Inédito Nuevo

Ser llevados a Dios


person Autor: Henri CUENDET 2


Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1988, página 131

En la Palabra de Dios 2 pasajes afirman explícitamente que hemos sido llevados a Dios.

En el primero (1 Pe. 3:18), es Cristo quien lo ha hecho todo: Él sufrió por los pecados, «[el] Justo por los injustos, para llevarnos a Dios, sufriendo la muerte en la carne, pero vivificado por el Espíritu». En ello encontramos todo el amor de Cristo, quien, al ver el estado irremediable en el que nos encontrábamos, muertos en nuestros pecados e iniquidades, sí mismo se ofreció, pasando por los dolores indecibles de la cruz, castigado por Dios por nosotros, con el fin de llevarnos justos y perfectos ante Dios en la gloria.

En el segundo, en Hebreos 2:10, es Dios quien, al llevar a muchos hijos a la gloria, consumó al autor de su salvación mediante sufrimientos. ¡Qué amor! Dios, que solo podía introducir en su propia felicidad a seres salvos y perfectos, tuvo que hacer recaer sobre su Hijo amado el castigo que nosotros merecíamos. Lo «sometió a padecimiento», lo puso «en el polvo de la muerte» (Is. 53:10; Sal. 22:15). Tenemos en este amor inefable del Padre, que nos ha dado lo que más quería, un tema eterno de alabanza, para gloria del Padre y del Hijo, que ha cumplido a la perfección la obra de la redención.

“Ser llevado ante Dios” es mucho más que tener acceso a Dios, por grande que sea esto (Efe. 2:13, 18). Tal privilegio ya era motivo de profundo gozo para David (comp. con Sal. 65:4) y para los hijos de Coré (Sal. 43:3). Pero nosotros, los creyentes que hemos sido redimidos por la sangre de Cristo y santificados por la ofrenda de su cuerpo, hecha de una vez por todas, hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina y el Espíritu Santo mora en nosotros. Tenemos comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1 Juan 1:3). Esta es una fuente inagotable de bendiciones y un gozo inefable y glorioso: encontrar, junto con el Padre, nuestro deleite en el Hijo de su amor, y disfrutar con el Hijo de todo lo que Él encuentra y nos hace experimentar en el Padre, al ser introducidos ya en la tierra en sus afectos, sus pensamientos y su amor.

Y pronto estaremos efectivamente en la gloria, a la que nos ha llamado el Dios de toda gracia (1 Pe. 5:10). Al igual que antaño se llevaba a la esposa ante el rey (Sal. 45:14), los creyentes serán introducidos en la Casa del Padre, cuando el Señor se presente diciendo: «Aquí estoy con los hijos que Dios me has dado» (Hebr. 2:13). Así, estaremos siempre con el Señor, semejantes a él, compartiendo su gloria y contemplando su gloria eterna (Juan 17:21, 24). Pero ya ahora, habiendo sido llevados ante Dios, podemos disfrutar por la fe de todas estas bendiciones que constituirán nuestro gozo eterno.


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