Índice general
La prueba de Asaf
Salmo 73
Autor: Sin mención del autor
Traducido de «Le Messager Évangélique», año 1940, página 12
1 - La certeza adquirida en la prueba: Dios es bueno
El primer versículo de este Salmo nos ofrece el resultado de todas las experiencias del salmista, descritas por su pluma inspirada a lo largo del Salmo. En él encontramos también la clave de todo el tercer libro (Salmos 73 - 89), que nos revela los pensamientos de gracia de Dios hacia todo Israel. La convicción de que su bondad se extiende a todos aquellos que son «limpios de corazón», es fruto de la profunda obra del Espíritu Santo en el corazón de Asaf, imagen de la que Jehová obrará en el remanente de las 10 tribus, ahora perdidas entre las naciones, así como en el de Judá.
1.1 - La fe se opone a los razonamientos naturales
¡Con qué fervor repite el salmista la palabra ciertamente en su relato! (v. 1, 18). Es la palabra de la fe en contraste con los razonamientos del corazón natural y las sugerencias del adversario. Sean cuales sean las insinuaciones de este, el creyente puede decir con seguridad: «Es bueno Dios», no solo de palabra, sino también en todo lo que Jehová hace en favor de aquellos que son puros de corazón. Los que son así siguen teniendo en su interior una naturaleza pecadora, pero la han juzgado y la juzgan sin cesar. Han aceptado por la fe la condena que se impuso en la cruz sobre el hombre natural.
1.2 - Asirse firmemente a las verdades reveladas en la Palabra de Dios a pesar de las circunstancias
Al creer en la obra de la redención, han recibido una nueva vida, tienen paz con Dios, juzgan el mal tal y como Dios mismo lo juzga y ya no confían en absoluto en la carne. A este estado de juicio de sí mismo fue llevado Asaf por la dolorosa experiencia que nos va a describir. Aunque humillante, fue saludable, ya que le proporcionó una profunda convicción del amor de Dios hacia aquellos que se someten a su Palabra y ya no confían en la carne. Hay misterios que no podemos sondear, pero la Palabra nos revela hechos y verdades perfectamente claros y tangibles para la fe, que debemos retener como un ancla segura y firme para el alma. Necesitamos aferrarnos a ellas con la sencillez y la energía que da la fe, para no ser arrastrados por las tormentas y las olas desbordantes de la prueba. Repitamos siempre esta declaración del hombre de Dios que nos habla aquí: «Bueno es Dios… para con los limpios de corazón». Por muy misteriosos que nos parezcan sus caminos, no dejemos que nos arrebaten esta bendita certeza de que somos objeto de un amor infinito, insondable, inmutable y eterno.
Tal es la conclusión a la que llegó el piadoso Asaf, tras la profunda lucha que nos va a describir, conclusión con la que se abre su relato; tal fue la victoria que Dios le concedió cuando entró en su santuario. Reflexiona sobre sus temores y razonamientos anteriores y, disfrutando de la paz inefable que ha encontrado en la luz del lugar santo, se llena de confianza y consuelo. Por eso, con el corazón rebosante de gratitud, exclama: «Ciertamente es bueno Dios». Así aprendemos cuán importante es que rechacemos todos los pensamientos de incredulidad, así como todas las fantasías perniciosas que surgen en nuestros corazones, y que, al igual que Asaf, proclamemos en voz alta cuán grande y maravillosa es la bondad de Dios para con nosotros.
2 - La prueba de la fe de Asaf (v. 2-14)
«Y en cuanto a mí», dice. ¡Qué contraste entre la sabiduría infinita de Aquel que se ha revelado a nuestras almas, en la persona del Hijo de su amor, y la locura que nos caracteriza! «Casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos» (v. 2).
2.1 - Los peligros que acechan su corazón (v. 2-3)
El mal no juzgado en el corazón y los pensamientos erróneos de la mente no tardan en afectar a la conducta. Existe un vínculo íntimo entre el estado moral del hombre interior y nuestra conducta. Si el fiel pone en duda la justicia y la sabiduría de Dios, es como un muro a punto de derrumbarse; su integridad se tambalea. Deja de progresar espiritualmente; sus pies resbalan, como si caminara sobre hielo. Cuánto debemos velar por el estado de nuestro corazón, dejándonos escudriñar por la Palabra, diciéndole sin cesar a Aquel que nos ama: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos» (Sal. 139:23-24).
«Por poco», dice Asaf. Contemplemos aquí la bondad infinita del Dios Todopoderoso que sostiene en pie a su débil redimido. A punto de caer en todo momento, este es sostenido por su mano misericordiosa, que no permite que la tentación supere sus fuerzas. Pero no hagamos de sus promesas un cojín de seguridad para caminar en la indolencia y la pereza espirituales. Que aquellos que temen a Dios y se permiten dirigir su mirada hacia este mundo sepan que, el día de la prueba les resultará difícil mantenerse íntegros. Recordemos el ejemplo de Asaf, quien, al haberse dejado atraer en cierta medida por los alicientes de este siglo, estuvo a punto de desviarse del camino de la fe y de la obediencia y tuvo que confesar su extravío. Sus pensamientos se habían descarriado, su juicio se había corrompido, sus afectos se habían apartado de Aquel que es el único digno de poseer nuestros corazones; por eso, sus pasos estuvieron a punto de llevarlo a un abismo.
2.2 - La envidia por la prosperidad de los malvados
El salmista nos revela los deseos secretos que habían invadido su alma: «Porque tuve envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos» (v. 3). La Palabra nos exhorta a no tener «envidia de los que hacen iniquidad.» (Sal. 37:1, 7). «Porque para el malo no habrá buen fin, y la lámpara de los impíos será apagada» (Prov. 24:1, 19-20). La prosperidad material es un arma temible en manos del enemigo. Los arrogantes son aquellos que se sirven del poder que les da el éxito de sus empresas terrenales para despreciar y oprimir a los débiles y, sobre todo, a los que temen a Dios.
Es triste y humillante que un fiel envidie a los malvados. Es una insensatez por su parte albergar sentimientos semejantes. La mirada del salmista se centraba entonces únicamente en el presente. Olvidaba el terrible futuro que les espera a los impíos. ¿Quién envidiaría a un criminal al verlo subir la escalera que le llevaría al patíbulo? Tal es el caso de los inicuos que prosperan y aumentan sus riquezas, pero que luego serán precipitados a la perdición eterna. No son realmente felices, a pesar de las ventajas que les procura su ascendencia en el mundo.
Para el pueblo terrenal, la abundancia de bienes podía considerarse un signo del favor de Dios. El malvado veía en ello incluso un estímulo para perseverar en su mal camino. Por eso, cuando Asaf se dejaba llevar, en sus pensamientos, por los razonamientos de su corazón cegado, llegaba a la conclusión de que le convendría más seguir el camino del impío. Así es como la envidia pervierte el entendimiento, haciendo ver bajo una luz engañosa la aparente felicidad de los insensatos. Las ventajas externas que les proporcionan la salud, la riqueza y los placeres de este mundo no los hacen felices ni los protegen de las desgracias que se abatirán sobre ellos en un instante. «La alegría de los malos es breve, y el gozo del impío por un momento» (Job 20:5). «Pasan sus días en prosperidad, y en paz descienden al Seol» (Job 21:13).
3 - La aparente prosperidad y los rasgos de los impíos (v. 4-12)
«Porque no tienen congojas por su muerte» (v. 4). El salmista menciona este hecho como el más incomprensible de todos, pues la idea bastante generalizada es que, en la hora solemne de la muerte, los malvados deben estar sumidos en la angustia. De ello se deduce en el mundo, que a un lecho de muerte tranquilo le debe seguir una eternidad feliz. Algunas personas que han vivido en la indiferencia y la incredulidad se endurecen y permanecen tranquilas incluso ante la muerte y la eternidad; otras, por el contrario, se asustan ante la idea del juicio que se acerca para ellas, pero muchos también se ven impulsados por el engaño a creer la mentira del enemigo y son arrastrados a la eternidad sin oponer resistencia; sus ojos solo se abren cuando ya es demasiado tarde. No conocen las luchas por las que suelen pasar las almas piadosas antes de entrar en la presencia del Señor, para que toda su vida sea bien juzgada ante él. Esa tranquilidad de los malvados puede ser motivo de tristeza para los santos, pero no puede ser motivo de envidia, pues las luchas interiores más terribles son infinitamente preferibles a la calma más profunda que puede producir la incredulidad presuntuosa ante la perdición eterna.
3.1 - Su salud y su ausencia de sufrimientos
«Pues su vigor está entero». Es frecuente que los impíos disfruten de una salud vigorosa hasta el final de su vida y que partan hacia “la morada de los siglos”, sin haber conocido los sufrimientos corporales de muchos de sus semejantes: «No pasan trabajos como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres» (v. 5). De este modo, escapan a las preocupaciones agobiantes y a las penas punzantes que afligen a quienes les rodean. Las angustias que atraviesan los justos les son desconocidas. Mientras que muchos fieles son pobres, abatidos por los golpes de la adversidad, perseguidos y acosados por el odio implacable de los malvados, estos últimos viven a sus anchas y no conocen los golpes de la vara que azota a los creyentes.
Los caminos divinos son claros para la fe que comprende su propósito, pero, para el corazón natural, son un enigma inexplicable. Dios entrega a los impíos a las codicias de sus corazones endurecidos. Como han pisoteado sus advertencias, Él los abandona en el camino que han elegido. Entonces, como un toque fúnebre, resuena esta palabra: «El que es injusto, que se injusto aún; y el que es inmundo, que sea inmundo aún» (Apoc. 22:11).
3.2 - Su orgullo y su violencia
«Por tanto, la soberbia los corona» (v. 6). Se tienen en tan alta estima como si fueran los amos de la tierra. Su vanidad es su único adorno; se exhibe ante todos como una cadena de oro que se luce ostentosamente alrededor de un cuello que no se somete al yugo del Señor. Su gloria reside en su vergüenza y proclama el juicio que les espera. Se jactan de lo que debería ser motivo de lamento para ellos. «Se cubren de vestido de violencia». Se envuelven en su arrogancia, siempre dispuesta a derramar sangre. Sin tener en cuenta los derechos de los demás, persiguen sus ambiciosos proyectos, dispuestos a aplastar a todos los que se interponen en su camino. Así como la vestidura se hace visible a todos los ojos, así ellos manifiestan abiertamente sus intenciones maliciosas. ¡Cuán diferente es la vestidura de los elegidos de Dios (Col. 3:12).
3.3 - Sus riquezas y su éxito
«Los ojos se les saltan de gordura» (v. 7). Están saciados en abundancia con los bienes de la tierra y solo viven para comer y beber. Su lema es: «Comamos y bebamos, porque mañana moriremos» (1 Cor. 15:32). «Envueltos están con su grosura; con su boca hablan arrogantemente» (Sal. 17:10). Así son «De los hombres mundanos, cuya porción la tienen en esta vida» (Sal. 17:14). «Logran con creces los antojos del corazón». Sus deseos insaciables se cumplen; su prosperidad aumenta; todo les sonríe en la tierra. Pueden satisfacer todas sus codicias.
3.4 - Su desprecio hacia los pobres
«Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería» (v. 8). La corrupción y la maldad de sus corazones se desprenden de sus palabras: «Sepulcro abierto es su garganta» (Rom. 3:13). Su tema de conversación es la burla y la opresión de los fieles. Se jactan de ello y tratan de convertirlo en la norma de su conducta. Habiendo alcanzado el objetivo de sus deseos, se sirven del poder que han adquirido para aplastar “al pobre que no tiene quien le socorra”. Habiendo rechazado todo temor de Dios y olvidado su juicio, proclaman sus intenciones asesinas y se creen exentos de toda sumisión a las leyes establecidas entre los hombres. Hablan con altivez y esperan que todo el mundo tiemble ante ellos.
3.5 - Sus burlas contra Dios
«Ponen su boca contra el cielo, y su lengua pasea la tierra» (v. 9). Es contra Dios mismo contra quien profieren sus blasfemias. Al oírlas, se diría que su lugar está por encima de las nubes, y que es desde esa altura desde donde se dirigen a los demás hombres. Recorren la tierra en busca de víctimas de su opresión y de su maldad. Al igual que la serpiente, dejan sus huellas por todas partes. Su lengua es «una espada aguda» (Sal. 57:4). «Veneno de áspid hay debajo de sus labios» (Sal. 140:3). Reconocemos en esta descripción los rasgos morales del Anticristo y de sus agentes, que persiguen a los fieles en los últimos tiempos. Si sus víctimas son pobres, hablan de oprimirlas y aplastarlas. Si estas tratan de defender los derechos de la verdad y de la justicia, acallan su voz con falsas acusaciones. Si se les habla de la gloria y el poder de Aquel que va a ejercer el juicio contra quienes se rebelan contra él, exclaman: «Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas» (Sal. 2:3). Así pues, no hay lugar en el universo donde no intenten hacer penetrar su maldad y declarar la guerra a Dios.
4 - El peligro para el fiel de buscar ayuda en los malvados
«Por eso Dios hará volver a su pueblo aquí» (v. 10). El peligro que corren los fieles es buscar, en su angustia, ayuda en los malvados. El propio David tuvo esa triste experiencia. En un momento de debilidad, en el que apartó la mirada de Jehová y la dirigió hacia las difíciles circunstancias por las que atravesaba, dijo: «Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada, por tanto, me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos» (1 Sam. 27:1). ¡Cuántas miserias multiplicadas le acarreó ese único paso en falso! David fue liberado, pero no sin sufrir las amargas consecuencias de su falta de dependencia de Dios. Asaf añade: «Y aguas en abundancia serán extraídas para ellos». En lugar de encontrar paz y prosperidad en compañía de los malvados, el fiel se encuentra allí con las aguas de la prueba. Uno de los frutos amargos del camino de la independencia que emprendió David al huir a territorio filisteo fue la toma de Siclag por parte de los amalecitas. Cuando David y sus hombres llegaron allí, la ciudad había sido arrasada por el fuego, y sus mujeres, hijos e hijas habían sido llevados cautivos: Y «lloraron, hasta que les faltaron las fuerzas para llorar» (vean 1 Sam. 30:1-4). Así es como Dios impone sus castigos a los suyos, cuando se vuelven hacia el mundo en busca de la ayuda que él nunca se niega a conceder a quienes tienen fe. Sin embargo, no abandona a quienes claman a él en la angustia. David tuvo esa bendita experiencia. Tras “fortalecerse en Jehová, su Dios”, obtuvo una victoria rotunda sobre los amalecitas y recuperó todo lo que le habían quitado.
4.1 - Los malvados se convencen de que no habrá juicio
«Y dicen: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo?» (v. 11). Así es como los impíos se convencen de que sus opresiones y sus iniquidades no son observadas por Aquel que gobierna este mundo. “Si hay un Dios –dicen– ¿no estará demasiado ocupado para darse cuenta de lo que ocurre en la tierra?” Se tranquilizan de esta manera cuando les obsesiona la idea del juicio. Llenos de su propia sabiduría, se atreven a poner en duda la del Altísimo que reina en los cielos. Tal es la presuntuosa locura de los sabios de este siglo, que rechazan las enseñanzas de la Palabra divina. Se forjan un Dios a su imagen, que no se preocupa por lo que hacen sus criaturas y no les pedirá cuentas de su rebelión. «¿Y dirás tú: ¿Qué sabe Dios? ¿Cómo juzgará a través de la oscuridad? Las nubes le rodearon, y no ve» (Job 22:13-14).
«He aquí estos impíos, sin ser turbados del mundo, alcanzaron riquezas» (v. 12). Tal era el enigma que hacía tambalear la fe del salmista. ¿Cómo es posible que los impíos, que no tienen ningún temor de Dios ante sus ojos, viven en la abundancia y disfrutan de los bienes que este mundo puede proporcionar? En lugar de estar desterrados de este mundo, prosperan en él y son temidos y honrados. Su orgullo no hace más que crecer a medida que aumentan su fortuna y su poder, mientras que los fieles son pobres, despreciados y afligidos.
5 - El desánimo del justo (v. 13-14)
«Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, y lavado mis manos en inocencia» (v. 13). Asaf pone en duda el valor de una vida piadosa y santa que va acompañada de tantos sufrimientos. El adversario, que intentaba arrastrarlo por ese camino resbaladizo, quería convencerlo de que era inútil esforzarse por juzgar el mal y caminar en la piedad y la justicia. No parecía haber obtenido ningún beneficio de su rectitud y de su temor a Dios, ya que los malvados que se entregan al mal sin vergüenza están exaltados y colmados de riquezas. Así razonan los hombres piadosos y fieles, cuando su fe vacila y sus corazones se alejan del Señor.
5.1 - La impresión de Asaf de haber servido a Dios en vano
Asaf era un hombre de Dios, pero necesitaba dejarse examinar por la luz del lugar santo, para no extraviarse en sus pensamientos y caer bajo el poder del enemigo. Había velado por sus caminos, así como por el estado de su corazón. Se había lavado las manos, al igual que había purificado su corazón. Al esforzarse por juzgar el mal oculto, así como el que se manifestaba en sus caminos, había cultivado la comunión con el Dios santo. Por eso le resultaba un pensamiento amargo y doloroso comprobar que todo ese ejercicio del corazón y de la conciencia carecía de fruto y le dejaba en una situación peor que la de los más impíos. Esta conclusión era intolerable para su alma, ya que arrojaba oprobio sobre el nombre del Altísimo. En sus razonamientos, se encontraba de acuerdo con los insensatos que dicen: «Por demás es servir a Dios… Bienaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no solo son prosperados, sino que tentaron a Dios y escaparon» (Mal. 3:14-15). A lo largo de los tiempos, la incredulidad del corazón del hombre le ha llevado a las mismas murmuraciones y a las mismas acusaciones contra Dios.
5.2 - Los sufrimientos del creyente fiel
Asaf continúa su triste relato: «Pues he sido azotado todo el día, y castigado todas las mañanas» (v. 14). Sus sufrimientos eran continuos y se repetían cada día. Formaban un contraste sorprendente con la condición de los impíos. Es extraño que los santos estén sumidos en la tristeza, mientras que los impíos se regocijan. Sin embargo, así es durante el tiempo de la paciencia de Dios. Aquellos que “infligen tribulación” a los objetos de su amor gozan ahora de honra, pero, según su justicia, Él les devolverá la tribulación en el día de la prueba y dará descanso a los suyos, cuando el Señor Jesús sea revelado desde el cielo, «en llamas de fuego», y ejerza venganza contra sus enemigos (2 Tes. 1:8; 2:6-10).
5.3 - Su incomprensión de los caminos de Dios
El salmista se encontraba sumido en la más profunda perplejidad al contemplar el desorden que reina en este mundo, y no comprendía que el justo Gobernante del universo permitiera que los derechos de la justicia y de la verdad fueran así pisoteados. Muchos fieles, a lo largo de los siglos transcurridos desde entonces, han pasado por las mismas pruebas y han encontrado consuelo en las experiencias de Asaf. Han intentado en vano desentrañar el enigma de los caminos de Dios y, al igual que él, solo han encontrado descanso al entrar en su santuario. Entonces comprendieron el fin de los impíos y se alegraron de no compartir su suerte. Debemos aprender que es a través de «muchas aflicciones» como entramos «en el reino de Dios» (Hec. 14:22). Este se toma por la fuerza y los violentos se apoderan de él. «Entrad por la puerta estrecha», nos dice el Señor. Esta palabra significa literalmente “agonizar” (vean Col. 2:1; 4:12). El camino de la perdición es ancho y espacioso, y muchos son los que lo siguen, «porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran» (Mat. 7:13-14). Nuestra vida está llena de aflicciones, y para el creyente es tan importante discernir los caminos disciplinarios de su Dios como sus bendiciones, a fin de no perder la bendición que el Señor quiere derramar sobre él por este medio. Él nos conoce perfectamente y sabe qué poción amarga conviene a nuestro estado y a nuestras necesidades. Nos castiga porque somos sus hijos amados.
6 - La lucha interior de Asaf (v. 15-16)
«Si dijera yo: Hablaré como ellos, he aquí, a la generación de tus hijos engañaría» (v. 15). Comprendió que, al dar voz a los razonamientos de su corazón, habría causado un gran daño a la familia de Dios. Una palabra de descontento y murmullo procedente de un hombre conocido por su piedad puede ser motivo de caída para muchos. Su temor a hacer daño a los pequeños que amaban la Palabra impide al salmista decir en voz alta lo que había pensado en su corazón. Había en él demasiada integridad y conciencia como para atentar, de forma deliberada, contra lo que es querido al corazón del Señor y contra su testimonio en este mundo. Es valioso comprobar que, a pesar de la resistencia que opone la voluntad de la carne a la voluntad divina, el corazón del fiel está corregido y restaurado por los santos afectos que el Espíritu de Dios produce en él hacia aquellos que son débiles y ante los cuales no quiere poner una piedra de tropiezo.
6.1 - La importancia de medir nuestras palabras y nuestros actos
Debemos pensar en las consecuencias de todo lo que decimos y hacemos, para no ser una trampa para los hijos de Dios y no deshonrar, ante el mundo, el nombre de Aquel a quien servimos. «¡Ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!» (Mat. 18:6-7). Ojalá, como Asaf, supiéramos siempre refrenar nuestros labios. ¡Cuántos males han traído a las asambleas las palabras imprudentes! Si hombres de peso y experiencia se permiten expresar pensamientos de murmuración e incredulidad respecto a los caminos de Dios para con los suyos, o si difunden enseñanzas que menoscaban la verdad y la integridad de su Palabra, sus palabras son como tizones encendidos que provocan un incendio en su Casa. Dan a los enemigos de la verdad ocasión para blasfemar contra ella y hacen tropezar a un gran número de almas piadosas.
6.2 - Asaf no quiere escandalizar a los creyentes
«Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí» (v. 16). La idea de escandalizar a la familia de Dios le resultaba intolerable, aunque sus reflexiones íntimas fueran una fuente de profunda angustia para su alma. Expresar lo que le atormentaba interiormente habría sido un alivio para él, pero el temor a provocar un mal mayor le impedía recurrir a un remedio tan peligroso. Así, su tormento iba en aumento y amenazaba con provocar un naufragio total de su fe. Un dolor reprimido se convierte en una carga casi imposible de soportar. El fuego que arde en lo más profundo del alma causa un sufrimiento que supera las fuerzas humanas, pero Aquel que ama a sus ovejas no las abandona, y la liberación estaba cerca para Asaf.
7 - El punto de inflexión del Salmo: la entrada en los santuarios de Dios (v. 17)
«Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos» (v. 17).
7.1 - El lugar donde Dios ilumina el entendimiento
El único lugar donde se puede aprender es el santuario. Allí se somete la voluntad; allí se conoce a Dios. Allí el ojo no se ve oscurecido por las pasiones del mundo ni por la incertidumbre a la que nos llevan la voluntad propia y los razonamientos del corazón natural. Allí nos quedamos en silencio y se escucha a Dios. Sus caminos son justos y contemplamos las cosas con sus propios ojos. El mal nos parece más detestable que nunca; aprendemos cuánto se necesitan la compasión y la paciencia, pero también cuán seguro es el juicio.
7.2 - La comprensión de los caminos de Dios
El salmista entra en la atmósfera del lugar santo, donde habita Dios. Abandona el ámbito de lo visible; está llevado a la luz de su presencia. Allí se juzgan todos sus pensamientos y se corrigen sus errores. El aparente desorden de los caminos divinos se transforma en una armonía perfecta. Dios lo eleva a una altura desde la que puede abarcar con la mirada el escenario en el que Él ejerce su gobierno y comprender en cierta medida la sabiduría de sus dispensaciones. Con el ojo de la fe, ve el fin de los malvados a quienes había envidiado, y sabe qué debe pensar de su aparente felicidad. Su corazón ya no está atormentado por los celos, y se llena de un santo horror ante su iniquidad y el castigo que les espera. Tiembla al pensar que podría haber compartido su destino.
Al fiel no le corresponden los placeres efímeros que satisfacen sus codicias en la tierra. Es un peregrino y un viajero en un escenario de tinieblas, del que su Salvador ha sido desterrado. Todas sus aspiraciones deben dirigirse hacia el cielo, meta de su peregrinación. No decimos que Asaf haya comprendido el llamado celestial, pero Dios le permite vislumbrar, por la fe, un futuro de felicidad en la gloria del reino. El remanente piadoso, cuyas experiencias se describen proféticamente en este Salmo, esperará igualmente la manifestación de la gloria del Rey, tras lo cual será reunido por su poder para ser introducido en la bendición milenaria sobre la tierra (v. 24).
8 - El juicio de los malvados (v. 18-20)
«Ciertamente los has puesto en deslizaderos; en asolamientos los harás caer» (v. 18). La perplejidad del salmista no provenía de la prosperidad del impío en sí misma, sino de que, en su providencia, Dios parecía favorecerlo en detrimento del justo. Cuando entra en el santuario, la luz brilla en su alma y comprende y juzga la locura de sus razonamientos. Ve que, si Dios no permite que los suyos ocupen puestos destacados en esta vida, es porque, en su amor, quiere preservarlos de los peligros que allí acechan. En cambio, permite que los impíos se encuentren en esos lugares resbaladizos que los conducen a la perdición, si perseveran en su mal camino, mientras que las penas, los sufrimientos y las humillaciones que los fieles encuentran en el estrecho sendero que conduce a la vida los obligan a refugiarse a la sombra de sus alas, donde encuentran descanso, seguridad, fuerza y gozo.
8.1 - Su prosperidad es precaria
¡Qué contraste entre la elevación temporal del malvado Amán, que terminó en la horca que él mismo había preparado para el objeto de su odio, y la humillación del piadoso Mardoqueo, que le condujo a la gloria! «El justo es librado de la tribulación; mas el impío entra en lugar suyo» (Prov. 11:8). Este, en tiempos de prosperidad, camina como por una pendiente resbaladiza y, en un instante, desciende «al Seol» (Job 21:13).
8.2 - Su caída es repentina
«¡Cómo han sido asolados de repente! Perecieron, se consumieron de terrores» (v. 19). Cuando el salmista fue instruido en el lugar santo, contempla con temor la ruina repentina y aterradora de los malvados a quienes había envidiado. Aquel que cada día celebraba festines espléndidos, vestido de púrpura y lino fino, desaparece de repente de la escena en la que vivía sin Dios y sin esperanza. Privado de todas las ventajas de las que disfrutaba, sin preocuparse por su Creador, es precipitado de repente al lugar de los terrores, donde es consumido por una sed ardiente que no puede saciarse. Sin aviso previo, sin demora alguna, queda encerrado en esa aterradora prisión de la que solo saldrá para comparecer ante el Juez soberano y ser arrojado a las llamas eternas. Es “consumido por el terror”; no le quedan ni raíces ni ramas. Ya no tiene parte alguna en los placeres de este mundo y, en el abismo al que ha sido precipitado, no le queda rastro alguno de su gloria pasada. «Rico se acuesta, pero por última vez; abrirá sus ojos, y nada tendrá. Se apoderarán de él terrores como aguas; torbellino lo arrebatará de noche» (Job 27:19-20).
8.3 - Su gloria se desvanece como un sueño
«Como sueño del que despierta, así, Señor, cuando despertares, menospreciarás su apariencia» (v. 20). Los impíos deben su prosperidad y su propia existencia a la larga paciencia de Dios, que se compara con un sueño. Así pues, del mismo modo que un sueño se desvanece en cuanto un hombre se despierta, así, en el instante en que Dios haga comparecer a los impíos ante él para ejercer sobre ellos los rigores de su juicio, toda su pompa y su prosperidad desaparecerán como el vapor ante los rayos del sol. Entonces, aquellos que desprecian al Señor serán a su vez despreciados, «porque su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará, y serán abominables a todo hombre» (Is. 66:24). Que el Señor nos enseñe a huir del camino de los malvados y de los objetos de sus codicias, para escapar del juicio que les sobrevendrá. «Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis en sus pecados, y para que no recibáis de sus plagas» (Apoc. 18:4).
9 - El juicio de uno mismo y la confesión de Asaf (v. 21-22)
«Se llenó de amargura mi alma, y en mi corazón sentía punzadas» (v. 21). El salmista confiesa su locura. Su dolor había sido intenso; su corazón estaba lleno de amargura y sus pensamientos se habían rebelado contra los caminos del Altísimo. Su vida era miserable, la fuente de su paz se había secado; ya no estaba en comunión con Dios. El murmullo y la rebelión retumbaban en su alma; se había traspasado a sí mismo con muchos dolores. Las entrañas son la imagen de los afectos del hombre interior; estas se habían apartado del único Objeto digno de llenar todo nuestro ser. Por eso, solo había tormento en aquel corazón creado por Dios para el gozo y la alabanza. El enemigo acechaba a su presa y contemplaba su obra de destrucción con triunfo. Pero nunca tendrá la última palabra sobre aquellos que son objeto del amor divino.
9.1 - El reconocimiento de su locura
«Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti» (v. 22). Aunque era un santo de Dios, había actuado como si fuera uno de esos insensatos que se rebelan contra el conocimiento del Dios de los cielos. Había envidiado su suerte: ¿no es eso aspirar a ser como ellos? Así aprendemos que los hombres piadosos corren el peligro de una ruina total en lo que respecta a su testimonio en la tierra y que solo la gracia puede mantenerlos en pie. Abandonados a la locura de nuestros corazones, nos veríamos arrastrados por un camino de tinieblas y rebelión contra Dios. Asaf se compara con una bestia sin inteligencia y sin conocimiento de su Creador, que solo aprecia el disfrute que le procura el alimento puesto a su alcance. Solo había valorado el gozo en relación con la vida presente, según las apariencias y las satisfacciones carnales. Durante un tiempo, había olvidado que poseía un alma inmortal de la que Aquel que la creó se ocupa con vigilancia, para darle lo que responde a sus verdaderas necesidades, en armonía con su propia gloria (Hebr. 12:9).
9.2 - Su humildad ante Dios
A través del profundo juicio que hace de su propia locura, el salmista nos da prueba de la obra del Espíritu en su alma. Así ocurre en la historia de todos los hombres de Dios. Ojalá aborrezcamos cada vez más el mal y evitemos incluso su apariencia. ¡Qué contraste, por un lado, entre la rectitud y la humildad que caracterizan a quienes han honrado y servido al Señor en la tierra y no temen confesar sus faltas y, por otro lado, el orgullo y la hipocresía de los hombres de este mundo, que las ocultan cuidadosamente y hacen alarde de todas las cualidades con las que buscan ganarse el aprecio de sus semejantes!
10 - La restauración de Asaf por la gracia divina (v. 23-26)
10.1 - Dios nunca lo abandonó y lo sostuvo de la mano (v. 23)
«Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha» (v. 23). ¡Qué descubrimiento hace de las riquezas de la gracia divina! Al confesar su locura, el fiel reconoce que esa gracia no lo había abandonado ni un solo instante. ¡Cuánto el conocimiento perfecto de nosotros mismos, cuando nos conozcamos tal y como hemos sido conocidos, pondrá de manifiesto los recursos infinitos de la paciencia y la misericordia divinas de las que hemos sido objeto a lo largo de nuestro camino, según el favor que descansa sobre nosotros! «Me tomaste de la mano derecha». En virtud de su amor soberano, somos necesarios para que Él esté satisfecho. No aparta sus ojos del justo.
10.2 - La gracia fiel de Dios a pesar de los extravíos
Tal es la expresión de su gracia invariable. Él es Dios y no un hombre inconstante e infiel a sus promesas. Si los pensamientos de la carne habían oscurecido la visión del salmista, ahora los juzga a la luz; siente “horror de sí mismo” y solo encuentra descanso y consuelo en la comunión recuperada con el Dios del amor y de la paz. Estuvo a punto de caer, pero una mano fiel le sujetó la suya y le guardó, de modo que puede decir: «Siempre estuve contigo». No había habido ninguna interrupción en su relación con Dios, aunque hubiera perdido el gozo de esa comunión mientras se entregaba a sus razonamientos. Así ocurre en todo momento con quienes pertenecen al Señor; velemos, pues, por no privarnos, con nuestra locura, del gozo que nos da el resplandor de su rostro.
10.3 - Dios guía a su hijo (v. 24)
«Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria» (v. 24). Ya no se trata solo de estar sostenido sin ser consciente de ello, sino de estar guiado en comunión con el pensamiento y la voluntad de Dios. Esto es lo que experimenta Asaf cuando se juzga a sí mismo y recupera el gozo de su amor. Es cierto que Dios nos guía sin que nos demos cuenta y nos obliga a caminar según sus propios consejos, cuando nuestra propia voluntad está en acción y nos aleja de él. Se sirve entonces de la brida y del bocado (Sal. 32:9), cuando, al no tener ya los ojos fijos en Él, no podemos estar aconsejados por su mirada; pero, en ese caso, al igual que el salmista, somos conducidos a nuestro pesar, y eso es “un trabajo penoso” a nuestros ojos.
Ahora el fiel ha acabado con sus propios consejos y deja de buscar un camino en el laberinto de sus razonamientos. Pone su mano en la que le guía, con infinita sabiduría, y le pide dirección para todas las cosas. Nuestros errores pasados se convierten en una bendición cuando nos conducen a este resultado. El fin de nuestra propia sabiduría es el comienzo de la verdadera sabiduría. Si nos dejamos guiar por Aquel que dijo: «Conmigo está el consejo y el buen juicio; yo soy la inteligencia; mío es el poder» (Prov. 8:14), sin duda seremos bien dirigidos.
10.4 - La esperanza de la gloria
«Después me recibirás en gloria» (v. 24). Cuando esta se establezca el día de la manifestación del poder del Rey, Israel será recibido en gracia; en ese momento, los santos celestiales aparecerán con él en gloria (vean Zac. 2:8; Col. 3:4). Por lo tanto, es perfectamente cierto para nosotros decir que somos guiados por su consejo durante la travesía del desierto y que, después, seremos recibidos en la gloria de la Casa del Padre. ¡Qué bendita seguridad! Podemos aceptar con gozo las pruebas del tiempo presente, si comprendemos, por la fe, que no son comparables con «la gloria que debe sernos revelada» (Rom. 8:18). Así como Enoc ya no fue hallado, porque Dios se lo había llevado, así también los santos resucitados y transformados serán arrebatados a la felicidad de la Casa del Padre. Los santos terrenales, que formarán el verdadero Israel, serán introducidos en las bendiciones del reino bajo el cetro pacífico del Mesías, durante tanto tiempo rechazado.
10.5 - Dios se convierte en su único bien (v. 25-26)
«¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra» (v. 25). Su corazón está ahora restaurado al entrar en el santuario. ¿A quién más tenemos en el cielo sino a Dios, que se ha revelado como Padre en la Persona de su Hijo, el centro, la fuente, la totalidad misma de la bendición? En la tierra, hay para el creyente ninguna fuente de felicidad fuera de Dios; Él es la única fuente inagotable. Si nuestra mirada no está fijada simplemente en él, habrá multitud de cosas que nos apartarán de él. La mirada del salmista es totalmente sencilla. Se ha apartado de todo lo que había cautivado su mirada y ahora reconoce que Dios era su único tesoro, infinitamente mejor que las riquezas, los honores y los placeres que había envidiado a los mundanos. No solo nada «en la tierra», nada podía compararse con Él, sino tampoco «en los cielos». Él era el objeto supremo de sus delicias. ¿Qué son los santos, qué son los ángeles, qué sería de todo el esplendor de los cielos sin Aquel que nos ha revelado al Padre? Es su presencia la que constituye el bien supremo. Como Mefi-boset le decía a David, podemos decirle a Aquel que nos ama: «Deja que él las tome todas, pues que mi señor el rey ha vuelto en paz a su casa» (vean 2 Sam. 19:30), pues todos los campos, todos los bienes terrenales carecen de valor comparados con su bendita Persona. Lo que constituye el gozo de los redimidos, lo que será su felicidad eterna, será contemplar su rostro. «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal. 42:2).
10.6 - Dios, la Roca de su corazón
«Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre» (v. 26). Todo falta en un mundo donde el pecado causa estragos y la muerte ejerce su dominio, pero Dios es la Roca segura de la fe. El predominio del mal, al tiempo que pesa sobre el alma, la lleva a buscar refugio en Aquel que tiene todo el poder para socorrer y liberar. Así, el corazón se desprende del mundo; mira a Dios, lo posee como su porción y no tiene nada más que a él; solo en la tierra. Al alma que le busca no le falta nada, aunque las aflicciones y los desgarros abunden en el camino del fiel. Su corazón está protegido por el amor divino, y está lleno de un «gozo inefable y glorioso» (1 Pe. 1:8). Tras haber vagado entre la duda y los razonamientos, Asaf ha echado ahora el ancla en el puerto de la fe. Imitémosle, para que nuestros corazones no se turben por las tormentas de la vida y encuentren descanso en Aquel que es la Roca, la salvación y el refugio de los suyos, un fundamento firme e inmutable de confianza, contra el cual se desatan los vientos y las tormentas sin llegar a sacudirlo jamás.
10.7 - Dios, su parte eterna
Dios es «mi porción… para siempre». No solo es mi Defensor en la angustia; también es mi parte asegurada; es él quien provee para todas mis necesidades. Mientras que los que no le conocen «su porción la tienen en esta vida» (Sal. 17:14), la mía está solo en él. Aquel a quien los cielos no pueden contener se ha convertido en mi riqueza, mi justicia y mi vida, porque él mismo se ha dado a mí en su Hijo amado. Él es mi parte, no solo para esta vida, sino para la eternidad.
11 - 2 destinos opuestos (v. 27)
«Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta» (v. 27). Estar lejos de Dios, en el pecado y bajo el poder de Satanás, es estar en la muerte y en el camino de la perdición. Él es celoso de poseer nuestros corazones. Si profesamos pertenecerle y ser sus siervos, velemos por no apartarnos de él para correr tras otro; lo cual sería una prostitución espiritual. De esto se ha hecho culpable la iglesia profesa. Será vomitada de la boca del Señor y se convertirá en «morada de demonios». Entonces se la llamará «Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra». Su fin será un juicio inexorable: «En un solo día vendrán sus plagas, muerte, duelo y hambre; y será abrasada con fuego» (Apoc 17:5; 18:2:8).
Nada es más odioso para Dios que profesar pertenecer a Aquel cuyos ojos son demasiado puros para ver el mal y, al mismo tiempo, apartarse de Él para sumergirse en el lodazal de la corrupción.
12 - La verdadera felicidad consiste en acercarse a Dios (v. 28)
«Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien» (v. 28). Si el salmista lo hubiera comprendido desde el principio, habría escapado de la trampa que el enemigo le tendía y de las angustias que de ello se derivaron. Cuanto mayor es nuestra cercanía al Señor, menos nos influyen los atractivos y los escollos de este mundo. En su dulce luz, «veremos la luz» (Sal. 36:9). Aprendemos a conocer sus pensamientos; ponemos toda nuestra confianza en Aquel que es fiel a sus promesas. No solo aprendemos que es bueno acercarnos a él, sino que el secreto de la fuerza y el gozo para nuestras almas está en hacerlo y que, lejos de su presencia, corremos un peligro extremo. Porque al apartarnos de él, nos quedamos sin fuerzas frente al mal que nos asalta.
Hay 2 clases de personas aquí: los que están lejos y los que se apartan. Es peligroso estar lejos, pero aún más peligroso es apartarse. Por naturaleza, todos estamos lejos de Dios, pero ¡cuán grave y terrible es pisotear los privilegios, los llamamientos, la luz del Evangelio, todas las bendiciones, en una palabra, que su gracia nos concede en abundancia! Los que están lejos, los paganos, por ejemplo, perecerán, pero los que se apartan se exponen a su ira en mayor medida y serán destruidos.
13 - El feliz final de este Salmo: las dudas dan paso a la alabanza
La felicidad de la criatura consiste en vivir cerca de su Creador; la hemos perdido, pero Dios se ha acercado a nosotros con misericordia, para que podamos disfrutar de su perdón y contar todas sus maravillas. Quien confía en él se encuentra donde se pueden ver y experimentar. Su corazón está preparado para prestarles atención y comprenderlas; tendrá el gozo del testimonio de la fidelidad de Aquel en quien ha confiado. Así, la alabanza brota de ese corazón lleno del Espíritu Santo, un motivo capaz de desbordarlo de gozo, aunque las circunstancias del desierto estén siempre llenas de amargura. «Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría». «Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría. Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado» (Sal. 30:5, 11-12).