristo, su fidelidad a su Palabra y el hecho de que envió a su Espíritu Santo en Pentecostés y de que Dios, el Espíritu Santo, sigue morando en medio de sus santos, ¡cuántas veces no reconocemos su presencia! ¿No deberíamos inclinarnos siempre ante su autoridad? ¿No deberíamos esperar Su dirección? ¿No deberíamos buscar siempre tener una actitud de alma tal que él pueda utilizarnos como le plazca?
Esta necesidad de dependencia se aplica tanto a las hermanas como a los hermanos, tanto al silencio como a la palabra. Porque el Espíritu Santo responde a la espera que hay en los corazones de quienes están juntos; y todos debemos esperar Su movimiento. ¿He dicho esperar? Sí, en nuestro culto audible, debemos esperar; siempre debemos esperar la guía del Espíritu de Dios.
Pero la palabra «espera», en este contexto, a veces se malinterpreta. Permítanme explicarlo con claridad a los más jóvenes de nuestros amigos. Nos reunimos –digamos a las 11– para el partimiento del pan, y nos sentamos juntos en silencio, tal vez durante un cuarto de hora, esperando; ¿pero están inactivos nuestros corazones durante ese tiempo? ¿No ocurre nada divino en nuestras almas? ¿Está la mente vacía, por así decirlo, mientras esperamos a que alguien rompa el silencio y hable en voz alta?
Si es así, están esperando en un sentido equivocado. El Espíritu obra en el corazón de quienes reconocen Su presencia, y desea hacerlo en el corazón de todos los que están reunidos. A las 11 en punto, la hora prevista, el Señor Jesucristo está allí, el Espíritu Santo está allí. El culto y el recuerdo del Señor Jesucristo en su muerte deben comenzar a las 11. No se trata en absoluto de que sea esencial que se oiga algo. La espera es la actitud de dependencia que adoptamos ante el Señor Jesús y el Espíritu Santo. Estamos juntos para recordar al Señor, y él trae su santa Palabra a nuestros corazones; el Espíritu nos presenta la gloria de Cristo, la belleza de su persona, las maravillas de su sacrificio; y estallamos en adoración y alabanza hacia él, mientras nuestros corazones vuelven a contemplarlo cuando dio su vida por nosotros.
Oh, queridos amigos, el Espíritu Santo está verdaderamente presente entre los santos, y obra, sin duda obra, en estas ocasiones, si creemos verdaderamente en su presencia y evitamos que se manifieste la impaciencia de nuestra carne.
6 - «Así también es Cristo» — 1 Cor. 12:12-14
6.1 - Un cuerpo, muchos miembros
En los 3 versículos siguientes (12:12-14), el apóstol continúa hablando de la unidad del Cuerpo de Cristo. Primero dice: «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también es Cristo» (12:12). El apóstol ha hablado de los dones –la palabra de conocimiento para uno, la palabra de sabiduría para otro, la fe para otro, la sanación a otro, y así sucesivamente–, pero no todos los hombres tienen un don de los mencionados.
El apóstol habla ahora del Cuerpo en su conjunto, que se compone de varios miembros. Todos son uno, aunque sean muchos. Hay diversidad en el Cuerpo, ya que todos los miembros tienen sus respectivas diferencias; pero, gracias a esas diferencias, contribuyen a la salud y a la eficacia de todo el Cuerpo de Cristo.
Esta unidad no es algo que debamos construir nosotros, los miembros; no es algo que resulte de cada uno perdiendo su individualidad, y fundiéndose con los demás. No es así como se forma el Cuerpo. Descubrimos que se forma mediante la conexión de los miembros con el Señor Jesucristo. La expresión aquí es notable: «Todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también es Cristo». El apóstol se refiere evidentemente a la Cabeza en la gloria y al Cuerpo en la tierra, que constituyen un único «hombre» espiritual, siendo Cristo la Cabeza y todos los miembros el Cuerpo. Cuando dice: «Así también es Cristo», a este hombre místico se le designa con un único nombre: Cristo.
Tenemos un ejemplo análogo en el Antiguo Testamento, donde, en Génesis 5:2, al hablar de la creación del hombre por parte de Dios, leemos: «Varón y hembra los creó; y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán». Ambos, marido y mujer, eran considerados una sola carne con un solo nombre. Eran uno solo, y la unidad del Edén se evoca en Efesios 5:30-32, en relación con Cristo y la Iglesia en su aspecto de Esposa. Tenemos, pues, aquí la unidad íntima que existe entre el Cuerpo en la tierra y Cristo en la gloria: «Así también es Cristo». Se describe a Cristo y a su Cuerpo como uno solo.
6.2 - Bautizados en un solo Cuerpo (cap. 12:13)
«Porque todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo Cuerpo, seamos judíos o griegos, seamos esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu». Aparentemente hay una alusión a los 2 ordenamientos cristianos –en primer lugar, al bautismo, y a la Cena del Señor en el hecho de beber «de un solo Espíritu». La alusión no implica, por supuesto, que el bautismo con agua tenga nada que ver con la formación del Cuerpo, pero el apóstol utiliza este término tan conocido para describir la acción del Espíritu Santo cuando descendió y formó esta nueva unidad. Él bautizó a todos los creyentes, judíos y gentiles, esclavos y libres, en esta cosa nueva que se llama el Cuerpo de Cristo, en el que todos son uno.
6.3 - Abrevados para la unidad de un solo Espíritu
Y el apóstol utiliza también una segunda figura: «Todos bebieron la misma bebida espiritual» (1 Cor. 10:4). Este uso tal vez explique, o ayude a explicar, por qué, en 1 Corintios 10, al hablar de la Cena del Señor, se menciona la copa antes que el pan, ya que allí el tema tratado en los versículos es una cuestión de comunión, de asociación; y beber de «la copa» implica especialmente nuestra comunión con Cristo y nuestra comunión unos con otros en la Mesa del Señor. Por eso el apóstol dice aquí que «a todos se nos dio a beber de un solo Espíritu. Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos» (12:13b-14). Todos los miembros comparten las obras del único Espíritu. Recordemos que nuestro Señor utilizó el término «beber» en referencia al descenso del Espíritu Santo en Pentecostés (Juan 7:37-39).
7 - El pie y la mano
7.1 - Un miembro no puede aislarse del Cuerpo
Pablo continúa mostrando cómo los diferentes miembros que componen la Iglesia de Dios dependen unos de otros. Existe una interdependencia entre todos los que componen este santo Cuerpo de Cristo. Ninguna persona, ningún miembro, puede aislarse del Cuerpo y mantener su independencia: «Si dijera el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo; no por esto deja de ser del cuerpo» (12:15). La gravedad de tal espíritu de independencia radica en el esfuerzo por alejarse de la conexión práctica con el Cuerpo de Cristo. No es solo que un pie que supusiera no tener ninguna conexión con la mano ofendería a la mano, sino que todo el Cuerpo se ve afectado. El apóstol pregunta: «¿dónde estaría el cuerpo?»
7.2 - Cada miembro es necesario
Si el pie, o la mano, o ambos, estuvieran separados del Cuerpo, las relaciones serían diferentes, pero cada uno forma parte esencial del Cuerpo. ¿Qué es el cuerpo sin el pie? Es algo incompleto. Un cuerpo mutilado es imperfecto, y su bienestar se ve obstaculizado. Por lo tanto, es necesaria la presencia de cada miembro en el Cuerpo, y de su actividad. Si el pie no actúa, ¿para qué sirve? Aunque exista como parte del cuerpo, es un miembro inútil. No ayuda, y todos los miembros se ven afectados. Todos sufren porque él no hace su trabajo.
7.3 - La infidelidad en la conducta perjudica al Cuerpo de Cristo
¿Acaso no vemos la aplicación a nosotros mismos? Las funciones del pie y de la mano –la conducta y el servicio a Dios en este mundo– no deben separarse. Ambas son necesarias, pues debemos caminar ante el mundo como quienes pertenecen a Cristo, al igual que debemos servir para la gloria de Cristo. Esto se aplica tanto a un solo miembro como a varios. La persona que sirve de forma activa y diligente, pero que no se conduce en el temor del Señor, perjudica al Cuerpo de Cristo. Hace un gran alarde, muestra mucha actividad en general, pero no hay coherencia en su vida. Se necesita una conducta recta y fiel, así como un servicio dedicado. El mismo principio se aplica al ojo, al oído y a los demás miembros.
8 - Cuidarnos unos de otros
8.1 - Ayuda mutua entre los miembros del Cuerpo
No necesito repasar estos versículos en detalle. Lo esencial es que todos los miembros tienen su deber y su relación unos con otros, y que todos son útiles los unos para los otros. Todos los miembros «se preocupen los unos por los otros» (v. 25). Estamos reunidos en una asociación espiritual por el poder de Dios y la acción del Espíritu de Dios; y al estar ahí, tenemos una responsabilidad, no solo hacia el Señor, nuestra Cabeza, sino también unos con otros. Debemos, por amor, servirnos unos a otros. Debemos ayudarnos mutuamente en las cosas del Señor. Debemos contribuir al gozo y a la paz espirituales de los demás. Cuando se pueda hacer algo para fomentar el conocimiento de las Escrituras y del Señor Jesucristo en los demás, nos corresponde hacer todo lo que podamos al respecto.
8.2 - No olvidar a los más cercanos
A veces olvidamos nuestra responsabilidad hacia nuestros compañeros que están tan cerca de nosotros. Pensamos en tierras e islas lejanas, en personas alejadas de nosotros por inclinación natural, por costumbre, etc., y nos olvidamos de aquellos junto a quienes nos sentamos semana tras semana, a quienes vemos la cara y con cuyas voces nos unimos para alabar al Señor, arrodillándonos con ellos ante el trono de la gracia. Es tan fácil olvidar que todos, cercanos o lejanos, somos miembros del Cuerpo de Cristo, y que, por esa razón, nuestra responsabilidad hacia todos ellos es mayor que hacia cualquier otra persona en la faz de la tierra.
8.3 - La necesidad de abnegación
Los miembros de Cristo deben cuidarse unos a otros. Este cuidado exige reflexión; exige acciones sensatas, renuncia. Se necesita una cierta dosis de sacrificio personal y, a menudo, de abnegación para ser una verdadera ayuda los unos para los otros. A veces, podemos fallar y sentirnos confundidos cuando intentamos ayudar a los demás. No debemos desanimarnos; nuestra responsabilidad sigue ahí. No podemos evitar los fracasos ocasionales, y eso no cambia el hecho de que estamos obligados a servirnos unos a otros.
8.4 - Los efectos de las circunstancias ajenas
La marea de vitalidad espiritual en el Cuerpo desciende de la Cabeza que está en el cielo, y llega a mi compañero igual que llega a mí. Esta energía viva nos une prácticamente unos a otros en el ejercicio de nuestros afectos y nuestras responsabilidades mutuas. El apóstol dice en el versículo 26: «Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro recibe honor, todos los miembros se alegran con él». He aquí, creo, un resumen del efecto de esta obra invisible del Espíritu de Dios entre los santos, que a menudo descuidamos en nuestro propio perjuicio, porque es distinta del ministerio oral en la Asamblea.
8.5 - Lo que nos ocupa repercute en nuestro comportamiento hacia los demás
Muy a menudo, lo que hacemos y decimos en la intimidad de nuestra vida como santos de Dios, en la oración y el estudio de la Biblia, en la práctica de las virtudes cristianas, al tratar de seguir más de cerca a Cristo, influye en las personas de nuestro entorno, sin que nos demos cuenta. Ejercemos influencia sobre los demás sin quererlo. Sabemos muy bien que, cuando a veces nos encontramos en presencia de ciertas personas, nos invade un sentimiento que no habíamos tenido antes. Nos invade una cierta dosis de gozo, una cierta dosis de paz, una exaltación indescriptible, y parece ayudarnos y hacernos bien. Un apretón de manos, una mirada al rostro, sin que se pronuncie palabra alguna, suelen bastar para ilustrar la poderosa influencia beneficiosa que un miembro de Cristo puede ejercer sobre otro miembro.
Esto puede ser cierto tanto de un joven como de una persona mayor. Ejercemos la mayor influencia beneficiosa de este tipo sobre los demás en la medida en que nosotros mismos recibimos de nuestra Cabeza en la gloria lo que solo él puede darnos: vida y comunión, santidad y poder. ¡Oh, ¡Ojalá anhelemos ese poder de ser de verdadero valor espiritual para los demás! Puede que solo haya 2 o 3 a nuestro alrededor; eso no importa. No se trata en absoluto de una cuestión de número. Todo el secreto está en que yo sea sincero con el Señor en cuanto a mí mismo, en que permita que el Espíritu Santo, que habita en la iglesia de Dios, me influya en mi vida y en mi actuar. Si es así, entonces el mismo Espíritu que obra en el corazón de todos los santos de Dios, que produce Su fruto en mí, se servirá de mí, quizá en silencio, para ayudar a los demás y para su bendición.
9 - La asamblea local
9.1 - El Cuerpo de Cristo, un organismo vivo en la tierra
Hasta ahora, el apóstol ha hablado de la Iglesia de Dios como el Cuerpo de Cristo, considerándola en su conjunto. Se refiere al conjunto de los santos de Dios en la tierra en un momento determinado. No creo que las Escrituras justifiquen afirmar que la Iglesia de Dios –es decir, la Iglesia de Dios compuesta por todos los creyentes en Cristo desde Pentecostés hasta el día de su venida– se describa como el Cuerpo. El Cuerpo es el ser vivo en un momento determinado en la tierra, aunque asociado a Cristo en el cielo. Los santos que han fallecido y que ahora están en Cristo siguen formando parte de la Asamblea que Cristo está edificando, pero el Cuerpo de Cristo es el organismo vivo en la tierra. El Señor Jesucristo estuvo aquí en el cuerpo preparado para él, y fue el Testigo Fiel y Verdadero de Dios. Cuando ascendió al cielo, formó la Iglesia, que es su Cuerpo, para que fuera testigo de su nombre, anunciando a todos en el mundo a Cristo, que ascendió al cielo.
9.2 - La iglesia local como representación del Cuerpo de Cristo
En el versículo 27, Pablo no repite lo que tenemos en el versículo 13, a saber, que «todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para constituir un solo Cuerpo»; ni lo que tenemos en 1 Corintios 10:17, a saber, que «nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo Cuerpo»; ni como en Romanos 12:5: «Nosotros siendo muchos, somos un solo Cuerpo en Cristo». En estos pasajes, habla de los cristianos en general, de lo que es cierto para todos los creyentes, estén donde estén. Pero aquí dice: «Vosotros sois Cuerpo de Cristo», es decir, aquellos a quienes escribía, la iglesia de Corinto. Quiere decir que lo eran de manera representativa. Eran responsables en la medida de sus posibilidades, según sus límites, del mismo modo que lo son los santos de Dios en todas partes. No formaban por sí mismos el Cuerpo completo, pero eran sus representantes locales. La iglesia de Corinto era representativa de toda la Iglesia de Cristo.
9.3 - A nivel local, el Cuerpo de Cristo recibe las bendiciones de la Cabeza al igual que el Cuerpo en su totalidad
«Vosotros sois Cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno en particular». Eran, individualmente, miembros del Cuerpo de Cristo. De ello no se deduce que Corinto tuviera la misma variedad en la manifestación del Espíritu que la iglesia en general. Sabemos que, en una asamblea de solo 2 o 3 personas, difícilmente puede haber una docena de dones entre un número tan reducido. Pero la distribución de los dones no es el tema que nos ocupa aquí. Eran Cuerpo de Cristo, en la medida en que recibían su parte de bendición de Cristo, la Cabeza en la gloria. 2 o 3, sean quienes sean, recibirán una medida del don de Su gracia de la misma manera que todo el Cuerpo. El Señor Jesucristo no es indiferente hacia aquellos que, en su debilidad y desfallecimiento, le representan en la tierra. Los considera como su Cuerpo y como los miembros de su Cuerpo. No es que, por ello, tengan motivo para la autosatisfacción o para jactarse. Esta verdad se exponía tanto para consolar como para reprender a los de Corinto, pero no me detendré más en esta interesante verdad.
10 - Apóstoles, profetas y maestros (docentes)
El apóstol continúa, en el versículo 28, hablando de los dones que existen en la Iglesia en general. «Y Dios los ha puesto en la iglesia: primero a los apóstoles, segundo a los profetas, tercero a los maestros, luego a los que hacen milagros, después los dones de curar, de ayudar, de gobernar, y diversidad de lenguas». Esto es lo que Dios ha establecido allí normalmente. Aquí no se refiere a los santos como el Cuerpo, sino como la Iglesia; por lo tanto, habla de esos dones concedidos por Cristo cuando ascendió a lo alto y otorgó dones a los hombres.
10.1 - Los dones personales sin sucesores. Los apóstoles
Los 3 primeros, a los que sitúa por orden de importancia, son los apóstoles, los profetas y los doctores: parecen ser dones personales. Así, los apóstoles eran todos aquellos que fueron conferidos a la Iglesia. No tuvieron sucesores, ya que fueron otorgados con el propósito específico de sentar los cimientos de la Iglesia. Fallecieron cuando se cumplió esa tarea. Pusieron los cimientos (Efe. 2:20): no hubo otros, porque su servicio específico no continuó.
10.2 - Los profetas
Los profetas de la Iglesia fueron dotados para comunicar los pensamientos de Dios acerca de las verdades y las bendiciones resultantes de la muerte y de la resurrección del Señor Jesús, mientras que los apóstoles comunicaron los pensamientos y la voluntad de Dios en el orden de las cosas del Nuevo Testamento para su Iglesia recién formada. Los doctores seguían estos 2 precedentes como quienes exponen a los santos de Dios las instrucciones dadas a la Iglesia primitiva por los dones superiores, y quienes también explican las Escrituras del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo.
10.3 - Buscar la edificación, no los dones espectaculares
Pablo habla de estas 3 clases sobre todo para corregir el error extraordinario y perjudicial que se había cometido en Corinto. En aquella asamblea se valoraban por encima de todo los dones espectaculares de las lenguas y de las sanaciones; y el apóstol los reprende con serenidad siguiendo precisamente este orden. El don de lenguas estaba muy bien y era útil en su contexto, pero el objetivo principal del ejercicio de un don era la edificación de la Iglesia. Ese era el gran criterio de valor, y por eso los apóstoles, los profetas y los doctores ocupan el primer lugar. Dios los ha colocado en primer lugar en la asamblea, y Pablo, el más grande de los apóstoles, también los ha situado en primer lugar. Hay que mantenerlos ahí, es decir, mantener en primer lugar sus escritos.
10.4 - Los dones que permanecen hasta el final
Los demás dones, como los de ayuda y gobierno, permanecen en la Iglesia, y permanecerán allí hasta el final. Esta lista muestra la gran variedad de dones concedidos. Pero el apóstol señala que no todos son apóstoles, ni todos son profetas; están distribuidos proporcionalmente en número y en calidad. Existe una variedad para responder a todas las necesidades de los santos y para cumplir el designio que Dios tiene en mente para el apoyo y la bendición de la Iglesia.
10.5 - El peligro de no entender lo que Dios hace
Se ve que todo el contenido de este capítulo consiste en mostrar cómo Dios obra entre los santos para su consuelo y edificación, para fortalecerlos en su santísima fe. Dios siempre lleva a cabo su obra. El peligro es que no sepamos aprovechar esta obra. Podemos encontrarnos en un estado de ánimo tal o en una relación tal que la obra y el propósito divinos pasen junto a nosotros sin que nos demos cuenta, y que entonces no recibamos la ayuda de lo que Dios hace para edificar y animar a sus santos.
No me refiero ahora a lo que el Señor hace por nosotros individualmente, sino más bien a lo que es cierto respecto a las asambleas de los santos y a sus relaciones entre sí. Podemos recibir plenamente estas bendiciones si así lo deseamos. El amor de Dios está activo; sabemos que el Espíritu Santo no está inactivo. El Señor Jesucristo nunca duerme ni se adormece. Él lleva a cabo su obra. ¿Cómo es posible que no obtengamos más provecho del que sacamos? ¿Dónde está el obstáculo? ¿Dónde está la culpa? ¿Qué es lo que falla? ¿Hay algún fallo por parte de Dios, del Espíritu de Dios, de la Cabeza de la Iglesia? No, queridos amigos, la culpa es nuestra. No adoptamos esa actitud, ese estado de ánimo, para recibir los beneficios de la acción del Espíritu de Dios.
11 - Anhelar los dones más grandes (o mejores)
11.1 - ¿Qué hay que desear ardientemente?
El apóstol dice: «Pero anhelad los dones más grandes (o mejores)» (v. 31). No os fijéis en las lenguas. Creo que esta exhortación puede interpretarse de 2 maneras. A veces se considera que significa que se anima a una persona a tener la santa ambición de poseer algún gran don en la Iglesia; y sin duda, esta opinión es acertada, aunque muy pocas de esas ambiciones se hagan realidad. Pero ¿no querrá decir el apóstol algo más que eso? ¿No querrá decir que todos los santos deberían desear que Dios actúe en medio de ellos mediante los dones más grandes, es decir, mediante los dones de edificación?
Supongamos, si fuera posible, que una persona hubiera hablado en lenguas entre nosotros esta noche, y que no hubiera habido interpretación y, por consiguiente, ninguna edificación. ¿Cuál sería el beneficio, como pregunta el apóstol más adelante, para los santos? Ningún beneficio en absoluto. No habría edificación alguna, ni fomento del amor, de la santidad, de la sabiduría o del conocimiento. Tal manifestación no sería para gloria del Señor. No sería por el Espíritu de Dios. Pero lo que es para la edificación de los santos y para la gloria del Señor Jesucristo es el sello del don más grande. Deseemos eso para nosotros mismos. ¡Oh, en qué estado de pobreza nos encontramos! Entonces, ¿se ponen a menudo de rodillas para pedirle a Dios que hable a través de sus siervos para que su Palabra penetre con poder en sus almas? ¿Le piden que les hable por boca de otros? Puede ser a través de un simple hermano, pues el Señor puede hablar a vuestra alma por medio de cualquiera.
11.2 - Cultivar el amor
Pero, supongamos que no hubiera dones, ¿qué haríamos entonces? El apóstol dice: «Os voy a mostrar un camino todavía más excelente» (v. 31). Y lo hace en el capítulo siguiente. Las profecías pueden desaparecer, las lenguas cesar, el conocimiento desvanecerse, pero hay una cosa que permanecerá siempre, mientras la Iglesia esté en la tierra; es el amor, el amor de Dios y el amor de los santos. Y debemos desear cultivar el amor en nuestro interior, dejar que el amor actúe en nosotros, pues, como dice el apóstol en otro pasaje, es el amor el que edifica. Una persona puede levantarse en la asamblea y pronunciar un discurso de lo más emotivo y conmovedor, pero si no hay amor en lo que dice, si el Espíritu de Dios no me transmite el amor de Cristo a través de su Palabra, eso no ayudará a mi alma, no me acercará en mi camino hacia el Señor Jesucristo.
11.3 - Amar según el ejemplo del Señor
Os dejo esta exhortación: «Anhelad los dones más grandes (o mejores)», y buscad ese camino de amor más excelente que está al alcance de cada uno de nosotros. Amémonos unos a otros porque Cristo nos ha amado y se ha entregado por nosotros. Él nos ha dado el ejemplo. Nos ha dado una motivación. Nos amó cuando no había nada digno de ser amado en nosotros. Murió por nosotros cuando éramos pecadores. Esa abnegación debería ser el rasgo característico de nuestro amor. ¿Acaso solo amamos a quienes nos resultan agradables y simpáticos? ¿Qué hay de las personas hurañas? ¿Qué hay de aquellas personas a las que nos cuesta acercarnos? ¿Las amamos y oramos por ellas? «Anhelad los dones más grandes (o lo mejores)», y estudiad este camino más excelente que nos ofrece el capítulo 13.