Inédito Nuevo

La Palabra sembrada hoy


person Autor: Mark GRASSO 1


Traducido de «Le Messager Évangélique», año 2026, página 26

1 - Introducción

Aunque su significado quedó oculto a los judíos, la enseñanza general de la parábola del sembrador es clara para aquellos que han puesto su confianza en el Señor Jesús y han recibido el Espíritu Santo, quien nos ayuda a comprender las Escrituras.

La parábola se refiere a la predicación del Señor cuando estaba en la tierra. Puede aplicarse, con toda razón, de manera general a toda predicación de la Palabra de Dios, incluso cuando se dirige a los creyentes. El enfoque elegido aquí pretende hacernos reflexionar sobre el estado de nuestro corazón cuando asistimos a reuniones de edificación o de estudio de la Palabra. Es necesario que la lectura y la explicación de la Biblia cumplan el propósito para el que Dios la envió (Is. 55:11), es decir, que demos fruto para él (Mat. 13:23).

Mateo 13:3-8 describe a un sembrador que sale a sembrar y los resultados de su siembra, divididos en 4 categorías según el lugar donde cae la semilla: el camino; los terrenos pedregosos; entre las espinas; y, por último, en la buena tierra, donde da fruto. A continuación, se subraya la importancia de la parábola con las palabras: «¡Quién tiene oídos, que oiga!» (v. 9). Tras la conversación con los discípulos sobre el cegamiento de los judíos por parte de Dios (v. 10-17), el Señor, en su gracia, interpreta la parábola a sus discípulos (v. 18-23).

El significado de la parábola es sencillo. Aunque no se indica explícitamente en la interpretación, el sembrador es el Señor Jesús (v. 37). La semilla es la Palabra de Dios (Lucas 8:11); su denominación aquí como «la Palabra del reino» (Mat. 13:19) se explica más adelante. Los 4 tipos de terreno sobre los que cae la semilla representan los corazones de quienes escuchan esta Palabra (v. 19-23).

El significado principal de la parábola es el ministerio oral del Señor acerca del reino. Sin embargo, puede aplicarse de manera más amplia a cada ocasión en la que se predica su Palabra, ya sea para la evangelización o para la edificación de la Iglesia del Señor. En otras palabras, aunque el Señor es único en su predicación y sus palabras son siempre perfectas, un sembrador sale a sembrar cada vez que se anuncia la Palabra de Dios.

3 de las 4 ilustraciones relativas a la recepción de la predicación son negativas, mientras que solo una es positiva. La parábola no pretende ser una regla matemática; por ejemplo, que el 75 % de los incrédulos rechazarán el Evangelio en cada ocasión, o que solo una cuarta parte de los creyentes que asisten a una reunión de edificación darán fruto. No obstante, algo de la dureza del corazón humano se revela en el hecho de que el Señor tiene más que decir sobre el rechazo de su Palabra que sobre su recepción. Aquí también hay una advertencia implícita para los creyentes. La carne y el espíritu carnal, que permanecen en nosotros mientras estamos en la tierra, no tienen ningún interés por las cosas de Dios, y mucho menos por su Palabra (Rom. 8:5-8). Si nuestra conducta diaria no es como debería ser, experimentaremos lo que se describe en la primera parte de Romanos 8:5: «Los que son según [la] carne, piensan en las cosas de la carne». También lo experimentaremos durante la reunión de edificación. Si no caminamos según el Espíritu durante la semana, no debería sorprendernos que no disfrutemos de las cosas del Espíritu cuando se predica la Palabra de Dios (vean la segunda parte del mismo v.). Si las reuniones de edificación nos resultan aburridas, o si las consideramos poco provechosas, la culpa está muy probablemente en nosotros mismos, más que en el predicador, y desde luego no en la Palabra de Dios.

2 - El camino

«Cuando alguien oye la palabra del reino, y no la entiende, viene el Maligno, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón» (v. 19).

Las palabras «no la entiende» del versículo 19 no se refieren ni a una deficiencia en lo que se ha predicado, ni a una falta de capacidad por parte del oyente. La mención de «lo que fue sembrado en su corazón» muestra que lo que se ha transmitido ha iniciado una obra en el corazón del oyente. No comprender la Palabra, en el versículo 19, se refiere, por tanto, a una falta de asimilación de lo que se ha predicado, debido a la dureza del corazón representada por el camino. Sin duda reconoceremos que a veces podemos encontrarnos en tal estado.

Además de ser poderoso (Mat. 12:29), Satanás es un enemigo activo. Pensamos, en primer lugar, en sus esfuerzos contra los creyentes mediante la persecución, con el fin de cansarlos y desanimarlos (Hebr. 12:3), o mediante tentaciones destinadas a hacerlos caer. Pero Satanás también es «Maligno» o malintencionado en el sentido de que no quiere que los cristianos crezcan, ni que alcancen plenamente sus bendiciones espirituales. Sabe dónde y cuándo tienen lugar las reuniones de edificación, e incluso puede seguir actuando una vez que estas han terminado. Si decidimos no esforzarnos por comprender el ministerio oral de la Palabra de Dios –ya sea por desinterés consciente o por simple indiferencia– corremos el riesgo de caer en sus trampas. Tras la reunión, puede poner ante nosotros algo que arranque la buena semilla que el Señor ha sembrado en su gracia. En ese caso, perdemos la ayuda y la bendición que Él deseaba concedernos.

3 - Los pedregales

«El que fue sembrado en pedregales es aquel que oye la palabra y la recibe con gozo; pero no tiene raíz y dura poco; cuando llega la tribulación o la persecución por causa de la Palabra, al momento se escandaliza» (v. 20-21).

Aunque la Biblia puede y debe animarnos a menudo, algunos de los versículos más conocidos que describen su efecto –o el efecto que está destinada a producir– hacen hincapié en la convicción, la corrección y otros aspectos que se dirigen a la conciencia. Por ejemplo, 2 Timoteo 3:16 afirma: «Toda la Escritura está inspirada por Dios, y útil para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en la justicia». En Hebreos 4:12, se describe la Palabra de Dios como algo que «penetra hasta la división del alma y el espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y ella discierne los pensamientos y propósitos del corazón». Los objetivos de la reunión descrita en 1 Corintios 14 incluyen tales resultados (vean el v. 24).

Del mismo modo que el gozo inmediato de un incrédulo, tras haber escuchado el Evangelio y profesado ser salvo, puede sugerir que en realidad no ha sido convencido por la Palabra, una reacción puramente emocional por nuestra parte ante el ministerio puede indicar que no se ha llegado a la conciencia. En palabras de 2 Timoteo 3:5, puede haber una «apariencia de piedad», pero no el poder de la Palabra. La Palabra de Dios suele actuar de manera progresiva, a medida que echa raíces en nosotros –es decir, cuando meditamos en lo que oímos (y leemos)– tal y como lo ilustran los animales puros que rumiaban (Lev. 11:1-8; Deut. 14:3-8). La Biblia revela lo que somos (vean Sant. 1:22-24). Frente a la solemne realidad de la convicción ante Dios, allí donde es necesaria una corrección, la respuesta inicial debería ser la confesión y el arrepentimiento, más que el gozo, aunque después siga el fruto apacible de la justicia (vean Hebr. 12:11). Si solo nos conmovemos por lo que oímos, sin perseverar en ello, es probable que la tribulación o la persecución posteriores demuestren que en realidad no teníamos oídos para escuchar lo que se había predicado.

4 - Los espinos

«El que fue sembrado entre espinos es aquel que oye la palabra, pero la preocupación de esta vida y el engaño de la riqueza la ahogan, y no da fruto» (v. 22).

Este versículo quizá tenga algo que decir especialmente a aquellos de nosotros que vivimos en el mundo occidental. La relativa prosperidad de la que disfrutamos no facilita la puesta en práctica de pasajes como Mateo 6:25-34. De hecho, podemos acabar fácilmente siguiendo el modelo del mundo, preocupándonos en exceso por las cosas terrenales. También podemos ser directamente responsables de distraernos de lo que hemos escuchado tras una reunión. Por ejemplo, tras el «amén» de la oración final, ¿nuestro primer gesto es encender el móvil para ver qué mensajes hemos recibido durante la reunión? ¿Es realmente un correo electrónico de trabajo o la publicación de un amigo en Instagram lo más importante que hay que mirar, después de haber estado bajo la influencia de la Palabra de Dios? La frustración por un cliente difícil o la distracción de una foto de vacaciones no harán más que obstaculizar su acción.

La seducción de las riquezas es un peligro universal. Puede tratarse de la aspiración a la riqueza, tal vez con la errónea expectativa de que nos lo pondrá todo más fácil y nos permitirá hacer más por el Señor, o de la tendencia de las comodidades terrenales a apartarnos de las bendiciones espirituales. La riqueza, o el deseo de obtenerla, puede invadir nuestras vidas, con la triste consecuencia de que nos volvamos infructuosos para Dios. El Señor dice: «La vida es más que la comida, y el cuerpo más que el vestido» (Lucas 12:23). 1 Timoteo 6:7 lo expone con claridad, de una manera que ni siquiera los incrédulos pueden negar: «Porque nada trajimos al mundo, y nada podemos sacar de él». Pablo no perdió nada de lo que realmente tiene valor al considerar como una pérdida todas las cosas terrenales que antes le resultaban una ganancia (Fil. 3:7). Si queremos saborear el tipo de vida que él conoció, «ganar a Cristo» y «conocerle a él, y el poder de su resurrección, y la comunión de sus padecimientos» (v. 8, 10), dejemos que la Palabra de Dios nos hable y sigamos escuchándola, incluso después de que termine la reunión, sin sumergirnos inmediatamente en pensamientos, ocupaciones o distracciones terrenales que puedan ahogar la buena semilla y obstaculizar su crecimiento.

5 - La buena tierra

«Pero el que fue sembrado en buena tierra es el que oye y entiende la palabra, el que de veras da fruto, y produce uno a ciento, otro a sesenta y otro a treinta» (v. 23).

En el Antiguo Testamento, Dios esperaba fruto de Israel, pero no lo recibió (Is. 5:1-7). Por nuestras propias fuerzas, tampoco podemos dar fruto para Dios. Sin embargo, en su gracia, el Señor nos ha dado lo que hará que nuestras vidas sean fecundas: su Palabra.

Si deseamos dar un buen testimonio para el Señor, pero decidimos no asistir a las reuniones de edificación, no recibiremos lo que Dios tiene que decirnos y seremos menos propensos a dar fruto. Abandonar las reuniones es también una falta de respeto hacia el Señor, hacia su obra de gracia –al sembrar la buena semilla– y hacia sus siervos que hoy buscan edificar a su pueblo.

Aunque la Biblia es perfecta y, por sí misma, capaz de hacernos perfectos (2 Tim. 3:16-17), el modelo establecido por el Nuevo Testamento es el de reuniones periódicas para el ministerio de la Palabra. La reunión descrita en 1 Corintios 14 resulta especialmente beneficiosa, ya que constituye una ocasión en la que el Señor puede presentarnos lo que necesitamos, individual y/o colectivamente, en un momento determinado.

Si estamos presentes cuando se predica la Palabra de Dios, sin un corazón duro como el camino, sino dispuestos a considerar atentamente lo que el Señor dice a través de sus siervos y a dar a su mensaje el lugar que le corresponde en nuestros corazones y en nuestras vidas, el resultado será fruto para Dios. La medida de ese fruto puede variar de una ocasión a otra, pero ¿es eso culpa del Señor?

Por último, volviendo al versículo 19, la Palabra de Dios se denomina en esta parábola «la Palabra del reino». Además de su adecuación al carácter del Evangelio según Mateo, dirigido en primer lugar al pueblo judío, también puede haber una lección moral en esta expresión. La verdad del Nuevo Testamento nos fue dada por el Señor durante el tiempo de su rechazo. Cuando se predica, su deseo es que nos lleve a dar fruto siendo súbditos fieles y manteniendo un testimonio firme para él, en espera de su regreso.