Índice general
La comunión en tiempos de ruina
Autor: W. WILLANS 1
1 - Los tiempos difíciles
1.1 - El anuncio de los tiempos difíciles
A menudo se puede extraer un principio del Antiguo Testamento, aunque se viva en la época del Nuevo. «Ninguna profecía de la Escritura se puede interpretar por cuenta propia» (2 Pe. 1:20). No se agota en el momento para el que ella fue escrita, sino que sirve para otros acontecimientos y otras épocas distintos de aquellos para los que fue dada. Lo mismo ocurre con el Nuevo Testamento. Algunas Epístolas de Pablo, como 2 Timoteo, fueron escritas con vistas a los tiempos difíciles que se avecinaban, cuyos síntomas, imperceptibles para el ojo inexperto, estaban presentes para Pablo, que veía claramente que llegarían a su madurez en nuestra cristiandad actual. No solo evoca lo que tenía ante sus ojos, sino que también anuncia los días malos que vendrán (Hec. 20:29-30; 1 Tim. 4; 2 Tim. 3).
Miles de almas viven entre los cristianos «perseverando en hacer el bien» (Rom. 2:7), sin darse cuenta del triste panorama que se presenta en estos pasajes. Creemos que se sacian de las verdades celestiales expuestas en el Evangelio según Juan, verdades relativas a las relaciones de los hijos con su Padre, y que participan de esa gracia que los ha convertido en hijos de Dios para la eternidad. ¡Almas felices! Podemos alabar esta bondad de Dios hacia ellos.
1.2 - Reconocer los tiempos difíciles
No obstante, estamos obligados a conocer todo el pensamiento de Dios, toda su voluntad revelada, y si tenemos el privilegio de apropiarnos, junto con estas almas, las verdades expuestas en el Evangelio según Juan y compartirlas con todos los cristianos, no debemos por ello ignorar las declaraciones que, por muy dolorosas que sean para la carne y por muchas separaciones que provoquen, darán lugar a nuevas revelaciones del amor y el poder de Jesús. Porque esta palabra es cierta: «Conoceremos, y proseguiremos en conocer a Jehová» (Oseas 6:3).
1.3 - La naturaleza de la comunión en estos tiempos difíciles
Si, pues, buscamos conocer en las Epístolas de Judas, 2 Pedro o 2 Timoteo, cuál es el nivel de corrupción de la cristiandad, ¿nos proporcionaría ese conocimiento una comunión especial y adecuada con Dios, constituyendo en cierto modo un nuevo elemento de comunión con Él y entre nosotros, además del carácter más general de la comunión cristiana que permanece?
2 - El ejemplo en Malaquías 3
2.1 - El estado del pueblo
A modo de introducción, volvamos por un momento a Malaquías 3. Este libro cierra el canon del Antiguo Testamento y, dirigiéndose más especialmente a los sacerdotes, da, según el adagio “tal pueblo, tal sacerdote”, una imagen de lo que han llegado a ser aquellos que debían tener la mejor conducta («porque los labios del sacerdote han de guardar el conocimiento»; 2:7), una indicación del estado de la nación en su conjunto. Antes de hablar del remanente, o del pequeño número que confesaba a Jehová, Malaquías resume el estado de todo el pueblo con estas palabras: «Decimos, pues, ahora: Bienaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no solo son prosperados, sino que tentaron a Dios y escaparon» (3:15).
2.2 - La comunión del remanente ejercida
Apenas dicho esto, descubrimos al remanente de los verdaderos creyentes.
«Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero», etc. Sin duda, estos pocos frecuentaban el templo con los demás, pero tenían una comunión especial nacida del hecho de que estaban de acuerdo sobre el estado de la nación, y eso puso de manifiesto lo que había en el corazón de Dios hacia ellos, lo que sin duda sentían. «Y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre» (Mal. 3:16). Estaban verdaderamente asociados con Dios en todo lo que él era para Israel (o habría querido ser, en cualquier caso), pero, además, tenían comunión con él y entre ellos en cuanto al estado de ruina de Israel, y podemos añadir que sin duda esperaban al Mesías, bajo el cual se cumplirían las esperanzas de la nación. Simeón y Ana, en el Evangelio según Lucas, eran sus legítimos sucesores.
3 - El ejemplo en Hebreos 13
3.1 - El tema de la Epístola
No nos detendremos en este tema, por interesante que sea, sino que pasaremos al Nuevo Testamento para tomar 2 o 3 ejemplos, entre muchos otros, que ilustran el carácter de la comunión fraternal para aquellos que comprenden su verdadera situación. El primero está tomado de la Epístola a los Hebreos, escrita para mostrar doctrinalmente la superioridad de todo lo relacionado con la persona y las funciones del Señor Jesús en comparación con las personas y las funciones de Moisés y Aarón. Desde esta perspectiva, podemos decir que la palabra clave es “perfecto”. Pero hay otra línea de pensamiento: nos muestra la verdadera naturaleza del culto cristiano y cómo acercarnos a Dios, a través de imágenes tomadas del tabernáculo judío. Desde este punto de vista, podríamos decir que la idea principal es la capacidad de acercarse a Dios.
3.2 - La comunión fuera del campamento
Pero al final (Hebr. 13:13), el Espíritu revela que el judaísmo está totalmente corrompido y condenado; y se dice: «Salgamos a él [Jesús], fuera del campamento, llevando su oprobio» (comp. con Éx. 33:7 como tipo de esta orden). Debían abandonar todo el sistema judío y entrar en un nuevo orden de cosas, del que Jesús mismo debía ser el centro, ya que era su esencia. Estaban con él fuera del campamento y tenían comunión con él como Sumo Sacerdote en el Lugar Santísimo. Su comunión era de un nuevo orden, completamente distinta de los elementos judíos a los que se habían aferrado hasta entonces.
4 - El ejemplo en Judas
4.1 - El estado general
Pero es en Judas, más concretamente, donde las exhortaciones o recomendaciones son más explícitas y precisas, ante una cristiandad corrupta. Judas describe diversos alejamientos de Dios: los de la naturaleza pecaminosa en Sodoma y Gomorra; los ángeles que no mantuvieron su estado original; luego vienen Caín, Balaam, Coré, todos descritos con un carácter plenamente desarrollado en los últimos días. Y nótese que no es como en la Epístola de Juan, donde algunos «salieron de [entre] nosotros, pero no eran de los nuestros» (1 Juan 2:19); aquí, la corrupción está en el interior: «Han entrado con disimulo ciertos hombres», «escollos en vuestros ágapes». Es la condición general de la corrupción interior. Luego viene la exhortación: «Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe» (Judas 4, 12, 20), etc.
4.2 - La comunión con Dios en cuanto a esta situación
Ya hemos dicho que bendecimos a Dios por la verdad relativa a cada fase de la vida cristiana; en esto tenemos un interés común con todos los cristianos, y aunque somos conscientes de la ruina, no somos mejores que los que no la ven; pero ¿sufrió el remanente presentado en Malaquías una pérdida por haber tomado conciencia de la condición desesperada de la nación a la que pertenecían? En absoluto, sino que salieron ganando. Al igual que Daniel, tenían una comunión con Jehová al respecto que tal vez era dolorosa, pero como estaban en comunión con Sus pensamientos, Dios respondió a su ejercicio; porque es fundamental estar en comunión con Sus pensamientos. Ciertamente, fueron puestos a prueba; cada vez que se nos cuenta su historia, ya sea en los Salmos o en Jeremías, sufrieron persecución; pero su dolor tenía su contrapartida de gozo, y esperaban la venida del Mesías.
Dicho esto, estemos especialmente vigilantes y sigamos los caminos de nuestro Dios de gracia, porque es inútil dedicarse al análisis del mal. «Deseo que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal» (Rom. 16:19; comp. con Jer. 4:22). Por sí solo, centrarse en el mal no mejora nuestro estado de ánimo; si el Señor nos muestra el mal, no es para que nos centremos en él.
4.3 - La comunión con los 2 o 3 a pesar de esta situación
Él quiere que disfrutemos de Su presencia, a pesar de las maldades de Satanás. Nos concede cierta comunión en medio del mal. Encontramos todo lo que necesitamos en él y los unos en los otros: «Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe». Aquí encontramos una comunidad –«edificándoos»– que reconoce que su fe es «santísima», en contraste con la palabra «impía» que se repite a menudo en los versículos 15 al 18. También reconocen que solo el Espíritu Santo da poder y eficacia a la oración: «orando en el Espíritu Santo», y se conservan «en el amor de Dios». ¿No muestra todo esto que, en medio del mal, sus recursos se encontraban en Dios, que se los concedía abundantemente, mientras que, al mismo tiempo, conscientes de su propia debilidad, de su insuficiencia, de su ruina, esperaban «la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, para la vida eterna»? (Judas 20-21). Otros negaban Su señorío o Su autoridad sobre ellos, mientras que ellos lo reconocían plenamente y esperaban el cumplimiento de su misericordia mediante su arrebato junto a él en su advenimiento. Sentían una verdadera comunión con el Señor y entre ellos, en medio del mal que los rodeaba o, por así decirlo, que se derivaba de esa situación ambiental. Estas palabras están dirigidas expresamente a los sinceros, a los que ven la deshonra que se hace en nombre del Señor en la cristiandad. No se tiene en cuenta el aislamiento, aunque sí la separación, porque encontramos compañeros en la misma tribulación. Esto es fundamental.
4.4 - Los que no reconocen la ruina, en vano se reúnen
Hoy en día, hay que ser superficial para no percibir, según diversos informes eclesiásticos publicados a diario, que los cristianos, tanto individual como colectivamente, no reconocen que Dios tiene una disputa con ellos. Desde el concilio ecuménico hasta las reuniones, sínodos, sociedades diocesanas, uniones de iglesias y otros canales que manifiestan las energías que se unen, todos parecen no ser conscientes de que algo va mal. ¿Acaso la Epístola de Judas solo habla del papado? ¿No es más bien una Epístola “general”? Preguntémonos: ¿puede haber una verdadera bendición si no se reconoce la ruina? Por supuesto que no (por cierto, estas energías que se unen buscan, sin embargo, la bendición de la Iglesia). Esta hermosa Epístola indica claramente los elementos del mal de los últimos días y traza un camino muy claro para aquellos que lo ven.
Estamos convencidos de que, incluso buscando todo lo que agrada a Cristo individualmente, si tratamos de trabajar juntos con otras denominaciones, fracasaremos si no somos conscientes de la situación de la cristiandad. Se están haciendo enormes esfuerzos para establecer cosas grandiosas que seducen a las almas sencillas. Se parece a la situación de Laodicea: «Porque dices: ¡Soy rico, me he enriquecido, y de nada tengo necesidad! Y no sabes que tú eres el desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo» (Apoc. 3:17), cuando rara vez se comprende la ruina general, ni el recurso que solo podemos encontrar en Dios.
4.5 - La ruina de la Iglesia es irremediable
Observemos también que no basta con decir que esto o aquello es malo y esforzarse por mejorarlo poniendo en práctica lo necesario. Esta mentalidad, honorable y verdadera en sí misma, implica una esperanza de restauración, tal como la esperaban los disidentes bienintencionados que se separaron de una iglesia madre. El resultado es un sistema opuesto a otro, uno de los cuales puede ser exteriormente mucho más conforme a las Escrituras que el otro, pero ninguno de los cuales tiene el poder directo del Espíritu Santo. Esto se debe simplemente a que no se han puesto en el terreno en el que el Espíritu puede actuar (el pensamiento de la Iglesia sigue siendo el único que reconocemos). Debemos comprender que la restauración de la Iglesia es imposible, pero que, en esta situación, Dios sigue siendo fiel, Cristo sigue siendo fiel y el Espíritu Santo sigue siendo fiel. De hecho, la cuestión es edificar almas y no construir iglesias: «Pero vosotros, amados, edificándoos». Además, los que ven la ruina tienen la gran ventaja de poder ayudar y advertir a muchas almas afligidas y preocupadas, según se dice: «Salvad a otros, arrancándolos del fuego; de otros tened compasión con temor» (Judas 23).
Con estos santos, el primer pensamiento debería ser la comunión fraternal, y no la disciplina, ni la predicación, ni la enseñanza; estos pensamientos no se encuentran en los pasajes tomados como ejemplos en Malaquías y Judas. Es muy cierto que sin enseñanza y sin disciplina no se puede pretender que todo vaya bien en tales asociaciones (N.d.T.: donde nos asociamos para manifestar compasión, según el v. 22 de la versión KJV); pero en los últimos días, ese no es el primer y principal pensamiento. Las cosas han ido demasiado lejos. No se trata de mantener el orden, sino de alcanzar la comunión con Dios.
4.6 - La naturaleza de la comunión cuando hay ruina
Por lo tanto, es necesario haber alcanzado cierta experiencia para entrar en los pensamientos expresados en la Epístola de Judas. Esta comunión no se basa en la ruina, ya que siempre se fundamenta únicamente en Cristo, pero reconocer la ruina es un elemento de la comunión. Si se omite este elemento, es seguro que se terminará por instaurar cosas, y entonces es prácticamente seguro que volverán a ser destruidas. Pero, cuando tenemos la verdadera inteligencia de los pensamientos de Dios, si lo que esperábamos fracasa, nunca nos sentiremos decepcionados, porque la comunión puede saborearse tanto entre 2 o 3 personas como entre 2 o 3.000. Si ustedes tienen clara la naturaleza de la comunión en los últimos días, podrán reconocer a cada creyente débil o a cada nuevo converso, porque tienen entre vosotros todos los elementos de la fuerza, y podrán cantar con ellos dulces himnos de alabanza y acción de gracias; porque, bendito sea Dios, los himnos no conocen la ruina.
4.7 - Reconocer la ruina es fundamental
Pero sin el reconocimiento de la ruina, los esfuerzos mejor intencionados serán en vano, o terminarán en simple evangelización (un don muy envidiable). Pero entonces la pregunta es: ¿qué sucede con las almas en cuanto a su edificación posterior? Si la evangelización se lleva a cabo sin una reflexión precisa sobre el lugar que nos asegura la salvación y sobre las responsabilidades que se derivan de ella –responsabilidades no solo individuales, sino también como miembros unos de otros, teniendo un Jefe común, Cristo mismo–; en resumen, si falta la comunión que buscábamos, ya sea considerada en toda su extensión o en relación con los tiempos difíciles en los que vivimos, quedaremos fragmentados en grupos divididos, y algunas de las verdades más preciadas relacionadas con la acción del Espíritu Santo en la tierra, estando Cristo mismo en los cielos, solo tendrán una apariencia superficial y un débil dominio sobre nuestras almas.