Inédito Nuevo

La culminación personal, ¿una metodología para el cristiano?

El peligro de la psicología humana y moderna


person Autor: Hans-Joachim KUHLEY 1


1 - ¿Qué significa esto?

“La culminación [1] personal” es un término de la jerga psicológica. Es una metodología para la salud y la normalidad del estado del alma, propugnada por la psicología humanista surgida en los años 1950. Puede definirse como: “el florecimiento de la personalidad mediante la realización de las posibilidades innatas”.

[1] NdT.: * Culminación:

• f. Llegada de una cosa a su punto más elevado:
la culminación de su vida fue la llegada de sus hijos.

• Finalización de una actividad:
la cena de clausura fue la culminación del congreso.

sinónimos:

• Remate, cúspide, apogeo, cumbre, coronamiento, cenit, límite, perfección, consumación

Autorrealización:

De auto- y realización.

• Consecución satisfactoria de las aspiraciones personales por medios propios.

Autoestima:

De auto- y estima

• Valoración generalmente positiva de sí mismo.

Si nos ocupamos de ella aquí, es debido a otros términos utilizados por esta escuela de psicología, como: valorizare, aceptarse, amarse, tener confianza en sí mismo, afirmarse e incluso perdonarse. Las formas de pensar y comportarse que subyacen a estos términos están muy de moda. No solo se inculcan a directivos y famosos, sino que muchos jóvenes están abocados a encontrarlas en el marco de su formación y en sus estudios. Pero no todos los cristianos se dan cuenta de que esta metodología niega la caída del primer hombre y, en el fondo, tiende a fomentar la deificación del yo.

2 - El punto de partida ya es erróneo

Veamos de nuevo qué es la culminación personal: “La plenitud de la personalidad a través de la realización de las posibilidades innatas». Para simplificar, esto significa algo así: “Usted es un tipo increíble; convénzase de ello de una vez y cuídese intensamente. Sus deseos y necesidades no tienen nada de malo. Descubra las posibilidades que se esconden en usted y sáquelas a relucir al máximo. Sobre todo, no deje que nadie le impida hacerlo, le enfermaría psíquicamente». Hay al menos dos hipótesis en esto que no concuerdan con la Biblia, a saber, en primer lugar, que el hombre es libre de actuar según sus pensamientos y, en segundo lugar, que es bueno por naturaleza. Pero, desde el punto de vista de los partidarios de la evolución, en la que también se basa la psicología humanista, estos puntos no son discutibles. Si el hombre solo es el producto, al más alto nivel, de un desarrollo basado en el azar y no es más que materia altamente organizada, entonces no hay nadie por encima de él y el «bien” y el «mal» solo son cuestiones de perspectiva. El anticristo, el hombre de pecado, aplicará un día este concepto hasta el extremo; en efecto, «se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de adoración; de modo que se sienta en el templo de Dios, presentándose él mismo como Dios» (2 Tes. 2:4). –Pero, ¿qué hay de malo en realidad en los supuestos de la culminación personal y otras metodologías psicoterapéuticas?

3 - Al lado del verdadero problema

Puesto que, según la Biblia, el hombre es una criatura de Dios orientada hacia él, pero separada de Dios por el pecado, nada puede resolver sus problemas espirituales de forma verdadera y permanente que volviendo a Dios. Todas las religiones y sus sucedáneos (la psicoterapia cumple a menudo este papel) que niegan o ignoran este problema, solo ofrecen necesariamente soluciones engañosas. Sus seguidores se parecen en muchos aspectos a los autoproclamados profetas y sacerdotes sin escrúpulos de la época de Jeremías, que simplemente ignoraban en sus discursos la culpabilidad del pueblo y la destrucción de Jerusalén. Leemos de ellos: «He aquí que la palabra de Jehová les es cosa vergonzosa… Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz» (Jer. 6:10, 14). Todas las repetidas afirmaciones de su psicoterapeuta diciéndole que solo hay bondad en él y que solo tiene que aprender a verse así, nunca podrán borrar la conciencia de su cliente. La pompa de jabón multicolor estalla invariablemente. La explicación se encuentra en una oración de Agustín (354-430 d.C.): “Tú nos creaste para ti, y nuestros corazones están inquietos hasta que encuentran descanso en ti”.

4 - Que haya en usted este pensamiento

Cuando culminamos nuestro “yo», no tiene lugar en una isla desierta, sino en el contexto del matrimonio, en la familia, en el círculo de colegas o también en la congregación (la comunidad religiosa); de un modo u otro, alguien sufrirá. Había habido dificultades de este tipo entre los creyentes de Filipos. El apóstol los exhortó a no hacer nada por espíritu de partido (afirmándose sí mismos), ni por vanagloria (exaltándose por encima de los demás), sino a considerar con humildad que el otro es superior a sí mismo. Además, cada uno no debe mirar solo lo suyo (egoísmo), sino también lo que es para los demás (compárese con Fil. 2:3-4). En lugar de una larga argumentación, que cabría esperar, se limita a poner el ejemplo del Hijo de Dios en su vida aquí en la tierra contra la culminación personal tal como se practicaba en Filipos –y también entre nosotros hoy–; queremos inspirarnos en ella.

5 - Aquel que sí mismo se anonadó

Nuestro Señor no buscó su “culminación”, pues fue obediente, obediente hasta la muerte de cruz. Porque había dicho: «He aquí yo vengo… para hacer tu voluntad, oh Dios» (Hebr. 10:7). Sin embargo, desde el principio de su ministerio, Satanás había intentado seducirle con la promesa de su culminación personal. Con Eva, lo consiguió fácilmente y Adán la siguió. Pero la respuesta invariable del Señor era: «Escrito está» (Mat. 4:4-7); era la obediencia a la voluntad revelada de Dios. Tras ello, de nuevo fue incitado a actuar por su cuenta. Su madre le dijo en las bodas de Caná: «No tienen vino». Jesús le contestó: «Mujer ¿qué tiene que ver eso conmigo o contigo? No ha llegado todavía mi hora» (Juan 2:3-4). Sus hermanos le desafiaron en la fiesta de los Tabernáculos: «Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo». Su respuesta fue: «Mi tiempo no ha llegado todavía» (Juan 7:4, 6). Después de que el Señor anunciara a los discípulos que iba a padecer, Pedro, con la mejor intención, se lo reprochó. La respuesta del Señor es severa: «¡Apártate de mi vista, Satanás! ¡Me eres tropiezo!; porque no piensas en lo que es de Dios, sino en lo que es de los hombres» (Mat. 16:23).

En Getsemaní oímos: «¡Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa! Pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mat. 26:39). –Finalmente, en la cruz, ni la blasfemia del malhechor («¿No eres tú el Cristo?» (Lucas 23:39), ni el desafío burlón de los jefes religiosos: «Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz, y creeremos en él» (Mat. 27:42) no pudo inducir al sufriente Hijo de Dios a actuar por su cuenta.

Más adelante, Pedro pone a este Señor como ejemplo ante los ojos de los esclavos que sufren injustamente: «Porque para esto fuisteis llamados; pues también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas; el cual no hizo pecado, ni fue hallado engaño en su boca; quien, siendo insultado, no respondía con insultos; cuando sufría, no amenazaba, sino que encomendaba su causa a aquel que juzga justamente» (1 Pe. 2:21-23). Evidentemente, se dirige a todos los creyentes.

6 - Nunca actuó por su cuenta

La culminación personal no tenía cabida en la vida y los motivos de nuestro Señor; al contrario, él dijo: «No puede el Hijo hacer nada de sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre» (Juan 5:19). «Porque descendí del cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió» (Juan 6:38). Claramente espera ver la misma disposición y comportamiento en todos sus discípulos: «El que quiera ser grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será el siervo de todos. Porque ni aun el Hijo del hombre vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:43-45). Ser el siervo de todos es exactamente lo contrario de la culminación personal. ¿Estamos dispuestos a seguir este mandato de nuestro Señor?

7 - Ya no vivo yo

Por eso, el apóstol Pablo deseaba ver en los filipenses la misma disposición que caracterizó al Hijo de Dios en su vida terrena. ¿No era este deseo demasiado ambicioso? No, Pablo era un ejemplo vivo; podía invitarles a ser juntos sus imitadores. Lo que quería decir con esto se encuentra con más precisión en otro pasaje. Escribió a los corintios, que, guiados por el «yo» («aún sois carnales»), también discutían: «Sed imitadores míos, así como yo lo soy de Cristo» (1 Cor 3:3; 11:1). En la Epístola a los Gálatas encontramos con más precisión cómo Pablo era imitador de Cristo: «Con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y sí mismo se dio por mí» (Gál. 2:20). Esto es lo contrario de la culminación personal. Pablo había terminado con “la culminación de sus posibilidades innatas”; había comprendido que su «yo», corrompido por el pecado, solo tenía su lugar en la cruz. Se había sometido a este veredicto al convertirse, y así reconoció que Cristo había tenido que morir por él. Pero fue precisamente esta condena de su «yo» por la fe («Con Cristo estoy crucificado») lo que le permitió abandonar todo esfuerzo por desarrollar su personalidad («ya no vivo yo»). Así, en Pablo se daban las condiciones para que Cristo floreciera sin trabas en él, para que Sus caracteres se hicieran cada vez más visibles a través de él. Pero todo lo que se interponía a este despliegue –ya sea Satanás, o el viejo hombre, o el mundo– no podía ser vencido por su propio poder, excepto por la fe solamente («lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe»). ¿Era esta vida de abnegación un deber arduo y sin alegría para Pablo? ¡En absoluto! Fue precisamente esta vida la que le garantizaba el goce sin límites del amor del Hijo de Dios. Un hombre como Pablo podía decir de Cristo que «me amó y sí mismo se dio por mí», ¿sufría por no estar suficientemente valorado?

8 - La “culminación personal” del cristiano

Este subtítulo podría parecer contradictorio con todo lo dicho hasta ahora. Pero el término culminación personal se ha puesto entre comillas. De hecho, debe considerarse exactamente lo contrario: la culminación personal con signo positivo, que acabamos de examinar detalladamente en Pablo. Porque Dios espera que todos sus hijos, incluidos usted y yo, realicen (o «culminen») a Jesucristo en sus vidas en lugar de su «yo» y manifiesten Su carácter en ellos cada vez más claramente.

Juan el Bautista resumió este proceso (aunque en un contexto diferente) en esta frase concisa: «Él debe crecer, y yo debo menguar» (Juan 3:30). Poco antes, ya había declarado que no era digno de desatarle la correa de las sandalias. Antes, Pedro había gritado: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador!» (Lucas 5:8). Algunos años más tarde, sus adversarios pudieron comprobar que, evidentemente, había estado con Jesús. Antes de su conversión, Pablo había logrado más éxitos personales que la mayoría de sus contemporáneos. Podemos leer sobre esto en Filipenses 3. Pero después de conocer al Señor, solo podía mirar todo esto como basura. Si en el versículo 17 nos invita a ser sus imitadores, esto debería hacernos reflexionar a todos.

De hecho, solo una vida como la de Pablo merece ser llamada una vida bien vivida. Y nuestro Señor, el Hijo de Dios que nos amó y que él mismo se entregó por nosotros, espera ver también en nosotros este tipo de “culminación personal”. La culminación personal de la psicología humanista es un error, porque se basa en una concepción no bíblica del hombre. Por lo tanto, en la angustia espiritual, no podemos esperar recibir ayuda por este medio, aunque lamentablemente muchos pastores lo consideren útil. Tampoco es bueno basar la propia vida en este principio. En conclusión, creemos que debemos afirmar que la culminación personal –¡no es una metodología para el cristiano!


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