En aquel tiempo nació Moisés

Hechos 7:20


person Autor: Christian BRIEM 8

(Fuente autorizada: creced.ch – artículo corregido)


«Aquel… tiempo», del cual habla Esteban en su discurso ante el concilio, es el de la terrible opresión que sufrieron los hijos de Israel a manos del rey de Egipto. Según la ordenanza del rey, hasta debían echar al río a todo hijo recién nacido. «En aquel mismo tiempo nació Moisés, y fue agradable a Dios; y fue criado tres meses en casa de su padre» (Hec. 7:20).

«Aquel… tiempo», no obstante, estuvo marcado por algo más grave aún que la opresión de los egipcios. Los hijos de Israel habían olvidado en cierta manera a Jehová, su Dios, para volverse a los dioses de los egipcios. Esto se ve claramente en las palabras que Josué dice más tarde al pueblo: «Quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová» (Jos. 24:14). Ezequiel también recuerda este lamentable hecho: «No echó de sí cada uno las abominaciones de delante de sus ojos, ni dejaron los ídolos de Egipto» (20:8; comp. con 23:14).

Las cargas pesadas con las cuales los egipcios oprimían a los hijos de Israel, y hasta la gran angustia en que la ordenanza del rey los había puesto, no los había hecho volverse hacia Dios, acordarse de Sus promesas y clamar a él. ¡Qué triste cuando las aflicciones enviadas por nuestro Dios y Padre no nos hacen volver a Él, cerca de su corazón!

Los hijos de Israel clamaron en su angustia, y Dios, en su gracia, hizo subir el gemido hacia él (Éx. 2:23). Aunque no se acordaban de Dios, él pensó en su pacto hecho con Abraham muchos siglos antes (Éx. 2:24; 6:5). Dios le había prometido: «Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años… Y en la cuarta generación volverán acá» (Gén. 15:13-16). ¿Tenían en cuenta los hijos de Israel, mientras estaban en Egipto, esta promesa de Dios a fin de esperar su cumplimiento? ¿Habían contado los años? ¿Tenían conciencia de que, como en los días de Daniel en Babilonia, ahora era el momento? (véase Dan. 9:2). Para la mayoría de ellos: no.

Sin embargo, el tiempo de la promesa se acercaba. Pero si Dios no se sirvió de los esfuerzos de Satanás y de sus instrumentos –siempre hostiles a su pueblo–, para hacerlos salir de Egipto, podemos ver que los hijos de Israel se instalaron tan bien allí que nunca habrían pensado en volver al país de la promesa. Muchos años más tarde, después de haber experimentado los milagros de Dios a su favor, recordaban con melancolía las ollas de carne y las legumbres de Egipto (véase Éx. 16:3; Núm. 11:5).

Todo esto debe ejercitar nuestros corazones. Vivimos en días que la Palabra de Dios llama «tiempos peligrosos» (2 Tim. 3:1), días caracterizados por la depravación moral y el abandono de lo que proviene de Dios. El amor de muchos se entibió, y otros «buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús» (Fil. 2:21). La conformidad a este mundo ya penetró profundamente en medio de nosotros; es la manera de actuar que caracteriza a Satanás en nuestros días y en nuestras regiones. Lo hace para privarnos del gozo de las bendiciones celestiales, por una parte, y también para anular nuestro testimonio de un Cristo glorificado que pronto habrá de volver. ¿No corremos también nosotros el peligro de complacernos en este mundo, el cual rechazó a Cristo y aún lo rechaza? ¿No hay también en nuestros corazones una peligrosa tendencia a desear volver a «Egipto»? ¿No quiere Dios, por medio de numerosas y diversas pruebas, separarnos de esta escena donde Satanás es jefe y dios? Él emplea tales pruebas para dirigir nuestros corazones hacia Aquel que prometió volver pronto para tomarnos consigo.

¿Esperamos realmente al Señor? ¿Acaso no nos llegan estas palabras: «Pero cuando se acercaba el tiempo de la promesa» (Hec. 7:17)? Pensemos en esto: ya es «el último tiempo» y «ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos» (1 Juan 2:18; Rom. 13:11). La Escritura también da el solemne testimonio de que vivimos en esos «postreros días» (2 Tim. 3). ¿No es el tiempo de despertarnos y salir al encuentro del esposo con las lámparas encendidas?

Como cristianos, «los tiempos o las sazones» no nos conciernen como a Israel (Hec. 1:7; 1 Tes. 5:1). Es decir, que no debemos esperar acontecimientos o períodos proféticos: es al Señor a quien tenemos el privilegio de poder esperar cada día y a cada instante. Pero si dejamos de esperar a nuestro Salvador, la decadencia es inevitable, ya sea en nuestra vida personal o en la vida colectiva. El mal se instaló en la Iglesia cuando el siervo malo dijo en su corazón: «Mi señor tarda en venir» (Mat. 24:48). La gran masa de la cristiandad profesa no reconoce a Cristo como Señor y Maestro; ella no piensa en él ni lo espera. ¡Que cuando el Señor venga seamos de esos siervos que están listos para abrirle la puerta!

Sin lugar a dudas, vivimos en tiempos muy solemnes. Pero no era diferente para los padres de Moisés. A pesar del triste estado del pueblo, permanecieron fieles e hicieron experiencias preciosas con Dios. «En aquel mismo tiempo», justamente en ese tiempo, «nació Moisés». Sus padres no se dijeron: “En estos días difíciles, no nos es posible tener un hijo”, sino que lo recibieron como un don especial de Dios. Lo escondieron tres meses en su casa, y la Palabra de Dios nos dice que lo hicieron «por la fe»: «no temieron el decreto del rey» (Hebr. 11:23). Ciertamente que Dios proveería a todo. Y el motivo que da la Palabra en cuanto a su manera de actuar es notable: «…porque le vieron niño hermoso». Esteban dice: «fue agradable a Dios» (Hec. 7:20). La fe de sus padres les hizo discernir una hermosura para Dios que podía hacerles pensar en el futuro libertador del pueblo. Bien pudieron pensar: Si Dios nos dio un niño tan hermoso en aquel tiempo, ciertamente es porque tiene algo particular para él. Así sintieron su responsabilidad de protegerlo, por mucho que costare hacerlo, contando con el poder de Dios. Tenían confianza en Él y, como Moisés más tarde, no temieron la ira del rey. Sabemos que su fe fue maravillosamente recompensada.

Vemos que Dios tenía un remanente fiel en esa época, como hay también uno en nuestros días. Había israelitas cuya fe contaba con las promesas de Dios, y que esperaban con paciencia su cumplimiento. Hoy también, en medio de una profesión sin vida, hay creyentes que se apoyan en la Palabra de Dios y que esperan el cumplimiento de sus promesas. Por la acción del Espíritu Santo, sus ojos fueron abiertos para discernir la hermosura de Cristo, del cual el libertador de Israel es una figura. Así como Moisés nació «en aquel mismo tiempo», también el Señor Jesús, «cuando vino el cumplimiento del tiempo», nació «de mujer» (Gál. 4:4). Y ¿de qué hombre sobre la tierra hubiese podido decirse jamás en su sentido absoluto que «fue agradable a Dios» sino solamente de Aquel sobre quien el cielo se abrió y la voz del Padre declaró: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia»? (Mat. 3:17).

¡Que podamos ser, hoy, de aquellos que le esperan!


arrow_upward Arriba