Inédito Nuevo

«Buscad las cosas de arriba»


person Autor: Christian BRIEM 18

flag Tema: Muertos y resucitados con Cristo


1 - Cómo afrontaba el apóstol Pablo los peligros que conocían los colosenses

Los creyentes de Colosas se enfrentaban a muchos peligros: la especulación filosófica, el misticismo, el ascetismo y los elementos judíos trataban de introducirse entre ellos. ¿Cómo hace frente el Espíritu Santo a estos graves peligros? Desarrollando la verdad del Evangelio y presentando la gloria de la persona de Cristo. Porque él debe tener la primacía en todas las cosas (Col. 1:18), y en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (2:9). Y con respecto a los santos, el apóstol Pablo añade: «Estáis completos en él» (2:10).

En los pasajes citados tenemos, por así decirlo, el corazón, la clave de esta preciosa Epístola. Su autor, como acabamos de ver, no comienza advirtiendo contra los peligros y sus consecuencias, sino que escribe primero sobre Cristo y su gloria, y luego describe la bendita posición a la que el cristiano creyente ha sido llevado por su asociación con él. Somos perfectos ante Dios en Cristo; en él somos completos, llevados a la plenitud. ¿Qué nos falta todavía? En él, tenemos todo lo que podríamos desear en el camino de la felicidad para el tiempo y la eternidad.

2 - Resucitados con Cristo

2.1 - Desposeimiento del cuerpo de la carne, la circuncisión de Cristo

Hemos dicho: “Por asociación con él”. Antes de que esto pudiera suceder, tuvo que ocurrir algo grande. Porque por naturaleza, estábamos caracterizados por el «cuerpo carnal» (Col. 2:11) y estábamos espiritualmente muertos para Dios (v. 13). «Vuestra carne» –esta expresión se refiere a la carne, al ser pecador, como un todo, considerándose el pecado la característica principal del cuerpo. Este cuerpo de carne tenía que ser «despojado», como un vestido sucio, y esto se hizo mediante «la circuncisión de Cristo». Esto no es una referencia a Lucas 2:21, sino a su muerte en la cruz. Si creemos en Cristo, por gracia participamos de su muerte y estamos liberados de una vez por todas del pecado –del pecado como un todo, como un estado.

2.2 - Sepultados con Cristo: el bautismo

Si hablamos de “circuncisión”, es para subrayar una cierta separación. Así como el judío estaba separado de las demás naciones por su circuncisión, así nosotros hemos sido «circuncidados» por la muerte de Cristo, es decir, separados de todo lo que éramos. En la muerte de Cristo, nuestro viejo hombre encontró su final judicialmente, una verdad que está desarrolla más en la Epístola a los Romanos (cap. 6). Aquí, sin embargo, aprendemos que hemos sido «sepultados» con el Señor Jesús, de lo cual nuestro bautismo es una excelente imagen. Así, por la fe, nos asociamos a la muerte de Cristo, sabiendo que tenemos el pleno valor de su muerte; que todo lo que éramos ha sido «sepultado» con él. ¿Hemos agradecido alguna vez a nuestro Dios que, por medio de la muerte de su Hijo, todo nuestro viejo y miserable ser ha sido quitado para siempre de su vista, «sepultados», de modo que ahora podemos exclamar alegremente con el apóstol: «Ya no vivo yo…»? (Gál. 2:20).

2.3 - Resucitados y vivificados: la posición

Pero este es solo un aspecto de nuestra posición, el aspecto negativo. Por la fe también participamos de la resurrección del Señor, como se dice más adelante en Colosenses 2: «…en quien también fuisteis resucitados mediante la fe en la operación de Dios que le resucitó de entre los muertos» (v. 12). Si «sepultar» significa llevar al muerto entre los muertos, «resucitar» significa llevar al que ya está vivo a su lugar entre los vivos. En otras palabras: si hemos sido resucitados con Cristo, hemos sido colocados en el mundo de la resurrección de Cristo. ¡Maravillosa gracia! Cristo resucitado es ahora el contenido de nuestra vida, es nuestro verdadero yo, como se dice más adelante en Gálatas 2: «… sino que Cristo vive en mí» (v. 20).

Así que aquí tenemos un cambio de posición: «sepultado» – «resucitado». En el versículo siguiente se produce otro cambio de estado: «muerto» – «vivificó juntamente». Necesitábamos ambas cosas; las recibimos como un don en la muerte y resurrección del Señor. ¿Podríamos agradecer suficientemente a Dios, nuestro Padre, y a nuestro Señor Jesucristo por esto?

Hay que señalar que lo que aquí se expone es cierto para todo hijo de Dios. No es una cuestión de práctica, sino de posición que Dios nos ha dado. La realización práctica nos está presentada en el capítulo 3. Es a este aspecto de toda importancia al que dedicaremos ahora nuestra atención.

3 - Cristo a la derecha de Dios

«Si, pues, fuisteis resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios» (Col. 3:1).

3.1 - La resurrección conlleva la separación del mundo

El «si» al principio de la frase designa en griego una condición que se ha cumplido, de modo que también podemos traducir: «Ya que habéis resucitado». El punto de partida es, por tanto, algo real que se aplica a todo hijo de Dios. «Habéis resucitado». ¡Qué hecho tan glorioso! Dios lo ha hecho por nosotros, es enteramente obra suya. Hemos visto esto en relación con el capítulo 2, versículo 12, y la fe cree lo que Dios dice y extrae la consecuencia necesaria. Ahora bien, si él está «arriba» y que hemos sido resucitados con él, la única conclusión posible es que, en lo que se refiere a nuestro estado espiritual, estamos fuera de este mundo. Ciertamente, no encontramos aquí el hecho de que los creyentes están sentados juntos en los lugares celestiales como en Efesios (2:6). Sin embargo, nuestros afectos y motivos, nuestras aspiraciones y pensamientos deben estar orientadas hacia las cosas de arriba.

3.2 - Lo que poseemos y lo que buscamos

Literalmente dice: «Buscad [constantemente] las cosas de arriba». En principio, nos pertenecen, pues ya hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo (Efe. 1:3). Pero aquí, se trata de buscarlas. Ambas cosas son verdaderas. Todas las cosas de arriba –Cristo mismo y todos los frutos de su obra– son nuestras. Y en cuanto a nuestra actividad para disfrutarlas espiritualmente, están a nuestro alcance. Es en ellas donde debemos vivir y ser activos. Como hombres resucitados, estamos en relación con el cielo, aunque, como el Señor durante los 40 días de la resurrección, de hecho todavía estamos en la tierra.

3.3 - El lugar de las cosas terrenas

Si las «cosas de arriba» nos pertenecen, las cosas de la tierra no son realmente de nuestra propiedad. Solo se nos confían para que las administremos (Lucas 16:10-12). Dios quiere que nos impregnemos de las «cosas de arriba» como nuestro único tesoro verdadero y constante. Porque, donde esté nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón (Mat. 6:21). Esto es lo que ya mostraban los patriarcas de antaño, de los que habla Hebreos 11. Habían puesto su corazón en una patria «mejor, es decir, la celestial» (11:16) y por eso se contentaban con no ser más que forasteros y viajeros que vivían en tiendas. Esto es también a lo que debemos aferrarnos, sabiendo que Dios nunca nos defraudará, sino que nos dará todo lo que nos ha prometido.

3.4 - Cristo y las cosas del cielo atraen

«Donde Cristo está sentado a la diestra de Dios». Aquí queda claro que, en última instancia, es una persona la que nos atrae: Cristo a la diestra de Dios. Solo una persona en el cielo puede elevarnos por encima de la tierra. Cristo ha abandonado esta escena. Ahora habita en lo alto, en el cielo, y el corazón está atraído hacia él. Esta es la forma en que Dios santifica nuestros corazones: colocando a Cristo ante nosotros como glorificado en el cielo (Juan 17:19).

El hecho de que el Señor Jesús esté ahora sentado a la diestra de Dios tiene un doble significado. Por un lado, muestra que él es aceptado por Dios. Por otro lado, es una prueba de que la obra de la redención está cumplida. En cuanto al primer punto, es Dios quien lo ha sentado a su diestra como expresión de su beneplácito (Sal. 110: Efe. 1:20; Hebr. 1:13). En cuanto al segundo punto, es Cristo mismo quien se ha sentado a la diestra de Dios –lo cual es la prueba de que no hay nada más que hacer para la purificación de los pecados (Hebr. 1:3; 8:1; 10:12; 12:2). Es una posición gloriosa y única la que nuestro Salvador ocupa hoy en el cielo: «sentado a la diestra de Dios». Y es con él con quien estamos asociados.

4 - Una doble exhortación

Hay algo importante y serio en el hecho de que Dios exhorte a los suyos 2 veces seguidas para una misma cosa. Acaba de exhortarnos a buscar las cosas de arriba. Y ahora añade, casi con las mismas palabras: «Pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3:2).

4.1 - Pensar en las cosas de arriba

Fíjense con qué énfasis habla. Si Cristo está sentado a la diestra de Dios, ¿no deben dirigirse todos nuestros pensamientos y aspiraciones a las cosas de arriba, de las cuales el Señor Jesús es el centro? En él tenemos nuestro mayor tesoro, lo tenemos en el cielo. Porque él nos amó y sí mismo se entregó por nosotros (Efe. 5:2). Y así como nos amó entonces, nos ama ahora y nos amará por la eternidad. ¿No sería extraño que un Salvador tan amoroso no esperara de nosotros la misma respuesta a su amor perfecto? ¡Qué llamado a nuestros corazones hay en estas palabras: «Pensad en las cosas de arriba»!

4.2 - … Y no en las de la tierra

¡Y qué fuerza adquieren estas palabras cuando se añade el lado negativo: «… y no en las de la tierra»! Así se nos previene contra aquello que tiende a apartarnos de las cosas celestiales y a arrastrarnos hacia abajo como un peso muerto. Cuanto más dejamos que nuestros afectos se ocupen de las cosas terrenas, tanto más pierden valor para nuestro corazón las cosas de arriba. «… Los cuales piensan en lo terrenal» –¡qué estado tan deplorable de los cristianos profesos, que hizo llorar a Pablo (Fil. 3:18-19)!

4.3 - La imposibilidad de buscar a la vez el cielo y la tierra

Es imposible mirar hacia arriba y hacia abajo al mismo tiempo. No podemos tener nuestros motivos y afectos tanto en el cielo como en la tierra. Los afectos compartidos son una imposibilidad moral. El Señor habló de esto en el Sermón del monte y dijo: «Nadie puede servir a dos amos… No podéis servir a Dios y al dinero» (Mat. 6:24). Y añadió: «Buscad primero el reino y la justicia de Dios…». (6:33). «Buscad primero», ¿y después qué? Nada más.

Si alguien hace su trabajo y sus negocios para el Señor (Col. 3:23), no dirige sus pensamientos a las cosas terrenales. Lo decisivo es siempre lo que ocupa el primer lugar en nuestros afectos.

5 - Cristo – nuestra vida

Las exhortaciones que nos han ocupado en los 2 primeros versículos del capítulo se fundamentan ahora de forma valiosa.

«Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, quien es nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:3-4).

5.1 - Muertos frente al mundo

Esta es nuestra posición que la fe capta: estamos muertos. Desde el momento en que hemos aceptado por la fe al Señor Jesucristo como nuestro Salvador personal, Dios nos ve en Cristo: muertos con él, sepultados con él, vivificados con él. Habiendo «crucificado» la carne con sus pasiones y codicias (Gál. 5:24), estamos muertos al mundo y a sus propósitos.

5.2 - Una vida que no se puede perder: la vida en el Hijo

Pero también recibimos la vida de Cristo, la naturaleza de Dios. Esta vida –alabado sea Dios– no podemos perderla, porque no está en nosotros, sino en su Hijo (1 Juan 5:11). Así que no somos nosotros quienes la conservamos. Pero veamos más de cerca esta verdad.

Aunque poseemos la vida eterna por la gracia de Dios, sin embargo, no está en nosotros como tal. Más bien está en el Hijo de Dios, que pudo dar testimonio de sí mismo: «Pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo que tenga vida en sí mismo» (Juan 5:26). Esto no puede decirse nunca de nosotros, los creyentes. Pero tenemos vida en él. ¿No dejó aquellas felices palabras, pronunciadas en el aposento alto poco antes de su muerte?: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis» (Juan 14:19). Cuando pronunció estas palabras, el Señor ya se veía más allá de la muerte, en resurrección. Y no solo eso, sino que también estaba asociando a sus discípulos con él en esta nueva posición: tendrían la misma vida, lo tendrían a él como vida en ellos.

Sí, Cristo es nuestra vida, y nuestra vida está escondida con él en Dios. ¡Qué consuelo y qué seguridad representa esto! Solo si la vida de Cristo pudiera ser arrebatada, también nuestra vida podría serlo, porque Cristo a la diestra de Dios es nuestra vida. Si la muerte ya no puede reinar sobre él (Rom. 6:9), tampoco puede hacerlo sobre nosotros.

Así aprendemos qué gracia infinita hay en el hecho de que la sede de esta vida no está en nosotros, sino en Cristo. La fuente de nuestra vieja vida estaba en Adán. Podía ser tocada por Satanás. Pero la fuente de la vida eterna está «en su Hijo [el Hijo de Dios]», en Cristo. Así está preservada con seguridad, porque él está a la diestra de Dios.

Una imagen sencilla puede ayudar a explicar estos pensamientos. La vida natural circula por todo mi cuerpo, incluido en mi dedo. Pero la sede de mi vida natural no está en mi dedo. Si me lo cortan, por ejemplo, a causa de un accidente, la vida permanece en mi cuerpo. Sin embargo, mi dedo estaba tan vivo como el resto de mi cuerpo, pero no es la sede de la vida.

Lo mismo ocurre con la vida eterna: su sede no está en el primer Adán, ni siquiera en nosotros los creyentes, sino solo en el Señor Jesús. Es de él, el Glorificado, que la vida fluye continuamente, momento a momento, en nosotros y fuera de nosotros. Lo hace por el poder del Espíritu, como dijo el Señor: «El que cree en mí, como dice la Escritura, de adentro de él fluirán ríos de agua viva» (Juan 7:38). En la medida en que demos cabida al Espíritu Santo, así será en nuestra vida práctica.

5.3 - Vida oculta en Dios frente al mundo

Frente al mundo, nuestra vida con Cristo está oculta en Dios en cuanto a su origen, su carácter y su finalidad. El mundo yace en el Maligno y no ha conocido ni al Padre ni al Hijo. Por eso no nos comprende a nosotros, los hijos de Dios (1 Juan 3:1). Una vida vivida por la fe y orientada hacia una meta invisible le es totalmente ajena e incomprensible. El mundo no puede reconocerla, y por eso incluso se burlará de nosotros y nos despreciará. Pero tenemos que vivir con ello. Porque Cristo, nuestra vida, aún no se ha manifestado, y el tiempo de la manifestación de la gloria de Cristo aún no ha llegado.

5.4 - El creyente y su vida manifestada

Sin embargo, no siempre será así. Llegará el día en que Aquel que ya es nuestra vida se manifestará en gloria. Y cuando él venga, no estará solo. La primera vez que vino, vino solo, murió solo (Juan 12:24). La próxima vez que venga, no volverá solo. Sus santos le acompañarán, y aparecerán con él y semejantes a él en gloria (no es cuestión aquí del arrebato). Él, el primogénito entre muchos (una multitud de) hermanos (Rom. 8:29) y la Cabeza de su Cuerpo, la Asamblea (Efe. 1:23; Col. 1:18), nunca más será visto solo. Será glorificado en sus santos y admirado en todos los que han creído (2 Tes. 1:10). Ya tenemos la vida eterna, ya estamos vivificados. Pero Dios quiere más: esta vida también debe ser vista en gloria ante todos. El mundo debe reconocer por qué ha vivido el cristiano, qué sabiduría ha modelado su vida –para honra y gloria de Dios y del Señor Jesucristo.

Hoy ya estamos resucitados con él. Seremos manifestados con él –en la gloria.

¡Gloriosa esperanza! Mientras esperamos su cumplimiento (Rom. 8:25), encontramos en Cristo, arriba, desde hoy, nuestro más profundo gozo y satisfacción.

Gottes kostbare Gedanken, p.235-247