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El río de vida


person Autor: P. F. R. 1


Todo lector del profeta Ezequiel puede advertir los profundos contrastes que existen entre los primeros y los últimos capítulos del mismo.

Al principio del texto bien podemos contemplar la maravillosa y repetida visión de la presencia de la gloria de Jehová, de la glo­ria de Dios. Se relata también la vocación y la misión del profeta, puesto por atalaya a la casa de Israel. Pero se trata, señaladamente, de las abominaciones de los judíos, y, por consiguiente, de los juicios de Dios. Pues, «llegó el tiempo de comenzar el juicio por la casa de Dios» (1 Pe. 4:17; Ez. 9:6).

Tan numerosas como malvadas son las abominaciones cometidas por la casa de Israel. Y las realizan, no solo cerca del santuario, sino hasta en él. Por tal razón, agotado el tiempo de la pacien­cia de Dios, la gloria de Jehová abandona el santuario y la ciudad de Jerusalén. Se marcha poco a poco, por etapas sucesivas, y se nos ocurre que no sin pesar. Hasta ponerse, por fin, sobre el monte que está al oriente de la ciudad (Ez. 11:23)

La salida de la gloria de Dios, alejándose del santuario y de la ciudad de Jerusalén, es un acontecimiento de suma importancia. No hay ya, pues, fuente de bendición para el pueblo rebelde de Israel.

Desde aquel momento todo se halla dirigido hacia el oriente, pala­bra muchas veces repetida en el texto del profeta Ezequiel; más adelante oiremos por qué razón.

Mas, por otra parte, en los últimos capítulos, este cuadro cambia por completo. No hay sino gozo, alegría, paz, bienestar, prosperi­dad, orden y bendición. Pues entonces corre el río de vida cuyas ondas llevan a todas partes fertilidad, disfrute y felicidad. Es así porque las aguas del río salen del santuario, al cual, pasado el tiem­po de los juicios, en vista de las bendiciones del reinado de 1.000 años, la gloria del Dios de Israel ha regresado (Ez. 11:1-2, 4; 47:1-2) La presencia de la gloria de Dios en su santuario es fuente inagotable de vida y bendición durante el reinado de paz, como igualmente obra la bendición de los creyentes en el tiempo presente cuan­do los santos aciertan a realizar la presencia personal y espiritual del Señor de gloria en medio de ellos, conforme a la preciosa pro­mesa de Mateo 18:20: «Donde dos o tres se hallan reunidos a mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

No da el Dios vivo y verdadero su gloria a otro. Escrito está: «A otro no daré mi gloria». Y «mi honra no la daré a otro» (Is. 42:8; 48:11).

Tras las abominaciones de Israel, hay juicios y castigos. Así lo vemos en la primera parte del Libro de Ezequiel, señaladamente, en el capítulo 9. Los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de Jerusalén escapan del juicio. Para los otros, ineluctable y sin remisión, es el castigo.

Sin embargo, Dios es «el Dios de la paciencia» (Rom. 15:5), el «Padre de las misericordias» (2 Cor. 1:3). Y cumplido el tiem­po de los juicios, Dios tiene misericordia de su pueblo terrenal, así como la tiene ahora de nosotros.

Suele Dios conservar testigos incluso en los tiempos más tene­brosos. A los suyos esparcidos entre los gentiles dice el Señor Jehová: «Aunque les he arrojado lejos entre las naciones, y les he esparcido por las tierras, con todo eso les seré por un pequeño santuario en las tierras adonde lleguen». (Ez. 11:16). Y Dios, misericordioso y clemente, tomando cuidado por su propia gloria añade ya: «Yo os recogeré de los pueblos, y os congregaré de las tierras en las cuales estáis esparcidos, y os daré la tierra de Israel. Y volverán allá, y quitarán de ella todas sus idolatrías y todas sus abominaciones. Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios. Mas a aquellos cuyo corazón anda tras el deseo de sus idolatrías y de sus abominaciones, yo traigo su camino sobre sus propias cabezas, dice Jehová el Señor» (Ez. 11:17-21).

Maravillosos son los consejos y los modos de obrar de Dios, así como el apóstol nos hace ver en el Nuevo Testamento una espléndida cordillera con sus cimas, cumbres, macizo central, mesetas, puntos de vista; eso parece la Epístola a los Romanos. En tres de sus capítulos: 9, 10 y 11, Pablo nos hace contemplar, desde un punto de vista muy alto y do­minante, un admirable panorama en el que el apóstol enseña los con­sejos y caminos divinos para con israelitas y gentiles.

«Así también, en la actualidad, existe un remanente según la elección de la gracia… Entonces, ¿qué diremos? Que Israel no ha logrado lo que busca; pero los escogidos lo han logrado, y los demás fueron endurecidos» (Rom. 11:5, 7). Añade Pablo: «Entonces digo: ¿Acaso tropezaron para caer? ¡De ninguna manera! Pero por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles a celos. Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su fracaso la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más lo será su plenitud?… Porque si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su readmisión, sino vida de entre los muertos?» (Rom. 11:11-12, 15). Y «Hermanos, para que no seáis sabios a vuestro juicio propio, no quiero que ignoréis este misterio: que endurecimiento parcial ha acontecido a Israel hasta que entre la plenitud de los gentiles; y así todo Israel será salvo» (Rom. 11:25-26). Se trata aquí, por supuesto, del Israel de la fe. El remanente de la fe, a los ojos de Dios, representa a «todo Israel». Asimismo «la ple­nitud de los gentiles» quiere decir aquellos de entre los gentiles que han de ser salvos por la fe, de ninguna manera todos los gentiles. No hay salvación sino por la fe. Por la fe, gentiles e israelitas alcan­zan misericordia. «Así también estos son ahora desobedientes, para que por la misericordia que a vosotros se os concedió, ellos también alcancen la misericordia. Porque Dios encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos» (Rom. 11:31-32). Y Pablo exclama: «¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!» (Rom. 11:33). Todo lo cual está muy claro.

Antes de la restauración de Israel acontecen terribles e inexora­bles juicios, castigos cuya ejecución alcanza a Jerusalén, Judá, Israel e incluso a las naciones, tal como se ve en esta media parte del libro de Ezequiel.

Pasado el tiempo de los juicios y castigos, la restauración de Israel por medio de la gracia, en vista del reino de 1.000 años, es un acon­tecimiento considerable. Antes de entrar en el gozo del reino de 1.000 años, los judíos, a saber, las dos tribus, Judá y Benjamín, los hijos de los que, hablando del Señor, habían dicho «¡Sea crucificado!» y «¡Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!». (Mat. 27:22, 25), pasan por la gran tribulación. Está escrito de ellos: «Estos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado y han blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero» (Apoc. 7:14). Asimismo, por lo que se refiere a Efraín, es decir, a las diez tribus, solo el remanente creyente retorna a la tierra prometida y se halla reunido con las dos tribus (Ez. 20:40-49)

En Ezequiel 36, Dios dice otra vez: «Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios» (v. 24-28). No hay otro recurso, sino el nuevo nacimiento por la fe (Juan 3:3-10). En Ezequiel 37 se trata también de una resurrección nacional de Israel. Por cierto, serán benditos todos los que serán vivificados por el Espíritu de Dios, señaladamente los ju­díos, de quienes está escrito: «Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito» (Zac. 12:10), pero también sobre los demás, es decir, los creyentes de las diez tribus. Juntos todos los que serán vivificados formarán un solo pueblo bajo el reinado del Señor.

Muchas veces en la Palabra de Dios, las aguas, los arroyos, los ríos, nos hablan de bendición, de restauración, de abundancia.

Ya en el Éxodo hallamos la peña herida de donde brotaban aguas bienhechoras. Jehová había dicho a Moisés: «He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel». (Éx. 17:6). La peña herida es figura de nuestro Señor, herido de Dios. Hablando de los padres de los Hebreos, el apóstol Pablo dice: «Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de una Roca espiritual que los seguía, y la Roca era Cristo» (1 Cor. 10:4).

Nuestro Salvador, fue herido por Dios en la cruz una vez y para siempre. Desde entonces fue suficiente hablar a la peña para que diese sus aguas (Núm. 20:8) ¡Único es el sacrificio del Señor! Pero de él permanece la santa memoria y se renuevan sus efectos de siglo en siglo. Hizo Moisés muy mal cuando dijo: «¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?» (Núm. 20:10). No teniendo ni Moisés ni Aarón poder alguno en sí mismos para hacer salir las aguas. Toda potestad es de Dios (2 Cor. 5:18) La bendición divina, el rocío de Jehová, las lluvias sobre la hierba, «no esperan a varón, ni aguardan a hijos de hombres» (Miq. 5:7).

Aún ahora pueden los creyentes aprovechar el manantial de las aguas hablando a la peña, conforme a la voluntad y obedeciendo de corazón el mandato de Dios: «Hablad a la peña» (Núm. 20:8). Ejecutó también Moisés una acción muy reprensible cuando hirió la peña con su vara dos veces (Núm. 20:11).

En la Santa Escritura el río es muchas veces como el símbolo o la imagen de la bendición, del gozo, de la abundancia. No siempre es así. Para citar un ejemplo del cual cada uno puede acordarse, el Jordán es el río de la muerte. Debían los hijos de Israel pasar el Jordán para alcanzar la tierra prometida. De igual modo, en el tiempo presente, no pueden los creyentes tomar posesión de los lugares celestiales, cuya figura es la tierra prometida, sin haber com­prendido bien, no solo la muerte de Cristo por sus redimidos (Ro­m. 5:6, 8), sino también el fin del viejo hombre juntamente crucificado con Cristo (Rom. 6:6).

Por lo que se refiere a la vida, ya en Génesis, es decir, en el principio del Antiguo Testamento, hallamos un huerto plantado por Dios en Edén, al oriente (Gén. 2:8). Escrito está: «Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos» (Gén. 2:10). Asimismo, según el orden moral del texto de la Biblia, encontramos en el principio del Nuevo Testamento, un Señor, un Salvador, un Redentor, pero cada uno de los cuatro Evan­gelios nos hacen ver su persona y su obra bajo varias maneras.

El Salmo 36 hace mención del torrente de las delicias divinas. «Y tú los abrevarás del torrente de tus delicias» (v. 8). Es el maravilloso torrente cuyas ondas santifican y cuyo ímpetu, en todo tiempo, alegra y conforta a los creyentes. Les dan, tales aguas, todas las bendiciones que hay y permanecen en la Persona adorable y la obra perfecta del Señor, como doble y seguro fundamento. Así tiene cuidado de los suyos y se interesa por ellos Dios mismo. Antiguamente, antes del sacrificio del Cordero de Dios, los creyentes recibían las bendiciones divinas como por anticipación a causa de la muerte del Señor.

Hoy necesitan los creyentes las bendiciones divinas más que nun­ca y pueden recibirlas en toda sabiduría e inteligencia espiritual. Pues bien, conocen la obra del Señor en la cruz. Y en este mundo, es preciso confesarlo, los fieles pasan sed. Pero al contemplar al Señor de gloria en la cruz abunda la consolación de ellos. Dijo el Salvador crucificado: «Tengo sed» (Juan 19:28-29; Sal. 69:21).

Era preciso considerar las generalidades que alumbran nuestro tema. Pero pasemos las generalidades y entremos abiertamente en la descripción del río de vida.

Vemos ya el río de vida, interesante tema y verdadero punto de arranque de la presente investigación en el Salmo 46: «Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo» (v. 4). Se trata, además, del río de la vida en el libro del profeta Ezequiel (Ez. 47:1-12), texto de importan­cia sin par. De tal río hacen mención también, en el Antiguo Testamento, los profetas Joel (3:18) y Zacarías (14:8-9). En el Nuevo Testamento volvemos a encontrar el río de vida otra vez, en relación con la nueva Jerusalén que muestra un río limpio, de agua de vida resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero (Apoc. 22:1).

Dice el profeta Ezequiel: «Me hizo volver luego a la entrada de la casa; y he aquí aguas que salían de debajo del umbral de la casa hacia el oriente; porque la fachada de la casa estaba al oriente, y las aguas descendían de debajo, hacia el lado derecho de la casa, al sur del altar. Y me sacó por el camino de la puerta del norte, y me hizo dar la vuelta por el camino exterior, fuera de la puerta, al camino de la que mira al oriente; y vi que las aguas salían del lado derecho… Después me llevó, y me hizo volver por la ribera del río. Y volviendo yo, vi que en la ribera del río había muchísimos árboles a uno y otro lado. Y me dijo: Estas aguas salen a la región del oriente, y descenderán al Arabá, y entrarán en el mar; y entradas en el mar, recibirán sanidad las aguas. Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas, y recibirán sanidad; y vivirá todo lo que entrare en este río. Y junto a él estarán los pescadores, y desde En-gadi hasta En-eglaim será su tendedero de redes; y por sus especies serán los peces tan numerosos como los peces del mar Grande. Sus pantanos y sus lagunas no se sanearán; quedarán para salinas. Y junto al río, en la ribera, a uno y otro lado, crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas nunca caerán, ni faltará su fruto. A su tiempo madurará, porque sus aguas salen del santuario; y su fruto será para comer, y su hoja para medicina» (Ez. 47:1-2, 6-12). (El mar Grande es el Mediterráneo).

Añade Zacarías: «Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas, la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar occidental» (14:8). El río se re­parte así en dos brazos.

Para ver con los ojos y entender de corazón las instrucciones que se refieren al río de vida y a los esplendores del nuevo templo de Dios, del santuario milenario, del cual se trata en los últimos capítulos de Ezequiel, tenía necesidad el profeta de un experto guía. El guía de Ezequiel es un varón que tiene «un cordel de lino en su mano, y una caña de medir» (Ez. 40:3; etc.). Asimismo, nosotros; cre­yentes y testigos del tiempo presente, para comprender bien la Pa­labra de Dios necesitamos un guía. Después de la muerte y la resurrección del Señor y de su glorificación en el cielo, nuestro guía es el Espíritu Santo, enviado de lo alto (Juan 14:16-17, 26; 15:26; 16:7, 13-14; 1 Cor. 2:6-7, 10-13).

Muy significativa es esa palabra «hacia el oriente» o «al oriente». Se halla repetida a menudo en el texto de Ezequiel. Y hemos visto que cuando la gloria de Dios dejó el santuario, el umbral de la casa, el atrio, la puerta oriental del templo y por fin la ciudad de Jerusalén, se detuvo sobre el monte que está al oriente de la ciudad (Ez. 9:3; 10:3, 18; 11:23). El monte que está al oriente de la ciudad es el monte de los Olivos (Zac. 14:4). Desde entonces no hay ya presencia divina ni fuente de bendición en Israel. Sin embargo, todo se halla dirigido hacia el oriente.

Cumplido el tiempo de los juicios, entra la gloria de Dios de nuevo en el Templo. Viene desde el oriente y entra en la casa por la vía de la puerta que da cara al oriente (Ez. 43:2, 4).

Cuando vendrá el Señor para vencer a sus últimos enemigos e instituir su reinado de paz, gozo y gloria, «se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente» (Zac. 14:4).

En el Nuevo Testamento, donde se trata de la primera venida de nuestro Salvador sobre la tierra, leemos: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con la que nos visitará un amanecer desde lo alto» (Lucas 1:78). El amanecer desde lo alto que había de visitarnos es el mismo Señor, cuyo precursor había de ser Juan el Bautista.

Hace el guía volver al profeta a la entrada de la casa y lo saca por el camino de la puerta del Norte, conduciéndolo por el camino fuera de la puerta, por fuera al camino de la que mira al oriente. Es un gran rodeo, pero un rodeo necesario, porque la puerta de afuera del santuario, la cual mira hacia el oriente, está cerrada. Dios dice: «Esta puerta estará cerrada; no se abrirá, ni entrará por ella hombre, porque Jehová Dios de Israel entró por ella; estará, por tanto, cerrada. En cuanto al príncipe, por ser el príncipe, él se sentará allí para comer pan delante de Jehová; por el vestíbulo de la puerta entrará, y por ese mismo camino saldrá» (Ez. 44:2-3). No hay excep­ción sino el día de reposo (sábado) y el día de la luna nueva (Ez. 46:1). En cuanto al Príncipe, es el representante del Señor. No es el mismo Se­ñor; pues ha de sacrificar por sí como por todo el pueblo de la tie­rra, un becerro por el pecado (Ez. 45:22).

Son vivas las aguas porque salen del santuario al cual la gloria de Dios, viniendo desde el oriente, ha regresado. Y la gloria de Je­hová llena la casa de Jehová (Ez. 43:2-4). Es la presencia divina en el templo del Milenio, fuente inagotable de bendición y de vida. Salen las aguas vivas de debajo del umbral de la casa hacia el oriente y las aguas descienden hacia el lado derecho de la casa, al sur del altar (Ez. 47:1-2). El altar nos habla de la cruz, único fundamento de todos los privilegios en que pueden go­zarse los creyentes.

Según el profeta Zacarías (14:8), salen aguas vivas «la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar occidental». Hay así dos arroyos de vida, cuyas ondas son símbolo del Espíritu Santo como poder fructificador (Juan 4:14; 7:38-39). Zacarías 14:8, nos explica muy bien los «dos ríos» de Eze­quiel 47:9. El primer río desciende a la llanura y sus aguas entran en el mar oriental. El otro río pasa por la ciudad de Jerusalén (según Ezequiel, el templo milenario no se ubica en medio de la ciu­dad) y desemboca en el Mediterráneo, no sabemos exactamente en qué lugar.

En el texto de Ezequiel corre el río de vida hacia el mar salado. Sube cada vez más. Crece muchísimo, tanto, en fin, que no se podía pasar sino a nado (Ez. 47:3-10).

En ambas riberas del río, de una parte y de otra, el profeta, bajo la dirección de su guía, contempla gran cantidad de árboles. Junto al río en su ribera, de una parte y de otra, crece todo árbol de comer. Su hoja nunca cae ni falta su fruto. A sus meses madura por­que las aguas salen del santuario. El fruto de los árboles es para comer y su hoja para sanar. Son magníficos tales recursos.

Las aguas del río, insistimos, salen de la región del oriente, des­cienden a la llanura y entran en el mar. Entradas las aguas del río en el mar, sus aguas reciben sanidad. En las aguas del mar Muerto hay tanta sal que la vida no es posible en ellas. Pero tan pronto como entran en el mar oriental las aguas del río, cuyo manantial está en el santuario, la vida se hace posible y todo animal viviente sigue viviendo. Y por haber entrado allá las aguas vivas hay muchos peces. En su clase, son sus pesces como los del mar grande, el Mediterráneo, abundante en gran manera. Junto al mar estarán pescadores; y desde En-gadi, hasta En-eglaim, hay tendede­ro de redes.

Los peces traen a la mente la Persona y el amor de nuestro Se­ñor. En el principio de la era cristiana, en el tiempo de las perse­cuciones, el pez sirvió de contraseña a los creyentes entre sí mismos, porque juntas las primeras letras de la palabra Jesús Cristo de Dios Hijo Salvador forman, en la lengua griega, el nombre de pez. En la escena simbólica de Juan 20, la solicitud del Señor ha preparado para sus discípulos comida caliente en que el pez desempeña impor­tante papel.

Muchas e importantes bendiciones recibe el pueblo terrenal de Dios durante el reinado del Mesías. Pero no son las bendiciones plenarias como son las bendiciones de los creyentes del tiempo presente, benditos con toda bendición espiritual, en lugares celestiales en Cristo. Charcos y lagunas no son sanados; quedan para salinas.

Además, conviene acometer una investigación especial sobre el particular tocante al río de vida que acabamos de señalar: El de las mediciones (Ez. 48). Este tema es muy interesante y ofrece a nuestra mente importantes relaciones con el Nuevo Testamento. Escribe el profeta: «salió el varón hacia el oriente, llevando un cordel en su mano; y midió mil codos, y me hizo pasar por las aguas hasta los tobillos» (Ez. 47:3). El capítulo 3 de los Hechos nos cuenta la curación de un hombre que era «cojo desde el vientre de su madre» (Hec. 3:2). Verdadera figura del pecador en su condición natural. «Pedro, mirándolo fijamente, como Juan, le dijo: Míranos» (Hec. 3:4). Entonces él estuvo atento a ellos. Y Pedro dijo: «Plata y oro no tengo, pero lo que tengo te doy: ¡En el nombre de Jesucristo el Nazareno, levántate y anda! Tomándole de la mano derecha, lo levantó; y al instante se fortalecieron sus pies y tobillos; y de un salto se puso en pie y caminaba; y entró con ellos en el templo, andando, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios» (Hec. 3:6-9). Hizo en fe lo que Pedro había dicho; así fue sanado; así fue hecho un adorador. Tal es el principio de la vida cristiana. Son las aguas «hasta los tobillos» sentidas por cada uno en su propia persona, pues la salvación de Dios por medio de la fe, es individual.

Hay, después, una segunda medición: «Midió otros mil, y me hizo pasar por las aguas hasta las rodillas» (Ez. 47:4). De las rodillas está es­crito en el Nuevo Testamento: «Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre» (Efe. 3:14), y «Enderezad las manos caídas y las rodillas que titubean» (Hebr. 12:12). Son útiles las rodillas, so­bre todo para el ruego, para la oración. Ya en el Antiguo Testamento leemos: «Fortaleced las manos cansadas, afirmad las rodillas endebles» (Is. 35:3). Cada vez Ezequiel ha de sentir el nivel de las aguas en su propia persona.

Luego vemos una tercera medición. «Midió luego otros mil, y me hizo pasar por las aguas hasta los lomos» (Ez. 47:4). El Nuevo Testamento hace mención de los lomos en varios pasajes. Se debe citar, primera­mente, en relación con la venida del Señor para sus santos, la pro­pia palabra del Salvador: «Estén ceñidos vuestros lomos y encendidas vuestras lámparas; y sed vosotros semejantes a hombres que esperan a que su señor regrese de las bodas; para que cuando llegue y llame, le abran al instante. ¡Bienaventurados aquellos siervos a los que, llegando el señor, encuentre velando! En verdad os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa y, acercándose, les servirá» (Lucas 12:35-37).

En segundo lugar, encontramos los lomos en relación con la ver­dad de Dios: El apóstol Pablo dice: «Estad, pues, firmes, teniendo los lomos ceñidos con la verdad» (Efe. 6:14). En tercer lugar, se trata también de los lomos en la Primera Epístola de Pedro: «Por lo cual, consolidad vuestros pensamientos [lomos], sed sobrios y poned perfectamente vuestra esperanza en la gracia que os es otorgada en la revelación de Jesucristo» (1 Pe. 1:13). El entendimiento es la parte más elevada de nuestro ser, aquella por la cual estamos en relación con Dios y con el Señor. Es siempre el mismo principio. Es preciso que el cre­yente sienta el nivel de las aguas sobre su propia persona. No puede andar nadie en los caminos de la fe con las piernas de otros. Ni anda ninguno en el testimonio de nuestro Señor, sino con sus pro­pias piernas.

Por fin hay aún una cuarta medición. «Midió otros mil, y era ya un río que yo no podía pasar, porque las aguas habían crecido de manera que el río no se podía pasar sino a nado» (Ez. 47:5). El profeta pier­de pie. Le es forzoso nadar en estas muchas aguas que van crecien­do. Es una experiencia muy útil. No solo inmensa es la bendición, sino infinita. Sobre todo, es aquí figura de la bendición plenaria de los creyentes en la era cristiana: debemos crecer «en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pe. 3:18). Así se descubren inefables misterios de amor y se suscitan pensamientos y sentimientos que por otro medio no llegarían a obtenerse. El apóstol Pablo dice: «Y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa a todo conocimiento; para que seáis llenos hasta toda la plenitud de Dios» (Efe. 3:19), y «Porque en él [Cristo] habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y estáis completos en él» (Col. 2:8-10). Y leemos en el Evangelio según Juan: «De su plenitud nosotros todos hemos recibido, y gracia sobre gracia» (Juan 1:16). Así, en la Primera Epístola del mismo apóstol, los padres conocen al que es desde el principio (1 Juan 2:13-14; 1:1-5), desde el principio del cristianismo.

Acabamos de contemplar el río de vida y ahora nuestro guía nos dice, como antiguamente el varón a Ezequiel: «¿Has visto, hijo de hombre?» (Ez. 47:6). Y desde el seno de nuestra debilidad, por la cual gemimos humillados, juntando nuestras débiles voces a la gran voz del apóstol podemos contestar por gracia: «¡Y al que es poderoso para hacer infinitamente más que todo lo que pedimos o pensamos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús, por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amén». (Efe. 3:20-21).

Revista «Vida cristiana», año 1958, N° 34


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